Capítulo 8 #2
Han pasado varias horas. Ewan tiembla de nuevo. El lugar es húmedo y la tarde cae. Está preocupado por Matilda. Cuando la ve entrar, le parece una visión.
—¿Mati… eres tú? Estoy mareado… tengo frío. Algo me picó en el monte… Por favor, mi amor… te amo mucho. Vete sin mí… —dice, llorando. Está aterrado: no puede cuidarla, y sabe que ella está embarazada.
—¡Ya basta, Ewan! Ya te lo dije: nunca sin ti. No voy a dejarte. Ahora necesito que me ayudes. Vi un lugar con menos humedad.
Las horas transcurren y está por anochecer. Si ella pudiera llevar a Ewan al convento, lo haría, pero no conoce el camino. En su huida pasó por estas zonas con grandes rocas, y quiere llevarlo allí.
Mantiene a Ewan en el caballo y ella avanza a pie, guiándolo hasta llegar al lugar.
Finalmente lo acomoda entre unas piedras enormes. Reúne troncos, corta ramas y construye un refugio improvisado.
El aire se vuelve cada vez más frío y Ewan tiembla sin control. Matilda sabe que deben arriesgarse a encender fuego. No hay opción.
“Si Willy me viera, estaría orgulloso”, piensa cuando observa su trabajo terminado.
Coloca brasas dentro del refugio para calentarlo. Luego se recuesta junto a él y lo abraza con fuerza para darle calor. Ewan, al sentirla cerca, se aferra a ella y apoya el rostro en su cuello, buscando consuelo.
—Mi amor… no sabes cuánto te he extrañado. Nunca debiste dejarme, Mati… ¿Crees que lo que te dije no era verdad? Te amo con toda mi alma. Eres mi vida… te lo dije con las rosas… con mis cartas, y… —su voz se apaga. Se ha quedado dormido.
Matilda sonríe al escucharlo roncar. Está aliviada: por fin descansa.
El resplandor de la fogata ilumina su rostro, y ella contempla cada rasgo con ternura. Le acomoda el cabello y roza sus labios con la yema de los dedos.
Instintivamente vuelve a revisar su temperatura y se alegra de que comienza a bajar.
Entonces ve su bolso de cuero. Dentro, sobres. Las cartas: las que creyó perdidas para siempre.
Se mueve con cuidado para no despertarlo.
—Aunque dudo que algo te despierte ahora, mi querido Ewan… —susurra, mirando su rostro con amor.
Su corazón se acelera y las toma con cuidado. No puede creer que las tenga en sus manos. Recuerda cuando las vio apiladas en el escritorio de la madre superiora, pensó que las perdería para siempre.
—Esto definitivamente es una señal —murmura con una sonrisa.
Aprovechando la luz de las llamas, Matilda abre el primer sobre.
Mi adorada:
Aquí te envío nuevamente mi mensajera, mi rosa roja, con su bello color y delicioso aroma, para que pronuncie las palabras que salen de mis labios y que tú no puedes escuchar: ‘Te amo, mi amor. Vuelve a mí, mi vida. Cada día que pasa, muero por ti’.
Todos los días vengo a las nueve de la mañana.
Solo sal del convento y cumple tu promesa de casarte conmigo.
Tuyo,
Ewan.
Lee todas, y casi dicen lo mismo, clamando por ella.
—No muy creativo, pero qué hermosas palabras dictadas desde su corazón —murmura Matilda para sí, mientras guarda las cartas con un cuidado casi reverente.
El fuego les ha dado suficiente calor para pasar la noche, y todavía en la madrugada las brasas conservan un resplandor tibio que los protege del frío.
Permanecen abrazados durante horas, y, milagrosamente, Ewan no presenta fiebre cuando el amanecer comienza a iluminar el refugio improvisado.
Apenas recupera un poco de consciencia, es él quien la atrae hacia sus brazos y siente cómo su respiración se vuelve más tranquila al reconocerlo, aunque aún duerme.
Su cabello cae como una cascada sobre su hombro, y Ewan sonríe al verla con aquella túnica modesta, los pantalones que no sabe de dónde ha sacado, la faja gruesa donde cuelga su cuchillo y esos zapatos de cuero que parecen botas medianas, todo un atuendo que la hace lucir fuerte, decidida y sorprendentemente hermosa.
Matilda percibe la mirada cálida y penetrante de Ewan, una mirada que la envuelve y la hace abrir los ojos con suavidad.
Qué deleite para ella encontrarse con esos ojos esmeralda que siempre ha amado, tan cerca de los suyos, y sonríe con una felicidad que no puede ocultar.
Sin embargo, al recordar que él estaba enfermo, se incorpora de inmediato y palpa su frente con preocupación.
—Ewan, por todos los cielos, ¿cómo te sientes? —pregunta con angustia—. Qué descuido el mío, quedarme dormida sin cuidarte.
—Mucho mejor, mi amor, gracias a ti —responde él con una sonrisa que ilumina su rostro, mientras acerca sus labios a los de ella.
Matilda queda inmóvil, cierra los ojos ante la dulzura del gesto y siente cómo su corazón se derrite, pero recuerda que aún está enojada y se aparta con un movimiento rápido.
Intenta levantarse, aunque Ewan no se lo permite; la sostiene con firmeza y la atrae hacia él, presionando su cuerpo contra el suyo con una mezcla de necesidad y ternura.