Una Rosa para Matilda: De la Rosa a la Luz Capítulo 11
55%

Capítulo 11

Un milagro a larga distancia

Son horas de la madrugada y Ewan entra en silencio a su habitación, donde yace Matilda. La lámpara de queroseno sobre la mesita apenas ilumina su bello rostro, marcado por la angustia y dolor. Nicholas duerme en el sillón a su lado, vencido por el cansancio.

Ewan nota que Matilda suda mucho y su respiración es agitada. Se acerca, la toca y siente el ardor de la fiebre. Entonces golpea el hombro de Nicholas con urgencia.

—Nicholas… no puedes dormirte. Debes vigilarla. Mira, Matilda está ardiendo. Puede estar comenzando una infección. ¿Cambiaste ya las vendas de su herida?

Nicholas despierta sobresaltado y desorientado. Al comprender la situación, se le tensa el rostro.

—No… no lo he hecho —admite con vergüenza. Él no sabe nada de cuidar enfermos; lo único que se le ocurre es buscar ayuda profesional.

Sale de inmediato en busca de Lot, que descansa en una habitación del área de la servidumbre. Lo despierta y le pide que regrese a Görhem para traer a su madre.

—Matilda la necesita. No podrá viajar en mucho tiempo —le dice Nicholas con voz tensa.

Lot se termina de despertar y asiente.

—Lo haré. Me voy de inmediato, señor. Ahora puedo viajar tranquilo. Ya dieron con la banda de malhechores. La señorita Luisa los ha traicionado y dio todos los nombres con tal de salvarse de la horca. Pero le caerán veinte años por conspiración para matar a una persona.

—Bien. Se lo tiene merecido —anuncia Nicholas.

Lot parte antes del amanecer. Tardará entre dos y tres días en lograr que la condesa Alberta Clarke llegue junto a su hija.

Cuando Nicholas regresa a la habitación, le informa a Ewan que ha mandado a traer a su madre.

Ewan asiente en silencio. El rostro le arde de vergüenza: la condesa descubrirá que no ha tratado a Matilda como se merece, y continúa secándole el sudor, cambiando los paños fríos, limpiando la herida con cuidado, colocando hierbas sanadoras y vendando de nuevo.

—Ya hiciste suficiente, Ewan. Quiero que te retires. Yo cuidaré a mi hermana —dice Nicholas con firmeza.

Ewan obedece. No quiere contrariarlo; Nicholas tiene todo el derecho de estar enfadado. Pero ahora… ¿a dónde va? Lo han sacado de su propia habitación.

Regresa a su estudio. Le tocará encargarse de los números y de todo lo que Luisa hacía para su tío, al menos mientras encuentran a alguien más.

Pero por ahora está cansado; necesita recostarse…

Entonces piensa en la habitación que era de Luisa.

Espera a que Magna se desocupe para pedirle ayuda a arreglarla para él.

Magna llama a dos ayudantes y entran al cuarto de Luisa para sacar todo.

—Si quieres, regálales los vestidos a las muchachas… y también las joyas. Regálalo todo —dice Ewan, agotado.

Hablan entre ellas y ninguna acepta. No dejan de murmurar, inquietas.

Ewan no soporta el murmullo.

—Magna, ¿qué sucede? ¿Qué están murmurando?

Las jóvenes bajan la mirada. Una de ellas se agacha, mete la mano bajo la cama y saca una caja. La deja en medio del suelo.

—Es que… la señorita Luisa practicaba hechicería, mi lord —dice con voz baja.

Abre la caja. Dentro hay vasos de vidrio con nombres escritos: “Ewan”. “Matilda”.

—Era amiga de las brujas gitanas —continúa la joven—. Lo hechizaba a usted, señor. Y nos amenazaba con maleficios si no obedecíamos.

Ewan se queda helado. Agradece a Dios que una persona tan maliciosa haya salido de su casa. Revisa los frascos, incrédulo.

—Tienes razón, Magna. Mejor quemen todas sus pertenencias. Y cuando vayas al pueblo, pregunta al sacerdote si puede venir a bendecir este lugar.

