Capítulo 10
Desde Görhem
Sin recibir ninguna petición de parte de Matilda, Alberta ya ha preparado varios baúles para su hija y los envía con Nicholas, quien no se hace rogar para partir a Nuilthorach.
Parte de madrugada en el carruaje de la casa con cuatro baúles repletos de cosas para su hermana.
Está deseoso de verla y también de visitar a su amigo.
Su madre le envía una carta y muchos saludos para ambos.
Su intención es llegar ese mismo domingo y, para lograrlo, no se detendrá en ninguna parte…
Mientras tanto, el corazón de Matilda sangra por el dolor que siente al haber visto las huellas de traición en la piel de su amado…
En su habitación, se ha dejado caer en la pequeña cama boca abajo y llora sin parar.
Ewan está en su habitación, sentado en su silla junto a la ventana, mirando a la distancia mientras intenta ordenar sus pensamientos.
—Dios mío… No entiendo por qué me siento tan irritado contra Mati últimamente. Luisa… ella ¿habrá logrado esto conmigo? La conozco bien… —murmura inquieto—. Es que no comprendo por qué esta rabia absurda contra ella. ¿Qué sucede conmigo?
Se levanta de golpe y se dirige a la habitación de Luisa.
Quiere enfrentarla, preguntarle. Toca la puerta un par de veces y, al no escuchar respuesta, la abre despacio.
Observa los lujos que la rodean: el ropero repleto de vestidos elegantes, la coqueta impecable, el cuarto cálido y bien decorado, mientras que Matilda vive en una antigua bodega que antes fue un palomar, fría y solitaria.
“Nicholas no me lo perdonará si descubre dónde se ha hospedado su hermana todo este tiempo. Y que la he lastimado… de seguro me matará” , piensa, sintiendo un nudo en el estómago. “Necesito disculparme con ella. Necesito arreglar esto antes de que él llegue.”
Ewan regresa a la torre sur. La puerta está entreabierta, no toca antes de entrar, solo la empuja y se asoma. Sabe que ella está furiosa, pero aun así entra. Siente una ternura profunda al ver sus pocas pertenencias acomodadas con tanto cuidado.
Matilda está cepillando su cabello, que ha recuperado su antigua sedosidad y ahora cae más largo. Lo trenza suavemente a un lado. Ewan la observa a través del espejo y nota que lleva el vestido nuevo que él le regaló. Le queda holgado, pero ella lo ajusta con las cintas como puede.
—Tu habitación se ve muy bien. Me agrada mucho —dice Ewan, intentando suavizarla, pero ella no responde.
Ewan aclara la voz y continúa—: Mati… yo quería decirte… Lamento mucho haberme comportado tan mal contigo en estos días.
Al escucharlo, su expresión se endurece. No aparta la mirada del cepillo que tiene en las manos. Solo lo deja sobre la cómoda y comienza a jugar con sus dedos.
Ewan se acerca, se inclina de cuclillas frente a ella y toma sus manos, pero ella sigue sin mirarlo.
—Perdóname, Mati. Nunca he querido lastimarte. Y… y hoy viene tu hermano —ella lo mira sorprendida, y él continúa—. Sí, así es. Y estaba pensando que, si deseas regresar con él, puedes hacerlo. No tengo derecho a oponerme o pedirte que te quedes…
—Ni deseos —lo interrumpe ella, arrebatándole las manos y poniéndose de pie.
Una oscuridad se ha apoderado de ella y ahora está fuera de control por sus palabras.
Continúa—: ¡Dilo! “No tengo deseos de que te quedes”.
Simplemente te cansaste de mí, como te cansaste de Luisa la primera vez.
Debí saberlo. Eres un falso, Ewan. Lo único que querías era tomar mi virtud, y ahora que ya no me deseas más, quieres que me vaya para estar con ella…
Las palabras de Matilda lo atraviesan como un golpe seco. “¿Tan vil me cree?”, piensa, sintiendo que el aire se le escapa.
—Pero ¿qué estás diciendo, Matilda Clarke? ¿Acaso crees que no tengo honor? —se defiende, muy ofendido.
—¡No! ¡No lo tienes! Jugaste con Luisa y ahora conmigo. Y ¡sí! Me iré con mi hermano —dice ella, comenzando a quitarse el vestido nuevo.
Con una conducta errática, levanta sus faldas, mostrando la esbeltez de sus piernas, la delicadeza de su figura, la curva suave de su cintura, la blancura de su piel. Queda medio desnuda delante de él, dejándolo sin habla ante su belleza, pero también muy confundido.
—Aquí tienes tu vestido. Me queda holgado y no lo deseo —dice, empujándoselo al pecho, hecho un puño—. Ahora sal de mi habitación; debo prepararme para partir.
Pero no lo hace. Ewan aprieta la prenda entre sus manos, sintiendo un temor profundo. No sabe qué será de él si Matilda se va.
—¡No, Mati! ¡No te vayas! —suplica.
Ella se vuelve para dejar de mirarlo y busca su atuendo.
—¿Ves? Ahora ruegas. Pero ¿pensabas en mí cuando la besaste y ella te marcó con su labial? Se acabó, Ewan. Y soy una tonta por esperarte dos meses. Desde el principio debí saberlo. Ni siquiera has vuelto a hablar de nuestra boda —dice mientras se viste con rapidez.
—Pero yo no la besé, Mati. Ya te lo dije —insiste él.
Matilda corre por sus botines viejos, toma su arco y el estuche de flechas. Solo eso. Es lo único que siente que le pertenece.
