Capítulo 15 #2
—Nada peligroso, tío. Solo lo normal del mar.
Llevaremos provisiones a la India; parece que Su Majestad quiere explotar unas minas ahí.
Viajarán nobles ingleses, así que no hay mucho que temer.
Además, me gustan las travesías. Y, como hombre casado, debo tener una profesión —responde Ewan con entusiasmo, compartiendo sus planes con orgullo.
—Imagino que dejarás a Matilda conmigo —dice Samuel, con tono resignado.
—¿Dejarme? ¿Por qué? —pregunta Matilda desde la entrada. En su tono, un dejo de inquietud.
Los tres hombres giran al mismo tiempo al escucharla, justo cuando Magna entra con un vaso de leche caliente, y detrás de ella, Eilidh con pequeño baúl listo para partir.
La escena se quiebra en un instante. Samuel se levanta de inmediato, las cosas de Eilidh y la conduce del brazo hacia su estudio.
Ronn corre hacia Magna, le agradece el vaso, lo coloca en la mesa y la acompaña de regreso a la cocina, y Ewan se acerca a Matilda, quien lo mira con tristeza y confusión.
Él, la toma de la mano para llevarla a la mesa.
—Ven, cariño, siéntate —le dice con una dulzura que intenta calmarla.
Le alcanza el vaso de leche caliente y se sienta a su lado. Ella lo bebe con rapidez, casi desesperada, intentando disolver el nudo de angustia que le oprime la garganta.
—Despacio, amor mío. Está caliente —advierte él.
—Ewan… ¿qué sucede? ¿Por qué vas a dejarme? —pregunta ella, esforzándose por sonar serena.
—Me ofrecieron un trabajo, Mati. Es con la Marina Real. Pero no es peligroso. Viajarán nobles; solo llevaremos provisiones a un proyecto minero. Eso es todo —explica él, observando cómo el rostro de Matilda se ilumina con un orgullo inesperado.
—¿En serio? ¿Cómo marinero? —pregunta fascinada—. ¿Y con qué cargo?
—Sí, amada esposa. Ya te lo había contado, ¿no recuerdas? Primer teniente, señora Graham, a su servicio —dice él, poniéndose firme y saludándola con exagerada formalidad.
Matilda estalla en carcajadas, se levanta y lo abraza con fuerza. Él la envuelve entre sus brazos, profundamente conmovido.
—Entonces… ¿lo apruebas? —pregunta, aliviado.
—Claro que lo apruebo. No podría estar más orgullosa. ¡Mi esposo es un teniente de marina! —dice ella, radiante.
—Gracias por apoyarme. Eres una esposa maravillosa. Creí que te opondrías… Me pagarán bien, y si no te gusta vivir en el castillo, podremos comprar una casa en otra parte. Si hago bien mi trabajo, la Armada Real me contratará de forma permanente.
—No podría estar más orgullosa, mi vida —responde ella, besándolo con ternura.
Ewan siente que el corazón se le ensancha. Jamás imaginó que su esposa lo admiraría tanto por su nuevo trabajo.
—¿A dónde irán, cariño? —pregunta ella, curiosa.
—A Sri Lanka. Llevaremos maquinaria para procesar seda y contenedores para una mina de carbón.
Ewan gira su silla para quedar frente a ella, toma sus manos y se prepara para explicarle la situación de Eilidh.
—Mati, tú eres lo más importante para mí, y haremos lo que tú decidas. Pero, dado que estaré en alta mar e incomunicado, me sentiría más tranquilo si te quedas con mi tío. Él te cuidará. Pero si ella te incomoda demasiado, podríamos contratar a una dama de compañía.
Matilda sabe que su esposo no tiene dinero suficiente para pagar a una dama de compañía.
Tampoco puede regresar a su casa; sería una humillación para ambos.
Comprende que, por ahora, esta es su realidad.
También entiende la situación de la pobre señorita McAllen; para ella también es difícil y doloroso.
Matilda decide que hará todo lo posible para que la convivencia funcione.
No ha llegado a este castillo para complicar la vida de nadie ni para convertirse en una pieza que no encaja.
De inmediato piensa en Sonja. Necesita a su amiga.
Necesita su serenidad, su fortaleza, su compañía.
Decide escribirle una carta para contarle todo y suplicarle que solicite un permiso especial para ir a cuidarla durante el embarazo.
Sabe que las monjas pueden realizar servicios de caridad para personas de escasos recursos, y ella ahora lo es.
Le recuerda en la carta el millonario dote que entregó al ingresar al convento y que nunca reclamó al salir.
“Tiene que ser Sonja. No lo lograré sin ella”, piensa mientras sella la carta y se la entrega a Ewan para que la lleve a la diligencia.
Y así, entre decisiones difíciles, orgullo herido, amor profundo y un futuro incierto, Matilda comienza a comprender que el matrimonio no es un final feliz, sino el inicio de una historia más compleja, más real y verdadera.
Ewan y Matilda casi no salen de la habitación.
Viven en una intimidad perpetua, entregados el uno al otro con una pasión que parece renovarse cada día, como si el tiempo que les queda juntos antes del viaje fuera un tesoro que deben exprimir hasta la última gota.
Se aman sin reservas, sin prisa, sin miedo, conscientes de que cada amanecer compartido es un regalo que pronto deberán guardar en la memoria.
—¿Y cuándo te irás, Ewan? —pregunta Matilda, aún abrazada a él, con la voz suave y un dejo de tristeza que intenta ocultar.
—Smith me dijo que saldremos en una semana. Le conté sobre nuestro matrimonio, por eso pospuso el viaje. Debieron partir hace un par de días, pero quiso darnos tiempo para nuestra deliciosa luna de miel. Así que todavía tenemos una semana, mi amor.
Matilda suspira contra su pecho, acariciando su piel como si quisiera memorizarla.
—Voy a extrañarte muchísimo… y lamento que no iremos a cuidar las ovejas juntos. Estaba ilusionada con eso, aunque no lo creas —dice ella, con una sonrisa que intenta ser ligera, aunque sus ojos revelan lo contrario.
—Yo también te extrañaré como un loco, pero lo hago por nuestro futuro. Y claro que te creo. Sé que te gusta la aventura y el campo. Pero, aun así, no me parece bien que vayas mucho al campo. Me preocupa que resbales o te caigas. Estás en los primeros meses del embarazo, mi amor, y debes cuidarte.
Ella baja la mirada hacia su vientre, lo acaricia con ternura y luego vuelve a mirarlo con una mezcla de humor y vulnerabilidad.
—Cuando regreses me encontrarás muy gorda. De seguro me veré muy fea.
Ewan explota en una carcajada y la abraza. Pega su frente con la de ella, intentando imaginarla.
—Eso es imposible. Tú eres más hermosa que todas esas rosas juntas que te he regalado. Ninguna se compara contigo.
Matilda se acurruca contra él. Busca su calor, su olor, su presencia, y desea detener el tiempo.
Ewan la abraza con fuerza, consciente de que pronto deberá soltarla para enfrentar el mar, la distancia y la incertidumbre.
Pero por ahora, mientras la luz entra por la ventana y el mundo parece detenerse, solo existe ella: su amor y su esposa; la madre de su futuro hijo.
Y en ese instante, ambos comprenden que el verdadero desafío no será la separación, ni el viaje, ni la convivencia con Eilidh, ni las dificultades económicas.
El verdadero desafío es soportar que el destino los empuje en direcciones distintas.