Capítulo 24
El infierno del mar
Los zambos, feroces y despiadados, han logrado abordar la nave con una rapidez que supera cualquier otra amenaza vivida.
Y, como ya ha ocurrido en ocasiones anteriores, el capitán Smith huye y se oculta en su gran camarote, dejando al teniente Graham a cargo de la situación, sin siquiera él saberlo.
Instintivamente, el teniente Graham se hace cargo de la caótica situación en la cubierta.
Por todas partes hay golpes, forcejeos, disparos, los heridos están desangrándose, y ya hay cuerpos tirados.
Mientras tanto, Ewan comanda, da órdenes y lucha contra varios al mismo tiempo, moviéndose con una destreza que sorprende incluso a sus propios compañeros.
Pero pronto comprende, con amarga claridad, que la batalla está prácticamente perdida, que muchos de sus hombres se encuentran al borde del colapso y que, si continúan resistiendo, solo conseguirán que más vidas se apaguen inútilmente, por lo que toma una difícil decisión:
—¡Suficiente! —grita, disparando al aire— ¡Basta! ¡Detengamos esta masacre! Quiero hablar con su capitán o… con quien mande entre ustedes —dice con una autoridad que impone silencio incluso entre los piratas.
Ewan baja la guardia y cuatro rufianes se abalanzan sobre él, lo sujetan fuerte por los brazos y lo arrastran ante el jefe pirata, quien no muestra el menor interés en escucharlo, pues su único propósito es arrojar a todos por la borda y quedarse con el botín.
Ewan se enfurece al ver que lo ignora por completo.
—¿Acaso no tiene usted honor? —le grita sacudiendo con fuerza a los que lo tenían agarrado.
—No. Y eso me ha dado la victoria esta tarde —solo dice eso y mira a su segundo, antes de retirarse.
Los piratas actúan de inmediato: les quitan las camisas a los tripulantes, incluido Ewan, los amarran alrededor del mástil central y los dejan a la intemperie.
El jefe pirata reclamará la cabina del capital y se encuentra con el capitán Smith. La mirada siniestra del jefe pirata lo hace temblar y le expresa de inmediato su rendición, levantando sus manos.
—No soy el capitán. Entré en esta cabina por error. Solo soy un capataz… —le informa Smith.
El jefe pirata guarda silencio. Le da lo mismo lo que declare y lo tiene sin cuidado quién sea, porque todos tendrán el mismo destino…
Las noticias del ataque se esparcen por Inglaterra con rapidez, y en ocho días ya es noticia en los periódicos de la ciudad.
Nicholas y el conde Clarke acuden a la Armada exigiendo un informe completo y un rescate inmediato. Ellos investigarán y harán todo lo posible por ayudar, pero de ningún modo quieren que Matilda se entere.
—Se repite la funesta historia, Nicholas —murmura el conde—. Es como una maldición. Cada vez que Ewan se embarca, ocurre una calamidad. Que lamentable. Y Víctor lo sabía. Por eso invirtió todo en el aserradero, con tal de sacarlo del océano. Esto solo me hace sentir más miserable, hijo…
Nicholas no comenta nada. Él lo lamento por su padre, pero también, en su corazón, lo culpa. Aunque no se lo menciona.
Mientras esperan en la sala de las oficinas centrales, llegan Samuel Graham y Eilidh, cuya presencia sorprende a Nicholas, especialmente la bella escocesa está más hermosa que nunca y a quien no ha visto desde hace un año.
Poco después aparece el conde Craig, Kever, acompañado por Ramson, ambos dispuestos a participar en el rescate.
—Yo también iré —declara Nicholas—. Es mi cuñado y no me quedaré aquí como un cobarde. No puedo volver y decirle a Mati que su esposo está perdido o capturado. Al menos sé disparar bien.
El conde Clarke, aunque orgulloso por su hijo, un terror de perderlo lo atraviesa, pero no interfiere.
Ronn llega poco después, incapaz de abandonar a su hermano.
La Armada anuncia que zarparán de inmediato.
El buque de rescate está listo, las coordenadas han sido entregadas.
Al grupo de rescate se les une: Kever, Ramson y Nicholas junto con Ronn.
El inesperado viaje sorprende a todos y parten de inmediato hacia el mar abierto, decididos a encontrar el Inspiración y traer de vuelta a capital Smith, teniente Graham y la tripulación.
Han pasado varios días en alta mar como prisioneros y Ewan ha tenido que enfrentarse varias veces a los rufianes para proteger a sus hombres.
