Una Rosa para Matilda: De la Rosa a la Luz Capítulo 14
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Capítulo 14

No solo es por ella. Es por ellos

Silenciosamente, Ewan abre la jaula y toca el hombro de Matilda para despertarla, pero ella no reacciona. La mueve con más insistencia, intentando sacarla del profundo sopor en el que ha caído.

—Mati, amor mío, levántate ahora —susurra con urgencia.

Ella se sobresalta, confundida, con la voz aún atrapada entre el sueño y la realidad.

—¿Ewan? ¿Eres tú? ¿Qué está pasando? ¿Dónde estoy? ¿Estoy soñando? —pregunta, apenas consciente.

—Soy yo, mi amor. Ven conmigo —responde él, con una ternura que casi quiebra su propia voz.

—Ewan… tengo mucho sueño. No puedo caminar —murmura ella, incapaz de abrir los ojos.

—Ven, mi amor —dice él, alzándola con cuidado entre sus brazos.

La lleva a través del campamento, ocultándose entre las ruedas de las carretas y los caballos inquietos.

Cuando llega hasta donde lo esperan sus compañeros, entrega a Matilda a Ramson para montar su caballo, y luego Ramson se la devuelve como si fuera un saco de plumas.

Ewan la sostiene con firmeza y cabalga tan rápido como puede para alejarla del peligro, mientras ella permanece medio dormida en sus brazos, ajena al caos que se desata detrás de ellos.

A la distancia, se escuchan las explosiones de pólvora y los gritos de los rufianes cuando Kever y Ramson atacan el campamento.

Esta vez, ambos han cubierto sus rostros para evitar ser reconocidos y sufrir represalias en el futuro.

La noche se ilumina con destellos de fuego, pero Ewan solo piensa en alejar a Matilda de aquel infierno.

Después de casi tres horas cabalgando, Ewan siente que su brazo izquierdo ha dejado de existir.

La circulación se le ha cortado por completo y el peso de Matilda, aunque liviano, se ha convertido en un tormento físico.

Aun así, no se atreve a soltarla. Cuando finalmente escucha los fuertes trotes de los caballos de sus amigos acercándose, respira aliviado.

Kever y Ramson llegan satisfechos por haber acabado con los esclavistas, pero se sorprenden al ver a Matilda aún dormida en los brazos de Ewan.

—¿Qué sucede, Ewan? ¿Por qué no te has bajado? ¿Qué le pasa a Matilda? ¿Está enferma? —pregunta Kever, preocupado.

—No lo sé —responde Ewan, confundido.

—Está embarazada —asegura Ramson con absoluta convicción.

Kever vuelve a mirar a Ewan, frunciendo el ceño con una severidad que anuncia problemas.

—Que no, amigo. Ya te lo dije —se defiende Ewan, intentando mantener la calma.

—Está embarazada —insiste Ramson—. Y conociendo la clase de joven que es, ese bebé es tuyo, Ewan.

Kever lo mira con una mezcla de incredulidad y enojo, representando en ese instante a Nicholas, su amigo, su hermano de vida.

—¿Qué sucede contigo, Ewan? ¿Acaso no sabes lo que haces cuando lo haces? —pregunta, indignado.

Las palabras lo ofenden, y antes de que Ewan pueda responder, Ramson toma a Matilda de sus brazos y la acuesta con delicadeza sobre unas mantas bajo la sombra de un árbol.

Ewan se baja del caballo, sacude su brazo dormido y lo masajea con la otra mano, soportando los calambres que le retuercen el rostro.

No sabe si hablar con Kever o golpearlo; aún no lo decide.

—Ewan… —susurra Matilda.

Él mira a Kever y le señala con el dedo que no se mueva, porque hablarán después… o pelearán después. Todavía no lo tiene claro.

Se arrodilla junto a ella.

—¿Qué pasa, mi amor?

—¿Me sacaste de la jaula anoche? —pregunta ella, sin abrir los ojos.

