Una Rosa para Matilda: De la Rosa a la Luz Capítulo 20
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Capítulo 20

Te elijo a ti, mi amor

Nicholas toca la puerta de su propio estudio sin atreverse a entrar, anunciando con insistencia que el fruto ardiente del amor de los recién reunidos llora con una desesperación que estremece toda la casa.

Al escuchar los golpes impertinentes de Nicholas, se visten con premura, y tratan de dejar el estudio casto y limpio como lo encontraron.

Cuando abren la puerta, Nicholas no tarda en advertir los rastros evidentes de la pasión que acaba de desbordarse entre ellos, especialmente por el moño de Matilda, completamente deshecho, lo que provoca en su rostro una expresión de disgusto que no se molesta en ocultar.

—¿Qué sucede contigo, Mati? Tu hija lleva rato llorando. Espero que hayan conversado lo que tenían que hablar… y nada más —murmura con severidad.

—Sí, hermanito, ya lo conversamos , y me marcho con mi esposo —responde ella radiante, tomando a su hijita entre los brazos—. ¿Por qué lloras tanto, mi ángel? ¿Qué te hizo tu tío? —pregunta al sentirla arder de fiebre.

—Yo no le hice nada, Mati. La siento caliente y no deja de llorar, eso es todo. Es evidente que no se siente bien. Será mejor llamar al médico de inmediato —se defiende Nicholas.

Ewan se sobresalta, toma a la niña con manos temblorosas y palpa su cabecita con una preocupación que lo atraviesa por completo. Se siente responsable. Teme haber traído consigo alguna enfermedad desde tierras lejanas, haberla contagiado al alzarla. Sería su primer fracaso como padre.

—Hijita… ¿estás enfermita? —susurra con ternura, pero se la devuelve a Matilda en cuanto ese pensamiento lo golpea.

Ella lo mira con inquietud y se dirige a su hermano.

—Hermano, por el amor de Dios, ve por el doctor Watson, por favor.

Nicholas no espera una segunda orden; sale corriendo. Matilda observa a Ewan, que permanece inmóvil, pálido, sin saber qué hacer ni qué decir.

Sube con la niña quejándose, y Ewan la sigue en silencio, cargando un miedo que no se atreve a pronunciar.

Pronto llegan Alberta y George, profundamente alarmados.

Alberta corre hacia su nieta, afligida por el llanto de la pequeña Sonja, sin notar siquiera la presencia de Ewan, quien se hace a un lado con discreción.

George, en cambio, lo mira con un enojo que se le sube al rostro como un incendio, pero no dice palabra; simplemente pasa de largo para ver a la niña.

Dos hombres se asoman por la puerta, uno mayor y otro joven, ambos de tez bronceada. Ewan los reconoce de inmediato como provenientes del Medio Oriente. El más joven se adelanta con preocupación evidente.

—Mati, querida mía, ¿cómo está tu hija? ¿Le sucede algo grave a la pequeña? —pregunta con un acento que confirma su origen, mientras se aventura a entrar en la intimidad de la habitación, acto que hace hervir la sangre de Ewan.

El hombre mayor inclina la cabeza en un saludo cortés, pero Ewan no corresponde; más bien hace un movimiento sereno pero seguro y se planta frente al joven con la firmeza de un muro.

—Aún no lo sabemos, señor —responde con dureza—. Le ruego que nos permita tratar este asunto en privado. Se trata de mi hija.

George observa la escena y su furia aumenta, pero Matilda interviene antes de que estalle.

—Ewan, por favor, no seas descortés con Shahid. Él es nuestro huésped —dice mientras posa su mano sobre el musculoso brazo de su esposo.

Alberta, que por fin repara en él, le entrega la niña a George y se acerca con calidez.

—Ewan, tesoro mío, qué alegría verte. ¿Cuándo llegaste? ¿Cómo estás, querido?

—Bien, madre Alberta. Muy feliz de verla… pero muy triste por lo que le ocurre a mi hija —responde, buscando en ella el consuelo de una madre. Toma su mano y la besa con respeto.

—Calma, hijo mío. La pequeña estará bien. Él es Shahid, y aquel es su padre, Mushad. Son amigos de la familia.

Ewan los saluda apenas con un leve movimiento de cabeza y vuelve su atención a su hija.

—¿Qué cree que tiene, madre Alberta?

—Ya casi llega el médico, querido.

El doctor Watson entra y encuentra la habitación abarrotada. La niña llora sin descanso.

—Debo examinarla. Solo se quedan los padres… o el abuelo, en ausencia del padre —dice sin mirar a Ewan.

—En efecto, señor, su padre sí está presente. Soy yo —responde Ewan con voz firme.

Matilda suspira con orgullo; George, en cambio, sale de la habitación con el ceño fruncido, junto con los demás.

Ewan explica al médico que es teniente de navíos, que ha viajado repetidas veces a las Indias y que, apenas llegó, tomó a su hija en brazos.

El doctor le asegura que, si le transmitió alguna enfermedad, los síntomas no aparecen tan rápido.

Aunque recomienda que Ewan se mantenga alejado de la familia por precaución durante quince días.

Luego pide silencio con un gesto profesional y continúa examinando a la niña.

