Una Rosa para Matilda: De la Rosa a la Luz Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

Lo lamento, hermano. Matilda ha huido y presuntamente ha sido secuestrada por los gitanos. Han enviado su collar con un mensaje que dice: “Nadie deja escapar a nueve de mis prisioneras y no paga las consecuencias.”

Ronn

Ewan reconoce de inmediato al autor de la amenaza. La hoja de papel se desliza de sus dedos, girando en el aire como si el destino mismo se burlara de él. Cae de rodillas, con lágrimas en los ojos, mientras se pregunta cómo podrá encontrarla.

Kever corre tras la hoja que el viento hace rodar por el campo, la recoge, la lee, la hace un puño con furia y regresa junto a él.

—Levántate, amigo. No podemos perder tiempo. Hay una damisela en apuros que debemos rescatar —dice con un tono grave y urgente que no admite réplica.

Kever se despide rápidamente de Anna, su ama de llaves, y le pide que no diga nada a los invitados del castillo. El camarada Ramson se une sin dudarlo. Los tres guerreros montan sus caballos, azotan las riendas y parten a toda velocidad, decididos a encontrar y rescatar a Matilda.

Mientras tanto, Matilda viaja en una carreta dentro de una jaula, junto con otras cuatro mujeres que lloran sin consuelo.

No comprende por qué lloran tanto, porque ella misma no siente miedo ni tristeza, sino una profunda indignación.

Para ella, estos hombres no son más que matones miserables, y está convencida de que pronto encontrará la manera de burlarlos y escapar.

La habían atrapado cuando huía hacia el bosque, porque dos rufianes salieron de entre los árboles y la inmovilizaron.

Le ataron las manos, le cubrieron la cabeza con un saco y la arrastraron hasta la jaula.

“¿Qué sucede conmigo? ¿Por qué me pasan estas cosas? San Pancracio debe estar furioso conmigo por haber dejado el convento…”, se decía mientras viajaba en la jaula de la carreta.

“Por ahora me mostraré tan frágil como estas pobres muchachas que no saben nada de escapes”, piensa, suspirando con nostalgia.

Cuando la atraparon, no luchó para no revelar que sabía defenderse. Kever le había explicado que, por ser mujer y de contextura ligera, estaba en desventaja en un combate cuerpo a cuerpo con un hombre. Pero ella tiene sus secretos y no piensa revelarlos hasta que sea necesario.

Los malhechores se detienen para acampar. Matilda decide que ha llegado el momento. Conservó su bolso porque les entregó voluntariamente su dinero, asegurando que no tenía más y que solo conservaría sus cosas personales. Ellos le creyeron.

Abre el bolso con discreción, saca su botellita de vidrio, bebe un sorbo de agua y la ofrece a las otras mujeres, una por una, hasta vaciarla.

Luego pide que se la devuelvan. Busca un clavo en el suelo y, con un golpe firme, rompe la botella en varios pedazos afilados.

Reparte los fragmentos entre las mujeres, indicándoles que los oculten bien hasta que oscurezca.

Luego comienza a cortar la cuerda que la ata, por la parte trasera, para que los cortes no sean visibles.

Les indica que hagan lo mismo y les susurra que se apresuren. Ella se encargará del candado, como Willis, el ermitaño, le enseñó a abrirlos.

Cuando escucha el clic del candado abriéndose, mira a las chicas. Todas sonríen con una mezcla de alivio y esperanza. No hace falta decir nada. Salen de la jaula y corren tras Matilda. Ella arroja el candado lejos y se internan en la montaña.

No pasa mucho tiempo cuando los malhechores descubren el escape. Encienden antorchas, toman sus armas y se dispersan por el bosque. La oscuridad ya no es aliada. Matilda se da cuenta de que las mujeres son demasiado lentas y que jamás escaparán. Decide sacrificarse por ellas.

Les ordena que continúen colina arriba y se oculten. Ella regresará para distraer a los perseguidores.

Corre cuesta abajo, decidida a enfrentarlos, pero uno de los hombres estaba cerca, escondido entre los arbustos, y cuando la ve, se abalanza sobre ella.

Al sentir el peso del hombre abalanzarse sobre ella, Matilda reacciona con una rapidez que sorprende incluso a la noche misma: se aparta con un movimiento ágil, lo deja caer de lleno sobre un matorral de espinos y observa cómo el rufián se revuelca de dolor, atrapado entre las ramas punzantes.

A pesar del peligro, su corazón no puede evitar compadecerse de él, porque incluso en medio de la violencia, su naturaleza noble prevalece, y el bosque entero parece contener la respiración ante aquella escena inesperada.

—Ves lo que te pasa por ser tan malvado —le dice con una mezcla de regaño y ternura—. Que no lo sepa tu pobre madre, porque de seguro se decepcionaría de ti. Toma el palo, te ayudaré, pero no vuelvas a hacer algo así.

El hombre, sorprendido por la ayuda de la mujer a la que intentaba capturar, toma el leño que ella le ofrece, y Matilda lo ayuda a salir del espinoso tormento.

Luego baja con él por la colina, caminando con las manos en alto para mostrarse indefensa ante los otros rufianes que la observan con desconfianza.