Una Rosa para Matilda: De la Rosa a la Luz Capítulo 13
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Capítulo 13

Un nuevo amanecer con una nueva decisión

Un rayo de sol, cálido y brillante, atraviesa una hendidura de la ventana y da directamente sobre el párpado derecho de Matilda.

El calor la obliga a mover la cabeza, y al girar hacia el lado izquierdo, una fragancia masculina en la sábana la envuelve de inmediato: “Será posible que Ewan durmiera a mi lado. Su aroma es inconfundible. ¿Cómo es que lo percibo? Creo que me pasa por soñar tanto con él…”, piensa al percibir una mezcla de madera, aire frío y algo profundamente suyo, que la rodea antes de que su mente termine de despertar.

Poco a poco, la consciencia regresa y recuerda dónde se encuentra.

—Por todos los cielos… ¿qué hora será? Ronn debe estar furioso conmigo. Creo que me llamó, pero estaba soñando con… él, como siempre. Hasta puedo percibir su aroma. Por todos los cielos, ¿estaré enloqueciendo? —se pregunta y quiere volver los ojos.

Se levanta de la cama y trata de recordar el horario de la diligencia.

—Tal vez aún esté a tiempo…

Se viste con rapidez, acomoda la cama con manos temblorosas y, al hacerlo, el aroma vuelve a envolverla. Toma la almohada, la acerca a su rostro y cierra los ojos.

—Ewan… —susurra, sintiendo oprimir su corazón—. Debo estar alucinando. ¿Por qué tu aroma está en mi almohada? ¿Tan enamorada estoy? Será mejor que me apresure. Si está en el campo, podré marcharme sin que me vea. No debe saber que vine…

Cuando está lista, mira por última vez su pequeña habitación, tan hermosa y llena de recuerdos. Sus ojos se humedecen, pero se limpia las lágrimas con rapidez. Sabe que irse es despedirse de todo, y debe hacerlo.

—Adiós, amor mío. Hasta nunca —murmura al vacío, con un dolor que le atraviesa el pecho.

Gira la palanca de la puerta, pero esta no se abre.

Lo intenta de nuevo, con más fuerza, sin éxito.

La invade la preocupación al comprender que está encerrada.

Piensa que Ronn debe tener alguna razón: quizá la prometida de Ewan aún esté en el castillo y él no quiere que se crucen.

Resignada, regresa a la cama. No tiene más remedio que esperar.

El tiempo pasa lentamente. Matilda mira su reloj de mano y descubre que lleva más de dos horas encerrada; la angustia crece. Nadie ha venido a buscarla, ni siquiera Ronn, y necesita irse, necesita salir de Nuilthorach. Ha perdido a Ewan y ya no tiene nada que hacer allí.

Se recuesta en la cama y juega con su gargantilla mientras observa el techo de madera, hasta que finalmente escucha pasos acercándose.

—¿Matilda? ¿Puedo pasar? —pregunta la voz de Ronn, golpeando la puerta.

—¡Adelante! —responde ella, sentándose y acomodándose el cabello.

Ronn entra y tranca la puerta tras de sí. El misterio se hace presente en la habitación.

Él avanza despacio y deja una bandeja con pan, salchichas y té caliente sobre la mesita. Matilda ignora el desayuno y toma su maleta, lista para marcharse, pero él aclara la voz con gravedad.

—Mati, discúlpame, pero no puedes irte —dice con seriedad. Ella lo mira, esperando una explicación—. Ewan me pidió que no dejara que te fueras hasta que él regresara. Debes esperarlo.

Matilda abre los ojos, frunce el ceño y siente un vuelco en el estómago.

—¿De qué hablas, Ronn? ¿Esperarlo? ¿Acaso Ewan sabe que estoy aquí?

—Lo sabe. Me vio cuando te traje comida anoche —admite, evitando mirarla.

—¡Dios mío! ¡No puede ser! ¿Y para qué quiere que lo espere? ¿Para que sea testigo en su boda? —pregunta con una mezcla de furia y humillación.

—¡No! Baja la voz, por favor. No es eso, pero debes esperarlo.

—No digas tonterías, Ronn Graham. Ayer se comprometió con esa muchacha. Debo irme ahora, antes de que regrese.

—No regresará hoy —dice él, incómodo.

—¿Está con su prometida en un viaje romántico y quiere que lo espere? —concluye con amargura—. No me hagas perder tiempo, Ronn. Con permiso.

Toma su maleta, pero él se interpone.

—¡Hazte a un lado!

—Te aseguro que no es eso —dice, abriendo la puerta para asegurarse de que nadie los ha escuchado—. Por favor, Mati, discúlpame. Luego lo entenderás.

Sale y vuelve a encerrarla. Matilda queda atónita.

—¿Qué haces, Ronn? ¡No puedes retenerme contra mi voluntad! ¿Estás demente? ¡Déjame ir o…!

—Matilda Clarke, por favor, guarda silencio —responde desde el otro lado—.

Te lo suplico, espéralo. Sé que no debería encerrarte ni pedirte algo así, pero ya no hay diligencias a Loch Awe y temo que huyas…

conociéndote. Además, los gitanos rondan la ciudad.

Es peligroso. Ewan me pidió que no te dejara ir, y eso haré. Lo siento.

—¿Por qué te pediría algo así? —pregunta ella, confundida.

—Él durmió contigo, Matilda. Eso debe significar algo, ¿no? Ewan realmente te ama.

