Una Rosa para Matilda: De la Rosa a la Luz Capítulo 17
78%

Capítulo 17

Tempestad en la tierra y en el mar

El tiempo transcurre y el corazón de Samuel continúa resentido.

Siente la partida de Matilda como una ofensa personal.

Han puesto en duda su capacidad para cuidarla, como si su marcha fuera un juicio silencioso sobre su honor.

No sabe cómo explicará esto a Ewan cuando regrese; teme que su sobrino piense que falló en su promesa y que la dejó marchar sin luchar por retenerla.

Ese pensamiento lo atormenta más de lo que admite.

Mientras su resentimiento hacia Matilda crece, su cariño por Eilidh se profundiza. La joven, tan sola y herida, despierta en él una ternura inesperada. A veces piensa que habría sido mejor que Ewan se hubiese casado con ella; habría sido más sencillo, más seguro, menos doloroso para todos.

Samuel decide no comunicarle a Ewan la partida de Matilda.

No escribirá una carta que lo informe. No quiere amargarlo ni preocuparlo.

Sabe que las travesías marítimas son complicadas; en sus cartas lo narra.

Constantemente hay amenazas de asaltos, y el capitán Smith le exige riesgos innecesarios para complacer los caprichos de los nobles que viajan a bordo.

Ewan, como primer teniente, lo advierte, pero Smith no escucha.

Esto lo lee en su última carta, escrita en Portsmouth hace más de un mes.

—¡Ach nae! ¡Lo sabía…! —exclama Samuel indignado, haciendo un puño la carta y apretando los dientes, furioso.

A miles de millas náuticas, Ewan presiente que una fatalidad se aproxima y… finalmente sucede.

No es una invasión ni un ataque pirata, sino una tempestad tan feroz que parece surgir de las entrañas del océano. El viento ruge como un animal desatado, y las olas golpean la nave con una violencia que amenaza con partirla en dos. El mar parecía querer devorar la fragata entera.

Cuando el capitán Smith escucha la fragata crujir, se paraliza ante la magnitud de la amenaza. Es entonces cuando Ewan toma el control.

Eleva el grito que salvará a la tripulación.

Se forra con el hierro de la templanza y la sabiduría.

Se planta en la cubierta como un faro en medio del caos.

Aunque gruesas gotas de lluvia golpean su rostro y empapan su cuerpo, él se aferra al timón con una fuerza que parece sobrehumana.

Grita órdenes precisas, que se imponen sobre el rugido violento del viento; señala maniobras, coordina a los hombres que corren de un lado a otro intentando salvar la nave.

La tripulación está atenta a su voz profunda.

Confían en él y, como valientes y disciplinados, siguen cada instrucción con absoluta fidelidad.

Mientras él luchaba por sobrevivir, ella soñaba con su regreso.

La nave no se vuelca ni se hunde, pero inevitablemente encalla entre rocas, lo que, paradójicamente, termina siendo su salvación.

La tempestad es tan brutal que, de no haber encallado, la fragata habría sido tragada por el mar.

La fragata quedó atrapada entre rocas como una mano divina que la sostuvo en el último instante.

Ewan ordena tirar el ancla para estabilizar la nave.

Los hombres se reparten tareas: unos refuerzan amarres, otros buscan grietas por donde pueda entrar el agua, otros las sellan, mientras varios sacan agua con cubetas sin descanso.

Trabajan durante horas, luchando contra el mar y contra el cansancio, hasta que finalmente la tempestad comienza a ceder.

El silencio que sigue al estruendo es tan profundo que parece sagrado.

El silencio era tan profundo que los hombres podían oír sus propios corazones.

Los hombres se miran entre sí, incrédulos; no entienden cómo han logrado sobrevivir y luego estallan en vítores de alegría. Han salido airosos.

Los pasajeros nobles, pálidos y temblorosos, comienzan a aparecer en cubierta. Entre ellos está el capitán Smith, que se acerca a Ewan con una mezcla de vergüenza y admiración.

