Capítulo 20 #2
—¿Sabes, amigo? No hemos celebrado el nacimiento de tu hija y mi sobrina. Tenemos eso pendiente. Esta noche nos divertiremos en grande. Beberemos y jugaremos. ¿Qué dices?
Hace saltar el corcho con un estallido festivo, inaugurando una noche de camaradería.
Ewan sonríe, agradecido por la calidez de Nicholas, y aunque acepta la copa de champagne, sabe que para lo que tiene en mente esa bebida será apenas un aperitivo.
Bebe la flauta de un solo trago y se dirige al whisky.
Esta vez es él quien lo muestra a Nicholas, y éste asiente con entusiasmo.
Sirven los vasos, los vacían con rapidez y toman otra botella antes de acomodarse en el sofá de cuero.
Ahora la conversación fluye con una naturalidad que Ewan no experimentaba desde hace mucho tiempo.
El licor les calienta la sangre, los relaja, los despoja de la tensión acumulada, y pronto ambos están riendo con una libertad casi infantil, recordando anécdotas antiguas, aventuras compartidas y momentos que parecían enterrados por la distancia y el tiempo.
La noche avanza entre risas, whisky y partidas de backgammon, y por primera vez desde su regreso, Ewan siente que el peso del mundo se aligera un poco.
El conde Clarke pasa frente al salón y se detiene unos instantes, observando a los dos hombres que ríen a carcajadas entre copas y botellas vacías.
No puede evitar que una oleada de nostalgia lo invada al recordar los días de su propia infancia y juventud, cuando su hijo y sus amigos construían jaulas, inventaban juegos y se divertían con cualquier artilugio que sus manos pudieran crear.
Respira hondo, mueve la cabeza con una mezcla de ternura y resignación, y se aleja de los ruidosos ebrios para evitar que despierten a su nietecita, que duerme plácidamente en sus brazos.
La llevará con su madre para que la arrope y la prepare para descansar.
—Padre, ¿dónde está Ewan? —pregunta Matilda al recibir a su pequeña, mientras conversaba con Alberta en su habitación, esperando que los caballeros compartieran un rato con la niña.
—En el salón con tu hermano. Déjalo, la están pasando bien —responde él, entregándole a la bebé ya dormida.
Luego extiende la mano hacia su esposa para retirarse a descansar—.
Por lo visto no cenaremos juntos esta noche.
Le pediré a Corina que te traiga algo si tienes hambre.
Nosotros cenaremos en nuestra habitación.
Ambos padres besan a Matilda y a su nieta antes de retirarse. Ella, ilusionada por tener a su esposo bajo el mismo techo, se apresura a acostar a la niña para ir a buscarlo, cuando de pronto su padre abre la puerta de golpe.
—Corina ha preparado la habitación de huéspedes para tu marido. Recuerda que debe mantenerse alejado de ustedes por al menos quince días, por tu bien y por el de mi pequeña Sonji. Es todo —advierte, lanzándole una mirada de reojo antes de cerrar la puerta.
Matilda queda inmóvil. No puede creer lo que ha escuchado.
Su padre le ha prohibido estar con su propio esposo.
¿Qué ocurrirá si desobedece? ¿Debe someterse a la autoridad paterna?
¿Debe seguir las indicaciones del médico?
Pero Ewan está ahí, tan cerca, tan deseoso de ella como ella de él.
Además, ya han estado juntos ; si hubiera algún riesgo, es demasiado tarde.
Ese razonamiento la impulsa a actuar sin dudar.
Corre al salón y encuentra a su esposo dormido en el sofá, y a Nicholas desparramado en el otro sillón.
Hay botellas vacías y juegos de mesa tirados por el suelo.
“No puede ser… no es tan tarde como para que estén tan desmayados”, piensa con una mezcla de ternura y exasperación.
“Nicholas puede quedarse donde está. Me da lo mismo; pero mi Ewan… De ninguna manera. No dormirá aquí”, decide.
—¡Ewan! Despierta, amor, tienes que levantarte —susurra muy cerca de su oído, cuidando que sus padres no la escuchen.