—Claro, señor —responde ella, y continúan con su labor.

Esa tarde, Ewan está en su estudio, inquieto por el estado de Matilda. El médico acaba de irse: deben vigilarla; el peligro es que la temperatura siga subiendo.

Ewan, nervioso ante la posibilidad de perderla, decide escribir a las hermanas del convento de San Pancracio de la Caridad. Les ruega oraciones por su Mati. Escribe a Sonja, a la madre superiora y a sor Lucía, con la esperanza de que Dios haga un milagro.

Tres días tardan las cartas en llegar al convento. Sonja se preocupa profundamente por su querida Matilda y organizan vigilias y oraciones sin demora.

Tres días después, Alberta baja desesperada del carruaje. Entra a la habitación y encuentra a su hija aún dormida, delgada y pálida.

—Dios mío, Nicholas… ¿cuánto tiempo lleva así?

—Madre… —murmura Matilda, intentando abrir los ojos al escuchar su voz.

—Aquí estoy, cariño. Aquí está tu madre preciosa. ¿Cómo es que hasta ahora me avisan de esto? —pregunta Alberta, furiosa, mirando a Nicholas.

—Madre, fue al día siguiente que la mandé a traer. No esperamos tanto. El médico viene a diario, pero no hemos visto mejoría —se defiende Nicholas.

—¿Le están dando de comer?

—No. Está dormida todo el tiempo por la fiebre. Solo le mojamos los labios con agua. Magna le cocina sustancia de gallina y tratamos de darle, aunque sea una cucharada al día.

En ese momento entra Ewan a saludar a su suegra, aunque duda que ella aún lo quiera como yerno. Al verla, se conmueve profundamente. Se arrodilla ante ella, la abraza por las piernas y rompe en llanto.

—¡Madre Alberta! ¡Perdóneme, se lo suplico! ¡No pude cuidar bien a Mati!

Alberta lo mira, confundida. No sabe nada. Nicholas guarda silencio.

Entonces, una voz débil rompe el aire.

—No es cierto, madre… Él me rescató de los esclavistas gitanos…

Los tres corren hacia Matilda, pero ella sigue inconsciente. Aun así, la escucharon claramente.

Alberta la examina: sigue ardiendo. Ya lleva dos días con fiebre alta.

—Madre… iré a dormir un rato. Estoy realmente cansado —dice Nicholas, deseando pedirle que no permita que Ewan se acerque a Matilda.

Ewan aprovecha el momento y lo sigue. Necesita explicarse.

—¡Nicholas! Por favor… permítame. Vamos a mi estudio.

Cuando Ewan le muestra la caja con los frascos marcados con sus nombres, Nicholas queda profundamente impresionado. Jamás ha visto algo semejante, y la idea de que alguien haya manipulado la voluntad de su amigo lo sacude hasta la médula.

Decide escucharlo con una atención que no había mostrado en días, y mientras lo oye explicar cada detalle —desde la manipulación de Luisa hasta la confusión que lo dominó durante semanas—, siente cómo la dureza que llevaba acumulada en el pecho comienza a desvanecerse.

Comprende que su amigo ha sido víctima de algo que supera la lógica.

Sin embargo…

—Comprendo lo mal que ha obrado Luisa —dice Nicholas, con la voz tensa—, pero ella no tiene nada que ver con lo mal que ha sido tratada mi hermana en este lugar. ¿Cómo osas hospedarla en un sitio tan recóndito y decadente? Se trata de Mati, Ewan… mi hermana.

Un silencio espeso cae entre ambos.

Ewan se siente como un vil traidor si cuenta que no dependía solo de él. No quiere involucrar a su tío, así que decide asumir toda la responsabilidad.

Nicholas prosigue:

—No sé si puedo disculparte por esto… —admite, con un suspiro de frustración—. Mira, en asuntos del corazón, lo más sensato es no interponerse, porque cada pareja tiene sus propias batallas y sus propios silencios. Pero… pero haré todo lo posible para que mi hermana considere eso del… matrimonio…

Sin terminar la frase, Nicholas rueda los ojos y sale del estudio.

