Una Rosa para Matilda: De la Rosa a la Luz Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

Ella niega con la cabeza indicando que no viene acompañada y avanza con pasos silenciosos, guiada por una mezcla de temor y necesidad.

Quiere ver con sus propios ojos lo que está ocurriendo.

Sus palpitaciones se aceleran mientras se abre paso entre la multitud, que forma una media luna alrededor de los novios.

Se coloca al final, sin poder ver bien, pero escucha el murmullo reverente de los invitados mientras los enamorados repiten las palabras del compromiso en el idioma que ella no comprende.

Entonces llega el turno de Ewan. Él debe responder si acepta el compromiso.

Pero antes de que pueda pronunciar palabra, la fragancia de Matilda —su perfume suave, inconfundible, el mismo que él conoce desde que era casi una niña— se esparce por el aire y lo alcanza como un golpe directo al alma. Ewan titubea. Se queda en silencio. Baja la mirada. Recuerda. Siente. Duda.

Eilidh, la joven novia a su lado, lo mira con inquietud. Su padre frunce el ceño y Samuel, desde la mesa principal, aclara la voz con fuerza y le lanza una mirada severa. Un codazo discreto de su tío que se aproxima y un carraspeo insolente del padre de la novia lo obligan a reaccionar.

Ewan traga saliva, intenta recomponerse y pronuncia las palabras del compromiso con una voz que quiere sonar firme, pero que se quiebra en partes.

Matilda observa todo desde lejos y nota su angustia, su lucha interna. Ve que está respondiendo por obligación y no por amor. Nadie necesita explicárselo; ella lo atestigua y lo siente en su alma.

Los murmullos comienzan a crecer entre los invitados, pero, nuevamente, Matilda no logra entender lo que dicen.

De pronto, alguien la toma del brazo con brusquedad y la arrastra fuera del círculo de gente. La lleva al pasillo lateral, donde se encuentra cara a cara con su hermano menor.

—Matilda, por todos los cielos, ¿qué haces aquí? —susurra Ronn con los dientes apretados, furioso y profundamente preocupado, casi gritándole sin levantar la voz.

—Ronn, discúlpame. No era mi intención. Te lo aseguro, no sabía nada —responde Matilda con una voz que se quiebra apenas, consciente de que su presencia en ese momento es una afrenta involuntaria, especialmente para Ewan—. Te prometo que él no lo sabrá. Me iré de inmediato.

—¿Irte? ¿A estas horas? ¿A dónde irás? —susurra Ronn, sin poder ocultar la mezcla de enojo y preocupación que lo domina—.

Ve a tu antigua habitación. Le diré a Magna que te lleve la cena allí.

Te lo pido, no le hagas esto a mi hermano y quédate en la habitación.

Entiéndelo por favor, él está tratando de ser feliz. ¿Comprendes?

Las palabras caen sobre Matilda como piedras.

—Lo comprendo —responde con un hilo de voz, sintiendo cómo la frase “él está tratando de ser feliz” le atraviesa el alma como un cuchillo.

Ronn, al verla tan abatida, se arrepiente de inmediato.

—Lo siento, Matilda. No quise herirla. Pero le aseguro que Eilidh es una buena mujer, y le hará bien a Ewan.

Matilda no responde. Se da vuelta, no quiere que él vea el dolor en sus ojos, y sube a su antigua habitación, donde se sorprende al encontrar todo exactamente como lo dejó casi dos meses atrás.

Nada ha sido movido, nada ha sido reemplazado.

Se pregunta por qué la habrán conservado así, intacta, como si su ausencia hubiera sido apenas un parpadeo.

Poco después, llaman a la puerta. Es uno de los ayudantes del castillo, cargando su baúl con sus pertenencias. Cuando abre, el bullicio alegre de la celebración se cuela por las gradas en espiral: risas, música, voces en gaélico, copas chocando, un mundo del que ella no forma parte.

—Muchas gracias —dice con educación, aunque su voz suena distante.

Se sienta en la cama y mira por la ventana abierta, donde el cielo se oscurece lentamente.

“Dios mío… ¿cuándo dejaré de perseguir a este hombre? Él es solo una tenue luz en un bosque oscuro, una luz que me guía hacia un hoyo vacío, como en aquel sueño de mi infancia. Conmigo nunca mencionó formalizar nuestro compromiso, como lo está haciendo con esta tal Eilidh. Después de hacerme jurarle que lo amaría toda mi vida… y yo le creí. Le entregué mi amor. Le entregué mi alma. Y ahora se casará con otra muchacha, y yo quedaré devastada porque lo amo tanto…”

Las lágrimas comienzan a caer sin que pueda detenerlas.

Recuerda las noches que pasó llorando en esa misma cama cuando Ewan la llevó allí como su prometida.

Recuerda la ilusión, la esperanza, la inocencia.

Y ahora, ver que él formaliza un compromiso con otra mujer, mientras a ella jamás le ofreció algo tan solemne, la destruye por dentro.

Se arrepiente profundamente de haber ido.

Siente que ha cometido un error imperdonable.

Ronn, mientras atiende a los invitados y se asegura de que todo marche bien para su hermano, no puede dejar de pensar en Matilda.

Sabe que no ha comido, sabe que está sola, sabe que está sufriendo.

Y no quiere que nadie descubra que ella está allí.