—Sí, cariño. Estás a salvo —responde él, sonriendo al verla girarse para seguir durmiendo.

—Son unos tontos… yo podía escapar, pero estaba muy cansada. Gracias por sacarme, Ewan. Finalmente puedo dormir tranquila…

Su voz se apaga en un ronquido suave que provoca la risa de todos. Ewan la mira con una ternura que le llena el pecho y piensa:

“Sí, definitivamente está embarazada. Fue en la montaña; entre las rocas. En el refugio que ella construyó para mí, aquel amanecer de reconciliación… y de tanta pasión. Fue maravilloso. Justo entonces me dijo que no estaba embarazada, y me decepcioné, pero ahora… finalmente te embaracé, mi amor. ¿Quién es el macho aquí? ¿Eh?”

La sonrisa orgullosa no le dura mucho, porque el puño de Kever le cae de lleno en la cara y lo lanza un par de metros hacia atrás.

—¿Qué le dirás ahora a Nicholas? —exige Kever, señalándolo con el dedo—. Te casarás con ella este fin de semana. Y sin discusión.

Ewan se queda sentado en el suelo, limpiándose la sangre del labio partido, pero su sonrisa no desaparece. Ramson, divertido, intenta no reír para no convertirse en el siguiente objetivo del puño de Kever. El guerrero ajusta la silla de su caballo y, sin mirar a Ewan, sentencia:

—La boda será el sábado por la tarde en Roxburghe. Yo me encargaré de todo con Nicholas. Y no llegues tarde.

Ramson ayuda a Ewan a levantarse, lo abraza brevemente y se marcha tras Kever, aún con una sonrisa contenida.

—Nunca, amigo —afirma Ewan, sobándose la barbilla.

Ewan los observa alejarse, mientras escucha la respiración profunda de Matilda.

Él la contempla, sabiendo que pronto será su esposa y la madre de su hijo.

La deja descansar todo lo que necesite; mientras tanto, enciende un pequeño fuego, calienta agua y le prepara un té.

Después de un largo rato, ella comienza a despertar.

—Buenos días, hermosa —dice él, apartando con suavidad las hebras de cabello que cubren su rostro—. Creo que es hora de que abras esos ojos azules que me vuelven loco.

Ella comienza a enfocarlo y le regala una radiante sonrisa, pero de pronto su expresión cambia. Levanta las cejas, sus ojos se agrandan y, sin previo aviso, cubre su boca, lo aparta y corre unos pasos antes de vomitar. Ewan está tras ella, sosteniéndola con preocupación.

—¿Mati? Amor mío, ¿qué te sucede?

Ella lo aparta, lo aleja y continúa vomitando. Cuando termina, busca su bolso para sacar un pañuelo. Ewan le ofrece agua para enjuagarse.

—¿Te sientes mejor? —pregunta él, sonriendo con una mezcla de nerviosismo y orgullo.

Matilda se pierde por un instante en la belleza de su rostro, pero recuerda que él está comprometido y aparta la mirada.

—Ewan… ¿me podrías llevar a casa, por favor? Estoy muy cansada.

—Sí, claro, amor mío, pero primero…

—Espera un momento, Ewan —lo interrumpe ella—. No puedes llamarme así. Estás comprometido, ¿recuerdas? No es justo para tu futura esposa que llames así a otra mujer…

Ewan la escucha y sonríe. La toma por la cintura, inesperadamente para ella, y la atrae hacia él. Sin preguntar, la besa con una pasión que la deja sin aliento. Ella no se resiste; nunca ha podido hacerlo.

—Mati —dice él sobre sus labios—, no me casaré con nadie que no seas tú.

Te llevaré a Roxburghe. Kever ya decidió que nos casaremos allí.

Iré a Nuilthorach a arreglar lo del compromiso, y el sábado nos casamos.

Y no aceptaré un no por respuesta. Y voy a llamarte “mi amor” cada vez que quiera.

Y, por cierto, ya sé que estás embarazada.

Ella lo empuja. Lo mira, sorprendida.