Lucha por mantener un mínimo de estabilidad que impida que liquiden a la tripulación, y aunque más de una vez ha sentido el impulso de liberarse y atacar a todos con la fuerza que aún conserva, comprende que sería un acto suicida, porque ellos están armados, son numerosos y no dudarían en matarlos.
Aun así, su audacia le ha permitido obtener pequeñas concesiones: unas sábanas para la noche, un poco de agua y unas migajas de pan, lo suficiente como para mantenerlos con vida, pero no por mucho tiempo, porque sabe que las provisiones se agotarán, y si no atracan, simplemente no los alimentarán más y los dejarán morir de hambre.
Los rufianes, molestos por tener que compartir sus escasas provisiones con los prisioneros, han decidido deshacerse de ellos.
Planean arrojar un hombre por día al mar de manera discreta, y cuando se disponen a llevarse al primero, Ewan, que durante días ha debilitado con paciencia el mecate que lo sujeta, logra reventarlo, se lanza sobre uno de los piratas tomándolo por el cuello, golpea a otro y luego a un tercero.
Provoca una revuelta tan violenta que varios hombres deben intervenir para someterlo.
El jefe pirata aparece entonces en la borda acompañado con una joven trigueña de grandes ojos negros, cabello largo y oscuro, y una belleza que contrasta con la brutalidad del entorno.
El jefe se presenta y todos se paralizan. El delineado oscuro de los ojos hace que el jefe se vea más siniestro que de costumbre.
— Jefe, ¿cuánto tiempo más tenemos que tolerar a este rubio insolente y grandulón?
—gruñe el capataz, mascando tabaco con rabia—.
A Winston le quebró la nariz, a Pete el brazo, a Juancho tres dedos, y a mí…
—a mí casi me ahorca con esas largas pierna —lloriquea—.
¿Por qué no lo tiramos por la borda de una buena vez?
En estas aguas hay tiburones hambrientos que harán el trabajo por nosotros.
La joven, hermana del jefe, ya se ha fijado en Ewan y lo desea como un trofeo personal, por lo que al escuchar la propuesta del capataz se adelanta con rapidez para impedir que su hermano tome una decisión precipitada.
Ewan, aprovechando la tensión, interviene con una calma calculada.
—Disculpe la revuelta, señor Jefe , pero… ¿acaso este hombre le preguntó si podía decidir por usted quién vive y quién muere? Sus hombres deberían aprender a respetar su autoridad y no actuar por cuenta propia. Aquí el que manda es usted, ¿no es así?
El jefe entrecierra los ojos hasta casi ocultarlos bajo sus cejas espesas, y su mirada, cargada de desprecio.
Recorre a los rufianes hasta detenerse en el capataz, a quien ahora lo considera, un posible traidor.
Con un leve movimiento de cabeza ordena que lo lleven al calabozo y lo castiguen durante dos días sin agua.
Ewan sabe que, al menos por ahora, ha salvado la vida de uno de los suyos.
—Atracaremos en Tuzza —anuncia el jefe—, repartiremos el motín, llenaremos los barriles de agua y… —mirando a Ewan con una sonrisa cruel— alimentaremos a los cocodrilos, que también deben estar hambrientos. ¿No lo creen, muchachos?
La tripulación estalla en vítores, pero la joven trigueña protesta de inmediato.
—¡No! Tú me lo prometiste, hermano. A él no —le dice apretando sus dientes.
El jefe la ignora. Solo ordena que lo amarren mejor y que nadie reciba agua hasta llegar a Tuzza. Luego se retira sin decir más…
Ella se queda atrás. Una vez que no ve más a su hermano, se acerca a Ewan, le acaricia el rostro y le susurra al oído que no se preocupe, que ella misma le traerá agua y comida.
Ewan la tiene muy cerca de su rostro y se mantiene cauteloso, ella no deja de contemplar sus ojos esmeraldas y lo besa en la mejilla muy cerca de los labios.
Ewan continúa serio, cuidando que no lo bese en la boca, pero comprende que no puede despreciar a quien podría convertirse en su única aliada, por lo que, finalmente, fuerza una sonrisa.
El grito brusco del jefe la sorprende y la obliga a retirarse. Ewan exhala, aliviado.
El capitán Smith, amarrado junto a él, lo ha visto todo.
—Ya me preguntaba yo para qué le serviría tanta belleza a un hombre en medio del mar, Ewan. Pues mira, quizá eso nos salve la vida si sabes usar tus atributos —murmura apenas sosteniendo su cabeza.