Va a la cocina, toma una botella de vino, coloca pan, pollo asado y uvas en una canasta, y sube a la torre.

Ewan lo ve. Observa cómo su hermano toma la canasta, cómo mira hacia la escalera, cómo sube con sigilo. Algo en su interior se enciende. Lo sigue sin hacer ruido, deteniéndose unos peldaños más abajo, oculto en la curva de la pared cilíndrica. Escucha a Ronn tocar la puerta.

—Matilda, soy yo, Ronn. Te traje algo de comida y vino —dice con suavidad.

Matilda se seca las lágrimas apresuradamente. No quiere que la vea así y no abre la puerta.

—Gracias, Ronn. Déjalo en el piso. Ya casi lo recojo —responde, pero su voz temblorosa la delata.

—¿Matilda? ¿Te encuentras bien? ¿Necesitas algo más? —pregunta él, conmovido.

—No… no necesito nada. Muchas gracias —responde ella al otro lado de la puerta, intentando sonar firme, pero el quebranto se cuela entre las palabras.

—Sé que esto es difícil para ti, Matilda. Y créeme, no me siento bien que lo hayas presenciado. En fin… solo quería asegurarme de que comieras algo —dice Ronn, con una tristeza que no logra ocultar.

Ewan escucha todo. Cada palabra. Cada silencio. Cada respiración temblorosa. Siente que su pecho revienta por las emociones.

“¿Cómo es posible que mi Mati esté aquí? No me equivoqué cuando percibí su aroma. La sentí en mi alma. Sentí su presencia.”

La celebración se vuelve un ruido lejano para él. Nada importa ahora, excepto verla. Ewan deja de beber. Espera. Observa. Piensa y contiene el impulso de correr hacia ella.

Apenas puede contener la impaciencia y, cuando la fiesta termina y los invitados comienzan a retirarse, espera a que su nueva prometida también se vaya a descansar.

Muy entrada la noche, casi al amanecer, sube a la torre con su llave. Lleva una lámpara de queroseno con la llama baja para no despertarla. Abre la puerta y se sorprende por el frío que lo recibe. El aire helado invade el espacio y el vaho que sale de su boca al respirar lo confirma.

Se acerca a la cama y la encuentra dormida, con el maquillaje corrido y los ojos hinchados. No ha tocado la comida. Solo bebió un poco de vino.

“Pobrecita… debió beber para poder calentarse y dormir. Mi hermosa Mati… ¿qué haces aquí, amor mío? ¿Por qué habrás venido?”

Se inclina y acaricia su brazo. Ella está muy fría y, sin pensarlo, él se quita los zapatos, levanta la sábana y se mete en la cama para darle calor. No sería la primera vez que duerme a su lado.

Ella no despierta, quizá por el cansancio, quizá por el vino, quizá por el dolor.

Él se acomoda de medio lado y la abraza con cuidado, envolviéndola con su cuerpo hasta que el sueño lo vence…

La madrugada en Nuilthorach es fría y brumosa. Algunos invitados aún duermen. Ronn se levanta temprano, decidido a despertar a Matilda para que se vaya sin ser vista en la diligencia de las cinco de la mañana. Sube a la torre y golpea la puerta.

—¿Matilda? Pronto serán las cinco. Tienes menos de una hora para alistarte. Yo mismo te llevaré.

Golpea de nuevo, más fuerte. La puerta se abre.

Ewan aparece imponente. Muy serio. Con la camisa fuera del pantalón, el cabello desaliñado y descalzo.

Ronn se queda sin aire cuando lo ve. Sin decir palabra, lo toma del brazo, lo jala fuera de la habitación y cierra la puerta con suavidad para no despertar a la huésped.

—¿Estás demente? ¿Qué sucede contigo? ¿Qué sucedió anoche entre ustedes dos, Ewan? —pregunta, pero enseguida levanta la mano, indicándole que no responda.

Ronn se cubre el rostro con ambas manos, exasperado; luego lo mira directamente, apuntándolo con el dedo.

—En serio, hermano, ¿qué sucede contigo? ¿Acaso crees que esto es un juego? ¿Qué quieres? ¡Dime, Ewan!

Ewan permanece con los brazos cruzados, inmutable, como si nada pudiera moverlo. Finalmente, Ronn pregunta con voz más baja:

—¿Qué harás, hermano? Lo que decidas, te apoyaré. Tú sabes que te quiero.

Finalmente, Ewan puede respirar.

—Te lo agradezco, Ronn. Pero yo mismo no lo sé. Necesito aclararme. El hecho de que Matilda haya venido lo cambia todo. Significa mucho, ¿no crees? No sé si lo percibes, pero ella me ama, Ronn. De eso no tengo ninguna duda.

Ronn no responde. Solo lo mira, atento.

—Solo hazme un favor —continúa Ewan—. No dejes que Matilda se vaya. Tendré la respuesta en menos de tres días. Esta es mi última oportunidad… con ella.

—No lo sé, hermano. ¿Acaso crees que sea posible?… Tú la conoces.

—Lo sé Ronn, pero si en necesario… enciérrala —le dice Ewan plácidamente.

—Es broma, ¿verdad?

Los ojos de Ewan le responden. Ronn solo da la vuelta y comienza a bajar las gradas en espiral a toda velocidad.