Capítulo 8
Nunca sin ti
Ewan regresa al modesto hostal, frustrado e intranquilo por la noticia de que Matilda se había ido del sagrado lugar. Nuevamente, su plan ha fracasado.
Cuando se enteró de que estaba en el convento de San Pancracio, viajó de inmediato y ahora, después de tantos días intentando comunicarse con ella, todo se ha ido por la borda .
“… Por confiar en que sor Lucía entregaría mis cartas”, se lamenta en silencio.
“… Mejor hubiera saltado los muros durante la noche, como lo planeaba” , piensa.
Así es, muchas veces lo planeó en la cama, cuando no podía dormir, no lo hizo y ahora se arrepiente.
“ Después de tanto esfuerzo, no he logrado nada. Ahora te considero, amigo…”, piensa en Kever, su amada Eleonor no lo perdona, y busca la forma de encontrarse con ella.
“… ¿Y yo? ¿Qué haré? No puede simplemente presentarme en la casa del conde Clarke y preguntar por ella. Pero, si Matilda espera un hijo mío, el conde tendrá que aceptar el matrimonio. Es lo único a mi favor”, analiza.
También se debate entre buscarla en Görhem o regresar a Nuilthorach. Finalmente, decide regresar. Es un trayecto largo, y partirá después de comer algo.
Mientras almuerza, su intranquilidad llega al punto máximo cuando escucha la historia que uno de los viajeros cuenta en una de las mesas de la sala común.
Con un movimiento feroz, se lanza desde su silla hacia el hombre que está detrás de él. El estrépito de platos y vasos caídos llama la atención de los presentes, pero nadie se atreve a intervenir. Lo sujeta fuerte por la camisa, arrinconándolo contra la pared.
—¿Por dónde sucedió eso? ¿Qué tipo de rufianes eran? ¿Cuándo? ¿A qué hora? ¿Qué más viste? ¡Dímelo! —ruge, ahogado de furia.
Estaba narrando un intento de secuestro a una joven vestida de novicia, y su corazón le grita que se trata de Matilda.
El campesino, intimidado por el acto de Ewan, apenas puede contestarle:
—En… en horas tempranas de la mañana. Parecía que querían secuestrarla… ¡Ahora suélteme!
—¿Cómo era ella? ¡Descríbela! —ordena Ewan.
El hombre da detalles que identifican perfectamente a Matilda.
—¿Y no hizo nada para ayudarla, cobarde?
—No. No me meto en problemas ajenos, señor. Además, ella luchó como una guerrera. Se defendió sola. Todo fue muy rápido y luego huyó hacia el bosque. No necesitó mi ayuda. Te lo digo: se deshizo de esos villanos con facilidad y huyó. ¿Qué podía hacer? —dice, tomando aire cuando Ewan lo suelta.
—Aun así, debiste ayudarla. ¿No agradecerías que alguien ayudara a tu hermana o a tu hija? No eres más que un cobarde.
Ewan lo jala de la camisa y lo obliga a acompañarlo para que le muestre el lugar del asalto. Se arma con su ballesta y un cuchillo.
Mientras cabalgan, reconoce la ruta; había pasado por ahí temprano, y un escalofrío le recorre la piel al pensar que estuvo cerca de ayudarla.
El campesino da más detalles:
—Eran cuatro rufianes. Cuando dos intentaron detenerla, ella los golpeó, les hizo una llave y los tiró al suelo.
Luego los hirió en las piernas para que no la siguieran.
Los otros dos sí pudieron perseguirla, pero ella corrió muy rápido y los dejó atrás.
Entonces regresaron por sus caballos para continuar con la persecución.
Ella es fantástica. Probablemente, ellos…
Ewan escucha, imaginando cada escena. Quiere sentirse orgulloso de ella, pero no puede: está demasiado preocupado.
Finalmente llegan al lugar. Ewan lo despide.
—¿Irá tras ellos usted solo? —pregunta el campesino, sorprendido.
—¿Por qué? ¿Desea acompañarme? —responde Ewan con sarcasmo.
El hombre retrocede y se aleja sin contestar.
Ewan no pierde tiempo. Se inclina para examinar el suelo y ve rastros de sangre de los rufianes heridos.
“Así se hace, mi amor. Sé que eres valiente…”, piensa, orgulloso y aterrado a la vez.
Se adentra en el bosque, siguiendo las huellas frescas.
A medida que avanza en su caballo, la preocupación de Ewan crece. Ha recorrido un largo tramo y ve que la persecución continúa. Finalmente llega a un barranco que da a un río caudaloso. Conociendo a Matilda, deduce que ella preferiría lanzarse antes que caer en manos de esos hombres.
Busca huellas río abajo y confirma que los rufianes persisten en atraparla. Todo lo conduce a zonas recónditas y salvajes.
La noche comienza a caer, y teme encender una antorcha que delate su presencia y ubicación.
Al otro lado de una colina, ve una luz: un campamento. El campesino dijo que eran gitanos, pero Ewan sospecha algo peor. Son vendedores de esclavos. Lamenta no haber traído mejor armamento.
Distingue una carreta con una jaula y mujeres dentro.
La sangre le hierve. Está convencido de que Matilda está entre ellas.
Rodea el campamento en silencio. Los hombres beben y hablan de abusar de algunas de las mujeres.
No puede esperar más. Se acerca sigilosamente, pero algo lo sorprende: una a una, las mujeres salen corriendo. Alguien ha abierto la jaula.
