Una Rosa para Matilda: De la Rosa a la Luz Capítulo 27
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Capítulo 27

De la rosa a la luz

Finalmente llega el día de la celebración del primer año del hijo del desaparecido teniente Ewan Graham, el pequeño Ewan Graham II.

Su abuelo, con ese orgullo que no sabe disimular, lo viste exactamente igual que a su padre, y el sastre, consciente de la importancia del gesto, se ha esmerado en reproducir cada detalle del traje de teniente naval en miniatura.

La pequeña Sonja, luce el vestido que ella misma escogió de una revista de modas de París: un hermoso diseño turquesa, casi idéntico al color de sus ojos, y su cabello rubio cae hasta casi la cintura, a pesar de los rizos perfectos que le han hecho para la ocasión.

Alberta, sabiendo que Matilda no está en condiciones de encargarse de nada, ha pedido nuevamente la ayuda de sor Sonja —la amiga fiel y hermana del alma de Matilda— quien llega desde el convento con su atuendo de monja y le queda muy bien.

Ella siempre es bienvenida en la mansión Clarke y ahora le agradecen mucho la visita debido a la situación de Matilda.

George y Alberta se ocupan de los invitados, mientras Nicholas acompaña a su hermana en el fondo de la recepción, intentando mantenerla alejada del bullicio, porque, como era de esperarse, Matilda no está de humor para celebraciones.

El evento se realiza en los jardines de la mansión, donde han colocado carpas y elegantes mesas decoradas para que las familias se acomoden.

En el centro, una mesa repleta de dulces y juegos para los niños, y la orquesta, como siempre, ameniza con melodías alegres mientras los pequeños corren, ríen y disfrutan bajo el sol.

El día es hermoso, la brisa fresca, el cielo despejado…

pero nada de eso logra iluminar el corazón de Matilda, que vive sumida en una oscuridad que no parece tener fin.

—Nunca pudo estar… —murmura ella, casi para sí misma.

—¿Nunca pudo estar quién? ¿O qué? —pregunta Nicholas, intentando comprender.

—Ewan —responde ella mirándolo con amargura. Su voz se quiebra, pero ella continúa—: Nunca pudo estar en ninguna de las celebraciones de sus hijos.

—Vamos Mati…, no comiences. Sabes que se me agotaron las palabras y no sé qué más decirte para consolarte… —le dice Nicholas.

—¿Consolarme? ¿Acaso crees que puedes consolarme con tus pobres discursos? No hay palabras para mí, Nicholas. Ni acontecimientos… Nada… ¿Comprendes?

Nicholas enmudece, casi quiere volver los ojos, pero solo aprieta su mano y le dedica una sonrisa débil, consciente de que cualquier palabra que intente decirle será inútil, porque ella le rebatiría con razón.

Prefiere dejar que el tema se pierda en el viento y cerrarlo.

Para ello, bebe un sorbo de su cóctel para obligarse a callar.

La mirada de Nicholas viaja a la entrada y ve llegar a Eilidh acompañada de Samuel a lo lejos.

La visión lo inquieta; Eilidh, prácticamente es ahora la hija adoptiva de Samuel y parte de la familia, su aparición le provoca una emoción que intenta disimular sin éxito.

Se levanta de inmediato para ir a saludarla, dejando sola a su hermana.

Matilda observa la escena desde lejos y nota el interés evidente de su hermano por la hermosa Eilidh.

Y un pensamiento amargo cruza su mente: “Si se hubiera casado con Ewan, ella sería la viuda ahora… y no yo”.

Pero enseguida reprime ese pensamiento. “No cambiaría por nada del mundo, la felicidad que viví con mi esposo. Aunque nuestro tiempo de romance y matrimonio fueran tan breves, lo prefiero a una eternidad sin haber vivido con él. Fui inmensamente feliz a su lado” , piensa y una lágrima baja por su mejilla.

Mientras observa a Nicholas y Eilidh conversar, Matilda ve que Sonja se acerca a ellos con una expresión seria en su rostro. Algo en su postura la inquieta. Entonces, Matilda se levanta y se dirige hacia ellos. Ocupa saber.

—¿Qué sucede, querida Sonja? —pregunta Matilda.

—Nada, Mati —interviene Nicholas con rapidez.

Ella no le cree, pero no insiste, no está para complicarse ahora. Ella advirtió que no se encargaría de nada durante el evento y regresa a su asiento. Bebe un sorbo de agua, intenta mantener la calma y continúa observando a los invitados. Pronto se acercan amigos y familiares a saludar…

Mientras tanto Nicholas está inquieto. Se trata de su sobrina. Sonja la estaba vigilando, pero de un momento a otro, la perdió de vista. Está desaparecida y se aleja del grupo para buscarla.