Lo mueve por los hombros, le da pequeños golpecitos en las mejillas, insiste una y otra vez hasta que él abre los ojos apenas. Matilda busca que la mire, y tras varios intentos, finalmente sus dos esmeraldas logran enfocarla.
—Cariño mío, no querrás dar mala impresión en casa de tus suegros. ¿Qué pensarán mis padres de mi guapo esposo? Creerán que eres un mamarracho ebrio. ¡Vamos! Levántate, amor mío, eres un gigante y eso me encanta, pero no puedo cargarte. ¡Ayúdame! Vamos, arriba…
Ewan hace un esfuerzo y se aferra a ella para mantenerse en pie. Matilda lo guía hacia la habitación que Corina le ha preparado. Cuando llegan al pasillo, él se tambalea y ella lo recuesta unos segundos contra una columna del elegante barandal.
—No te vayas a caer, cariño —murmura mientras se apresura a abrir la puerta y vuelve por él.
Entran juntos, y Matilda prácticamente lo tira sobre la cama. Él cae boca arriba, rebota ligeramente y luego intenta girarse para dormir, pero ella lo detiene y se apresura a quitarle los zapatos, y cuando intenta desabrocharle los pantalones, él se resiste con vehemencia.
—¡Oiga! ¿Qué hace? ¡Aparte sus manos de mí, mujer! ¿Quién es usted? ¡Aléjese! Soy hombre casado. ¿Me oye? Soy fiel a mi esposa, solo la amo a ella. Váyase, no me toque —protesta con la lengua trabada y completamente desubicado.
A Matilda se le hincha el corazón de amor al escucharlo. Sonríe, enternecida por su borrachera.
—Cariño, soy yo… Mati, tu esposa. ¿Recuerdas? —le pregunta, sentándose a horcajadas sobre él y apoyando las manos en sus hombros.
Ella se acerca y se aleja de su rostro para ayudarlo a enfocarla.
—Mírame, mi amor —susurra ella cuando nota que ya la ve con claridad.
Cuando por fin la reconoce, la abraza con fuerza, acaricia su cabello y su espalda, inhala su aroma y la besa con una ternura que la derrite.
—Mati… cariño… ¿qué sucede? ¿Dónde estamos? ¿Dónde está nuestra hija? —pregunta él, confundido.
—No te angusties, amor mío. Estamos en casa de mis padres. Has venido por mí, pero…
—Pero los elegiste a ellos en vez de a mí… —termina la frase por ella, dolido, con la lengua suelta por el alcohol.
—¿Qué dices? ¿Elegirlos? Claro que no. Te elijo a ti, mi amor. Te elijo a ti —responde ella con una compasión inmensa—. Tú eres todo para mí.
—Bueno… Si es así… entonces, quédate conmigo. Duerme conmigo esta noche, mi amor —se esfuerza por pronunciar bien las palabras y mostrarse seductor.
Matilda ríe.
—Te aseguro, teniente Graham, que convencerme no te será nada difícil. ¿Ahora sí me dejarás desvestirte?
Ewan se incorpora un poco, la mira con los ojos desorbitados, pero se le nota el amor.
La besa con pasión y le sonríe… y. sin poder evitarlo, vuelve a desplomarse, quedando completamente dormido.
Matilda suspira, resignada pero feliz a la vez.
Lo desviste con cuidado y se acurruca a su lado, disfrutando del calor de su esposo, que hace apenas unos minutos no sabía quién era ella ni dónde estaba.
En horas de la madrugada, Matilda se despierta y se da cuenta de que está a punto de amanecer, debe volver a su habitación y cuando logra deslizarse fuera del abrazo pesado y cálido de Ewan, lo observa dormir profundamente, lo besa en la mejilla con ternura y sale de la habitación sin que nadie la vea.
Corre a la suya para ver a su nenita, encontrándola tranquila, jugando con su osito de felpa en la enorme cuna de madera.
La alza con alegría, agradece a Dios por verla tan bien y se prepara para iniciar un día maravilloso con el regreso de su amado esposo.