Una Rosa para Matilda: De la Rosa a la Luz Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

—Por supuesto que no, querida madre. Las he guardado para consultarle qué debemos hacer. Estas son…

La madre las contempla entre sus manos y sor Lucía conserva la rosa. Luego, algo la inquieta y arquea una ceja. Parece un remordimiento anticipado y confiesa en voz baja:

—Querida madre… creo que la postulante Matilda… está embarazada.

La madre superiora se queda inmóvil. Luego se apresura a la puerta para asegurarse de que nadie haya escuchado y regresa con la mirada endurecida. No es un asunto simple. La vida de una joven está a punto de cambiar para siempre y el prestigio del convento debe prevalecer.

—¿Cómo dices, sor Lucía? ¿Acaso no conoces las normas? ¿Cómo que embarazada? ¿Ella te dijo algo? ¿Por qué sospechas?

—Bueno…, hasta ahora no la he visto en su período, y lleva más de un mes en el internado. Y aparece este hombre enamorado y visiblemente desesperado por ella. Se nota que han tenido una relación.

La madre superiora cierra los ojos un instante, como si buscara sabiduría y fuerza en su interior. Cuando vuelve a abrirlos, su expresión es resuelta y decidida.

—Esto debe manejarse con prudencia absoluta. Nadie debe enterarse. Solo intentaremos saber la verdad, con respeto.

Eran casi las once de la mañana. Matilda está lavando una gran olla de caldos cuando una de las hermanas le informa que la madre superiora la requiere en su estudio. La noticia la sorprende. Sin discutir, se quita el delantal, se seca las manos y acude al llamado.

“¡Oh, Dios mío! ¿Para qué me habrá llamado la madre? ¿Acaso sospecha que extraño mi casa? ¿Sabrá que sufro por amor? ¿Pensará que necesito los lujos, las comodidades, a mis padres y a mi hermano? ¿Cómo lo sabe? Por todos los cielos… esta mujer realmente es de Dios. Puede ver incluso mi conciencia”, piensa mientras recorre los largos pasillos del convento, muy nerviosa por lo que le dirá.

Al llegar a la vieja puerta de madera, respira hondo, se acomoda la túnica de postulante y revisa su cofia antes de tocar un par de veces.

—Adelante —se escucha desde el interior.

Matilda entra con cautela, evitando la mirada directa de la madre superiora. Se detiene frente al escritorio, cruza las manos y mira al suelo.

—¿Me mandó a llamar, madre?

La madre no responde. Solo mira a sor Lucía, quien entiende la orden tácita. La hermana se dirige a la puerta, se asegura de que no haya nadie cerca y la cierra con el cerrojo. El sonido inquieta aún más a Matilda.

—Ven, querida. Siéntate aquí —dice sor Lucía.

La conduce por los hombros hasta una silla en la esquina, junto al escritorio. La madre superiora acerca la suya también, de modo que Matilda queda frente a ambas.

—Mira, hija —comienza la madre superiora—. Si es la voluntad de Dios que cumplas tu misión como madre y esposa, el convento no debe interponerse en ese camino…

Saca de la gaveta un pequeño fajo de cartas y una rosa roja. Coloca la rosa encima de los sobres.

Matilda siente que la respiración se le detiene. Parpadea un par de veces al ver la rosa, con sus pétalos aterciopelados y un aroma tan intenso que llega hasta ella. Sus mejillas se encienden aún más cuando nota los sobres.

¿Qué secretos ocultan? ¿Qué clase de sentimientos revelan?, piensa. Los suyos resurgen, aunque creía haberlos enterrado. “Ewan. Esta es la razón del llamado. ¡Oh, no! Él sabe que estoy aquí. Ha venido a buscarme. Debo irme. Esto se acabó”, concluye. Pero no quiere despertar sospechas.

—¿Sabes qué significa esto? —interrumpe sus pensamientos la madre superiora.

Matilda anhela beber un poco de agua. Su garganta se ha secado.

—Confía en nosotras, hija. Estamos aquí para ayudarte. Ahora somos una familia —agrega sor Lucía.

La madre mira a sor Lucía con el ceño fruncido; no aprueba ese exceso de ternura ni insistencia. Matilda guarda silencio y la madre concluye: “Si Matilda no está lista para compartir lo de su embarazo, lo estará después. O quizás no lo esté… Eso es todo”.

Sabe muy bien lo que Ewan quiere decirle con la rosa roja, pero había decidido no perdonarlo.

