Capítulo 8 #3
—¿A dónde crees que vas? No salvaste mi vida para seguir enojada conmigo.
¿Tienes idea de lo que siento por ti? No es mi culpa que esas monjas, nada amables, te ocultaran mis cartas.
En cada una de ellas te decía que estaba muriendo por ti, y mira, casi muero de verdad.
¿Crees que no hablaba en serio? —dice Ewan con una pasión que no logra contener—.
Mira, aquí están. Léelas. Ellas hablan la verdad.
Mati, te amo. Prometiste casarte conmigo, y debes cumplir.
Lo haremos apenas lleguemos a Nuilthorach. Ven aquí, mi amor.
Matilda tiene mil palabras en la punta de la lengua, pero él las silencia todas con un beso profundo.
No le dará la oportunidad de que lo contradiga.
La estrecha con un cuidado reverente, como si temiera lastimarla y perderla otra vez.
Ella, incapaz de resistirse, se abandona a la intensidad de ese momento.
Responde con fuerza, dejando que el amor que ha guardado durante semanas encuentre por fin un cauce seguro entre sus brazos.
El murmullo suave del viento entre las rocas los envuelve y, inevitablemente, los enamorados se encuentran una vez más.
El refugio se llena de la respiración acompasada de ambos cuando sus pieles se encuentran y sus corazones laten al unísono, sintiendo que su amor es para siempre.
Luego permanecen unidos en un abrazo largo y cálido, hasta que el hambre comienza a hacerse sentir y Ewan, con un tono juguetón que intenta aliviar la ruptura del confort, murmura:
—Vamos, mujer, debemos levantarnos. Si sigues acariciándome así, no podré ir a buscar comida. Tengo que alimentar a mi mujer embarazada.
Matilda se queda inmóvil, con los ojos muy abiertos al escuchar sus palabras.
—¿Qué… qué dices? ¿Embarazada? —pregunta con inquietud creciente—. Ewan, ¿piensas que podría estar embarazada? —insiste, cada vez más asustada—. ¡Oh, Ewan! Qué imprudente soy. ¿Cómo no pensé en esto? Sonja me matará.
Se levanta apresurada cubriéndose con su atuendo, y Ewan también lo hace, pero no se cubre. Ella se vuelve de inmediato, sonrojada al verlo. Él sonríe. No es su caso, a él no le molesta, pero ella le pide con un gesto que se dé la vuelta.
—Vamos, Mati, dormimos juntos. Me muero por admirarte. Eres… realmente hermosa —dice él, sonriendo.
—No, Ewan, no. Pareces un escocés salvaje —responde ella mientras se viste con rapidez.
Cuando termina, se acerca a él con los brazos cruzados y una expresión que mezcla preocupación y un toque de autoridad.
—Ahora sí. Dime, Ewan… ¿Por qué dices que estoy embarazada? ¿Có… cómo lo sabes? ¿Qué haré si me has embarazado? Mis padres me matarán, Ewan. Y … y Nicholas te matará a ti… Además, todo esto es por tu culpa —dice, dándole un golpecito en el pecho con su dedo índice.
Ewan la mira confundido.
—Pero no comprendo… ¿acaso tú… tú no lo sabes? Creí que lo sabías. Sor Lucía me dijo que esperabas un hijo.
—¿Qué? ¿Sor Lucía? ¿Tú le contaste a sor Lucía que nosotros…? Oh, no… ¿Cómo osas hablar sobre…? —pregunta Matilda, haciendo gestos que él entiende de inmediato.
—No, no, no. Yo no le dije nada. Ella fue quien lo mencionó.
Matilda suspira, incrédula.
—No puede ser. Estas monjas sí que saben cosas secretas. De seguro Dios las ilumina. ¿Por qué te habrá dicho eso?
Ewan la observa con sorpresa.
—¿Quieres decir que no estás embarazada?
—Pues no. La semana pasada estaba con mi… bueno, eso no es asunto tuyo —responde ella, recogiendo sus pocas pertenencias.
Matilda siempre quemó sus trapitos. Ella nunca los lavaría, por eso la madre Lucía nunca los vio… Ewan se queda pensativo, aunque pronto se encoge de hombros.
—No importa. De todas maneras, nos casaremos apenas lleguemos a Nuilthorach.
Matilda lo mira sin decir palabra. No está segura de nada todavía, pero ahora lo urgente es sobrevivir y encontrar el camino de regreso.
Cabalgan hasta llegar al hostal que Ewan reconoce. Compran ropa limpia para ambos, y él se queda admirándola en un vestido sencillo que, aun así, la hace ver adorable. Esa noche descansarán allí, y al amanecer emprenderán el camino hacia Nuilthorach.
Ewan desea estar con ella, como si ya fuera su esposo, pero sabe que debe esperar hasta su noche de bodas, eso es lo correcto.
Perdió la cabeza en la montaña, espera que no vuelva a pasar, esa noche, en esa habitación, aunque por nada del mundo piensa separarse de ella.
Teme que los gitanos esclavistas vengan a buscarlos, sabe que querrán vengarse de ella y también de él.
Cuando ya están solos en la habitación, Ewan asegura bien la puerta, bloquea las ventanas y se mete en la cama con ella. Abre ampliamente su ancho brazo, invitándola a que se acueste con él. Ella sin dudarlo se acurruca en su pecho, abrazándose fuerte a él.
—Gracias por no dejarme, Mati. Por arriesgarte por mí. Eres muy valiente, mi amor —dice Ewan, cuando la abraza.
—Pero ¿qué dices, Ewan? Tú viniste a rescatarme. Gracias por venirme a buscar —dice ella.
—No puedo creer que te arriesgaras a rescatar a esas mujeres. Realmente eres una heroína mi amor. Debí adivinar que eras tú. No quiero que vuelvas a hacer algo así. ¿Comprendes? Nunca más…—le dice, pero ella ya no le contesta.
Ewan percibe su respiración. Está profundamente dormida.
—Dulces sueños mi hermosa damisela —le desea besando su cabeza .