Una Rosa para Matilda: De la Rosa a la Luz Capítulo 21
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Capítulo 21

El refugio de Mécheter

Casi a las once de la mañana, Matilda decide llevar a su pequeña a la habitación de Ewan para saber cómo se encuentra. Espera que su controlador padre no regrese demasiado pronto de su visita a la ciudad. Cuando Ewan abre la puerta, el ardor sube a las mejillas de su esposa.

Matilda se había esforzado por lucir radiante ante él, con un delicado vestido rosa, y junto a ella, de la mano, su hijita luce un vestido de encaje amarillo y un lacito prendido en sus suaves ricitos.

Por el contrario, él luce terriblemente desaliñado y con una resaca que le pesa en los ojos y se avergüenza de su aspecto.

Durante unos segundos contempla la belleza de ambas, y un deseo profundo de abrazarlas lo atraviesa.

La pequeña, al verlo, levanta su osito de felpa para mostrárselo con orgullo.

Ewan sonríe ante el amiguito de su hija, pero de inmediato recuerda a su suegro y, preocupado, revisa los pasillos.

No quiere exponerse a una reprimenda de la familia Clarke por haber sido imprudente la noche anterior, ni desea que piensen que pone en riesgo la salud de su esposa e hija.

—¿Qué haces, Mati? No. Llévate a Sonja. Recuerda que no puedes acercarla a mí —dice con urgencia, dejando a Matilda desconcertada—.

Es en serio, Mati, llévate a nuestra hija.

¿Te imaginas lo que pensarán tus padres de mí?

Me alegra que Sonja esté mucho mejor, pobrecita mi hijita… pero ahora sí, ¡váyanse!

Hace un gesto con la mano para espantarlas y cierra la puerta. A Matilda no le agrada en absoluto que Ewan tema tanto a sus suegros.

—Mami, vamos. Manchanita y Banquita. ¡Vamos! —balbucea la pequeña, molesta por la actitud de su padre.

—Tienes razón, ángel. Vamos a ver a Manzanita y a Blanquita, que deben estar hambrientas las pobres. Tu papi no está de humor para jugar con nosotras… —responde Matilda, mirando la puerta cerrada. Conoce bien a Ewan. Sabe que él es… Ewan .

Mientras tanto, Ewan se viste con elegancia, cruza la mansión casi escabulléndose y se dirige a Mécheter.

Necesita hablar con su hermano, a quien desea ver desde hace tiempo.

Viaja en su propio coche y avanza con rapidez hasta llegar al camino flanqueado por muros de piedra que lo dirige a la propiedad.

Entre los abetos aparece la casa, que ya no le parece tan grande como antes, pero sí acogedora, un lugar que podría ser un verdadero hogar.

No sabe si Ronn está allí; no tuvo tiempo de avisarle. De cualquier modo, piensa quedarse en Mécheter. Ya no soporta la casa de su arrogante suegro, y cuando pasen los quince días irá por su esposa e hija. Tendrán al menos otros quince días juntos antes de que él deba volver a navegar.

Al llegar, nota que Ronn no está. Busca la llave debajo de la maceta del corredor, tal como su hermano le indicó, abre la puerta y entra al oscuro recibidor.

Enciende la electricidad y la casa se ilumina.

“Esta propiedad ya tiene electricidad… es un buen lugar para una familia”, piensa mientras recorre los salones.

Se quita la chaqueta y la cuelga en el perchero.

La sala está desordenada, con libros y ropa de Ronn por todas partes.

Pero también hay objetos femeninos, lo que hace fruncir el ceño a Ewan.

No le gusta que su hermano se mezcle tanto con Kever.

Lo aprecia, es un buen amigo, pero es un libertino, siempre rodeado de mujeres.

Por eso perdió a Eleonor. Aunque últimamente parece cambiar, Ewan teme que haya dado un mal ejemplo a Ronn.

No permitirá que Mécheter, la única propiedad que pudieron recuperar de la herencia de su padre, se convierta en un burdel.

Se acerca a la chimenea, donde el fuego arde con fuerza, y bebe un vaso de agua sentado en un sofá que ha movido frente al calor.

Piensa en su padre, en el aserradero que abandonó por orgullo, en la fortuna que su padre sacrificó por él, sin pensar en Ronn.

“No debí hacerlo… él lo dio todo por mí”, reflexiona con pesar.

Luego piensa en la Marina Real. No puede simplemente no presentarse.

Le dieron una oportunidad, un empleo de prestigio.

Pero tampoco quiere estar lejos de su familia tanto tiempo.

Cuando regrese, su hija tendrá más de dos años.

Se perdería su segundo cumpleaños. Y ahora, su suegro lo obliga a mantenerse alejado.

Finalmente decide que debe hablar con Ronn. Quiere vivir en Mécheter. Cambiará la herencia con él. No quiere alejar a su hija de sus abuelos; aunque su suegro lo deteste, ama profundamente a su nieta, y Ewan no le robará ese amor. No arrancará a su hija de su hogar ni de las personas que ama.