—Solo espero encontrarme con mi hermano. Adiós —dice sin más, y sale de la habitación.
Bajando las gradas en espiral, se topa con la elegante Luisa, que seguramente ha escuchado toda la discusión. Ella le sonríe con esa calma venenosa que siempre anuncia un golpe certero, feliz de ver que su rival declarada se marcha.
Matilda pasa a su lado sin mirarla ni, mucho menos, dirigirle palabra. A Luisa no le interesa; solo se apresura a subir. Buscará a Ewan para “consolarlo” …
Matilda, al pasar por los salones del castillo, no ve a nadie y no se despide de nadie, e increíblemente, eso le alivia. Solo le habría gustado despedirse de Magna, pero no la encuentra; seguramente salió a recoger la leche.
Ewan, desesperado, arroja el vestido con furia contra la alfombra. Está decidido a detenerla; sabe que el camino es peligroso y que debe alcanzarla cuanto antes.
Pero, saliendo de la habitación, un polvo hediondo golpea su rostro. No sabe de dónde vino, pero inevitablemente lo inhala y pierde la visibilidad; se marea y siente como si el mundo se inclinara. Está a punto de desvanecerse.
Luisa lo sostiene, lo arrastra a una habitación y lo recuesta en la oscuridad, donde cae en un sueño profundo, casi inconsciente.
Mientras tanto, Matilda camina con paso firme, esperando encontrarse pronto con el carruaje de su hermano para no avanzar demasiado sola.
Gruesas lágrimas resbalan por sus mejillas cuando comprende que Ewan no la ha seguido.
En el fondo, lo esperaba. Y al ver que no aparece, su corazón se rompe un poco más.
Acelera el paso. Quiere alejarse de ese lugar donde deja atrás a su antiguo amor, un amor que la mintió y la traicionó.
De pronto, siente un impulso que la arrastra hacia adelante, como si sus pies decidieran por ella.
Corre. Corre con el peso ligero de su arco y su estuche de flechas, corre hasta que el aire le quema los pulmones, corre hasta que el bosque la envuelve y el castillo queda atrás como un recuerdo que duele mirar.
Corre para no volver jamás.
Matilda Clarke posee un físico formidable; probablemente corre más de diez kilómetros sin detenerse, pero sus pies ya no resisten.
El cuero endurecido de sus viejos botines le ha abierto la piel y la sangre humedece cada paso.
Exhausta, reduce la velocidad y vuelve a caminar, aunque un presentimiento oscuro se apodera de su alma. Algo no está bien. Algo la sigue.
De pronto, escucha murmullos, pasos rápidos y respiraciones agitadas detrás de ella. Se vuelve y se da cuenta de que dos rufianes la siguen. El corazón le golpea el pecho. Debió preverlo: este camino es solitario y siempre ha sido frecuentado por maleantes.
Matilda corre desesperada, sin importarle el dolor ni la sangre que brota de sus pies. Corre como si la vida dependiera de ello. Y entonces, a lo lejos, ve un carruaje.
—¡Nicholas…! —susurra con un hilo de esperanza, reconociendo la silueta del coche. Y sí, es él.
Nicholas conversa con Lot, el cochero, disfrutando del trayecto, cuando distingue a una muchacha corriendo hacia ellos. La reconoce al instante. Su hermana. Y detrás de ella, dos hombres armados.
Uno de los maleantes, al ver que no la alcanzan, levanta un arma y apunta directamente a Matilda.
—¡Matilda! ¡No…! —grita Nicholas, horrorizado.
Saca el rifle de detrás del asiento y, con una puntería impecable, dispara. Abate a uno y hiere al otro, pero ya es tarde: Matilda cae al suelo, sangrando en medio del camino. El delincuente logró lastimarla.
Lot azuza los caballos y acerca el carruaje con rapidez. Antes de que el coche se detenga por completo, Nicholas ya ha saltado al suelo para llegar hasta su hermana.
—Llevemos a Matilda de inmediato a Nuilthorach, Lot. Ewan mandará llamar a un médico. Y al miserable también lo llevamos. Lo entregaremos a los gendarmes —dice Nicholas con lágrimas en los ojos, al ver a su hermanita inconsciente, raspada, sucia y ensangrentada.
Mientras el carruaje avanza, Nicholas atiende la herida como puede. Presiona, limpia, intenta detener el sangrado. El remordimiento lo consume. Debió estar más pendiente de ella. Por lo visto, Ewan no ha cuidado a su hermana como lo prometió, así que tendrá que escucharlo.
En la elegante habitación de Luisa, Ewan yace en su cama inconsciente. Ella se ha encargado de desvestirlo y está sobre él, acariciándolo y besándolo, cuando el estruendo de una carroza llegando la obliga a detenerse.
Ewan abre los ojos, aturdido.
—¿Qué sucede? ¿Qué hago aquí? —pregunta, confundido al verse desnudo, con Luisa también desnuda a su lado.
—Nada, querido. Solo estábamos amándonos —responde ella con una sonrisa maliciosa.
—¿De qué hablas, mujer? —balbucea él, tambaleándose mientras se pone de pie. Apenas puede sostenerse. Se acerca a la ventana y se asoma. Ve el carruaje. Ve a Nicholas. Y ve a Matilda en sus brazos, inconsciente y cubierta de sangre.
—¡Dios mío… no puede ser! —exclama Ewan, aterrado.
—¡Auxilio! ¡Ayuda! ¡Llamen a un médico! —grita Nicholas desde el exterior.