—Tú… ¿cómo puedes asegurar algo así? Yo misma no estoy segura, solo tengo la sospecha… Necesito que me vea un médico y lo confirme. ¿Comprendes? Y… ¿qué haremos si es así, Ewan?

—Pues casarnos —responde él con absoluta convicción—. Será nuestro dulce secreto por ahora. Nuestro hermoso bebé. De seguro es una niña tan bella como su madre. Seremos muy felices.

Matilda acaricia su planísimo vientre. Siente que su corazón le estalla ante la muy probable bienaventuranza .

—Nicholas no puede saberlo, Ewan. Por favor. Me costó mucho que ustedes se reconciliaran y no quiero que se peleen otra vez —dice ella, al recordar a su hermano.

—Especialmente Nicholas no tiene que saberlo.

En eso estoy completamente de acuerdo contigo, mi amor.

No quiero tener problemas con mi cuñado otra vez —dice Ewan, sobándose la mandíbula mientras imagina el golpe que podría recibir si la noticia llegara a oídos del hermano de Matilda antes de tiempo.

De prisa, recogen lo indispensable y viajan a caballo hasta la estación de diligencias.

Después de lo vivido, Ewan teme perderla de vista, pero Roxburghe es, por ahora, el único lugar seguro para esperarlo.

Visiblemente nervioso, la abraza con fuerza y ayuda a Matilda a subir al carruaje. Ella lo comprende, pero no teme. Nunca volvería a su casa; sería exponerse a la oposición de su familia.

La ve marchar a su destino: el castillo de Roxburghe.

Por su parte, Ewan cabalga hacia su hogar con el corazón acelerado. Sabe que lo que está a punto de hacer no solo es delicado, sino potencialmente peligroso: podrían enemistarse con todo un clan.

Cuando llega al castillo, se dirige directamente al estudio, donde se reúne con su tío y su hermano. Ambos lo observan con expectación, aunque por razones muy distintas.

Ewan respira hondo y les explica que romperá el compromiso con la joven McAllen porque se casará con Matilda.

La mirada de Samuel podría compararse con la expresión de un toro que ha visto a un intruso en su corral y está a punto de embestirlo.

Ronn, en cambio, lo observa con preocupación, consciente de que romper un compromiso con los McAllen no es un asunto menor.

Para esa familia, aquello será una humillación imperdonable, una afrenta política.

—¿Es en serio? ¿Harás algo así? ¿Acaso no entiendes que te enfrentarás a graves consecuencias solo por ella? —pregunta Samuel, controlando el tono de su furia.

—Hermano, los McAllen no olvidan ni perdonan una humillación, y lo sabes —comenta Ronn.

—Tienen una fama bien fundada de ser vengativos, Ewan. Ellos no aceptarán un no como respuesta —aporta su tío.

—Lo sé. Entiendo las consecuencias… —responde Ewan, sin apartar la mirada—. Pero esto no solo es por ella. Es por ellos.

Samuel y Ronn guardan silencio e intercambian una mirada. Samuel comprende de inmediato. Ronn, en cambio, se queda perplejo, sin entender a quiénes se refiere su hermano: ¿quiénes son ellos?

Ewan no dice nada más. No puede. No todavía. Si su hermano no entendió, no puede hacer mucho, pero lo tranquiliza que su tío sí.

Samuel se pone de pie con determinación. Actuará en consecuencia sin dudarlo. Toma su chaqueta, se la coloca con movimientos rápidos y se dirige a la puerta.

—¿A dónde vas, tío? —preguntan Ewan y Ronn al unísono.

—A visitar a los McAllen. Debo hablar con ellos —responde, y antes de que cualquiera pueda detenerlo, cierra la puerta del estudio con un golpe seco que resuena como un presagio.

El silencio que queda atrás es denso. Samuel no solo era su tío: era el hombre que había mantenido la paz entre clanes durante décadas.

Ewan siente que el destino se ha puesto en marcha y ya no hay vuelta atrás. Mira a Ronn, quien continúa confuso…