Capítulo 22
El perdón imposible
Alberta camina pensativa por los pasillos de su mansión. Medita y se convence de que debe intervenir por el bien de su hija. Toca la puerta del estudio de su esposo y pasa sin escuchar respuesta.
—George, estoy muy preocupada. Mati nos culpa por su desdicha, y creo que tiene razón.
Estamos impidiendo que estén juntos con esas tonterías del contagio.
Deberíamos apoyarlos. Aunque sé bien cuál es tu respuesta.
Eres muy terco. ¡Mi pobre niña! Y tú dices quererla tanto… —dice sin elegir bien sus palabras
—¡Ya basta, mujer! Ahora todo es mi culpa. ¿No recogimos a Mati embarazada y abandonada mientras ese don nadie andaba en su barquito, viajando y dándose la gran vida? —gruñe él.
—¿Gran vida? ¿Dándose la gran vida? Ese pobre hombre ha estado en peligro de muerte varias veces.
¿No vimos las noticias del navío Inspiración?
Y todo porque tú lo echaste del aserradero.
Nuestra hija habría quedado viuda, con el corazón destrozado, y mi nieta Sonja huérfana de padre —responde Alberta con dolor.
—Para eso estamos Nicholas y yo. Tiene suficiente figura paterna. Además, ni lo reconoce como padre —dice George, indiferente.
—Pero qué cosas tan horribles dices. No puedo creer que te quisiera tanto. Tienes un corazón muy malvado, George Clarke. Deberías reflexionar —dice ella con tristeza antes de retirarse a ver a su nieta.
George queda en silencio. Sabe que ha decepcionado a su esposa más de una vez con su proceder hacia ese yerno que, para colmo, es su yerno.
Debe admitir que siempre esperó que Ewan no regresara, que Matilda se librara de él.
No se había dado cuenta de que él mismo había sido un truhan, un hombre injusto.
Las palabras de Alberta lo atraviesan. Es cierto: siempre quiso estafar a los Graham.
Cuando Víctor le ofreció dinero, lo aceptó sin escrúpulos.
Fingió ser su amigo para que firmara confiado, pero lo despreciaba.
Lo envidiaba. Lo odiaba por tener más dinero que él. Por eso quiso quitarle todo.
Mira por la ventana, sumido en pensamientos oscuros que ahora lo incomodan. Antes no le importaba, pero la edad y las palabras de su esposa lo obligan a enfrentarse a sí mismo.
Unos golpes en la puerta lo sacan de su meditación. Respira hondo, se endereza en su escritorio y se prepara para recibir a quien sea.
—Adelante —dice con voz firme.
Ewan entra. Su presencia es imponente. Ahora es un hombre de veintiocho años, alto, elegante, bien parecido. Un teniente respetado, con dos propiedades valiosas y un futuro prometedor. George lo observa y siente, por primera vez, una punzada de vergüenza.
Ewan se queda de pie frente al escritorio, apoyando una mano en el respaldo de una de las sillas. Nota algo distinto en el conde: la ausencia de ese desprecio habitual. Lo percibe, se sorprende por un instante, pero no le da más importancia.
—Conde Clarke —comienza con respeto—, vengo a agradecerle por acoger a mi esposa y a mi hija en su casa. Sé lo que me dirá: que ellas son su hija y su nieta. Pero es mi obligación, y no la suya, velar por ellas.
Mira sus manos por unos segundos. Levanta su rostro, aclara la voz y continúa con firmeza:
—Yo no sabía que Mati se había venido a Görhem.
Estuve enviándole dinero a Nuilthorach. Al llegar al castillo, me encontré con la sorpresa de que se había marchado y todas mis cartas estaban allí, sin abrir.
Es mi deseo pagarle los gastos en que usted, muy amablemente, ha incurrido por ellas.
Y por sus atenciones, y de la condesa, le estoy sinceramente agradecido.
También me disculpo por los inconvenientes causados.
Pero ambos conocemos a Mati… ella hace cosas como esas.
Simplemente se va sin avisar —dice con una sonrisa tímida.
El conde, inmóvil, lo escucha en silencio, sus manos apoyadas en el escritorio y los dedos entrelazados, como si las palabras de Ewan llegaran a él desde muy lejos.
Algo extraño sucede dentro de ese hombre orgulloso: al ver a su yerno —huérfano primero de madre y ahora de padre, tan solo, tan tímido ante su presencia— siente un estremecimiento que no esperaba.