—Soy un hombre casado y muy enamorado de mi esposa, Smith. No me venga con fantasías absurdas, porque no pasará —responde Ewan, irritado.
—Como su capitán, se lo ordeno —insiste Smith, al borde del colapso por la deshidratación—. Seduzca a la muchacha y sáquenos de esto. Recuerde sus deberes, Graham.
—Si habláramos de deberes…, capitán. Le recuerdo que usted ha incumplido muchos de los suyos, señor —replica Ewan—. Además, seducir a una joven no está en la lista de mis funciones. No puede ordenarme algo así.
—No se atreva, Graham… Recuerde su posición —le advierte Smith con voz apagada.
Ewan lo ignora. Aun así, sabe que, en parte, tiene razón. Quizás esa es la única jugada posible para salir con vida…
El día número doce, después del asalto, llega con un sol abrasador que castiga sin piedad a los prisioneros.
—Este es el infierno del mar, muchachos. Ya estamos muertos ——pronuncia uno de los hombres de la tripulación agonizante.
Todos están deshidratados y debilitados. Finalmente, la joven trigueña aparece con un jarro de agua. Se ha arreglado con una blusa blanca y ligera, y no ha abrochado los botones de su escote. Se ve muy hermosa.
Al aparecer ella, su determinación sorprende incluso a los vigilantes; quienes, al verla, se apartan sin protestar. Este acto, inquieta a los hombres amarrados, pues comprenden que ella ejerce un poder extraño sobre la tripulación.
Ella se arrodilla frente a Ewan y acerca el jarro a sus labios.
Él intenta resistirse, pero la frescura del agua en su boca seca lo vence, y bebe primero con cautela, luego con desesperación, mientras ella le sostiene el jarro y le aparta el cabello suelto de su rostro con una suavidad desconcertante.
Cuando él se detiene, le pide que dé agua a sus hombres.
Ella sonríe con malicia, lo besa en los labios y luego, con desgano, reparte un poco de agua entre los demás antes de volver a él para intentar besarlo otra vez.
—Espera… espera —dice Ewan, apartándose—. No me beses. Estoy enfermo y podría contagiarte. Tuberculosis. ¿Sabes lo que es? Es peligrosa. Por eso he estado aislado desde que zarpamos. Cada día estoy peor.
Ella abre los ojos con temor.
—¿Y morirás?
—No. No, si tomo agua —responde él, aprovechando su ingenuidad.
—Yo te cuidaré —promete ella—. Le diré a mi hermano que te suelte para llevarte a mi habitación.
—¡No! —advierte Ewan—. Si él se entera, me arrojará por la borda. Es contagioso. No me querrá cerca de nadie. ¿Comprendes?
Ella asiente, convencida, y promete traerle agua constantemente, aunque solo a él, porque los demás no le importan.
Ewan fuerza una media sonrisa, deseando que se vaya para poder pensar con claridad.
Sabe que tarde o temprano deberá pedirle un cuchillo o aceptar que lo lleve a su habitación para intentar un golpe arriesgado, porque sus hombres no saben luchar y él tendrá que encargarse solo.
Esa noche, exhausto, cae dormido y sueña con Matilda llamándolo, preguntándole si volverá, suplicándole que regrese. Su propio grito lo despierta, y al abrir los ojos ve a la trigueña discutiendo con los guardianes.
—Dije que lo soltaran. ¿No me escucharon? ¡Ahora! —ordena ella.
Los dos hombres, de mala gana, le quitan los grilletes de muñecas y tobillos y lo llevan a empujones hasta la habitación de Estrella, la hermana del jefe.
—¿Está segura de que no quiere que vigilemos la puerta? —pregunta uno de ellos.
—Eres un pervertido, Santos. No. Se van los dos —responde ella.
Ewan mantiene la mirada baja para que no noten la tensión que lo atraviesa.
En cuanto ella cierra la puerta, Ewan actúa sin perder un segundo: la conduce hacia la cama, la inmoviliza con rapidez, ata sus manos y sus pies a los barrotes del catre, y aunque ella ríe al principio creyendo que es parte de un juego, su expresión cambia cuando él coloca una mordaza en su boca.
Ewan no se detiene; busca un cuchillo con urgencia y, al encontrarlo, se prepara para enfrentarse a los piratas.
Liberará la tripulación y recuperará la nave, sabiendo que esto podría costarle la vida.