Capítulo 25
¿Rescate?
Matilda escucha con atención la homilía del siervo de Dios, quien explica las tres virtudes teologales —amor, fe y esperanza— durante los oficios religiosos del domingo.
Asiste acompañada de sus padres y de su pequeña hija, y mientras el celebrante da el sermón, ella ruega en silencio por su esposo, por su protección. Se aferra con todas sus fuerzas a la fe de que está bien, y que regresará pronto a casa.
Al finalizar la misa, es costumbre saludar a los vecinos y conocidos de la comunidad. Nuevamente, Emma se acerca a Matilda. Es como si cada vez que la viera sintiera la necesidad de hablarle, mientras que Matilda preferiría que mantuviera la mayor distancia posible.
—Hola, querida Mati. ¿Cómo te encuentras? Veo que tu vientre ha crecido mucho. Realmente te ves hermosa —dice Emma fingiendo amabilidad.
Matilda apenas le devuelve una sonrisa cortés y su madre, que conoce bien la historia y la falsedad de Emma, se acerca para apoyarla.
—Mati, hija, creo que es mejor que nos vayamos. Pronto Sonja tendrá hambre, y tú también debes comer —dice Alberta con un tono suave pero protector.
Emma, fingiendo compasión, interviene:
—Así es, Mati. Debes hacer un esfuerzo para comer. Sé que debe ser muy difícil perder a un esposo tan amado de esa manera. Es normal perder el apetito… Pero, querida, tienes que alimentarte por tu bebé.
Las palabras caen sobre ella como una bala de cañón. Su rostro palidece, sus ojos se apagan, pero brillan como vidrio quebrado, llenos de terror. Todo a su alrededor, deja de existir…
—¿Qué dices? ¿Per… perder a mi esposo? —susurra, y luego mira a su madre—. ¿Madre? ¿De qué está hablando Emma? —pregunta con la voz temblorosa.
Alberta no sabe qué decir. Ella y su esposo habían decidido no contarle nada hasta que Nicholas regresara con noticias, temiendo que lo sucedido afectara su embarazo. Pero ahora, enfrentada a la mirada desesperada de su hija, no encuentra palabras.
Matilda se cubre la boca con una mano para contener los gritos y su cuerpo comienza a temblar.
Sin poder evitarlo, explota en llanto, y se toma el vientre.
Estaba a punto de desvanecerse y Alberta la sostiene por la cintura y busca a su esposo.
El conde, ha escuchado los gritos de su hija y ve que se ha desplomado.
Corre desesperado hacia ellas y la sostiene justo cuando pierde el conocimiento.
Emma, asustada por lo que había provocado, retrocede y busca el brazo de su prometido.
El alcalde, testigo de su imprudencia, la mira con una mezcla de decepción y repulsión.
Sin decir palabra, se suelta de su brazo y corre a ayudar al conde con su hija, dejando a Emma sola, avergonzada y sin consuelo.
Matilda ignoraba que el navío de su esposo estaba perdido, que había sido atacado por piratas, y que Nicholas había partido con un grupo de hombres para buscarlo.
Cuando se sentía un poco mejor obliga a sus padres a contarle toda la verdad.
Ahora, además del miedo por Ewan, también teme por su hermano.
Esta revelación la ha destrozado, y su inconsolable llanto nunca encuentra alivio.
La vida que antes brillaba para ella con felicidad, se apaga de golpe.
Sonja también llora sin entender la tristeza de su madre.
Los abuelos tienen que hacerse cargo de la niña, mientras la fiel oveja Manzanita también enferma, como si sintiera la ausencia de su dueña y el conde teme que la oveja muera, agravaría aún más el estado emocional de Matilda, y llama a los médicos para que atiendan tanto a su hija como al animal.
A pesar de todos los esfuerzos, Matilda sigue hundida en un dolor profundo.
Ha cumplido ya seis meses de embarazo, justo cuando esperaba que Ewan estuviera de vuelta, pero sucede.
Su padre acude con frecuencia a las oficinas de la Armada Real para preguntar por noticias, y ahora también su hijo Nicholas está desaparecido, lo que aumenta su angustia.
En una mañana, le informan que ha llegado un barco mensajero con novedades, y decide esperar para saber si hay algo sobre los muchachos.
—Pase adelante, conde Clarke. Tome asiento, por favor —dice el secretario, con un tono formal que no logra ocultar cierta tensión.
El conde, aunque nervioso, mantiene su porte imponente mientras se sienta frente a él.
