Una Rosa para Matilda: De la Rosa a la Luz Capítulo 19
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Capítulo 19

Reencuentro

Al llegar a la lujosa y elegante mansión de Görhem, el mayordomo sale a su encuentro y Ewan lo saluda con cariño:

—¡Saúl, querido amigo! ¡Qué alegría verte! —Ewan lo abraza con afecto—. Y… ¿mi esposa?

—Bien, bien, señorito Ewan… disculpe, lord Graham… Ehhh, quiero decir, teniente Graham —balbucea Saúl, nervioso. Sabe que el conde Clarke no lo quiere en la mansión, pero ya está dentro, así que solo recibe la chaqueta que Ewan le entrega y la cuelga en el perchero—. Ven, te llevaré con ella.

Mientras caminan por el pasillo, Saúl le explica que Matilda probablemente está durmiendo a su hija y que, muchas veces, ella también se queda dormida. Le pide que no haga ruido. Luego se hace a un lado para que sea Ewan quien abra la puerta.

Ewan coloca su mano en la perilla… y el mundo se detiene.

Al entrar, se despliega ante él la escena más hermosa que ha visto en su vida: Matilda, recostada sobre un edredón de raso rosado, tiene a su hija dormida sobre su pecho.

La cama es más grande y elegante de lo que recuerda —seguramente por compararla con su camón en el camerino del barco—.

Ella, con el cabello recogido en un moño alto, descubre su rostro hermoso y sereno mientras duerme, y la bebé, que abraza a su madre, luce rizos rubios, mejillas sonrojadas y un pequeño vestido rosa con un lacito del mismo color.

Ewan se acerca en silencio, con el corazón latiendo con fuerza. Observa a su pequeña con devoción: sus cejas finas, su diminuta nariz, el sutil rosado de sus labios, sus brazos gorditos y su pequeña mano reposando sobre el pecho de su madre.

No puede resistirse. Con extrema suavidad, la separa de Matilda y la toma entre sus brazos. La niña se estira, suspira y sigue dormida acurrucándose ahora en el pecho de su padre. Él sonríe, enternecido. Aspira su aroma de bebé y le da un beso en la frente.

Se dirige al sofá donde se sienta con ella. Contempla sus facciones con cuidado, acaricia con suavidad su tierno brazo, y juega con su mano dejando que su puño envuelva su pulgar. Por instinto, la arrulla con un canto suave en gaélico. Su voz es profunda, dulce y llena la habitación.

Ese murmullo despierta a Matilda.

—¿Ewan? —pregunta ella, incorporándose con incredulidad—. ¿Eres real o un hermoso sueño?

Busca a su hija en la cama y, al no verla, se levanta de golpe.

—¿Ángel? ¿Hija mía?

Ewan le hace señas para que guarde silencio. Ella lo ve. Lo reconoce. Y rompe en emoción.

—¡Ewan! ¡Dios mío! —exclama, reteniendo su grito.

Se tira de la cama y corre hacia él. Se arrodilla frente suyo y lo abraza por las piernas. Se aferra y comienza a llorar.

Pero Ewan no corresponde a su ímpetu. Cuando ella se levanta e intenta besarlo, él se aparta.

—Cálmate, Mati. Ya basta. Ve y recoge tus cosas. Nos vamos de inmediato —dice en voz baja, sin apartar su mirada en su hija.

Sus palabras son como una estocada a su corazón. Entiende que esté fascinado con su hija, pero no comprende por qué la trata así. No se han visto en casi dos años y su actitud es extraña. Su corazón se encoge con recuerdos del pasado.

—¡No! ¡No iré! —protesta controlando el tono de su voz.

Matilda está muy dolida. En sus sueños, su reencuentro con su esposo era muy distinto.

El hielo en la mirada fría de Ewan la inquieta y ella se explica…:

—No tengo necesidad de volver a ser humillada en tu hogar. Además, si no me amas, ¿para qué voy a ir? —concluye, apretando las manos.

Ewan tiene razones suficientes para estar molesto con ella: No fue fácil cuando sus camaradas le preguntaron por su pequeña, suponiendo que la había conocido y se había encontrado nuevamente con su esposa.

Pero no fue así. Sólo hizo el ridículo. Cuando corrió a buscarla, ella no estaba.

Su tío le dijo que lo había abandonado. Que no quiso esperarlo.

Pero no puede reclamarle en ese instante. No, cuando su pequeña está presente y en sus brazos.

Sin pronunciar palabra, Ewan se levanta, acuesta a la bebé en la cama y coloca almohadas a su alrededor.

Luego se vuelve y avanza hacia ella con paso firme.

Matilda, no entiende lo que sucede, pero retrocede hasta quedar atrapada contra la pared.

Su aroma la envuelve. Él acerca su rostro al de ella, rozando apenas su nariz contra la suya.

El fuego de sus ojos la intimida y entonces ella cierra los suyos casi temblando.

—No tienes idea de lo ansioso que estaba por encontrarme con mi esposa… nuevamente. ¿Cómo osas atreverte a decir que no volverás conmigo? ¿Puedes explicarme? —susurra él, con la voz cargada de emoción y reproche.

—Entonces… ¿por… por qué rechazaste mi beso? —pregunta ella, con un dejo de tristeza.

