Una Rosa para Matilda: De la Rosa a la Luz Capítulo 15
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Capítulo 15

Finalmente, casados. ¿Y ahora?

Matilda no puede evitar maravillarse ante la forma en que Kever y Nicholas han decorado el castillo de Roxburghe para su boda. Sonríe al ver a su hermano tan esmerado; cómo no, se trata de su hermanita, y conociéndola, no perdería el tiempo en convencerla de no casarse con Ewan.

Ella recorre el lugar, y el golpe de sus zapatillas llenas de ímpetu le recuerda su presentación en sociedad a los dieciséis años …

“Pero esta vez tendré un final feliz. Mi Ewan se convertirá en mi esposo…” , piensa, mientras observa que todo luce tan hermoso, tan cuidado, tan lleno de detalles pensados para ella.

El altar está adornado con rosas rojas, tal como Ewan pidió a Kever.

Ella siente cómo el corazón se le llena de gratitud.

Alberta, por su parte, había advertido a su esposo que, si no asistía a la boda de su hija, se iría a vivir con ella y Ewan a Nuilthorach, así que él no tuvo más remedio que presentarse.

Con evidente reticencia, entrega a su hija a Ewan Graham, “ese desempleado y poca cosa”, como lo llama: un joven sin fortuna, sin futuro ni presente, sin trabajo digno. “…Además, mi Florcita ni siquiera tiene dote, porque esos sinvergüenzas se lo arrebataron”.

Aun así, Matilda vive el día más feliz de su vida: se casa con el hombre que ha amado desde niña y, muy posiblemente, lleva en su vientre un hijo suyo, un secreto que solo conocen Ramson, Kever, Ewan y, por supuesto… ella.

Ewan la espera en el altar, vestido con un traje escocés que resalta su porte y su belleza varonil.

Impecable. Matilda avanza hacia él con un vestido blanco de tela floral que cae con elegancia sobre su figura atlética.

Su padre la acompaña hasta el altar, la besa en la frente y la entrega a Ewan con un gesto solemne.

A su lado, Ewan tiene a sus amigos: Kever, Nicholas, Albert y Ramson, además de su hermano Ronn y su tío Samuel.

Por parte de Matilda, solo está su madre; Sonja no pudo salir del convento y tía Florence no pudo viajar por motivos de salud.

Pero nada de eso le importa a Matilda: solo desea convertirse en su esposa.

Cuando él toma su mano, le entrega una rosa roja que ella coloca en el centro de su ramo blanco, donde brilla como un corazón encendido entre las flores. Los “te amo” se pronuncian con una emoción que hace agitar el aire. Cuando Ewan se inclina para besarla, Nicholas lo detiene con firmeza.

—Calma, amigo. Aún no. Hasta que el ministro lo autorice.

Durante toda la ceremonia, no dejan de mirarse.

Kever, como padrino, ha conseguido los anillos y, como siempre, se luce con su generosidad y buen gusto.

Proclaman su amor eterno y su fidelidad hasta la muerte, y Ewan está tan emocionado que Samuel debe codearlo a cada rato para que mantenga la calma.

La ceremonia concluye y finalmente quedan unidos en matrimonio.

Ewan solo quiere montarla en el carruaje y escapar.

Pero el conde Clarke no lo permite; exige su baile con su hija.

Pasan al gran salón, donde los espera una mesa espléndida y una orquesta que llena el aire de música.

Bailan, celebran, ríen. Todos los amigos de Ewan quieren un baile con Matilda, y él, aunque sufre cada vez que la cede, lo hace con una sonrisa.

Está tan enamorado que no soporta separarse de ella ni un instante.

El regalo de boda de Kever consiste en quince días de luna de miel en la costa de Brighton.

Nicholas les entrega un sobre con mucho dinero para que no escatimen en lujos, y el padre de Matilda les facilita el transporte hasta el tren.

Entre abrazos, bendiciones y deseos de felicidad, los recién casados atraviesan la entrada del castillo, donde un pequeño letrero dice: “Castillo de Carbón”.

—Creí que el lugar se llamaba Castillo de Roxburghe… ¿Por qué dice eso? —pregunta Matilda con curiosidad.

—Kever se lo puso en honor a su amor por Eleonor —responde Ewan—. Pobre Kever, sufre mucho por ella. Otro día te cuento, cariño. Ahora disfrutemos de nuestra luna de miel.

—Finalmente casados… ¿y ahora? —pregunta ella, emocionada.

—Lo primero que haremos al llegar es buscar un médico y después, a disfrutar mucho, mi amor —dice él, besándola.

En Brighton, visitan al médico. Pagan la consulta y reciben la confirmación de lo que ya sospechaban: Matilda está embarazada, con un poco menos de cuatro meses. Se abrazan llenos de felicidad y sienten que el mundo entero se ilumina. Nada puede superar esa dicha.

Aunque Brighton es hermoso, les cuesta salir de la habitación; la pasión que comparten parece infinita. Matilda ama besar a su esposo, y en cada beso le entregaba calor, ternura y deseo. Ewan se rinde ante ella, incapaz de resistirse.

Solo el hambre logra sacarlos de la habitación y aprovechan para caminar por la costa, porque el aire fresco ayuda con las náuseas de Matilda, que por suerte disminuyen cada día.

En un restaurante frente al mar, Matilda pregunta:

—¿Dónde viviremos, Ewan? ¿En tu antigua cabaña del aserradero?

