Capítulo 18
Tu última rosa, Matilda
Es un día gris. Entre niebla y aire frío, Matilda camina descalza entre tumbas y mausoleos, pisando el césped suave del camposanto.
No se pregunta por qué está ahí; todo le parece natural, como si perteneciera a ese lugar.
El viento agita suavemente su ligero vestido blanco, al igual que su cabello, aunque no siente el frío.
A lo lejos ve un grupo de personas vestidas de negro, reunidas alrededor de un sepelio.
Se siente atraída hacia ellos y se acerca.
El ministro pronuncia palabras que ella escucha sin comprender.
Esparce agua bendita sobre el féretro y los hombres, con trajes oscuros, lo bajan lentamente a la fosa.
Matilda presencia todo, pero no reconoce a nadie; las mujeres llevan velos que cubren sus rostros y los hombres mantienen la cabeza baja.
Entonces, uno de ellos se adelanta. Tiene una rosa roja en la mano.
—Tu última rosa, Mati. Adiós, amor mío —dice.
Ella reconoce la voz. Es Ewan.
Él besa la rosa y la deja caer en la fosa. Matilda corre hacia el borde y observa la rosa descender, girando suavemente hasta posarse sobre el féretro. Solo entonces ve la placa: Matilda Clarke.
—Ewan, la inscripción en la… la… lápida está mal. Ahora soy Matilda Graham. ¿No lo recuerdas? Nos casamos —dice, pero él no la escucha.
Ella mira a todos y grita:
—¿Qué sucede con ustedes? ¡Saquen ese ataúd! ¡Ese no es mi nombre! ¡Estoy aquí! ¡Mírenme! Ewan, por favor… haz algo… debes cambiarlo: ¡Soy Matilda Graham…!
Cuando lo mira de frente, nota sus párpados enrojecidos. Él cubre su rostro con las manos y solloza.
—Matilda vuelve… vuelve por el amor de Dios…
—¡Matilda vuelve! ¡Vuelve por el amor de Dios! —grita la voz femenina de Sonja que se superpone a la de Ewan. Matilda la escucha, se vuelve más cercana, más urgente, hasta aturdirla.
Sonja la sacude de los hombros mientras el médico revisa su pulso. Alberta llora desconsolada junto a la cama, llamando a su hija con desesperación.
Matilda se había desvanecido después de luchar con todas sus fuerzas para dar a luz a su pequeña.
La niña nació en posición invertida y el parto fue largo y doloroso.
Matilda perdió mucha sangre. Cuando finalmente la pequeña llegó al mundo, el corazón de Matilda se detuvo.
Solo las sacudidas desesperadas de Sonja y la voluntad divina lograron traerla de vuelta.
Con una inhalación profunda, Matilda regresa a la vida. Apenas puede abrir los ojos, pero el llanto de su bebé la ancla al mundo.
—¿Madre…?
—Aquí estoy, cariño.
—¿Mi bebé? ¿Cómo está mi bebé? ¿Está bien? —pregunta con voz débil, los labios pálidos por la pérdida de sangre.
—Sí, Mati, gracias a Dios. Es una niña. Es preciosa —responde Alberta, riendo entre lágrimas mientras abraza a su nieta.
—Una niña… gracias a Dios… ¿Ewan? Sonja… ¿dónde está mi esposo? —pregunta Matilda, antes de caer rendida.
La enfermera toma a la niña de las manos de su abuela. Debe asearla para que el médico la examine.
El doctor Watson se reúne con Alberta. Se seca el sudor de la frente y guarda el pañuelo en su chaqueta.
—La niña está saludable, pero… por unos minutos creí que la habíamos perdido, señora condesa —dice con gravedad—.
Ha sido un milagro. Ahora, la señora Graham necesita descanso absoluto y buena alimentación.
No puede amamantar a la bebé; está demasiado débil.
No debe exaltarse ni hacer esfuerzos. La visitaré durante varios días.
Su estado es frágil, por favor no lo olviden. Ahora me marcho…
Cuando el médico sale, encuentra al padre de Matilda y a Nicholas, ambos con los ojos enrojecidos por la preocupación. El doctor les sonríe con alivio.
—Ambas están bien… Sí, es una niña, y muy hermosa. Pero la madre debe descansar. Ha sido muy valiente. No cualquier mujer habría sobrevivido. Dios la bendiga.
Padre e hijo agradecen profundamente. Y en ese momento, Alberta aparece con la bebé en brazos, orgullosa y emocionada. Nicholas la observa con ternura.
—¿En serio Nati la llamará Sonja, madre? Es demasiado hermosa para que le ponga ese nombre. ¿No crees? —pregunta Nicholas.
—¡Nicholas! ¡No seas grosero! —lo reprende Alberta—. Sonja es un nombre hermoso. Significa “mujer sabia y triunfadora”. No pienses en la persona, piensa en el significado del nombre ¿Comprendes?