Nicholas y Sonja la buscan sin cesar por todas partes sin éxito. Temen que Matilda se entere, no pueden preocuparla con algo así, sería demasiado para ella.

Nicholas regresa con Samuel y Eilidh para pedirles ayuda, pero justo cuando se los iba a solicitar, la ve: A lo lejos, en medio del campo verde, aparece la pequeña Sonja corriendo con todas sus fuerzas, dirigiéndose hacia su madre y levantando en alto una rosa roja.

Sus rizos saltan con cada paso y su rostro está iluminado por una alegría pura y desbordante.

—¡Esta rosa es para mi mamá! ¡Esta rosa es para mi mamá! —grita la niña, agitada y emocionada, mientras corre hacia Matilda.

Matilda la escucha y le presta toda su atención a la niña. Se levanta de inmediato y va hacia ella. Sonríe con ternura, acostumbrada a que su hija le lleve flores. Alzando a su hija, toma la rosa entre sus dedos, pero… lo que escucha a continuación hace que su corazón se detenga.

—Mami —jadea la niña—, dice mi papá que no llores más, que te espera en la estatua del ángel… y que esta rosa es para ti.

—Pero… ¿Qué dices hija? —pregunta sujetándola fuerte.

—Vamos, mami. Mi Padre te espera —insiste la pequeña Sonja.

Matilda queda paralizada. Su corazón se acelera con una fuerza que casi le duele.

En el instante en que la sostiene, algo dentro de ella se enciende: Con esta rosa, pasa de la oscuridad a la luz, como si alguien hubiera abierto una ventana en su alma.

Baja a su hija y sus ojos se llenan de lágrimas.

—Quédate aquí Ángel —le dice su madre— ¡Ewan! ¡Ewan! —grita desde lo más profundo de su ser, dirigiéndose desesperadamente a la estatua del ángel.

El tono de su voz alerta a todos los presentes. Los invitados, la familia, los amigos… todos se vuelven hacia ella. Nicholas corre hacia su sobrina y la alza.

—¿Qué sucede, Sonji? —pregunta con urgencia—. Cuéntale a tu tío, querida. ¿Qué le dijiste a tu mami? ¿A quién viste? ¿Dónde?

La niña señala con su dedito hacia el campo, justo en la dirección en la que Matilda va corriendo.

Nicholas, con su sobrina en brazos, corre detrás de ella.

Samuel lo sigue, con el corazón latiéndole como no lo había sentido en años, porque si su sobrino está allí…

entonces significa que… está vivo. Detrás de ellos también corren Sonja y Eilidh, incapaces de quedarse atrás.

Y entonces sucede. Nicholas se detiene en seco cuando los ve: Matilda y Ewan, tirados en el césped, abrazados, besándose con una desesperación que solo nace del amor que ha sobrevivido al dolor, al tiempo y a la muerte misma.

Ella se había lanzado sobre él con tal fuerza que lo hizo caer hacia atrás sobre el monte, y ninguno de los dos parece dispuesto a separarse.

Se besan una y otra vez, hasta que Matilda, vencida por la emoción, se aparta apenas para abrazarlo y llorar.

Él también llora. Ambos necesitan llorar.

Ewan la abraza con fuerza, como si temiera que ella pudiera desvanecerse.

Al percatasen del público, se incorporan, pero ella no deja de observarlo.

Con manos temblorosas, recorre su rostro bronceado, marcado por sombras de antiguos moretones.

Lo acaricia con ternura, como si necesitara asegurarse de que es real, y luego vuelven a besarse.

Samuel los contempla con los ojos llenos de lágrimas.

Sonja y Eilidh también lloran. Todos lloran.

—Mira, tío —dice la pequeña Sonja, maravillada—. Mi papito ama a mi mamá.

—Así es, mi Sonji —responde Nicholas, intentando distraerla para que no mire la escena—. Pero parece que tu mami también lo ama a él, ¿no crees?

—¿Por qué lloras, tío? —pregunta la niña, inocente.

En ese momento, entre los arbustos, aparecen Kever y Ramson, victoriosos y elegantemente vestidos para la fiesta.

Matilda se separa de Ewan y corre hacia ellos para abrazarlos con una gratitud que no puede expresar con palabras.

Luego Ewan se pone de pie y abraza a su tío Samuel, que también llora como un niño pequeño y luego lo examina como si temiera que fuera una ilusión.