Dos rufianes van a revisar. Ewan silba para distraerlos y los noquea con facilidad. Cuando ve que las mujeres han huido, intenta llamar la atención de los demás para que no las sigan, pero un golpe brutal en la cabeza lo deja sin sentido.
Aparición de la guerrera
Fuertes zumbidos de moscas resuenan en sus oídos; lo molestan y, poco a poco, despierta.
Ewan se percata de que está en campo abierto, con un dolor punzante en la cabeza. El sol le da directo en el rostro e intenta cubrirse los ojos, pero tiene las manos amarradas con estacas clavadas en la tierra… al igual que las piernas.
Levanta apenas la cabeza para ver el campamento de esos traficantes. Lo inspecciona y suspira aliviado al no ver a Matilda en la jaula cercana. Pero aún quedan cuatro mujeres que no lograron escapar.
—Espero que valgas por las ocho que se escaparon anoche. Si no, prefiero matarte, ¿sabes, escoria? —dice un rufián, pateándolo en el estómago.
Una de las mujeres, la más joven, grita decidida:
—¡Déjenlo en paz! No fue él. Fue una santa. Ella apareció de la nada y nos liberó. Dios existe, y ustedes arderán en el tártaro.
—¡Cállate o te asamos viva! —ruge otro, apaleando la jaula.
Ewan entiende de inmediato.
“Dios mío… Matilda no estaba en la jaula. Nunca la atraparon. Gracias a Dios. Ella las liberó. Pero ¿qué hace aquí, salvando a otras mujeres, si está embarazada? Debería pensar en nuestro bebé. Espero que ahora esté lejos…”
El jefe se acerca mascando tabaco y mostrando, con deleite cruel, su cuchillo al rojo vivo.
—Soy de los que sacan un ojo primero y preguntan después —dice, poniéndose de cuclillas frente a Ewan—. Así me toman en serio. Prepárate…
Las mujeres gritan cuando acerca el cuchillo al rostro de Ewan.
Entonces, un rugido corta el aire: una flecha viaja para atravesar la mano del villano, haciendo volar el cuchillo ardiente, que cae sobre la cara del otro malhechor. Ambos gritan, retorciéndose de dolor.
Matilda aparece con el cabello suelto, hermosa, feroz; es como una diosa guerrera sosteniendo el arco con firmeza.
Los mira con desprecio, y sus ojos brillan con una determinación que no deja espacio para la compasión.
Avanza con paso firme, imperturbable, segura del golpe que dará.
Les apunta con la flecha y dispara a sus muslos, haciéndolos revolcarse aún más.
Sin perder tiempo, busca el cuchillo y corre a liberar a Ewan, que sigue aturdido. Lo golpea suavemente en el rostro.
—¡Ewan! Mírame. Tienes que reaccionar —dice mientras corta los mecates de sus brazos.
Le da el arma para que él termine y se apresura a liberar a las cuatro mujeres restantes.
Todas huyen, excepto la muchacha que antes gritó, quien corre a ayudar a Ewan. Toma el cuchillo de su mano y corta las cuerdas de sus pies. Cuando lo libera, lo acaricia y lo besa en los labios, justo delante de Matilda. Ella solo gira los ojos, como suele hacerlo Nicholas.
—Ayúdame a subirlo al caballo —ordena, aprovechando la efusiva demostración de afecto de la joven hacia Ewan.
Entre las dos lo levantan. Matilda lo sostiene.
—¿Qué te hicieron, Ewan? —pregunta mientras se esfuerza.
—Le rociaron agua para que se entumiera en la noche —explica la muchacha—. Estaba tan inconsciente que no lo sintió.
—Lo sé, lo sé. Estuve observando, pero no pude hacer nada porque eran muchos.
No podía liberarlo. Se ha debido resfriar, y espero que no le dé neumonía…
Mira —se dirige a la joven—, no puedo llevarte.
Escapa ahora. Ve y mantente a salvo. Por favor, no te dejes atrapar otra vez —dice Matilda, subiendo al caballo detrás de Ewan y tomando las riendas.
Ewan tiembla, mareado, apenas consciente de lo que sucede.
—Mati… no. Por el amor de Dios… ¿qué haces aquí? Déjame. Sálvate tú. Vete, mi vida… vete —murmura, casi sin voz.
—Nunca sin ti, Ewan —responde ella con firmeza, y continúan cabalgando.
El paso no es tan rápido como ella quisiera. Apenas distingue el sendero. No conoce la zona y acepta que están perdidos. Nota que Ewan se queja mucho, y sabe que es por el trote del caballo, pero todavía no están a salvo.
Entonces se baja del caballo y comienza a borrar su propio rastro, como Willy le enseñó… o al menos lo intenta.
De pronto escucha trotes cercanos y decide ocultar a Ewan. Sabe que jamás podrán escapar ni perderlos a ese paso. Con gran esfuerzo lo baja del caballo; nota que tiene la mirada perdida y la piel ardiendo.
—Mati… déjame aquí. Vete —balbucea Ewan.
—Eso haré. Pero volveré.
—No… no vuelvas. Ponte a salvo. Vete.
—Ya te lo dije: nunca sin ti. Ahora guarda silencio. Están cerca.
Lo esconde en una pequeña cueva natural, cubriendo la entrada con ramas y hojas. Luego monta y regresa al sendero. Pasa casi frente a los perseguidores, trotando con violencia para llamar su atención. Los hombres la siguen.
Matilda se adelanta a toda prisa y luego se oculta tras unas rocas enormes, desde donde los ve alejarse en dirección contraria. Acaricia a su caballo para calmarlo. Después de esperar lo suficiente, regresa con Ewan.