Nicholas recuerda todo lo que Sonja ha hecho por Matilda. Y ahora debe reconocer que ayudó a salvarle la vida.
—Nicholas, cariño —dice Alberta—. Necesitamos tu ayuda. La pequeña Sonja debe comer. Necesitamos una nodriza. Ve al pueblo y contrata a alguna. Matilda no puede alimentarla.
—Claro, madre. No tardaré.
Alberta prepara un biberón para alimentar a la bebé mientras llega la nodriza. La pequeña lo rechaza al principio, pero Sonja lo intenta con paciencia y finalmente la niña acepta. Después de alimentarla, la ayudan a expulsar los cólicos y la acunan hasta que se queda dormida.
Suben a la habitación de Matilda, donde ahora hay una cuna junto a la cama. Madre e hija dormirán juntas. Nicholas regresa con una nodriza que se encargará de alimentar a la bebé hasta que Matilda recupere fuerzas.
Y mientras la pequeña Sonja Graham duerme tranquila, y Matilda descansa, viva por milagro, su esposo, en un mar lejano, también ha luchado por sobrevivir… y ambos han estado a un suspiro de perderlo todo.
El tiempo avanza y Matilda recupera sus fuerzas poco a poco. Han pasado tres meses desde el nacimiento de su hija, y la ausencia de noticias de Ewan comienza a inquietarla profundamente. Cada día que pasa sin una carta es un golpe silencioso que se acumula en su pecho.
—Madre, debo volver a Nuilthorach. Ewan espera encontrarme allí cuando regrese. ¿Qué pasará si vuelve y no estoy? —dice Matilda mientras toma café con Alberta y Sonja, que escucha con atención.
—¿Qué dices, hija querida? Samuel puede avisarle que estás aquí. Él vendrá a buscarte. Déjame cuidar de ti y de mi nieta. No tienes fuerza para viajar y Sonja está muy pequeñita —responde Alberta con dulzura.
—No sé nada de él, madre. De seguro está enviando las cartas al castillo. Le escribiré a Samuel para que me envíe cualquier carta que haya llegado y para que le avise a Ewan que estoy aquí.
Y así lo hace. Matilda escribe a Samuel contándole que su hija ya nació, explicándole las razones por las que tuvo que irse a Görhem y pidiéndole que informe a Ewan y le envíe las cartas a su antigua dirección.
Pero Samuel no cumple ninguna de sus solicitudes.
Su resentimiento sigue vivo, y su silencio se convierte en una barrera entre los esposos.
Mientras tanto, la fragata Inspiración ha hecho varios atracos.
El viaje se prolonga mucho más de lo esperado.
Han pasado siete meses cuando finalmente regresan a Inglaterra.
Ewan se presenta ante los magistrados junto al capitán Smith.
Entrega su reporte y recibe condecoraciones por salvar la nave durante la tempestad y por haber enfrentado a piratas con valentía y astucia.
Su reputación crece. Su nombre comienza a resonar entre los oficiales.
Los magistrados le asignan una nueva misión, prácticamente para zarpar al día siguiente.
Ewan acepta: el pago y el prestigio son demasiado tentadores para afianzar su carrera.
Solo solicita una licencia de dos días, explicando que su esposa estaba embarazada cuando partió y que su hijo ya debió haber nacido.
Necesita verlos, y ellos se la conceden.
Viaja ilusionado hacia Nuilthorach, ansioso por abrazar a su esposa y conocer a su bebé. Pero al llegar, descubre que Matilda se ha marchado. Tarda casi un día en viajar desde la base real hasta Escocia, y ahora no tiene tiempo para ir a Görhem. Debe volver al mar.
Entonces las palabras de su tío resuenan en su mente constantemente:
“Se fue porque no soportó la vida sin sus lujos. Es la verdad. Simplemente no quiso esperarte. Yo le dije que no se fuera y no me hizo caso… ¡Bah!”
El golpe de su ausencia es brutal, y Ewan le cree a su tío. Conoce el carácter de Matilda: consentida, caprichosa, acostumbrada a la comodidad. El resentimiento se apodera de él y decide que no volverá a escribirle. De todas maneras, sus cartas seguirían llegando a Nuilthorach… no las recibirá.
La segunda travesía la hace con el corazón endurecido. No sabe nada de su esposa ni de su hija. No sabe que Matilda casi muere. No sabe si su hija lleva su nombre. No sabe que su esposa lo espera con devoción. No sabe que Samuel no le ha dicho toda la verdad.
Pasan casi doce meses. Cuando finalmente regresa a Portsmouth, su hija debe tener alrededor de un año y nueve meses. Ewan pide un mes de descanso para estar con su familia. Quiere conocer a su hija. Quiere traerlas a Nuilthorach, sin importar lo que piense de Matilda.
Compra un carruaje moderno y hermoso, pensando en la comodidad de su esposa y su pequeña. Viaja sin contratiempos hasta la mansión del conde Clarke.
Y así, con el corazón endurecido, pero también ilusionado, Ewan Graham llega Görhem…