Él se entristece. Sabe que ella soñaba con eso, pero no puede complacerla.

—Mati, lo siento, pero no aceptaré esa propuesta. Sé que estabas ilusionada, amor mío, pero no puedo.

—¿Por qué, Ewan?

Él deja el vaso sobre la mesa, incómodo.

—Es un asunto de orgullo. Solo espero que no te avergüence tener por esposo a un simple ovejero.

Ella esperaba que él recuperara su puesto de administrador, con buen salario y cerca de su familia.

—No, claro que no. Estoy orgullosa de ti. Eres mi amor, y yo iré contigo a cuidar ovejas. Sabes que amo la montaña.

—Escucha, Mati. Sé que le pediste a Nicholas que me devolviera el trabajo. Pero no me rebajaré a volver a un lugar donde me desprestigiaron injustamente. No lo haré. Te prometo que no te faltará nada. Trabajaré duro para darte todo a ti y a nuestro bebé.

Ella sonríe, acaricia su vientre y se recuesta en él mientras contemplan el océano gris.

La luna de miel termina. Ewan ha gastado lo necesario, ha ahorrado lo posible y ahora enfrenta la realidad: tiene deudas, pocos ingresos y un salario de jornalero en el negocio ovejero de su tío.

Matilda está acostumbrada a la comodidad, y él también, pero deberán vivir con austeridad mientras encuentra estabilidad.

Tiene un plan…, uno que podría darle un ingreso mayor, pero teme que Matilda no lo acepte.

Cuando llegan al castillo de Nuilthorach, ya es de noche.

Ewan, recordando a la siniestra Luisa, abre la puerta de par en par antes de cargar a su esposa en brazos para cruzar el umbral, protegiéndola de cualquier sombra.

Lleva sus cosas a la habitación y piensa que deberá conseguirle un mueble para sus pertenencias.

El amanecer de los recién casados no podría ser más perfecto. Están abrazados, piel con piel, en la quietud íntima de su primer día como marido y mujer.

—Buenos días, querida esposa. ¿Cómo están los dos? —pregunta él, acariciando su vientre antes de besarla apasionadamente.

Salen de la habitación tomados de la mano. Matilda luce hermosa con un vestido blanco suelto desde el busto; ya prefiere ropa holgada para disimular su cintura. Ewan insiste en que lleve el cabello suelto, y ella lo complace.

En el comedor, toda la familia está reunida.

Ellos desean sorprenderlos, pero la sorpresa es para ellos cuando ven a Eilidh sentada a la mesa con Ronn y Samuel.

Al verlos, Eilidh se llena de lágrimas, baja la mirada, deja la servilleta y se retira en silencio.

El ambiente queda suspendido, tenso, casi frágil.

Matilda mira a Ewan. Ewan mira a su tío y a Ronn, exigiendo una explicación. Ronn se levanta rápido, besa a su hermano en ambas mejillas y dice:

—Dios te bendiga, hermano. Que tengas una vida de casado muy feliz.

Samuel también se levanta, abraza a Matilda y luego a Ewan.

—Bienvenidos, hijos. Sentémonos a desayunar. Después hablaremos de lo demás.

Matilda siente náuseas y le indica a Ewan que no puede comer. Él corre a la cocina.

—Magna, por favor, un té de hierbas para Matilda… o algo para las náuseas del embarazo.

Magna se ilumina de felicidad y lo abraza.

—¡Qué hermosa noticia! Hace tanto que no tenemos un bebé en el castillo.

Ewan le pide discreción y regresa a la mesa, pero Matilda ya se ha retirado. Cuando va a buscarla, Samuel lo detiene.

—Nos estaban haciendo responsables por la deshonra de la chica, Ewan. ¿Qué podía hacer? ¿Dejar que la echaran? Además, Eilidh es la hija bastarda del viejo McAllen. Ya le había prometido a su esposa que se desharía de ella. Pobre chica.

—Podrías haberla empleado como ayudante de Magna, no como parte de la familia —responde Ewan.

—¿Doble humillación para ella? No somos canallas.

Si Matilda no estuviera esperando tu hijo, te habría obligado a casarte con Eilidh.

Estoy harto de tus imprudencias con mujeres.

Pero ya está. Debemos lidiar con esto. Eilidh se quedará aquí hasta que se case.

Tiene un pequeño dote: un cofre con joyas de su madre.

Eso la ayudará. Lo siento por Matilda, pero no tengo otra opción.

Además, deberías aceptar la propuesta de tu cuñado y volver al aserradero. Ganarías más dinero.

—Nuestro tío tiene razón —dice Ronn—. Así sacarías a Matilda de aquí y no vivirían bajo el mismo techo que Eilidh.

—¡No! —Ewan golpea la mesa—. No vuelvan a sugerirlo. ¿Creen que no tengo dignidad? Hablaré con Matilda. Me ha llamado la Marina Real, y esto puede solucionarlo todo.

—¿La Armada Real? —pregunta Ronn, emocionado.

—Sí. Será un viaje de tres meses. Con suerte regreso antes de que nazca nuestro bebé.

—¿Y tu cargo?

—Iré como primer teniente. Es un puesto importante, tío. Ganaré bien. No estuve casi un año en el mar por nada. El capitán me conoce bien. Tengo experiencia.

—¿Y cuál es el propósito del viaje? —pregunta Samuel, con una preocupación que se refleja en la tristeza de su mirada.