Una Rosa para Matilda: De la Rosa a la Luz Capítulo 13 #3
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Capítulo 13 #3

—Está bien, está bien, ya he vuelto —dice con una voz que mezcla resignación y astucia—. Me rindo, me rindo. Ellas me dijeron que las siguiera por allá abajo, pero no les hice caso. Decidí subir la colina porque pensé que era más seguro, pero estaba completamente equivocada.

—¿A qué te refieres, mujer? —pregunta uno de ellos, frunciendo el ceño.

—A eso mismo —responde ella, señalando hacia la colina—.

Quise esconderme allí porque no puedo correr como ellas.

Les pedí que vinieran conmigo, pero no me hicieron caso y salieron espantadas hacia abajo.

Y ahora este buen hombre me ha capturado —dice con calma, y sus palabras hacen que el rufián olvide el ardor por las espinas clavadas.

—¿Ya fueron a buscarlas por ese lado? —pregunta para confundirlos.

—Ella está mintiendo —interviene otro, desconfiado.

—Les aseguro que no —dice el hombre que cayó en los espinos, aún adolorido—. Cuando me sacó de allí, estaba completamente sola.

Contra toda lógica, el jefe decide enviar a dos hombres a buscar a las mujeres por donde Matilda indica, y ella debe contener la satisfacción que le sube al pecho como un fuego cálido. Es un alivio cuando el interrogatorio continúa, porque eso significa que las otras mujeres ya tienen ventaja.

—Y tú, ¿por qué dices que no puedes correr? —pregunta el jefe, temiendo que esté enferma o deformada y que eso disminuya su valor.

—Porque estoy embarazada —responde Matilda con una serenidad que desconcierta—. Primero debo ver a un médico para que me indique si puedo o no puedo correr.

Esas palabras, pronunciadas con tanta calma, viajan más lejos de lo que ella imagina.

Escondidos entre los arbustos, Kever gira bruscamente la cabeza hacia Ewan, con los ojos abiertos de par en par, consternado y furioso contra él, exigiendo una explicación sin necesidad de palabras. Ellos ya habían localizado el campamento y estaban observando cada movimiento con atención.

Ewan, quien también ha escuchado claramente la declaración de Matilda, siente que el alma se le sale del cuerpo por un instante. Mira a Kever, ve la furia en su rostro y se apresura a aclarar:

—¡Que no! No es cierto, amigo —susurra con urgencia—. Los está engañando para que no la lastimen. Ella es así de lista.

Kever le cree. Exhala el aire que había retenido, levanta el pulgar en señal de aprobación y le da un par de palmadas en el hombro a Ewan. Ramson, en cambio, no aparta la vista del campamento y continúa contando a los rufianes con precisión militar.

—Estoy harto de esta escoria —dice Ramson con un tono cargado de indignación—. Acabemos con ellos de una vez, o seguirán secuestrando mujeres.

—No —responde Ewan con firmeza—. Pondríamos en peligro a Matilda.

—Ewan tiene razón —interviene Kever—. Si atacamos ahora, podrían amenazar con hacerle daño. Primero la sacamos de ahí y luego los aniquilamos.

Los tres observan cómo los rufianes empujan a Matilda, la suben nuevamente a la carreta y la encierran en la jaula con otro candado. Ella, sin embargo, no muestra el menor rastro de preocupación; su rostro conserva una serenidad que desconcierta incluso a sus captores.

—Mi bella damisela —murmura Ewan, con el corazón en un puño—. Qué valiente eres. Ya voy por ti, mi amor. No tardaré mucho.

Los tres hombres guardan silencio, vigilando cada movimiento del campamento, esperando el momento oportuno para actuar mientras Matilda continúa su juego de ingenio.

—¿Cuál de todas ustedes abrió la jaula? —pregunta uno de los rufianes.

—No las conozco, pero fue una de ellas —responde Matilda con una calma impecable.

—Tenemos a la más importante —dice otro, mirándola con desprecio—. Mañana viene el jefe. Ella fue la que tiró la flecha y le quemó la cara. Casi podría apostar.

—No sé de qué hablan —responde Matilda con indiferencia—. Ahora, si me disculpan, estoy muy cansada. Mi bebé y yo debemos descansar. Ustedes saben —o tal vez no— que una mujer embarazada siempre tiene mucho sueño. Así que buenas noches.

Se da vuelta y cierra los ojos, ignorándolos por completo.

Pero en su interior, la preocupación crece: “No fue con la flecha, inepto, fue con el cuchillo al rojo vivo… y no fui yo. Bueno, sí fui yo quien tiró la flecha que le dio en la mano al malvado que tenía el cuchillo. Pero no es mi culpa que volara y cayera justo en la cara del otro. Aunque se lo merecían. Querían lastimar a Ewan y no podía permitirlo. Oh, Ewan… mejor te hubiera esperado. Mañana tendré bastante tiempo para lamentarme; por ahora solo quiero dormir. Estoy tan cansada…”, piensa en silencio.

Matilda espera que san Pancracio la auxilie, aunque ella lo haya abandonado.

Si no le ayuda, usará la fuerza bruta. Sin embargo, hay algo que la inquieta profundamente: su retraso en su período regular.

Ella está segura de que está embarazada.

Esa era la razón secreta por la que había viajado hasta Nuilthorach para buscar a Ewan.

Quería compartir con él su hermosa buena nueva. Ahora teme por el bienestar de su bebé.

Una cosa es segura: el sueño la vence, y no cree tener fuerzas para escapar esa noche. Esperará hasta el día siguiente; por ahora solo desea dormir…