Nada de esto estaba previsto, nada de esto figuraba en su rígido guion de vida.
Y, sin embargo, ahí está: un remordimiento profundo, punzante, que le atraviesa el alma.
“Dolor, por el daño causado”, piensa.
“Arrepentimiento, por actuar con crueldad con estos muchachos”, reconoce.
Sus ojos comienzan a llenarse de lágrimas.
Baja la cabeza, lleva una mano a la frente para ocultar su rostro ante Ewan, pero no puede contenerse.
Lágrimas inesperadas resbalan por sus mejillas, y el conde Clarke, sentado en su propio escritorio, solloza sin poder detenerse.
Ewan, sorprendido, no sabe cómo reaccionar.
Nunca ha visto al conde comportarse así.
Su primera impresión es que algo grave le sucede. Así que reacciona…
—¡Madre Alberta! ¡Mati! ¿Pueden venir? —grita mientras sube las escaleras para buscarlas.
Ambas bajan de inmediato y Alberta lleva a su nieta en sus brazos.
—¡Ewan! ¿Qué sucede? —pregunta Matilda, alarmada.
Alberta no espera explicación. Corre hacia la oficina pensando que tal vez sus palabras fueron muy severas y teme lo peor. Pero al entrar, encuentra al conde de pie junto a la ventana, respirando hondo, intentando recomponer su ánimo.
—¿Qué te sucede, amado esposo? —pregunta ella, acercándose con preocupación.
—Nada, cariño. No me pasa nada… No te preocupes —responde él, tomando sus manos y palmeándolas suavemente para tranquilizarla—. Ewan y yo estábamos conversando. ¿Nos permiten terminar, por favor?
Todos se miran, desconcertados. Alberta, aunque inquieta, respeta la petición de su esposo. Se lleva a Matilda y a la niña, cerrando la puerta tras de sí.
El conde señala las sillas frente a su escritorio.
—Ten la bondad, muchacho. Toma asiento. Necesito hablarte…
Ewan obedece con cautela. El conde está irreconocible, y él teme que esta reunión se convierta en otra confrontación desagradable.
Pero el conde sin decir más se acomoda en su asiento y como es su costumbre, reposa sus manos sobre su escritorio, entrelaza sus dedos y, con evidente incomodidad, comienza a hablar:
—Mira, muchacho… sé que esto es inesperado para ti.
También lo es para mí, aunque no lo creas.
Quiero ofrecerte una disculpa —dice y aclara su garganta.
Luego, lo mira a los ojos—. Corrijo: una sincera y sentida disculpa por la forma en que te he tratado.
A ti, a tu hermano y a… —baja la mirada— a Víctor.
El nombre de su padre cae como un golpe en el pecho de Ewan.
Siente que la sangre se le enfría, que un escalofrío le recorre la espalda.
“Este hombre —este mismo que intentó estafar a mi padre— se atreve a pronunciar su nombre con aparente arrepentimiento”, piensa y el estómago se le revuelve.
El conde lo nota: el verde de los ojos de Ewan se oscurece, y eso lo pone nervioso.
Los papeles se han invertido. Ahora es él quien tiembla ante la presencia imponente del joven lord Graham.
Ewan se pone de pie.
—Ahora es muy tarde para una “sincera y sentida disculpa”, conde Clarke.
Mi padre ya no vive para recibirla —dice con voz firme, ajustándose la ropa con dignidad—.
Me llevaré a mi esposa e hija a Mécheter.
No se preocupe, mantendré la distancia con la pequeña los siete días restantes.
Llegué hace más de una semana a Nuilthorach. Eso cuenta, ¿no cree?
Se dirige a la puerta. Con la mano apoyada en el marco, se vuelve por última vez.
—Por cierto, puede venir a Mécheter cuando guste. Me refiero a que puede visitar a a su hija y nieta. Le aseguro que siempre será tratado con cortesía en mi casa, conde. No soy como usted. Con permiso.
El conde lo escucha y no replica. No lo culpa. De hecho, lo admira. Admira su firmeza, su elegancia, su honor.
—¡Ewan! —lo llama antes de que salga—. ¿Y qué hay de ti…?
Ewan se detiene, confundido.
—No lo comprendo, señor.
—¿Aceptarás mis disculpas?
Ewan no está listo para responder. No puede. No aún. Se limita a ponerse serio, inclina la cabeza con un gesto educado y repite:
—Con permiso.
Cierra la puerta tras de sí.