Matilda queda en silencio. Ahora entiende el aroma en sus sábanas. Suspira, pero el dolor pesa más que la esperanza.

—No puedo creerte —murmura, deseando que fuera verdad.

—Lo sé. No tengo tiempo para convencerte. Si me prometes que no te irás, te dejaré salir mañana. Pero te agradecería que te quedaras en la habitación hasta que Eilidh se vaya. No quiero que se encuentren.

—Como si me dejaras opción —responde, rodando los ojos como Nicholas.

Ronn se siente terrible, pero debe hacerlo. Por su hermano. Y… por ella: el camino a Loch Awe es peligroso.

Matilda, sin embargo, no está dispuesta a quedarse encerrada. Su espíritu rebelde despierta con una fuerza que nunca había sentido. Ha trepado árboles, ha escapado de secuestradores y ha sobrevivido a esos peligros. No permitirá que la retengan.

Al no poder conciliar el sueño, decide escapar. Sabe que la diligencia sale a las cinco de la mañana, y esta vez nadie la retendrá.

Se asoma por la ventana e inspecciona los muros; no logra ver el fondo por la altura, y la oscuridad aún cubre el castillo.

Se prepara vistiéndose apropiadamente: pantalón oscuro, guantes y botines de cuero, blusa blanca, chaleco estilo corsé y una túnica corta para el frío.

Lleva dinero y documentos en un bolso cruzado, y lo demás lo deja atrás.

—Sé que es peligroso, pero nadie retiene a Matilda Clarke contra su voluntad —se dice, decidida.

Sale por la ventana. El viento golpea su capa, el frío la hace temblar, pero sigue adelante.

—Solo necesito soporte para los pies y algo de donde sujetarme… lo demás es equilibrio, paciencia y cuidado —murmura para darse valor.

Avanza de lado, sujetándose de los pliegues del muro. Se aferra con fuerza cuando un desliz casi la hace caer, pero logra llegar al tejado.

Llega al techo, camina por la línea de tejas con los brazos extendidos y baja por una larga escalera metálica hasta los cuartos de la lavandería. Al tocar tierra firme, sonríe con orgullo.

“Ahora debo llegar a la estación de diligencias… aunque no tengo idea de dónde está.”

Camina sin rumbo. Todo está oscuro en el exterior y no reconoce el camino. Las calles están vacías y, a lo lejos, logra visualizar pocas casas. Un mal presentimiento le oprime el estómago.

—Dios mío… nunca aprenderé. Siempre me expongo a terribles peligros —susurra, disgustada consigo misma.

El peligro vuelve a rodearla… Entonces los ve: dos hombres encapuchados la están siguiendo. Una voz interna le grita que corra, y Matilda corre. Llega hasta las pocas casas y golpea puertas desesperada, pero nadie responde.

Entonces decide huir hacia el bosque, como lo hizo la vez en que intentaron secuestrarla al salir del convento.

Ewan pasa el fin de semana en el monasterio con los hermanos jesuitas, buscando la guía espiritual que tanto necesita para ordenar su corazón.

Su director espiritual lo escucha con atención y, después de un largo silencio contemplativo, le ofrece una respuesta clara y contundente que cae sobre él como una revelación largamente esperada:

—Rompa su compromiso y honre a la dama de la promesa.

Aquellas palabras lo llenan de una felicidad tan profunda que siente cómo se disuelve el peso que ha cargado esos días.

Para asegurarse de que no está actuando movido únicamente por su deseo, consulta a dos frailes más, y ambos coinciden en que su deber moral es regresar con Matilda.

Ewan comprende entonces que no solo puede hacerlo, sino que debe hacerlo, y además lo hará con un gozo inmenso, sin el menor rastro de sufrimiento.

Esa noche, al regresar al castillo de Roxburghe, celebra con Kever y con el camarada Ramson la decisión que ha tomado.

Planea partir hacia Nuilthorach al día siguiente, después del entrenamiento, para llevarle a Matilda todas las rosas que pueda encontrar y pedirle que se case con él.

Solo espera que Ronn haya logrado retenerla.

El amanecer en el castillo de Roxburghe trae consigo una claridad nueva, un propósito firme que lo impulsa a entrenar con entusiasmo junto a Kever y su maestro.

El día es perfecto, aunque su mente está tan ocupada pensando en Matilda que apenas logra concentrarse.

Kever y Ramson aprovechan su distracción para derribarlo una y otra vez, haciéndolo terminar cubierto de césped y tierra, lo que provoca las carcajadas de ambos.

Ewan, lejos de molestarse, se ríe con ellos, porque sabe que su distracción tiene un nombre y un rostro que ama profundamente.

Sin embargo, la alegría se desvanece cuando, a lo lejos, ven a un jinete aproximarse a toda velocidad.

El caballo atraviesa la entrada principal del castillo, salta un pequeño muro y se dirige directamente hacia la zona de entrenamiento.

Es Iahn, el sobrino de Magna, que llega con el rostro desencajado y la respiración entrecortada.

—¡Amo Ewan! ¡Amo Ewan! —grita mientras se acerca.

Los tres hombres detienen el entrenamiento. Ewan corre hacia él y toma las riendas del caballo. No necesita preguntar nada, porque Iahn le entrega una nota de Ronn. Ewan la abre, la lee y siente cómo la sangre se le hiela en las venas:

Ewan: