Capítulo 23
¿Volverás, amor?
Desde que llegaron a Mécheter, no han dejado de acomodar, limpiar e instalarse. Aunque han llevado ayuda, ellos mismos participan en todo.
Ya instalados —en su propiedad y su nuevo hogar— Ewan lamenta no haber entregado al conde el dinero que pretendía devolverle por los gastos de Matilda y su hija, antes de abandonar la mansión de Görhem.
Esa había sido su intención cuando lo visitó en su estudio, pero la conversación tomó un rumbo inesperado.
Por eso prepara un sobre, deposita en él todos los billetes que había enviado a su esposa en las cartas que nunca llegaron a sus manos, y le pide a Matilda que se lo entregue a su padre cuando ella regrese brevemente a la mansión para ver a sus ovejas.
Cuando Matilda le entrega el sobre al conde, él lo observa apenas un instante y guarda silencio.
“…Será para ellas, por si alguna vez lo necesitan”, piensa su padre mientras lo guarda en la caja fuerte oculta detrás de un cuadro en su estudio.
Ella no necesita que él lo explique; sabe exactamente de qué se trata, y no podría estar más orgullosa de su esposo.
Tres días después, hay risas y movimiento en la casa de Mécheter.
Matilda y la pequeña Sonja llenan la casa de luz y Ewan no puede sentirse más satisfecho con la decisión que había tomado: por primera vez en su vida, experimenta la alegría de tener un hogar, una familia en una casa que su padre soñó para él.
Ronn, encantado con la idea, realiza el traspaso de títulos de propiedad sin dudarlo.
Para él, el castillo de Nuilthorach es más adecuado.
Pero, si no lo fuera, aun así, lo habría aceptado por solo ver feliz a su hermano.
Por primera vez, pasan esa tarde reunidos en el jardín, y Ewan disfruta estar con ellas.
Hace mucho, no sonreía tanto y a pesar de que Ewan se esforzaba por mantenerse alejado de ellas, la pequeña Sonja no se despegaba de su padre.
Desde el primer instante, lo sigue a todo lugar, mientras pueda y no deja de mirarlo, como si quisiera memorizar cada rasgo de su rostro.
—Nuestro ángel no deja de mirarte, cariño. Parece que tu hija, al igual que su madre, cree que eres hermoso. Debe estar pensando: “¿Es en serio? ¿Ese elegante mozo es mi padre?” —ríe Matilda—. Sabe que su madre es dichosa porque eres mi esposo.
—¿Eso piensas? —pregunta muy alagado por sus palabras.
Su orgullo es inmenso al ver que sus dos hermosas doncellas lo admiran tanto.
—Oh… Claro que sí. Pero tú también eres dichosa, mi ángel —le dice a su hija—, por tenerlo como padre.
—Yo lo soy más, por tenerlas a ambas…
—Abrázala, mi amor —le dice Matilda—. No le hagas caso a mi padre. No está aquí. No puede meterse ahora con nosotros. Y te aseguro que estás sano.
Finalmente, Ewan toma a su pequeña en brazos, y el amor que brota entre padre e hija es tan puro que lo desarma. La arrulla, la alimenta, la contempla, y todo lo hace con Matilda a su lado, compartiendo ese milagro cotidiano.
Al día siguiente, durante el desayuno, Ewan finalmente le dice a su esposa lo que ha pesado en su alma desde hace mucho:
—Bueno, aquí estamos y éste es tu lugar. Mécheter te pertenece, mi amor. Nunca debió ser diferente. Es tu casa y solo espero que seamos felices aquí —dice él cuando, contemplando lo hermoso que luce el lugar.
—No me interesa, Ewan. Lo que me hace realmente feliz es estar a tu lado, sin importar dónde sea —responde ella.
—Pienso igual, amor mío. Pienso igual…
La luz, calor y verdor de ese verano aumenta la pasión que parece renacer y aumentar cada día entre ellos.
Cuando Alberta viene por su nieta para llevarla a la mansión, ambos sienten el vacío que deja la pequeña, pero lo resuelven rápidamente: Al quedar solos, corren a su habitación matrimonial y se encierran por horas para expresarse, sin reservas, cuánto se aman.
Luego se cuentan secretos entre las sábanas.
Finalmente, Ewan entiende lo que Matilda ha vivido durante sus travesías, lo que ella ha enfrentado en su ausencia.
Los días pasan: Mañanas familiares, tardes de pasión y noches de pasión, pero nada es eterno. Finalmente llega el momento en que Ewan debe cumplir con su compromiso con la Armada Real.
Partida
“¿Volverás, amor?”, es la pregunta que ronda la mente de Matilda desde temprano, hasta que finalmente la pronuncia mientras lo ayuda a empacar.