—Bien hecho, muchacho. Un proceder heroico. Te felicito. Eres valiente —dice, reconociendo lo que todos han visto.

—Aún debemos reparar la nave, señor, y sacarla del arrecife. Pero eso será mañana, cuando haya luz —responde Ewan, con respeto, aunque exhausto.

Los nobles lo felicitan uno a uno. Ewan apenas inclina la cabeza; está empapado, helado y agotado. La adrenalina se desvanece y el frío de la madrugada cala en sus huesos. Ordena turnos de descanso y vigilancia, pues no saben dónde están ni si hay piratas cerca.

Cuando por fin llega a su cabina, agradece a su Creador por haberlos salvado.

La nostalgia lo golpea con fuerza. Estuvieron en un peligro mortal y pudo haber muerto sin conocer a su hijo.

Quizá el bebé ya nació. Quizá Matilda lo necesita.

Quizá algo salió mal. La incertidumbre lo desgarra.

Nunca la había extrañado tanto como en esa noche helada.

Se quita la ropa mojada, se pone solo unos pantalones para dormir y se sienta en su pequeño escritorio para escribirle a su tío.

Quiere saber todo sobre el nacimiento de su hijo, si ya llegó al mundo, si Matilda está bien.

Le pide a Samuel que no le diga nada a su esposa, pues desea sorprenderla con su regreso.

Unos golpes en la puerta interrumpen su escritura.

Ewan deja la pluma en el tintero y abre.

Frente a él está la hija de uno de los concejales del rey, una joven noble que ha viajado con ellos desde Portsmouth.

Lo saluda con una sonrisa coqueta, demasiado amable para la hora y las circunstancias.

Ewan la mira con sorpresa y hace un esfuerzo por no fruncir el ceño.

—Buenas noches, teniente. Espero no interrumpirlo. Como no cenó con nosotros… pensé que quizá tendría hambre. Le traje esto. Espero no parecerle atrevida —dice, ofreciéndole un plato con carne, zanahorias cocidas y guisantes.

Ewan toma el plato agradeciéndole la cortesía, pero nota cómo ella recorre con la mirada su torso desnudo y se siente incómodo.

—Disculpe, señorita. No estoy presentable. Ya iba a descansar. Le ruego que me… —dice él. Ella se sonroja al sentirse descubierta—. Y gracias por la comida. Me había resignado a dormir sin cenar. Se lo agradezco. Buenas noches.

Cierra la puerta con suavidad, deseando que se marche. Luego coloca el plato sobre el escritorio y come, no por apetito, sino porque necesita fuerzas. Después retomará la escritura de la carta.

Mientras mastica en silencio, siente la calma afuera, pero dentro de su pecho continúa rugiendo una tempestad distinta: la nostalgia por Matilda, el miedo por su hijo, la incertidumbre del mañana.

Pasan dos días encallados mientras reparan los daños de la nave.

La señorita Howard se acerca a Ewan cada vez que puede, buscando conversación, sonrisas, atención.

Él sabe exactamente lo que pretende, pero no está interesado.

Está felizmente casado, ama a su esposa con devoción; es un hombre fiel y honorable.

Por eso mantiene siempre un tono cortante y serio, aunque evita ser descortés.

Ewan evitaba mirarla demasiado tiempo; no quería dar pie a ningún malentendido.

Finalmente, logran liberar la fragata de entre las rocas, reparan lo necesario y continúan su viaje hasta llegar a puerto seguro en Sri Lanka. Cuando la nave finalmente se deslizó fuera de las rocas, los hombres sintieron que habían vencido al propio destino.

Ya en alta mar, mientras sostiene el timón y el mar permanece en calma, y aunque la brisa cálida acaricia el rostro de Ewan, la angustia lo oprime.

El mar estaba en calma, pero su alma no.

Un presentimiento lo atraviesa con fuerza.

Deja a cargo a uno de sus ayudantes y se retira a su cabina, donde ora por su esposa y su hijo…

No pedía gloria ni victoria; solo suplicaba volver a verla.