Se retira a descansar a la habitación de Matilda, donde los muchachos del servicio han dejado los cuatro baúles de su hermana. Baúles que él no piensa abrir, porque, así como llegaron, se irán con él, del mismo modo que Matilda.

Nicholas ya no confía en Ewan; presiente que esta casa no es un lugar seguro para ella y decide que su hermana solo saldrá de su lado cuando llegue el día de su boda, no antes. Y no necesariamente con Ewan…

En el silencio de su estudio, Ewan está preocupado y es consciente de que recuperar la confianza de su amigo será difícil, eleva una plegaria silenciosa y regresa a la habitación para permanecer junto a su amada.

Encuentra a la condesa recostada en la silla; aunque elegante, no es apropiada para ella. Se ve sumamente cansada.

—Madre Alberta, mandaré a traer una cama para que duermas cómoda aquí, junto a Matilda —dice con una ternura que conmueve.

—Está bien, querido, muchas gracias —responde ella, aunque lo observa con una mezcla de inquietud y curiosidad que finalmente la impulsa a preguntar—: ¿Qué ha ocurrido entre ustedes, hijo? Matilda me escribió diciendo que se casarían.

Ewan, consciente de que ya no puede ocultar nada, se sincera por completo y le explica que discutió con Matilda la última vez que se vieron, que ella huyó de Nuilthorach por esa razón, que él intentó seguirla, pero fue drogado sin saberlo, que durante semanas no entendió qué le sucedía y que solo después descubrió que Luisa había manipulado su voluntad con magia oscura para destruir su relación.

Le confiesa que, de no haber sido por las muchachas del servicio, jamás habría comprendido la magnitud de lo que estaba ocurriendo.

Luego le narra cómo buscó a Matilda en el convento.

Le explica de los esclavistas y cómo ella salvó a las jóvenes secuestradas y cómo lo salvó a él mismo.

Conversan por horas, mientras la noche avanza y las lámparas de queroseno proyectan sombras cálidas sobre las paredes, creando un ambiente íntimo en el que la verdad finalmente encuentra su lugar.

En medio de esa conversación, Matilda comienza a murmurar con voz débil:

—¿Madre…? No te vayas, por favor…

—Aquí estoy, cariño, aquí estoy contigo. No temas, pequeña, no voy a dejarte nunca, mi amor —responde Alberta, inclinándose para acariciar su frente.

—Dile a Ewan… que estoy bien… que no se preocupe por mí. Estoy bien… —susurra Matilda, mientras lágrimas silenciosas resbalan por sus mejillas—. Dile que lo perdono y que lo amo mucho, por fav…

Su voz se apaga y su cabeza cae suavemente hacia un lado. Alberta y Ewan corren hacia ella, temiendo lo peor, pero descubren que solo ha caído en un sueño profundo, un sueño que parece más reparador que los anteriores.

A la mañana siguiente, Matilda abre los ojos y encuentra a Ewan dormido junto a su cama, con la cabeza apoyada sobre sus brazos, sosteniéndola como si temiera perderla de nuevo. Ella intenta mover su otro brazo, pero la herida se lo impide. El dolor despierta su memoria; ahora recuerda lo sucedido.

Ewan percibe el movimiento y se incorpora de inmediato. Con manos temblorosas, revisa su temperatura hasta comprobar que está completamente normal.

—Mati, cariño, ya no tienes temperatura. Espera un momento, voy a llamar a tu madre, no te muevas —dice con una mezcla de alivio y asombro.

Alberta entra casi corriendo y se inclina sobre su hija con una alegría que ilumina toda la habitación. Matilda intenta incorporarse, aún desorientada, y ambos la ayudan con cuidado.

—¿Madre…? ¿Qué haces aquí? Qué alegría verte… —dice ella, mientras intenta ordenar sus recuerdos.

