Una Rosa para Matilda: De la Rosa a la Luz Capítulo 10 #2
53%

Capítulo 10 #2

Ewan, sudoroso y aún afectado por la droga, apenas logra ponerse los pantalones. Sale descalzo, sin camisa, sin aliento. Nicholas entra al castillo cargando a Matilda y vuelve a gritar:

—¡Un médico! ¡Por el amor de Dios, un médico!

Magna sale de la cocina al escuchar los gritos. La imagen de Matilda inconsciente, raspada y sangrando, la deja sin habla.

—¡Pobre mi niña… pobre mi niña! —exclama horrorizada.

Magna envía a Iahn a buscar al médico del pueblo. Ewan, apoyado en una columna del gran salón, lucha por mantenerse en pie. La droga aún nubla su mente. No sabe qué hacer. No sabe cómo enfrentar lo que ve.

Nicholas lo mira. Y al ver a Luisa detrás de él, con las mejillas encendidas y el cabello suelto, lo comprende todo. No necesita explicaciones. Ya lo entendió.

—¡¿Dónde acuesto a mi hermana?! —ruge Nicholas, fuera de sí.

—En el palomar. Su habitación era el antiguo palomar… en… en la torre sur —informa Luisa con deleite cruel.

Nicholas la fulmina con la mirada. Ewan interviene:

—Tráela a mi habitación.

Nicholas no pierde tiempo. Lo sigue. Ewan abre la puerta y Nicholas recuesta a Matilda sobre la cama. Le quita los zapatos viejos, sorprendido de que ella use algo tan gastado. Sus pies están destrozados, con la piel abierta por la carrera. Ewan los ve y siente que el alma se le rompe.

—Nosotros le dijimos que no se fuera. Que era peligroso, pero ella no hizo caso. ¿Verdad, Ewan? —miente Luisa, intentando justificar a Ewan y a ella misma.

Nicholas guarda silencio. Mira a su hermana inconsciente, luciendo tan inocente, tan indefensa y debatiéndose entre la vida y la muerte. Su apariencia revela un calvario. Una pena profunda.

—Ewan… sácala de aquí o no respondo —advierte Nicholas, con la voz quebrada.

Ewan le hace una seña a Luisa para que salga. Ella obedece, aunque a regañadientes.

Nicholas se vuelve hacia él con semblante sombrío y lágrimas en los ojos.

—Comienza a hablar. Estoy esperando que me expliques qué hacía mi hermana corriendo por un camino solitario, a más de diez kilómetros de aquí, con dos hombres persiguiéndola y uno disparándole…

mientras tú te revolcabas con esa mujer.

—Nicholas lo agarra del cuello, lo arrincona contra la pared.

La furia lo consume y ahora le grita—: ¡¿Acaso no estabas comprometido con mi hermana?

! Si no hubiera venido yo, ¿qué habría sido de ella!

¡Explícamelo, Ewan, por el amor de Dios!

—Y no te atrevas a mentirme… pedazo de escoria.

Ewan se siente acabado. No ofrece resistencia ante el arrebato de Nicholas. Al escuchar lo que le ha sucedido a Matilda, se queda mudo. Sabía que ella correría un peligro así; quiso detenerla, pero Luisa…

Ewan analiza su propio comportamiento y ni siquiera se reconoce. Está confundido, desorientado y avergonzado.

—¡Habla! —ruge Nicholas, sobresaltándolo hasta hacerlo brincar.

Ewan guarda silencio. Nicholas lo sacude con fuerza, lo empuja contra la pared y le marca un golpe que lo hace caer hacia atrás.

—Nicholas… —murmura Matilda con un hilo de voz—. Por favor… no se peleen. Ustedes son amigos…

Nicholas corre hacia ella. Toma su mano con suavidad y Matilda la aprieta débilmente, intentando abrir los ojos, pero no puede.

—Mati… ya casi viene el médico. Resiste, hermanita —dice Nicholas entre lágrimas.

—Tú me conoces… soy una rebelde empedernida… Él no sabía que me iría… Por favor, no lo culpes… —susurra ella, y Ewan siente cómo las lágrimas le nublan la vista.

En ese instante llega el médico, acompañado por Magna.

El cirujano examina a Matilda con rapidez.

Por fortuna, es un hombre competente. Pide agua caliente y se prepara para extraer la bala, que por gracia divina no ha tocado ningún órgano vital, aunque está incrustada bajo la clavícula y el dolor será insoportable.

