Una Rosa para Matilda: De la Rosa a la Luz Capítulo 9
45%

Capítulo 9

En Nuilthorach

El joven Iahn, sobrino de Magna, entra corriendo a la sala con los ojos encendidos de emoción para anunciar la llegada de dos visitantes. Uno de ellos es Ewan.

Ronn y Samuel se levantan de inmediato y salen a su encuentro, pues hacía mucho tiempo que no lo recibían con tanta alegría, como si hubiera regresado de una guerra.

Y, en cierto modo, así era: Ewan luce delgado, demacrado y ligeramente desaliñado, marcado por casi dos meses de penurias, mala alimentación y noches interminables de angustia pensando en Matilda.

Su tío lo abraza con fuerza, besándole la cabeza con un alivio casi desesperado, como si temiera que volviera a desaparecer.

Matilda desciende del caballo detrás de Ewan y, con una sonrisa tímida y respetuosa, saluda al tío Samuel, quien apenas le devuelve un gesto seco antes de darle la espalda.

Ewan lo nota de inmediato. No tuvo tiempo de avisar que traería a Matilda al castillo, y ahora se da cuenta de que quizá fue un error.

Samuel sigue profundamente ofendido por la conducta del conde Clarke. No era poca cosa aprovecharse de la muerte de su amado hermano, William Graham, para robar la herencia de sus sobrinos; y para él, nada que viniera de esa familia podía ser bien recibido.

Ewan siente un nudo en el estómago al comprender que debió consultarlo, o al menos avisar, pero ya es tarde.

Ronn, al ver la tensión que se ha creado, da un paso al frente y, con la cortesía que lo caracteriza, dice:

—Bienvenida, estimada señorita condesa. Espero que se sienta a gusto en nuestro hogar…

—Muchas gracias, joven Ronn —responde Matilda con suavidad.

Ewan, decidido a protegerla, la rodea con un brazo y anuncia con firmeza:

—Ella vivirá ahora en el castillo.

Samuel aprieta la mandíbula y replica, con el rostro enrojecido por la molestia:

—Ah, sí. ¿Hasta cuándo? —pregunta insolente frente a ella.

Ronn hace una seña a Ewan para que lo acompañe al estudio, pues no es momento de discutir delante de Matilda. Ambos entran y cierran la puerta, dejando a Matilda sola en el gran salón del castillo.

La actitud del lord Graham la inquieta profundamente y la llena de nerviosismo, por lo que camina despacio por el recibidor, tratando de serenarse mientras contempla la opulencia del lugar.

Es un castillo antiguo, rústico y hermoso, y el día del sepelio de lord William Graham ni siquiera había entrado; pero ahora ese misterioso y majestuoso lugar será, supuestamente, su hogar.

Mientras ella recorre la sala, Ewan, Samuel y Ronn están en el estudio, discutiendo, donde la tensión se vuelve más evidente. Samuel, incapaz de contenerse, lo reprende con dureza:

—…pronto tendremos problemas de faldas en este castillo, cabeza hueca. Debiste enviarla a su casa. ¿Acaso se te olvidó que su padre los quiso estafar?

Ewan, con el corazón acelerado, intenta explicarse:

—Yo la amo, tío. Ella no tenía dónde ir. Está disgustada con su padre, no iba a volver a Görhem; viajaría a pie hasta Liverpool. Por eso la secuestraron.

Samuel resopla con furia, incapaz de aceptar la situación.

— ¡Ach nae! ¡Bah! —exclama, saliendo del estudio con pasos pesados.

Ronn se queda con Ewan y, con un gesto fraternal, coloca una mano en su hombro.

—Me gustaría estar aquí para apoyarte, hermano. Sé que amas a Mati, pero nuestro tío no despedirá a Luisa, y lo sabes.

Ewan asiente con preocupación.

—¿Tienes dinero? —agrega Ronn de manera solidaria.

El conde había convencido a los otros socios y echaron a Ewan del aserradero, dejándolo desempleado.

—Eso iba a decirte, Ronn. Ocupo que me prestes algo. Necesito acondicionar la habitación de Mati. Buscaré empleo y me casaré con ella. Por ahora trabajaré con nuestro tío como pastor; no tengo opción.

Ronn, admirando la determinación de su hermano, le entrega todos los billetes que tiene en la cartera.

—Te deseo suerte, hermano. Mañana me iré a primera hora. Pero escríbeme si necesitas algo. ¿Me contarás lo que sucedió?...

Mientras tanto, Matilda continúa sola en el salón, observando los muebles de cuero rojo que contrastan con el piso negro y brillante, la alfombra blanca de piel en el centro y la armadura medieval reluciente en la esquina.

Trata de ver el paisaje a través de las cortinas de encaje que adornan las angostas ventanas.

Luego su vista regresa al interior y nota, en el centro de la gran pared, una elegante chimenea con el sello familiar en mosaico.

En las blancas paredes cuelgan pinturas de personajes antiguos, y un candelabro de hierro fundido desciende del alto techo con cientos de velas que iluminan la sala con un resplandor casi mágico.

Respira hondo y se dice a sí misma que no tiene opción: su vida será aquí. Sabe que su padre jamás aprobará su matrimonio con Ewan, pero tiene a Nicholas y a su madre. Ellos la apoyarán. Presiente que será muy feliz junto al amor de su vida y sueña con darle un hijo.