Nicholas entrega a su sobrina a sor Sonja para poder abrazar a su cuñado, y todos se toman un momento para respirar, para mirarse, para saludarse, sonreír y para comprender que lo imposible ha sucedido.

La pequeña Sonja había reconocido a su padre de inmediato cuando él la llamó y ahora que está ahí, no quiere soltar su mano, al igual que su madre.

Ewan la alza con ternura, y Matilda, con una sonrisa que no había mostrado en más de un año, les pide a todos que regresen a la celebración del pequeño Ewan II.

—Tu hijo, mi amor —dice ella, con una bella sonrisa—. Tenemos un hijo. Se llama Ewan. Hoy celebramos su primer año.

Kever y Ramson se alegran con Ewan, ninguno lo sabía. Ewan y Matilda se quedan un poco atrás y ella le muestra la rosa roja.

—Gracias por esto, mi amor. Fue mágico. Al recibirla… fue como si pasara de la rosa a la luz. Vivía en la oscuridad sin ti. Ahora he vuelto a la vida… a la luz.

—Las amo tanto y muero por conocer a mi hijo —dice Ewan, abrazando a su esposa mientras sostiene a su hija.

—¿Hice bien mi misión, papi? —pregunta la niña, orgullosa.

—Muy bien, mi valiente niña —responde él, y ella se sonríe orgullosa por ayudar a su padre. En ese instante Ewan piensa que se parece a su madre, que ella debió llamarse Matilda...

El grupo avanza entre el campo verde, y los invitados, sorprendidos por la escena, no pueden evitar murmurar emocionados.

Matilda no suelta a su esposo ni por un segundo, y la pequeña Sonja tampoco.

Pero cuando Ewan se acerca a la silla donde está su hijo, su corazón late con fuerza.

Sus dos hermosas damas le dan el espacio para este momento de padre e hijo .

George y Alberta, que estaban a cada lado del pequeño, se levantan de inmediato y corren hacia él. Alberta lo besa en ambas mejillas, llorando sin control, mientras George lo abraza con fuerza.

—Bienvenido, hijo. Dios te bendiga —dice el conde, con la voz quebrada.

Los invitados están conmovidos hasta el alma. Muchos lloran. Otros aplauden. Algunos se persignan. Es un acontecimiento que, sin duda, aparecerá en los diarios del día siguiente.

Ewan toma a su hijo en brazos. El niño lo mira fijamente, como si lo reconociera desde siempre.

— Pa, pa, pa —balbucea el bebé, saltando en sus brazos.

Ewan cierra los ojos, vencido por la emoción.

—Sí, hijo mío… soy tu padre —susurra, con lágrimas cayendo por su rostro.

Lo abraza fuerte y mira a Matilda, que llora. Todos lloran. Es un momento que nadie olvidará jamás.

Kever y Ramson observan la escena con profunda satisfacción.

Su hazaña había sido heroica: rescatar a Ewan de un hueco donde lo habían mantenido casi un año, con poca agua y escasa comida.

La hermana del Jefe , al verse traicionada, había suplicado que no lo mataran, que prefería verlo morir lentamente, y por eso lo mantuvieron con vida allí.

En el momento del asalto, Ewan casi logró vencerlos a todos, pero tuvo que rendirse cuando amenazaron la vida del capitán Smith. El resto de la tripulación estaba encerrada en celdas de bambú, desarmados y tan débiles que escapar era imposible.

Ramson y Kever derrotaron a los piratas uno por uno, los dejaron amarrados y vencidos en la playa, liberaron a la tripulación de Ewan.

Esa misma noche tomaron el Inspiración que atracaba cerca de la costa.

A los piratas los arrojaron por la borda vivos, para que pudieran nadar hasta la orilla.

Finalmente, habían recuperado la nave y regresaron a Inglaterra sin contratiempos.

A Ewan le tomó un mes en recuperarse, y no quiso que avisaran a Matilda porque no deseaba que lo viera en ese estado y porque realmente quería sorprenderla.

Kever lo llevó al castillo de Roxburghe para que recibiera la mejor atención posible.

El que llegara en la celebración del año de su hijo, era un designio divino…

La celebración continúa, y sus suegros le prodigan atenciones a Ewan, mientras Matilda no deja de abrazarlo como si temiera perderlo otra vez.

Y así, mientras la familia lo rodea entre risas y lágrimas, comprenden que, después de tantas tormentas, Ewan ha regresado al único puerto que siempre lo esperó: el corazón de su esposa.

Y ahora, por fin, está a salvo en casa, con ella y con sus dos hermosos y adorados hijos.