Además, ¿qué hará?, ya no tiene dote. Mécheter pertenece a los Graham.

Las joyas y la poca riqueza que tenía las entregó al convento por ella y por Sonja.

Solo le toca volver a su casa y someterse a la voluntad de su padre…

“Seguiré mi plan. Escaparé y me las arreglaré para llegar a la Liverpool. Me quedaré con tía Florence. Eso es todo”, piensa.

—Sí, madre —dice al fin—. Es un antiguo pretendiente, pero no significa nada para mí. Él tenía otra novia, y luego quiso estar conmigo, pero vine a meditar sobre mi vocación. ¿No debería esperar para descubrirla? Aún estoy en ese proceso. ¿No le parece, querida madre?

Las dos monjas se miran. La respuesta es razonable.

—Pero querida, ha venido todos los días a dejarte cartas y una rosa roja durante más de una semana. Está muy enamorado el pobre hombre… —dice sor Lucía.

La madre superiora la fulmina con la mirada.

—Suficiente, Lucía. Lo que debe hacer la hermana Matilda es orar más. Esta conversación ha concluido. No se hablará más de este asunto. Ahora puedes volver a tus labores, hermana Matilda.

Toma la pluma, la hunde en el tintero y continúa escribiendo sin mirarla.

—Cierra la puerta cuando salgas.

Matilda desea pedir las cartas. Le gustaría leerlas. Pero no se atreve. Mira a la madre, seria; a sor Lucía, atribulada. Guarda silencio y se retira.

Al salir del despacho, Matilda piensa en lo sucedido. “Pobre sor Lucía, de seguro la madre superiora le dará una reprimenda por mi culpa. Ella solo quería que le diera una oportunidad al hombre que me ha traído una rosa roja todos los días…” medita, entristecida.

—Ewan… —exhala sin poder evitarlo.

Al día siguiente, como ya es costumbre, Ewan llama a la campanilla para entregar la carta y la rosa. Pero sor Lucía no le atiende, por orden de la madre superiora.

—Lo siento, buen hombre. Ya no se me permite abrirle ni recibir nada de usted —dice con pesar.

Ewan se inquieta al escuchar eso.

—¿Qué sucede, hermana? ¿Le ha ocurrido algo a Matilda? ¿Ella está bien? —pregunta con tensión en la voz.

—No puedo decirle. Llévese su rosa y su carta, y váyase, muchacho.

—¿Qué no puede decirme? ¿Qué significa eso? ¡Abra la puerta! ¡Debo hablar con ella! ¿Acaso no le ha dado usted mis cartas y mis rosas? —insiste, desesperado.

A ella le preocupa verlo así, y ya no puede mentir más.

—No puede pasar… Un hombre no puede entrar al convento. Pero, está bien. Hablaré con usted.

Sor Lucía se arriesga a otra reprimenda y quita el tablón, toma la argolla de llaves, abre la puerta y la cierra tras ella. Mira al joven: demacrado, ojeroso, con el sufrimiento marcado en el rostro.

—Venga. Sígame.

Lo conduce por un sendero hasta una bodega donde los bienhechores dejan alimentos. Allí cierra la puerta.

—Debo decirle que la hermana Matilda se fue del convento. No sabemos si anoche o esta madrugada. Ya le preguntamos a Sonja y no sabe nada. Ni siquiera se despidió de ella.

Ewan se queda helado.

—¿Qué dice, hermana? ¿Por qué? ¿Adónde fue? ¿Le dio usted mis cartas?

La mirada de sor Lucía se apaga y saca de dentro de su hábito una pila de cartas amarradas con ovillo.

Ewan abre los ojos ante la imagen y cae de rodillas. Quiere gritar por la frustración, pero se cubre el rostro ante la religiosa.

—Lo lamento, joven. Y que Dios me perdone. Pero todo debe pasar por la madre superiora y ella no lo autorizó. Ella no lo hizo con mala intención. Temía confundir a la chica en su discernimiento. Aunque ahora es claro que…

—¿Qué, hermana? —pregunta con enojo.

—Que ya no será monja. Su vocación es otra.

—Qué novedad —responde él, amargo.

Ewan se levanta, arrebata las cartas de la mano de sor Lucia, recoge bien su capucha y sale. Sor Lucía corre tras él y lo detiene.

Él se vuelve, irritado. Respira hondo y le sostiene la mirada. Ocupa decirle algo importante:

—Hay algo más, joven… Creo que ella está esperando un hijo suyo.