Capítulo 16
El viaje que se prolonga
El día en que Matilda lo ve vestido con su uniforme de teniente, le parece imposible apartar la mirada de él.
“Mi guapo y fornido esposo luce más alto, más firme, más fuerte que nunca. Verdaderamente imponente…”, piensa, y no podría sentirse más orgullosa.
Para ella, no existe en todo el universo un hombre que supere a su esposo en elegancia y belleza.
Quiere recordarlo así para siempre; lo ama tanto que siente que el corazón se le encoge ante la idea de separarse de él.
Matilda viaja con Samuel y Ewan hasta Loch Awe.
La separación es realmente difícil, pero decide demostrarle a su esposo que puede contar con su apoyo y que lo esperará con dignidad.
Se mantiene firme, decidida a no llorar.
No quiere afligirlo ni hacer más duro un momento que ya es doloroso.
Ewan abraza a su tío y le recuerda la promesa que le arrancó la noche anterior: cuidar de su esposa como si fuera su propia hija.
Luego, se arrodilla y besa su vientre con devoción.
Cuando se levanta, acuna con sus manos el rostro de Matilda y la besa por última vez antes de partir.
Ella lo observa subir al tren rumbo a Inglaterra, conteniendo las lágrimas hasta que el humo se pierde en la distancia. Solo entonces permite que algunas lágrimas escapen, pero no se derrumba; no lo hará frente a Samuel.
Esa noche, ya en su habitación, abraza su almohada, inhala el aroma de Ewan impregnado en las sábanas, busca su rostro en sus recuerdos y llora en silencio.
Ronn había regresado a Mécheter y se había despedido de su hermano con un fuerte abrazo, deseándole suerte y un viaje seguro. Continuará sus estudios de leyes en Inglaterra, en el Lincoln’s Inn, decidido a convertirse en un abogado respetable.
Samuel retoma su oficio ovejero, y Matilda encuentra consuelo ayudando a Magna en la cocina.
Su deseo de que Sonja la cuide se cumple: la monja recibirá permiso para acompañarla durante los últimos tres meses del embarazo.
Matilda la espera con ansias, aferrándose a la idea de que su amiga será un ancla en medio de la incertidumbre.
Mientras Eilidh se encierra en su tristeza, Matilda intenta llenar sus días de actividad.
La joven McAllen pasa sus horas en soledad, leyendo, ocupándose solo de sí misma, sin saber muy bien qué hacer.
Se hospeda en la habitación que antes perteneció a Luisa.
Su relación con Matilda es cordial, respetuosa, pero distante.
Ella no confía en ninguna mujer que pueda estar enamorada de su esposo…
Matilda no necesita que nadie se lo diga: Eilidh sigue enamorada de Ewan.
Es hermosa, con su cabello largo, rubio y ondulado, y un rostro dulce que revela la ilusión rota de un compromiso que nunca llegó a concretarse.
Su corazón se quebró cuando Samuel le anunció que Ewan debía romper el compromiso porque otra muchacha estaba embarazada y él se había comprometido con ella anteriormente.
Esa era la versión oficial: supuestamente, Ewan estaba obligado a honrar a la dama.
—Pero ¿quién me librará de esta deshonra? No podré mirar a nadie en este castillo —lloró Eilidh ante su padre.
Samuel sostenía fuerte su sombrero, mirando a la joven a los pies de su padre, llorando, y antes de que Dorian McAllen lo fulminara con la mirada, soltó:
—Yo te protegeré, mi niña. Vivirás conmigo en Nuilthorach mientras tu padre encuentra un marido para ti…
Eilidh tenía la esperanza de que Ewan, al verse forzado, se fijara finalmente en ella, pero lo que realmente la destruyó fue ver con sus propios ojos el amor profundo que existe entre Ewan y Matilda.
Samuel siente cariño y remordimiento por la joven y la trata con ternura; es una chica frágil y fue muy consentida en su casa.
Mientras tanto, Matilda, pese a su embarazo, se mantiene independiente y fuerte.
A pesar de las advertencias de Ewan, va al campo a ver las ovejas y le propone a Samuel ayudarlo por un salario modesto.
Él se niega al principio, pero la terquedad de Matilda termina por vencerlo.
El aire fresco le sienta bien y la mantiene ocupada, evitando que piense demasiado en la ausencia de su esposo.
A veces, mientras trabaja, observa a Eilidh desde lejos: siempre sola, siempre callada, siempre con los ojos perdidos en un lugar donde Matilda no puede alcanzarla.
Un día, Samuel le anuncia que pronto nacerán los dos primeros corderitos que Ewan compró para ella.
—¿Qué dices, tío Samuel? —pregunta Matilda, con los ojos llenos de lágrimas.
—Ewan pagó por los dos corderitos que nacerán. Me pidió que te los regalara cuando nacieran. Dijo que te mantendrían entretenida mientras él está lejos. Probablemente nacerán hoy, si quieres acompañarme.
Matilda asiste al parto. Los ve nacer, húmedos, temblorosos, frágiles, y siente que su corazón se deshace ante tanta belleza. Son los dos animalitos más adorables que ha visto en su vida, y los ama de inmediato.