—Claro que volveré, amor mío —responde él, deteniéndose para tomarla entre sus brazos—. Las voy a extrañar hasta la locura. Espero estar de regreso pronto. Que el tiempo pase rápido…
Nicholas y Matilda acompañan a Ewan a la estación del tren que lo llevará a reunirse con la Armada, desde donde zarpará nuevamente en el gran navío Inspiración, bajo el mando del capitán Smith.
El viaje durará aproximadamente seis meses.
Matilda no puede dejar de llorar, y Nicholas, una vez más, deberá consolar y sostener a su hermana.
—Te lo agradezco, hermano —dice Ewan al abrazarlo.
Con esas palabras le expresa todo.
—Cuando vuelvas, nos iremos de cacería con Albert. Para esa temporada él regresa de Alemania. Se va a casar, ¿sabías? —dice Nicholas, intentando animar el momento.
—Son buenas noticias —responde Ewan con una sonrisa.
Luego mira a su esposa, que llora sin poder contenerse. Nicholas se aparta para darles privacidad. Ewan la toma entre sus brazos y apoya su frente contra la de ella.
—¿Volverás, amor? —pregunta Matilda una vez más, con el alma en la garganta.
—Volveré —susurra él—. Te lo prometo.
Matilda regresa a su hogar y al entrar, el silencio y el frío de la soledad la atrapan.
Descubre de inmediato no puede permanecer en Mécheter sin Ewan.
La casa, que durante su breve estancia juntos había parecido tan cálida y prometedora, ya no lo es más con su ausencia.
Recurre nuevamente a Nicholas y a su padre para que la ayuden a regresar a la mansión.
En Görhem, intenta convencerse de que aquella intensa y maravillosa visita, fue real, porque le parece que vivió solo una presencia fugaz de su esposo, que la vida le concedió o tal vez, solo un sueño, antes de devolverla a la rutina de siempre.
Pero no tarda en darse cuenta de que fue muy real, pues nuevamente lleva en su vientre un hijo de Ewan.
—En seis meses, mi vientre estará muy grande… —murmura y sonríe, pensando en que será una gran sorpresa para su esposo.
El embarazo la llena de alegrías inesperadas. Y cuando dio la noticia a su familia, estallaron en júbilo. Les pide que no lo divulguen, ella misma desea darle la noticia a su esposo.
Los meses avanzan con rapidez y todos se preparan para el segundo cumpleaños de Sonja y, como es habitual, el conde Clarke prepara una celebración extravagante con la que busca impresionar a todos los invitados.
Matilda, que supervisa los preparativos, no puede creer que Emma, su examiga, entre del brazo del nuevo alcalde del pueblo, ignorando descaradamente el peso del pasado.
Matilda hubiera deseado que Ewan estuviera a su lado, para que Emma descubriera que alcanzó a casarse con el amor de su vida… Aunque Matilda sabe que toda la comunidad lo sabe, pero le hubiera gustado que los viera juntos.
Emma se acerca luciendo una belleza refinada y elegante que contrasta con la jovencita rellenita que había sido en su juventud. Con la clara intención de interrogarla,
—Mati, querida, qué gusto verte. ¡Qué encantadora está tu pequeña! No lo hubiera imaginado… —dice, fingiendo cordialidad.
—Era de esperarse de una hija de Ewan. Mi esposo es sumamente atractivo. Tenía que ser hermosa —responde Matilda con una picardía que deja a Emma sin palabras—. Vamos, ángel, tu abuelo quiere darte una sorpresa.
Sin darle oportunidad de replicar, Matilda se aleja con su hija, que luce un vestido celeste floreado cuya falda se abre como campana a cada paso, mientras ambas avanzan hacia la gran mesa donde el conde Clarke ha preparado un banquete digno de su extravagancia habitual.
La pequeña Sonja es sentada en una silla alta a la cabeza de la mesa, y el conde ofrece un discurso que deja a todos admirados, especialmente cuando menciona al valeroso teniente Graham, padre de su nieta y yerno suyo, del que declara sentirse profundamente orgulloso, y anuncia que al regreso de Ewan le cederá la dirección del aserradero, pues considera que ya es hora de retirarse y permitir que el joven asuma el liderazgo.
Luego revela, con evidente satisfacción, que la familia espera otro nieto, noticia que provoca que Matilda se sorprenda y se sonroje mientras acaricia su vientre.
Esta noticia desata aplausos y felicitaciones de parte de todos.
Mientras que, la música de la orquesta llena la mansión de Görhem, los invitados brindan, ríen y celebran la vida de una niña que cumple dos años rodeada de amor, Matilda sonríe con discreción y Nicholas observa a su familia con un orgullo silencioso, a miles de millas náuticas de distancia, en las aguas turbulentas del mar Caribe, Ewan vive una realidad completamente opuesta, una maligna realidad marcada por el estruendo del metal, el olor a pólvora, los gritos desgarrados de los hombres y la violencia brutal de un ataque pirata que cae sobre el navío Inspiración con la fuerza de una tempestad desatada.