Una Rosa para Matilda: De la Rosa a la Luz Capítulo 7
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Capítulo 7

Por favor, abra la puerta del convento

El eco hueco de la vieja campanilla resuena en la madrugada, rompiendo la calma de la noche fría y oscura con un sonido persistente que parece sacudir los muros de piedra del convento.

En la portería, la hermana encargada —una mujer de semblante fuerte y manos curtidas por el trabajo— se sobresalta al oír el toque de la campanilla, pues dormía mientras esperaba el relevo de sor Lucía, que aún no llega.

—¿Qué ocurre? No es hora de que me reemplacen —murmura, frotándose los ojos con fastidio—. ¡Ay, San Pancracio! ¿Quién llama a estas horas?

Su voz suena ronca, como siempre ocurre con sus primeras palabras del día, efecto inevitable de sus sonoros ronquidos nocturnos, que ella misma reconoce con resignación.

Con cautela, abre la pequeña ventanilla de la puerta para observar el exterior, apenas iluminado por la luz tenue de un farol distante.

Dos figuras envueltas en capas gruesas se distinguen entre las sombras.

—Que la paz de Dios las acompañe. ¿Qué desean? —pregunta con voz firme.

—Buenos días, hermana. Venimos como postulantes. La madre superiora debió haberle hablado de nosotras. Soy la hermana de sangre de Florence White… Sonja White —responde una de las figuras, con un temblor en la voz que podría deberse tanto al frío como a la emoción.

—¿Cuántas son?

—Solo dos, hermana. Por favor, abra la puerta del convento… Tenemos frío —ruega Sonja.

—Lo sé, lo sé. Ya voy. ¿Traen su dote para la entrada? —pregunta la portera mientras toma la enorme argolla que sostiene las pesadas llaves.

—Así es —responde Sonja con serenidad, sabiendo que es un requisito indispensable para que las dejen entrar.

Primero, la hermana retira el grueso tablón que asegura la puerta del convento y luego introduce la llave en el cerrojo.

Las bisagras crujen ruidosamente en medio del silencio de la madrugada cuando la abre.

Una ráfaga de aire helado se cuela en el zaguán, obligando a la portera a envolver sus brazos en su hábito.

—Adelante, hijas —dice.

Sonja y Matilda entran con paso tímido, cubiertas con capas gruesas que apenas las protegen del frío matutino. La hermana portera se presenta como la hermana Clementina.

—Vengan por acá. Las llevaré con la madre superiora, pero deberán esperar; a esta hora debe de estar en oración.

La hermana las guía por un largo pasillo de piedra, iluminado únicamente por velas que parpadean con un brillo incierto, proyectando sombras alargadas sobre las paredes.

El sonido de los tacones de Matilda resuena como martillazos en el silencio, por lo que ella se aferra al brazo de Sonja, intentando suavizar el ruido de sus pasos. Finalmente llegan a una sala pequeña y austera, donde la portera las invita a sentarse en unos bancos de madera.

—Esperen aquí, hijas. La madre superiora vendrá pronto a verlas. Iré a pedir un té caliente para las dos —dice con su voz ya más fina, antes de retirarse.

Cuando quedan solas, el silencio del convento se vuelve aún más profundo; no es un silencio vacío, sino uno solemne.

A lo lejos surge un murmullo suave —quizás un salmo, o un rezo coral— que seguramente llega desde la capilla.

Ese ambiente sereno contrasta con el torbellino de pensamientos que agita el corazón de Matilda, que no puede evitar sentirse nerviosa: una mezcla de emoción y temor.

Sonja lo sabe y le dedica una sonrisa tranquilizadora.

—Todo estará bien, Mati. Estamos aquí para encontrar respuestas y paz. Recuerda que la fe sostiene incluso a los corazones más cansados. Además, la madre superiora es una mujer sabia y amable; te guiará en tu camino y te ayudará a ver las cosas con más claridad.

Matilda asiente. Tiene mucho que resolver, mucho que entender sobre sí misma y su futuro. Siente que esto es una decisión drástica, un enorme paso, un acto de valentía que jamás imaginó dar. Pero acepta que era necesario.

—Gracias, Sonja. Sí. Te confieso que estoy nerviosa, pero sé que esto es lo correcto. Necesito encontrar mi rumbo y sé que Dios me ayudará.

Sonja aprieta su mano con ternura.

—Así es, querida. Y estoy aquí contigo en cada paso. Para mí, este camino es claro. No tengo dudas. Sabes… yo sentí desde joven el llamado a la vida religiosa, pero nunca pude seguirlo. Estoy ilusionada —dice Sonja, sonriendo con una serenidad nueva.

El murmullo de la capilla se vuelve más melodioso, como si un canto suave comenzara a elevarse entre los muros. Matilda respira hondo y deja que esa música invisible calme sus inquietudes y remembranzas…

Ella lo había amado con una entrega absoluta, hasta el punto de confiarle su pureza, convencida de que él la amaba con la misma devoción.

Recuerda el doloroso momento en que lo enfrentó delante de todos. Llegó al aserradero y con sus ojos llenos de lágrimas, lo acusó de mentiroso y farsante, de haber jugado con sus sentimientos al cortejarla solo por su dote.