—Efectivamente, nos han llegado noticias sobre el barco de rescate —continúa el secretario—. Lamentablemente, no son alentadoras. No han logrado encontrar al Inspiración y temen que pudo haber sido hundido. Seguirán buscando solo una semana más. Si no aparece ningún rastro, deberán regresar.
—¿Regresar? —el conde se inclina hacia adelante, su voz se eleva y sus ojos arden de ira—.
¡No pueden regresar sin mi yerno! ¿Qué le diré a mi hija?
Por todos los cielos, ¡está embarazada! ¿Me comprende?
Así que no me diga que…—su tono se vuelve amenazante—.
¡Ustedes tienen la culpa de esta desgracia!
—Lo entiendo, señor, pero estamos haciendo lo que podemos. Además, si algo le sucediera al teniente, su esposa recibiría una compensación por seguro…
—¡Basta! —ruge el conde, golpeando el escritorio con el puño—. A mi hija no le interesa ninguna compensación, ni seguro. Necesita a su esposo. ¡Y mis nietos necesitan a su padre! ¡No me venga con soluciones baratas!
El secretario, incómodo, no piensa tolerar más insolencia. Se levanta y llama a los gendarmes. El conde comprende que es hora de marcharse y, aunque furioso, se retira.
De regreso a casa, su frustración no disminuye. En su estudio, le cuenta todo a su esposa, y ambos deciden nuevamente no decirle nada a Matilda.
Pero Matilda, al enterarse de que su padre ha regresado, se levanta de la cama y lo busca desesperada. Golpea la puerta del estudio hasta que su madre le abre, y va directo hacia él.
—¿Padre? ¿Qué noticias tienes? ¿Saben algo sobre Ewan y Nicholas? ¡Por favor, dime! —sus ojos suplican una verdad que teme escuchar.
El conde no puede enfrentarla. Se levanta sin decir palabra y abandona la habitación, dejándola sola con su madre.
Matilda mira a Alberta, buscando respuestas, pero solo recibe silencio. Sabe que algo está terriblemente mal. Alberta la abraza con fuerza.
—Tu padre está frustrado, hija —dice suavemente—. Fue a la Armada, pero no tenían noticias. Él también está bajo mucho estrés. Tenemos que ser fuertes.
Una semana después, el conde regresa al gran puerto de la marina para recibir el barco de rescate. Observa la nave acercarse, con el corazón acelerado. Pero lo que ve lo deja helado: Kever, Ramson y Ronn bajan del barco con grilletes en manos y pies.
Nicholas desciende detrás de ellos. Su cabello está más largo y su piel quemada por el sol. Nicholas sonríe al ver a su padre, pero sus ojos revelan una tristeza profunda.
—¿Qué sucede con esos tres, Nicholas? —pregunta el conde mientras abraza a su hijo.
—Padre… —Nicholas respira hondo—. Se negaron a regresar sin Ewan. Cuando el capitán ordenó volver, hicieron una revuelta y les apuntaron con escopetas para detenerlos. Fue una locura. —Hace una pausa, y su voz se quiebra—. Todo fue un fracaso. Hemos perdido a Ewan…
Por primera vez en su vida, Nicholas llora. El conde lo sostiene, sintiendo cómo su propio corazón se rompe.
—Ella no lo sabrá —dice con voz firme—. No mientras esté embarazada. Te irás a Nuilthorach con Ronn y lo apoyarás. Le diré a Matilda que aún lo buscan, que hay esperanzas. No quiero verla desesperarse cuando está cerca de dar a luz. Es mejor que conserve la esperanza, aunque sea vana.
Nicholas asiente, con lágrimas corriendo por su rostro y obedece.
Parte de inmediato a Nuilthorach, llevando consigo un dolor que no sabe cómo soportarlo.
Por otra parte, Kever y Ramson se niegan a aceptar la idea de abandonar la búsqueda, porque la sola posibilidad de que Ewan siga con vida les impide rendirse, y con esa determinación inquebrantable que siempre los ha caracterizado, deciden alquilar un navío y zarpar al día siguiente.
Para partir, tuvieron que pagar la multa impuesta por la revuelta que provocaron a bordo del barco anterior.
Kever, gracias a la información que logró arrancar a algunos rufianes durante su travesía, está convencido de que Ewan podría encontrarse en la isla Tuzza, y fue precisamente esa información la que desató la rebelión: necesitaban llegar allí, pero el capitán se negó rotundamente, asegurando que, si Ewan estaba en ese lugar, ya debía estar muerto, y que llevar a su tripulación a esa isla equivaldría a un suicidio.