“Pero… ¿aprobará lord Graham mi matrimonio con Ewan? Por su felicidad, imagino que sí. Solo debo ganarme su confianza. Según Sonja, siendo una esposa esmerada, atenta, cariñosa y siempre presentable, lograré tener a mi esposo complacido. Oh, Sonja, cómo te extraño… Lamento no haberme despedido de ti”, piensa mientras mira sus manos con un suspiro.

En ese momento, Magna aparece para informarle:

—Señora Matilda, el amo Ewan me envió a buscarla. Dice que le muestre su habitación.

Matilda pregunta con cautela:

—¿El señor Ewan Graham continúa reunido con su tío y hermano?

Magna no responde, pero mientras avanzan por el pasillo se escucha el murmullo de voces masculinas detrás de las puertas cerradas, lo que confirma que la reunión de los hermanos sigue en curso.

La ama de llaves la guía por unas gradas cilíndricas, estrechas y frías, que parecen conducir a la torre sur. Matilda siente un ligero sobresalto al pensar que quizá dormirá allí, y mientras más suben, más oscuro, húmedo y sombrío se vuelve el ambiente.

Aun así, no dice nada, porque recuerda las palabras de Sonja sobre la importancia de no quejarse en una casa ajena y de agradecer siempre lo que se recibe.

Finalmente, Magna abre la puerta de la habitación, y un olor penetrante a humedad y encierro invade sus fosas nasales. El lugar había sido una bodega y, antes de eso, un palomar. Aún hay excrementos secos de palomas en las paredes.

Magna, avergonzada, se disculpa:

—Lo lamento mucho, señora Matilda. Sé que este lugar no está muy presentable, pero enviaré a una de las muchachas para que vuelvan a limpiar.

Hace días se había aseado, pero cuesta mucho quitar este olor.

Por todos los santos, esto es un desastre.

Y todo es tan repentino y… y no estábamos preparadas.

Matilda asiente. Su comportamiento es el de una noble, a pesar de su humilde atuendo. Magna hace un gesto de cordialidad y se retira, dejándola en aquel espacio frío y desolado.

Ewan termina con Ronn con un fuerte abrazo y sale del estudio con el corazón agitado, con una mezcla de ilusión y apocamiento por las palabras de su tío, pronunciadas con dureza:

“Entonces… que se quede en la torre sur. No quiero verla, o no respondo…”.

Asciende por las gradas en espiral de la torre sur y, al llegar al último peldaño, se encuentra con la puerta entreabierta. Toca suavemente antes de asomarse.

—¿Mati…? ¿Estás bien, cariño? —pregunta con timidez evidente.

—Oh, claro que sí, querido Ewan. Estoy muy a gusto en mi habitación. Tengo una vista espectacular. Muchas gracias —responde ella con una sonrisa que intenta transmitir serenidad.

—La arreglaremos bien, te lo prometo. Sé que es frío, pero no te faltará fuego en la estufa.

Ewan la contempla con una alegría que suaviza sus facciones. Matilda, sin una gota de polvo en el rostro y con el cabello suelto, le parece más hermosa que cualquier noble ataviada con sedas.

—Te amo, Matilda Clarke… Te prometo que esto es temporal. Cuando nos casemos, te mudarás a mi habitación. Solo quiero pedirte que comprendas a mi tío. Ya sabes, debo cuidar tu reputación y tu virtud.

—Lo sé, Ewan, y no me estoy quejando. Ya te dije que me gusta mucho mi habitación —responde ella, mirando alrededor, y agrega—: ¿Le escribirás a Nicholas para avisarle que estoy aquí? Y, de paso, le cuentas que estoy durmiendo en la torre sur, muy lejos de ti.

—Sí, Mati, lo haré. ¿Descansarás un rato?

Te enviaré la cena a las seis y media. Y debo decirte que tengo que irme todos los días a las cuatro de la madrugada con mi tío, a mi trabajo de “ovejero” —explica con un dejo de vergüenza y disgusto, sin comprender por qué siente que la culpa proviene de ella, como se lo ha dicho su tío en repetidas ocasiones.

Ewan mantiene su distancia prudencial y, sin sentir que pueda decirle algo más, decide retirarse. Pero recuerda algo importante…

—Evita… evita bajar. Lo mejor es que permanezcas aquí. Te enviaré libros; así te podrás entretener mientras… mientras…

Ahora sí, se retira, sin más que decir.

Esa noche y las siguientes, Matilda no baja a cenar, y durante los primeros días permanece encerrada. Aprovecha para dormir por horas en su aposento; solo se levanta para recibir su cena.

Ewan la visita en la madrugada y la encuentra profundamente dormida. Atiza la estufa, asegura las puertas del ventanal para evitar corrientes de aire, la cubre bien con las mantas y se queda un rato a su lado contemplándola, antes de marcharse al amanecer con su tío.

Sin embargo, pronto decide que es demasiado arriesgado seguir visitándola.

Días después, Ewan recibe una carta anunciando que Nicholas los visitará pronto, y se apresura a comprar cosas para Matilda.

Es una vergüenza para él que su pago no sea suficiente.

Ha querido ahorrar para comprarle su vestido y su anillo, pero dada la visita de su cuñado y amigo, es importante comprarle las cosas.