Capítulo 12
Perdón por perdón
El sábado, es un día triste en Nuilthorach, por la partida de Matilda.
Ewan se levanta temprano y se retira a acompañar a su tío en el pastoreo, agradeciendo la tarea que lo mantiene lejos de casa, lejos de esta despedida que dejará una herida abierta cuando Matilda se marche.
Su partida es la confirmación de su nuevo fracaso: la prueba de que no supo cuidarla y de que él no fue suficiente para una mujer de su posición. Es un dolor tan profundo que apenas puede respirar.
Antes de marcharse al prado, deja sobre la mesita de noche una rosa amarilla y una nota que, al escribirla, sentía que le quemaba los dedos:
Mati:
No te culpo por querer irte.
Ni siquiera me atrevo a pedirte perdón o que te quedes.
He fracasado y no soy digno de ti. Con dolor, acepto que te he perdido.
Ewan.
Desde que su padre murió y luego con la despedida del aserradero, provocado por el conde Clarke, Ewan siente que ha caído en la ruina.
Aunque fue Ronn quien le arrebató el Mécheter y provocó el escándalo que casi destruye su reputación, el conde descargó su furia sobre él, y logró que todos lo otros socios se pusieran en su contra.
Si no hubiera sido por Nicholas —cuya conducta intachable y prestigio social lo sostuvieron en medio de la tormenta—, habría terminado aún peor.
Pero ahora su amado amigo, también le da la espalda.
A su regreso a Nuilthorach, ha intentado mantenerse ocupado ayudando a su tío en lo que puede, mientras buscaba otro empleo donde ganara lo suficiente para casarse, intentó ahorrar, pero todo su esfuerzo se fue por la borda. Pero ahora, nada de eso importa. Sin Matilda, nada tiene sentido para él.
En el silencio del campo, se sienta en una de las enormes rocas que bordean el prado y contempla el ventoso paisaje que se extiende ante él. Un paisaje tan brumoso que la línea entre el cielo y la tierra parece desvanecerse en un solo lienzo de verdes apagados, grises profundos y azules fríos.
Ese horizonte difuso refleja con exactitud el estado de su alma: igual de descolorida, igual de perdida, igual de incapaz de distinguir dónde termina el dolor y dónde comienza la esperanza.
No puede creer que haya caído en semejante oscuridad por haber perdido a su amor, ni que, después de arriesgarlo todo para rescatarla del convento, haya sido él mismo quien destruyó la felicidad que tanto anhelaba.
—Las señoras Clarke se van hoy, ¿no es así? ¿No hablarás con la chica? —pregunta Samuel mientras se sienta a su lado, con la serenidad de quien ya ha visto demasiadas tragedias para asustarse por una más.
Ewan no responde y Samuel no lo presiona.
Parte un pedazo de manzana con su navaja y se lo ofrece, pero Ewan lo rechaza con un leve movimiento de cabeza.
Finalmente cruza una mirada con su tío, buscando sin saberlo una mezcla de comprensión, perdón y aprobación, aunque no está seguro de cuál necesita más.
Luego vuelve a mirar a la distancia, mientras el viento le azota el cabello suelto contra el rostro, y arroja la piedra que tenía en la mano con una fuerza que nace de la frustración y del dolor.
Se baja de la roca con un impulso inesperado. Necesita moverse, necesita hacer algo, cualquier cosa, para sacudirse los pensamientos que amenazan con destruirlo.
Samuel contempla a su sobrino destrozado desde lejos, conmovido por la tristeza que ha visto en sus ojos.
También está furioso con él. Magna le contó que fue Nicholas quien encontró a Matilda durante la persecución, y que, al regresar, se topó con la devastadora imagen de Ewan y Luisa saliendo de la habitación de ella.
“Debería abofetearlo —piensa Samuel—. Qué vergüenza. Pero está tan sufrido y arrepentido que no hace falta castigarlo más. Después escuchará mi reprensión, porque de esta no se salva.”
Ewan se inclina para ayudar a una oveja que tiene la pata atorada entre dos piedras, y Samuel decide darle espacio… aunque no por mucho tiempo. No permitirá que su sobrino se hunda en la tristeza.
“Una de las hijas menores del antiguo clan McAllen aún está soltera —continúa Samuel en sus pensamientos—. Es hermosa, y es un buen partido por su dote y su belleza. Arreglaré un matrimonio con ella.”
La idea lo reconforta, aunque desestima por completo que el corazón de Ewan ya pertenece irrevocablemente a Matilda.
Matilda, por su parte, no habría podido partir de Nuilthorach si su madre no la hubiera tomado casi por la fuerza del brazo.
Alberta, movida por el instinto feroz de una madre que teme por su hija, la arrastra de regreso a su antiguo hogar, donde Matilda siente que ha pasado una eternidad desde la última vez que estuvo allí.
Retoma su vida donde la dejó, aunque ahora todo le parece distinto, porque ella misma es distinta.
Ya no es la joven vanidosa y despreocupada que solía ser; ahora pasa largas horas en su habitación, leyendo, meditando, reflexionando sobre su vida, sobre sus errores, sobre su fe, sobre el amor que aún siente por Ewan.