Le dan leche de amapola para aliviarla un poco, pero el médico no espera a que haga efecto. No pueden perder tiempo: Matilda podría desangrarse.

Cuando introduce el instrumento para extraer la bala, ella grita de dolor, un grito que desgarra el alma.

Ewan se deshace por dentro. No puede contener sus lágrimas. Nicholas permanece a su lado, sosteniéndola, consolándola, hasta que finalmente ella se desmaya y el silencio cae sobre la habitación.

Mientras tanto, Lot, el cochero, llega a buscar a Nicholas.

—Señor… la señora Luisa quiso hablar con el delincuente. No se lo permití. Se puso altanera… me amenazó —informa con preocupación.

—¿Ya llegaron los gendarmes? —pregunta Nicholas.

—Sí, señor. Eso venía a decirle. Quieren llevarse al tipo para interrogarlo. Imagino que usted querrá hablar con ellos antes.

Nicholas asiente, agradece a Lot y le pide que se quede vigilando la puerta para proteger a Matilda.

Luego corre a hablar con los gendarmes. Sin rodeos, les da el nombre de Luisa y les explica que ella podría estar implicada.

Quiso hablar a solas con el maleante. Pudo haberles pagado. Nicholas no tiene dudas.

—Gracias por la información, conde Clarke —responde uno de los gendarmes—. Apenas tengamos su declaración, lo mandaremos a llamar.

Cuando Nicholas regresa, ve a Ewan sosteniendo la mano de Matilda. La escena lo enciende de furia.

—¿Puedes… tener la gentileza de soltar la mano de mi hermana? ¡Apártate de ella! —le ordena.

Ewan obedece de inmediato. Lo comprende y no puede culparlo. Pero también sabe que debe explicarle lo sucedido. No es lo que él piensa… al menos, no según lo que recuerda. Por ahora, decide retirarse. Va a su estudio y se encierra ahí por horas.

Intenta escribir una carta a Ronn y otra a Kever. La tarde cae. La luz se vuelve dorada.

Samuel llega al castillo y Magna sale a su encuentro para informarle. Entra al estudio de Ewan muy preocupado.

—¿Acaso estás demente? ¿Cómo te metes con Luisa teniendo a tu prometida en el castillo?

—lo ataca sin misericordia su tío—. Ahora, este tal señorito Clarke tendrá miles de razones para no respetar el honor de nuestra familia.

Eres un perfecto inepto, Ewan. En fin, espero que tu prometida se recupere…

Si es que aún lo es … ¡Bah! ¡Ach nae! —termina y sale del estudio sin darle la oportunidad de defenderse.

De todas maneras, no está con ánimo. Respira profundo, esperando recuperar su estado normal y pensar bien las cosas. Entonces escucha un carruaje acercarse. Se asoma por la ventana y ve a Luisa subiendo sus cosas al coche.

Ewan se pone alerta. Algo no calza… “Ella no haría algo como eso a no ser que estuviera… ¿huyendo?”, piensa y corre a detenerla.

—¿Qué sucede aquí? ¿Por qué te estás yendo? —pregunta, tomando los frenos de los caballos—. Un momento, señor. No puede partir —le dice al cochero.

Con la orden dada, camina hasta la cabina y abre la puerta. Luisa está dentro, nerviosa, lista para huir.

—Ewan… por favor… déjame ir —suplica ella.

—¿Qué sucede, Luisa? ¿Por qué debería dejarte ir?

—pregunta él, tragando grueso. El pensamiento lo atormenta: cuando debió haber ido tras Matilda, estaba desmayado en la cama de esta mujer.

No sabe por qué. No entiende nada. Y ahora quedará condenado al remordimiento, sabiendo que Matilda estuvo a punto de morir—.

¿En qué clase de monstruo te has convertido, Luisa?

¿Fuiste tú quien planeó el ataque contra Mati?

Me drogaste, ¿verdad? Me drogaste para que no fuera tras ella…

¿Fuiste tú? ¡Responde! —le grita, haciéndola estremecer.

Los ojos de Luisa se llenan de lágrimas, pero no hay arrepentimiento en ellos. Solo dolor por fallar en su plan y ser atrapada.

—No te atrevas a culparme. Tú también querías deshacerte de ella. Yo solo te estaba ayudando —dice, convencida de su propia lógica retorcida.

—¡Cállate! ¡Estás acabada! —ruge Ewan.

Cierra la puerta con llave desde afuera, se sube junto al cochero, le entrega una bolsa de monedas y ordena:

—Directo a la gendarmería.