Mientras tanto, en la mansión Clarke, Matilda duerme a su pequeña, agotada después de jugar y alimentar a las ovejas, que viven como dos princesas: limpias, pulcras, bien alimentadas y con comodidades que ningún animal podría imaginar.

Luego toca dos veces la puerta de la habitación de Ewan y, al no obtener respuesta, entra sin esperar invitación.

El silencio es casi ensordecedor. La habitación huele a él, con un leve rastro de whisky.

Matilda recorre el lugar, observa sus cosas, y siente que casi no las reconoce, como si pertenecieran a un extraño.

—Ewan… ¿dónde estás? —susurra, llevando una camisa suya al rostro.

Su madre la encuentra allí, con lágrimas en los ojos. Matilda se seca rápido, pero Alberta ya la ha visto.

—Madre… lo amo tanto… y temo perderlo —confiesa, abrazándola mientras solloza.

—¿Qué ocurre, hija? ¿Discutieron? ¿Dónde está? ¿Acaso se marchó? —pregunta Alberta, alarmada.

—No lo sé. No sé dónde está. Lo he extrañado tanto durante tanto tiempo… y ahora ni siquiera podemos estar juntos.

—Calma, querida. Andará por aquí cerca… —la consuela su madre.

—O finalmente se dio cuenta de que no es bienvenido en esta casa, en esta familia… —interviene el conde Clarke—. Y se ha march…

Pero una voz lo interrumpe.

—Eso lo sabía incluso antes de casarme con ella, conde Clarke, pero no me importó. Y no me importará ahora. Así que no, no he abandonado a mi esposa —dice Ewan que aparece en la puerta. Matilda corre hacia él y lo abraza con fuerza. Él la sostiene, preocupado.

—¿Por qué lloras, mi amor? ¿Qué ha pasado?

—No es la primera vez que hace llorar a mi hija, Graham. Eso no lo tolero, y menos en mi casa —reclama el conde, indignado.

Las palabras no pasan desapercibidas para Ewan. A él también le duele ver llorar a su esposa, y tampoco le es indiferente lo que su suegro piense de él.

—Lo siento, señor. Pero esto lo resolveremos mi esposa y yo en privado. Ven, cariño —dice, llevándose a Matilda abrazada. Hace un gesto cortés a sus suegros antes de cerrar la puerta, dejándolos afuera, en silencio.

Alberta permanece disimuladamente junto a la puerta, sonrojada por su propia indiscreción, pero incapaz de alejarse.

La madera es tan delgada que puede escuchar sin dificultad lo que ocurre al otro lado.

George, al darse cuenta de lo que su esposa pretende, finge desaprobarlo con un gesto severo, aunque por dentro no podría estar más de acuerdo; sabe que ella le contará todo después, pero él no puede participar, así que se retira fingiendo molestia por todo lo ocurrido.

Dentro de la habitación, Ewan se agacha frente a Matilda para quedar a la altura de sus ojos. Ella bebe el vaso de agua que él le ha ofrecido para calmarse, y él lo deja en la mesita antes de tomar sus manos y besarlas con devoción.

—¿Te sientes mejor, amor mío? —pregunta con suavidad.

—¿Dónde estabas, Ewan? Creí que te habías ido… que me habías abandonado —susurra ella, con la voz quebrada.

Él se incorpora de inmediato, ofendido por la sola idea.

—¿Abandonarte yo? Por favor, mi amor. ¿Crees que no tengo honor? ¿Crees que podría hacerte eso a ti y a nuestra hija? Entonces, después de todos estos años, no has terminado de conocerme.

—Lo siento… es que no quiero perderte. Te he esperado tanto tiempo, y ahora que estás aquí, no podemos estar juntos. Mis padres intervienen, Ewan, no nos permiten… ¿qué haremos?

—Yo me encargaré. No te preocupes. Déjamelo a mí —dice él, alejándose unos pasos y mirando por la ventana.

—No. Lo que sea que vayas a hacer, lo decidiremos juntos. Quiero saberlo —exige ella, levantándose y acercándose a él.

Ewan mira su rostro entero iluminado por una belleza que lo desarma.

A pesar de que sus ojos azules están aún húmedos por el llanto, la nariz enrojecida y sus labios carnosos inflamados, siente un amor tan profundo, tan ardiente, que, en lugar de responderle, la toma entre sus brazos y acerca sus labios a los de ella.

Matilda no se espera: rodea su cuello con los brazos y lo atrae hacia ella y Ewan la besa con una dulzura que pronto se transforma en pasión. Y luego…

Alberta, al escuchar los gemidos suaves y apasionados que emergen de la habitación, decide que ya no es apropiado permanecer allí. Se aleja con el corazón encogido y va en busca de su esposo.