—¿Cómo? ¿Rechazarte? ¿Ardo por tenerte mi amor? Pero ¿cómo pretendes que te bese delante de nuestra hijita? ¿Y si abre sus inocentes ojos y nos ve? —responde él, indignado.

Matilda ríe, aliviada. Lo desea, lo ama, lo extraña. Y por un instante tuvo el temor de que él ya no la amara más.

—¿No me trajiste una rosa? —pregunta, con un dejo de sensualidad en su voz.

—No. No sé con qué color decirte que estoy muy enfadado contigo y, al mismo tiempo, loco de amor por ti. Por eso no te traje ninguna rosa—dice él, frunciendo el ceño.

—¿Enfadado? ¿Por qué? ¿Por qué estarías enfadado conmigo, Ewan? Dime —pregunta ella.

—Te fui a buscar, Mati. Pedí una licencia para estar contigo y nuestra hija y… te habías marchado. ¿Cómo crees que me sentí? No tienes idea de lo ansioso que estaba por verte… Por verlas… ¿Por qué me abandonaste? —dice él, con dolor contenido.

—¿Abandonarte yo? —responde ella, herida—. ¿Acaso no te explicó tío Samuel que Nicholas me trajo para que mi madre me cuidara? Y gracias a Dios que fue así, Ewan. Nuestra hija venía en mala posición. Fue un parto muy trágico y doloroso. Perdí mucha sangre y tuve un paro cardíaco.

Ewan abre sus ojos cuando la escucha.

—¿Qué…? ¿Qué dices, cariño? —susurra y su semblante cambia por completo. Ewan palidece y está impactado—. ¡Oh, dulzura mía! Casi te pierdo… y yo sin saberlo. Perdóname, mi amor.

Ella sonríe con ternura y Ewan le frunce el ceño….

—¿Qué? ¿Por qué sonríes?

—Ya todo pasó, mi amor. Y… y podría perdonarte… pero tengo una condición.

Las delicadas manos de Matilda viajan hasta el cuello de su esposo y apoya su frente contra la de él, buscando su cercanía. Al sentirla, Ewan cierra los ojos, lo enloquece la calidez de ese gesto, pero recuerda a la bebé y se aparta suavemente.

—Mati… no aquí. La bebé podría despertarse y vernos.

Ella respira profundo, ocupa calmar su ansiedad.

—Si eso te preocupa, entonces… ven conmigo —dice, tomándolo de la mano para llevarlo a un lugar donde puedan conversar sin miedo a despertar a su hija.

Lo conduce hasta el estudio de Nicholas y entran sin tocar. Nicholas está trabajando y no ha visto a su amigo y cuñado.

—Mati, ahora no puedo, estoy ocupado. Ven mañana o dentro de un mes y con gusto te atenderé —dice sin levantar la vista.

—Necesito hablar a solas con mi esposo, hermanito. ¿Puedes ir a cuidar a la pequeña Sonja, por favor? —pide ella.

—Te dije que ahora no p… —se detiene Nicholas cuando levanta la vista.

Al ver a Ewan se sobresalta por la sorpresa y va a saludarlo con gran alegría.

—¡Ewan! ¡Qué sorpresa, hermano! —exclama.

Ambos amigos y cuñados se abrazan, ríen y golpean sus hombros con cariño. Matilda los mira con alegría.

—Pasa, pasa. Tienes mucho que contarme —dice Nicholas.

—Después, hermano, después. Ve con la pequeña Sonja —insiste Matilda.

—¿Sonja? —pregunta Ewan, temiendo lo peor—. ¿Nombraste así a nuestra hija? No puede ser cierto…

Matilda guarda silencio. Sabe que a Ewan no le iba a parecer el nombre, pero Nicholas interviene:

—Sí, Sonja. ¿No es hermoso? No debes relacionar el nombre con la persona, sino a la persona con el nombre. “Sonja” significa mujer sabia y triunfadora. Pero sí, querido cuñado, así se llama nuestra nena.

Con esto, Nicholas abandona su propio despacho complaciendo lo solicitado por su hermana y Ewan queda pensativo frunciendo el ceño. Luego mira a Matilda y ella está presionando sus labios, mostrando sus camanances, al mismo tiempo que mira sus manos.

—Claro que es cierto. Sonja es un nombre hermoso. Y yo quiero mucho a mi querida nana —acaba por decir Matilda.

—Pobre hijita mía… debiste consultarme, Mati —dice él, señalándola.

Pero Matilda ya no escucha. Va a la puerta, pasa el cerrojo, vuelve hacia él y lo mira con una mezcla de emoción, alivio y necesidad de cercanía. Él, también está ansioso y sabe que no tienen mucho tiempo.

Con brazos fuertes la atrae a él y la besa con una avidez contenida por casi dos años. Ella se separa, necesita abrazarlo y se aferra a él, respirando su presencia como si temiera perderlo otra vez.

—Llévame a casa, mi amor. Muero por estar contigo —susurra ella, con el corazón desbordado.

Ewan apoya su frente contra la de ella, cerrando los ojos.

—Ya te lo dije —responde él, con tono sensual que vuelve loca a su esposa—. Alistamos todo y nos vamos de inmediato. Nuestro hogar nos espera, mi amor.