Nicholas entra en ese instante y se queda paralizado al verla despierta y sentada.

—Mati, hermanita… esto es un milagro —murmura con la voz quebrada.

—Sí, un milagro a larga distancia —afirma Ewan, recordando las oraciones del convento, y corre a escribirles una carta que tardará tres días en llegar, pero que llenará de júbilo a las hermanas, quienes de seguro agradecerán al Señor la recuperación repentina de Matilda, que desde esa mañana comienza a mejorar con una constancia que parece sobrenatural.

Nicholas observa cada día cómo su madre mira a Ewan con más afecto que el día anterior.

Cómo Ewan permanece al lado de Matilda sin separarse ni un instante, cómo le trae una rosa roja cada mañana, cómo la alimenta con paciencia, porque ella apenas puede mover el brazo, cómo la mira con una devoción que no necesita palabras, y cómo Matilda le responde con sonrisas y miradas cargadas de amor.

Todo esto provoca que Nicholas ruede los ojos con una frecuencia que ya se ha vuelto parte de su rutina, porque la dulzura entre ellos y el beneplácito de su madre es tan evidente que resulta imposible ignorarla.

Finalmente, dándose por vencido, decide que no tiene nada más que hacer en ese lugar y que partirá pronto, pues el hermano de su amigo Kever se casará y él acompañará a su amada amiga Eleonor, quien teme encontrarse con Kever, aunque insiste en que ya lo ha superado, algo que Nicholas duda profundamente.

—Madre, me iré mañana. ¿Puedes hablar con Mati y preguntarle si se siente bien para viajar? —dice con un cansancio que no logra ocultar.

—No, querido. No creo que pueda viajar todavía, pero hablaré con ella. ¿Vas para la boda de Brons?

—Así es. Eleonor quiere que sea su acompañante; ya sabes cómo teme ese encuentro, aunque diga que ya lo dejó atrás. Veremos qué sucede.

—Pobrecita… ¿aún sigue enamorada de él?

—Me temo que sí, madre…

Matilda pide hablar con su hermano en privado y solo ellos saben lo que conversan. Nicholas la abraza con cariño, se despide prometiendo visitarla pronto, y ella llora mientras le pide que lleve sus saludos a Brons y a Kever.

Esa noche, Matilda desea que todos cenen juntos para despedirlo, y cuando Nicholas va por ella, se encuentra con que viene del brazo de Ewan, lo que provoca que vuelva a rodar los ojos con una exasperación que hace reír a ambos.

—Nicholas, si Sonja te ve, te regañará, porque dice que se te pueden quedar trabados los ojos en la frente —dice Matilda con una sonrisa traviesa, mientras Ewan estalla en carcajadas.

El buen humor es inevitable y Alberta los sigue con una felicidad que no le interesa disimular.

En el comedor, Samuel preside la mesa, y aunque siempre ha sido un hombre reservado, parece que la oscuridad que también lo afectaba se ha disipado, pues mira a Matilda con una serenidad que antes no tenía.

Pronuncia una oración en gaélico y cenan.

Matilda apenas puede comer y pronto se siente cansada, por lo que pide retirarse.

Ewan la acompaña hasta su habitación y, cuando está a punto de despedirse, ella lo detiene.

—Ewan… quiero que sepas que me iré con mi madre este fin de semana, así que pronto te devolveré tu habitación —dice con una sonrisa triste y una falsa calma que esconde su profundo dolor.

Ewan también siente que el mundo se le desmorona. Baja la mirada, avergonzado y arrepentido, convencido de que Matilda no lo perdonará jamás.

—Te agradezco que hayas cuidado de mí —añade ella con suavidad.

Él no responde. No se atreve a suplicar.

Reconoce que la ha perdido para siempre.

La deja en la puerta de la habitación y se retira con el corazón hecho pedazos, mientras Matilda, quien también sufre, recuerda lo advertido por su hermano y las palabras de su madre.

Ambos le hicieron ver que, si él le había sido infiel, debía tener dignidad y dejarlo, aunque esa decisión le parta el alma.