Sonja sigue llorando, quejándose, con la frente ardiente.

El doctor Watson utiliza un estetoscopio, ese novedoso instrumento de madera y metal que permite escuchar los sonidos internos del cuerpo, y lo apoya con precisión sobre el diminuto pecho de la niña.

Matilda se acerca a Ewan, quien la rodea con un brazo mientras ambos observan cada movimiento del médico.

El doctor abre su maleta, revisa frascos de vidrio bajo la luz, escoge uno y administra a la niña unas gotas de un preparado medicinal.

—La pequeña presenta una irritación intestinal —dictamina mientras se coloca el estetoscopio alrededor del cuello—.

Durante tres días no debe tomar leche ni alimentos pesados.

Ofrézcanle caldos muy ligeros, papillas suaves de zanahoria o papa, y una infusión de manzanilla tres veces al día.

Las gotas de este frasco, solo después de su merienda de la mañana.

Luego se vuelve hacia Ewan, se coloca los lentes y le dice que también lo examinará.

Ewan se sienta de inmediato, se desabrocha la camisa y deja al descubierto su torso para que el doctor lo ausculte.

Matilda, ya con la niña más calmada, observa cómo el estetoscopio recorre el pecho de su esposo, mientras él respira hondo siguiendo las indicaciones.

El doctor concluye que Ewan está en excelentes condiciones. Guarda sus instrumentos, cierra la maleta y les recuerda que la niña debe reposar y evitar cualquier agitación durante varios días.

Ewan saca su cartera y paga la consulta sin permitir que nadie más intervenga; es su hija, y él asume la responsabilidad con orgullo. El médico acepta el pago y se retira.

Al abrirse la puerta, el tumulto que aguardaba en el pasillo irrumpe con premura, deseosos de saber cómo evoluciona la niña, y Matilda, radiante de alivio, George toma a la pequeña en brazos y se la lleva para calmarla, gesto que a Ewan le resulta profundamente incómodo, pues, aunque ahora está presente, todos parecen ignorar su autoridad como padre, como si su regreso no modificara en absoluto la dinámica de aquella casa.

Considera que su señor suegro debería, al menos por cortesía, preguntarle si puede llevarse a su hija, pero sabe que ese hombre no lo acepta y que cualquier expectativa de respeto por parte suya es ilusoria.

Además, Ewan reconoce que la diplomacia nunca ha sido su fuerte.

Observa la habitación de su esposa, repleta de personas que han invadido el espacio sin pedir permiso: como los caballeros del Medio Oriente.

Escucha cómo Matilda les explica con entusiasmo lo que el médico ha dicho y dictaminado.

Todos se alivian por no tratarse de nada grave, y aunque él también agradece a Dios que su pequeña no corra peligro, todo ello lo abruma.

Siente que, si su hija aún está enferma, debería estar con su padre.

Ese pensamiento lo impulsa a salir de la habitación.

Encuentra a su hijita en brazos de George, en el estudio, acompañado por Nicholas.

La puerta está abierta, y por eso los ve.

Ewan duda en entrar, recordando la última vez que estuvo allí, cuando su suegro lo expulsó con palabras duras y le prohibió volver.

Él había respondido que sí lo haría, y ahora, aquí está.

—Con permiso… vengo a ver a mi pequeña —dice con educación y cierta timidez.

—¡Ewan! —saluda Nicholas con alegría—. Pasa, hermano. Por dicha Sonja no está tan mal, eso me contó mi padre.

—No deberías acercarte a ella, Graham. Quién sabe qué clase de cuerpos extraños traes encima con esos viajes tuyos —interrumpe George con un tono grotesco.

Ewan sabe que, lamentablemente, su suegro no está del todo equivocado; el médico le ha advertido algo similar.

Pero escuchar esas palabras en boca de un hombre que lo desprecia despierta en él una rebeldía que jamás había sentido.

No es prudente discutir, especialmente cuando recuerda la frase que George le lanzó tiempo atrás: “Están en mi estudio, en mi casa, en mi propiedad”.

Aquella discusión sobre Mécheter vuelve a su mente, y en ese instante se le ocurre que esa propiedad podría ser un buen lugar para llevar a su esposa e hija mientras la pequeña se recupera.

Ante las palabras desagradables de su suegro, Ewan guarda silencio y decide retirarse para evitar que la situación escale. Pero Nicholas no deja pasar el comentario.

—¿Qué sucede contigo, padre? —reclama Nicholas con una seriedad que rara vez usa—. Ewan es familia. Es el esposo de Mati, tu hija, y deberías considerarlo hijo tuyo también. Hablo completamente en serio, padre. No puedes seguir comportándote así con tu yerno. Estoy muy decepcionado de ti.

George continúa meciendo a su nieta, ignorando por completo las palabras de su hijo, lo que irrita profundamente a Nicholas. Incapaz de soportarlo más, sale del estudio con paso rápido para alcanzar a Ewan.

—¡Ewan! ¡Espera! ¿Te parece si me acompañas al salón?

No espera respuesta; lo toma del brazo con afecto fraternal y lo conduce al lugar. Allí, ambos van a la vinoteca, revisan las botellas disponibles y Nicholas toma una de champagne y se la muestra, elevando sus cejas.