Capítulo 16 #2
Nicholas y Eilidh se quedan con ella hasta que se queda dormida. Matilda no suelta su mano y Nicholas observa su vientre, ya prominente. Tiene treinta y dos semanas. Sabe que Matilda es terca e inquieta, pero…
“¿Qué sabe Samuel de cuidar a una mujer embarazada? Mati debe estar con mi madre. Si Ewan no va a regresar antes del nacimiento, yo tomaré las riendas con mi hermana. Yo mismo me encargaré de protegerla…”, piensa.
Nicholas sale de la habitación junto a Eilidh, cierra la puerta con suavidad para que Matilda descanse y se dirige al estudio de Samuel.
Lo encuentra sentado frente al escritorio, rodeado de varias cartas abiertas de Ewan, con la mirada perdida en la ventana.
La expresión del lord Graham es tan grave que Nicholas siente un estremecimiento.
Presiente que no son buenas noticias. Antes de hablar, decide esperar a que Samuel tome la iniciativa.
—Debe decírmelo, lord Graham. ¿Qué sucede? —pregunta finalmente, con una seriedad que no admite evasivas.
Samuel le indica que cierre la puerta y le señala una silla. Luego le entrega una de las cartas para que la lea por sí mismo.
Nicholas la despliega y su rostro cambia de inmediato.
—No sé mucho de navegación, Samuel, pero esto sería casi un suicidio. Esos mares son terribles en esta época. Sé que tienen prisa, pero es demasiado arriesgado. Que Dios los proteja —murmura, sintiendo un escalofrío recorrerle la espalda.
—Deben ser por los nobles que llevan a bordo. Ellos presionan al capitán . ¡Ach nae! Por eso William no quería que Ewan estuviera en el mar. ¡Paz a su alma! —dice Samuel, profundamente dolido, recostándose sobre el escritorio mientras frunce el ceño, preocupado y triste.
Nicholas respira hondo.
—Matilda no puede saberlo, lord Graham. Ya tiene suficiente con su embarazo y con la angustia de esperar a su esposo. Dios mío… estaba tan triste solo por su retraso, como le indicó en las cartas.
—Haré todo lo posible para que esté bien, para que se sienta tranquila y…
—No lo creo —interrumpe Nicholas, con un tono que no mide la cordialidad—. Mi hermana se va conmigo. Mi madre la cuidará como corresponde. Ya no voy a tolerarlo más. Se trata de mi hermana menor…
Sus palabras son una ofensa directa a los Graham. Samuel lo mira con una furia que rara vez muestra.
—¡Basta! —ruge golpeando la mesa—. Usted no sacará a la esposa de mi sobrino de esta casa. Ella permanecerá en este castillo.
—Lo lamento, pero se va conmigo. Con permiso —dice Nicholas, sin ceder un ápice.
Sale del estudio sin esperar respuesta y se dirige a la habitación de Matilda. Entra, cierra la puerta y comienza a sacar los baúles. El ruido despierta a Matilda.
Nicholas comienza a empacar sus sencillos vestidos, de telas humildes y colores apagados. Todo le parece de mal gusto y de poco valor. En la casa de sus padres tendría mejores comodidades, especialmente en su estado.
—Nicholas… ¿qué estás haciendo? —pregunta ella, aún somnolienta y con el corazón encogido.
—Te vas conmigo, querida. Soy tu hermano mayor, y en ausencia de tu esposo, me corresponde cuidarte. No sabemos cuándo volverá Ewan. Si es que vuel…
No termina la frase. Matilda lo mira con horror, y por primera vez en su vida, Nicholas la ve llorar con un dolor tan profundo que casi lo derrumba. Él corre hacia ella, arrepentido, y la abraza con fuerza.
—No, Mati… perdóname. Soy un bruto por hablar así. Perdóname, hermanita. Cuando Ewan vuelva, irá a buscarte a la casa. Yo mismo le escribiré. Te lo prometo.
—¿De verdad me lo prometes? —pregunta ella, desconsolada.
—Te lo prometo, Mati. Pero por favor, ven a casa. Madre cuidará de ti, y tu bebé nacerá con los cuidados necesarios.
Las palabras de su hermano suenan esperanzadoras, pero de pronto recuerda algo que la desgarra.
—Pero… pero ¿qué haré con Blanquita y Manzanita? —pregunta con voz temblorosa.
—¿Quiénes? —pregunta Nicholas, confundido.
—Blanquita y Manzanita… mis ovejitas. Todavía son pequeñitas. No puedo dejarlas. Me extrañarán. Creerán que las abandoné y que no las quiero. Pobrecitas… —dice, y vuelve a llorar con un dolor que lo desarma.
Nicholas desearía voltear los ojos, pero suspira resignado al ver cuánto está sufriendo su hermana.
Sabía que estaba cruzando un límite peligroso, pero el amor por su hermana pesaba más que cualquier título.
Finalmente, decide buscar jaulas para transportar a las dos ovejitas y comprar comida para el viaje.
Para acomodarlas, deja atrás todas las pertenencias de Matilda, decidido a suplirla con ropa fina y elegante cuando lleguen a casa, aunque jamás se lo diría.
Al verla partir, Samuel se marcha al campo, furioso. Esto es una vil traición y una ofensa.
—¿Qué le diré a mi sobrino? Le diré la verdad. Su esposa simplemente lo abandonó… —refunfuña, furioso.
No era solo furia: era miedo, era culpa, era la sombra de perder a otro Graham. El corazón de Samuel era un campo de batalla.
Nicholas habla con Magna, le explica la situación y se despide de Eilidh con un cariño inesperado. Nicholas evitó mirarla demasiado tiempo; había algo en esos ojos que lo inquietaba. Luego parten.
Hacen una parada en Loch Awe para cobrar el dinero enviado por Ewan. Matilda deposita todo en una cuenta bancaria, decidida a no tocarlo hasta que su esposo regrese y puedan decidir juntos qué hacer con él.
Y así, mientras en el mar se levantan tempestades y en la tierra se agitan emociones, la vida continúa, suspendida entre la esperanza y el miedo, entre la ausencia y la nostalgia, entre la calma y la tormenta. Así lo siente en su alma el tío Samuel…
Y nada puede describir la mezcla de emociones que habita en el corazón de Matilda Graham. Vive una tempestad en tierra firme, sin saber que su amado esposo enfrenta otra en alta mar.
El mar rugía para él; la vida rugía para ella.
Mientras ella mira los campos iluminados por el sol entre los árboles, el navío del capitán Smith, Inspiración, se abre paso entre tormentas, asaltos, luchas y peligros que desafían incluso a los marineros más experimentados.
Dos tempestades.
Dos almas separadas.
Dos campos distintos.
Y es solo el comienzo…