Piensa en él a cada momento. Ora por él. Se pregunta si ya estará trabajando en el aserradero, pues acordó con Nicholas que perdonaría a su padre si él también perdonaba a Ewan y le devolvía su antiguo trabajo, y espera que su hermano cumpla su parte del trato.
La carta de Nicholas llega una tarde lluviosa, y Matilda la lee con el corazón encogido:
Querida hermanita:
Espero que no te demores en hablar con nuestro padre. Ya le envié la carta a Ewan pidiéndole que se reincorpore a la administración del aserradero. No me ha contestado, pero ya debe estar ahí, y de paso me reconcilié con él.
Recuerda, hermanita, es perdón por perdón. Quiero que me cuentes en la próxima carta que tú y nuestro padre se están llevando de maravilla.
Te cuento que, lamentablemente, Kever no tuvo tanta suerte con Eleonor, aunque por lo menos lo sacó del peligro de muerte. Ella lo vino a ver a Roxburghe, pero no hubo reconciliación, y no creo que lo perdone. Lo de ellos se acabó. No siempre se tienen dos oportunidades.
Así que tú también debes ser firme y olvidar a Ewan…
Nicholas
Matilda cierra la carta con un suspiro profundo, consciente de que su corazón está dividido entre el deber, el perdón y el amor que aún siente.
Su corazón late con fuerza, tan fuerte que siente que cada latido le golpea el pecho como si quisiera abrirse paso hacia afuera.
“¡Oh, pobre Kever! Debe estar sufriendo mucho… al igual que Ewan. ¡Oh, pobre Ewan! No quiero que él sufra por mi culpa. Yo también lo amo… Dios mío, ¿qué haré? Tanto que nos hablaban en el convento sobre el perdón… Tengo tantas ganas de verlo. Le diré que lo amo y que lo perdono. Además, necesito hablar con él… él debe saber…” —piensa, mientras aprieta la carta de Nicholas contra su pecho.
Decidida a reconciliarse con su padre cuanto antes, Matilda prepara con sus propias manos el postre favorito de él y lo acompaña con una taza de té caliente.
Toca la puerta del estudio con timidez, y cuando su padre la ve entrar, su rostro permanece serio por un instante, pero se levanta de inmediato para ayudarla con la bandeja, como si temiera que el momento se desvaneciera si no actuaba rápido.
—¿Tendrás tiempo para tomarte este té con tu hija, papito? Mira, es tu postre preferido. Lo preparé yo misma —dice Matilda con aquella sonrisa luminosa que siempre usaba para conquistar su corazón.
—Nada podría hacerme más feliz, hija querida —responde él, y en su voz hay un alivio tan profundo que casi parece un suspiro.
Comparten el té por primera vez en mucho tiempo, y Matilda descubre que la reconciliación es mucho más sencilla de lo que había imaginado. La conversación fluye con naturalidad, como si los años de distancia se deshicieran uno a uno, y siente que su alma se vuelve más liviana con cada palabra.
No sabía que el rencor pesaba tanto hasta que lo dejó ir.
Su madre, que escucha desde el pasillo, contiene las lágrimas al oírlos reír como antes, agradecida de verlos unidos de nuevo. Los viejos resentimientos quedan atrás, como si nunca hubieran existido.
Unos días después, Matilda decide visitar a Ewan en el aserradero. Da por hecho que ha aceptado el ofrecimiento de Nicholas y que estará allí trabajando. No le avisa a nadie; siente que debe hablar con él sin intermediarios.
Sin embargo, al llegar, descubre que el capataz temporal sigue a cargo y que nadie sabe nada del retorno del señor Graham. La noticia la golpea como una traición inesperada. Otro hombre al que ama le falla. “Nicholas, eres un mentiroso…”
Pero no se quedará de brazos cruzados. Imagina a Ewan sufriendo por ella, consumiéndose como Kever, y se niega a permitir que el hombre que ama caiga en la desesperación.
Le deja una nota a su madre explicándole que viajará a Nuilthorach, que irá a ver a Ewan, esta vez le informa directo, sin excusas ni evasivas. Quiere agradecerle por haberla cuidado, quiere verlo, quiere hablar con él, quiere decirle la verdad.
Empaca un equipaje completo, elige ropa cómoda para el campo y se arregla con esmero, porque desea que él la vea bien, fuerte y recuperada. Le lleva regalos: una camisa, una bufanda y un perfume.
El viaje no la agota; al contrario, la llena de ilusión.
Llega al atardecer y se sorprende al ver el castillo iluminado con antorchas y adornado con flores. Hay gente por todas partes: algunos en carpas, otros dentro del castillo, todos vestidos elegantemente, bebiendo, riendo y conversando en gaélico, un idioma que ella apenas comprende.
Una joven mucama se acerca con una bandeja de vino.
—Bienvenida, madame. La ceremonia de compromiso ha comenzado. Puede pasar, solo procure no hacer ruido. Apresúrese para encontrar un lugar en la mesa. ¿Viene acompañada?
—¿Compromiso…? —susurra Matilda, pero no espera la respuesta. Y, además, no quiere escucharla.