Ronn quiso unirse a la misión, movido por la desesperación y el amor fraternal, pero Kever, con su habitual frialdad estratégica, lo disuadió sin titubear, porque él y Ramson formaban un equipo imparable, curtido por años de experiencia y entrenamiento militar, mientras que Ronn, aunque poseía una voluntad admirable, carecía de la preparación necesaria para una misión tan peligrosa, y su presencia no solo pondría en riesgo su propia vida, sino que obligaría a ambos a protegerlo constantemente, retrasando cada movimiento.
Esta vez, irían solos, concentrados, sin distracciones, sin cargas adicionales, porque sabían exactamente lo que tenían que hacer y cómo hacerlo.
—Será una misión rápida —aseguró Kever con esa seguridad que siempre lo acompañaba—. Confía en nosotros.
Pero todos sabían que nada en esta situación sería rápido, ni sencillo, ni seguro. Aun así, Ronn terminó aceptando quedarse atrás, aunque con el corazón desgarrado.
En Görhem, celebran un nuevo nacimiento.
Matilda llega al término de su embarazo y otra vez la acompaña su amada sor Sonja, ahora monja , quien sostiene su mano y la anima en cada contracción.
Esta vez, el parto es más rápido y favorable, y tanto la madre como el hijo se encuentran en perfectas condiciones.
El gran teniente Graham, aunque ausente, se convierte en padre de un saludable y fuerte varón.
El conde, intentando mantener vivo el espíritu familiar, invita a Ronn y al tío Samuel a quedarse unos días en la mansión para celebrar el nacimiento del pequeño Ewan Graham II.
Sor Sonja, observando a las dos familias reunidas, siente una punzada de amargura al pensar que Ewan estaría sorprendido de verlos tan unidos…
si estuviera con vida. Una lágrima silenciosa resbala por su mejilla antes de retirarse discretamente.
Nadie le ha dicho a Matilda que la Armada dio por perdida la nave Inspiración junto con toda su tripulación, ni que la búsqueda fue abandonada hace ya tres meses.
Ella sigue aferrada a la esperanza, convencida de que Ewan volverá pronto a casa, mientras su familia, consciente de que el momento de decirle la verdad se acerca, lucha con el dilema moral de permitirle vivir en una ilusión o enfrentarla al dolor inevitable.
Aun así, el conde y Alberta deciden esperar un poco más, porque Matilda está tranquila, feliz con su bebé recién nacido, y la pequeña Sonja, encantada con su nuevo hermanito, no deja de llevarle flores y pequeñas ofrendas de cariño.
En esa calma frágil, la familia prefiere disfrutar de la paz antes de enfrentar la tormenta de la cruda verdad que se avecina.
—Muchas gracias, preciosa. Eres como tu padre, ángel. Siempre tenía una rosa para mí… —murmura Matilda con ternura, acariciando los dorados cabellos de su hijo.
George y Alberta intercambian una mirada cargada de dolor y frustración. Las conversaciones sobre Ewan, siempre en privado, siempre inconclusas, se han convertido en un tormento que los persigue en el estudio, antes de dormir, durante los viajes y sin que jamás lleguen a una resolución definitiva.
Finalmente, la familia lleva al pequeño Ewan Graham II a la iglesia, donde toda la comunidad queda sorprendida por el parecido del bebé con su padre: un niño rubio encantador, con los mismos ojos esmeralda que brillaban en Ewan.
Día tras día, cuanto más crece, más recuerda a su padre, y Matilda, llena de orgullo, lo presenta a sus amigos y vecinos con una alegría que desgarra a quienes conocen la verdad.
—Ya es hora de que lo bauticemos —sugiere el ministro con amabilidad.
—No, ministro. No hasta que llegue su padre. No estuvo en el bautismo de su hija, pero sí estará en el de su pequeño —responde Matilda con una convicción que nadie se atreve a contradecir.
El ministro intenta replicar, pero el conde lo detiene con un gesto firme. Resignado, el hombre se disculpa y se retira, dejando a George y Alberta enfrentando una verdad que ya no pueden seguir ocultando.
Agobiados por el sufrimiento de su hija y su propia impotencia, deciden que no pueden soportar más la situación.
Escriben una carta a Nicholas, quien aún se encuentra en el castillo de Nuilthorach, pidiéndole que regrese para ayudarlos a enfrentar a Matilda con la realidad.
Nicholas, consciente de que ya no puede postergar lo inevitable, se prepara para volver.