Con el rostro desencajado, él no lo negó.

Le explicó que su padre había sido estafado por el conde Clarke, que la propiedad de Mécheter —su dote— era en realidad la herencia de su hermano y él, y su padre pretendía robarla.

Aceptó que su cortejo había nacido de una necesidad desesperada, pero que ahora la amaba sinceramente.

Para ella, nada podía borrar el hecho de que su amor había comenzado bajo una sombra de interés y mentira. Aquello destruyó en un instante todo lo que Matilda había considerado verdadero. No lo perdonó.

La autora intelectual de su tragedia fue su antigua amiga, Luisa.

Ella había sido aquella sombra que Ronn vio aquella mañana, cuando estaban reunidos en el estudio del castillo de Nuilthorach, escuchó todo y se encargó de que la cruel verdad llegara a los oídos de Matilda: Ewan la estaba cortejando solo por su dote.

Todo fue en vano. El juez, finalmente, falló a su favor de los hermanos Graham y recuperaron lo que era suyo. Mécheter se convirtió en su propiedad, dejándola a ella sin dote.

Y para colmo de su desdicha, su propio padre la defraudó.

Lejos de consolarla, se alegró de haberla “librado” de Ewan y comenzó a forzarla a contraer matrimonio con un extranjero, diciéndole que debía conformarse porque ya no tenía dote.

Se trataba del hijo de un adinerado empresario de Arabia Saudita, un joven llamado Shahid que, al verla, se enamoró de inmediato y ofreció un dote exorbitante por su mano. Su padre, cegado por la ambición, aceptó sin consultarla, sin considerar sus sentimientos ni su dolor.

“¿Cómo te atreves a juzgar a Ewan por quererme por mi dote, cuando tú deseas vender a tu propia hija por riquezas?”, recuerda que le dijo, con una mezcla de indignación y tristeza que aún le quema el pecho.

Todo esto la llevó a tomar la decisión más difícil de su vida: abandonar su hogar y buscar refugio en el convento junto a Sonja, quien ya no era solo su nana, sino su amiga, su hermana de corazón, la mujer que había renunciado a su propia vida para protegerla desde pequeña.

Ahora, sentadas en aquel banco de madera, los minutos transcurren con una lentitud casi reverente mientras ambas sostienen entre sus manos las tazas de té que la hermana Clementina les ha traído, bebiéndolo con cautela porque el líquido aún conserva un calor intenso que obliga a sorberlo con paciencia.

Poco a poco, el convento adquiere una belleza inesperada.

La luz del amanecer comienza a filtrarse por los ventanales altos, iluminando los muros blancos con un resplandor suave.

La vida monástica despierta ante sus ojos: por los pasillos silenciosos avanzan jóvenes con palanganas de agua; otras apagan antorchas y velas; un pequeño grupo camina en hilera, regresando de la oración matutina, con los rostros inclinados y las manos recogidas en un gesto de devoción que transmite una paz profunda.

Sus hábitos son sencillos, sin colores llamativos ni adornos superfluos, y resaltan la pureza de sus expresiones.

Matilda, al observarlas, siente un deseo inesperado de pertenecer a ese mundo, de ser como ellas.

Finalmente, la madre superiora las recibe con calma y sabiduría.

Nota el vínculo profundo que une a ambas mujeres y decide separarlas desde el primer día, pues el desapego es esencial para discernir una verdadera vocación.

A Matilda le asignan tareas en la cocina, mientras que Sonja se encarga del cuidado de las hermanas enfermas y del lavado de la ropa.

Ambas deben asistir a las horas de oración y al estudio de teología, siguiendo la disciplina rigurosa del convento.

Durante los primeros días, Matilda encuentra consuelo en las tareas y en la devoción.

Agradece tener que estudiar, trabajar y rezar, pidiéndole al buen Dios que la ayude a superar el dolor de haber dejado a Ewan.

Sin embargo, al cabo de un mes, los recuerdos comienzan a asediarla sin descanso.

Extraña las comodidades de la mansión, a su madre, a Nicholas e incluso a su padre.

Pero sus pensamientos viajan a cada instante a Ewan.

Los días transcurren con orden y silencio en el convento, hasta que una mañana, mientras la madre superiora escribe cartas en su despacho, escucha golpes en la puerta.

No levanta la vista, pues sabe que sor Lucía entrará sin esperar.

Siempre es así cuando debe entregar la correspondencia.

La hermana aparece con un manojo de cartas en una mano y, en la otra, una rosa roja cuya fragancia llena el despacho antes incluso de que la madre superiora la mire.

Sor Lucía explica que un hombre lleva varios días dejando rosas y cartas para Matilda, convencido de que ella las recibe.

Lo describe como un hombre alto, de ojos verdes, rubio, con acento escocés, siempre cubierto con una capucha negra, desaliñado y profundamente triste.

La madre superiora escucha en silencio, consciente de que algo grave se esconde detrás de aquella insistencia.

—¿Y hasta ahora me informas, sor Lucía? ¿Le has entregado las cartas y las rosas a sor Matilda? —pregunta con serenidad tensa.