Mientras los observa acurrucarse contra su madre, siente que Ewan le ha dejado un pedacito de sí para acompañarla en su ausencia.
Se convierten en su consuelo y compañía.
Con el tiempo, y en su estado, ya no es conveniente que Matilda vaya al campo, así que comienza a llevarle a Samuel los informes contables de la leche y la lana. El negocio prospera gracias a ambos, y Samuel decide aumentarle el pago.
Nicholas la visita con frecuencia y se queda semanas enteras acompañándola. Su presencia le da estabilidad emocional. También la visitan su madre y la señora Abigail, madre de Kever, aunque no permanecen mucho tiempo. Siempre le llevan regalos para el bebé que está por venir.
En cambio, a Eilidh no la visita nadie. Parece que su familia la ha abandonado, quizá como castigo hacia Samuel y porque se avergüenzan de ella.
Nicholas comienza a notar esa soledad… y también su belleza.
Su noble corazón siente compasión por la joven.
Sabe lo que ha sufrido, lo desprestigiada que quedó, lo humillante que es vivir bajo el mismo techo que la mujer que ocupa el lugar que ella soñó.
Le habla con dulzura, la trata con respeto y, poco a poco, comienza a acercarse a ella…
Han pasado dos meses desde que Ewan zarpó.
El navío, una majestuosa fragata inglesa de principios del siglo XIX, surca los mares con sus tres altos mástiles cubiertos de velas que se hinchan con el viento.
Su casco de roble oscuro, reforzado para resistir tempestades y batallas, avanza con elegancia sobre las olas.
A lo largo de sus flancos, una fila de cañones aguarda en silencio, dando potencia a la nave.
La proa ostenta la figura tallada de una reina, símbolo del poder británico.
En la cubierta, marineros incansables ajustan cuerdas, izan velas y mantienen el orden.
Ewan, firme en la popa, comanda el timón con la seguridad de un hombre que conoce el mar y respeta su furia.
Bajo cubierta descansan los barriles de pólvora, las provisiones y los camarotes austeros que albergan a la tripulación.
—Este barco está construido para resistir peligros y tempestades, teniente.
—Así es, mi capitán Smith —responde Ewan, con voz firme, orgulloso de su puesto en la nave.
—Debes estar orgulloso por tu lugar aquí, teniente Graham. Representa el auge del poder marítimo inglés.
—Lo mismo digo de usted, capitán —responde Ewan con una sonrisa, y Smith le golpea el hombro con camaradería.
Samuel acude con frecuencia al correo. Siempre hay cartas. Todas fechadas desde el primer día. Le entrega a Matilda las suyas, y ella las abraza antes de correr a su habitación para leerlas.
Las primeras diez cartas contienen una rosa seca, aplastada entre las hojas dobladas. Las palabras de Ewan atraviesan su alma:
Dulce esposa mía:
Ya siento el hielo de tu ausencia…
Ewan
Amor mío:
Hoy te extraño más que nunca. Añoro abrazarte…
Ewan
Cada carta está llena de amor, nostalgia y devoción. Matilda llora, besa las cartas, las abraza, y luego abre la siguiente. Después de diez días, Ewan escribe cada tres días; luego cada cinco… y finalmente deja de escribir.
En su última carta le anuncia que el viaje se prolongará tres meses más: desde las Indias navegarán hacia las costas del continente asiático. Matilda siente que un hueco se abre en su alma. Soñaba con tenerlo a su lado para el nacimiento del bebé.
Amada Matilda:
Esta es tu última rosa, esposa querida. Espero a mi regreso poder conseguir más para enviártelas… Te amo a ti y a nuestro hijo…
Ewan
La carta incluye una autorización para retirar su pago en las oficinas regionales de Loch Awe. El monto supera todas sus expectativas. Nunca imaginó que un teniente ganara tanto. Pero no lo gastará. Ahorrará el dinero de Ewan para decidir juntos qué hacer cuando él regrese.
Matilda sale de su habitación con lágrimas en los ojos. Nicholas la ve y corre hacia ella.
—Mati, ¿qué sucede? ¿Le pasó algo a Ewan? —pregunta, alarmado. Eilidh también se acerca, atenta.
—No, Nicholas. Él está bien, gracias a Dios. Solo que el viaje se prolongó —dice ella, abrazándose a él.
—Lo siento, hermanita —responde Nicholas, abrazándola y acariciando su espalda—. Lo importante es que está bien.
Pide a Eilidh un vaso de agua con un gesto. Luego guía a Matilda hacia su habitación.
—Ven, Mati. Lo mejor es que descanses.
Muy distinto es lo que cuenta a Samuel en sus cartas.
Ewan le narra sobre numerosos barcos piratas que dominan los mares de las Indias, obligándolos a cambiar de ruta constantemente.
Es tiempo de huracanes, pero prefieren enfrentar tempestades antes que piratas.
El barco transporta maquinaria valiosa y nobles ingleses; el capitán no puede arriesgar sus vidas.
Esa es la verdadera razón del atraso. Ewan le pide a Samuel que no le diga nada a Matilda y también le envía dinero para cubrir los gastos de su esposa.
Samuel también guarda el dinero.