Una Rosa para Matilda: De la Rosa a la Luz Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

Le lleva un cepillo para su cabello, polvos para el rostro, una colcha nueva, una alfombra colorida, un pequeño tocador con espejo para que pueda arreglarse y un vestido nuevo.

Desea sorprenderla y darle un poco de belleza y comodidad en aquel lugar tan inhóspito.

Prácticamente gasta sus ahorros de la boda.

En esa semana, llega al castillo una carreta cargada de objetos. Magna, emocionada, corre a tocar la puerta de la habitación de Matilda, quien se sorprende al ver los regalos. Los muchachos entran uno a uno con las cosas que Ewan ha adquirido para ella.

Ewan aparece para ver cómo ha quedado todo y encuentra a Matilda muy ilusionada, acomodando cada objeto con cuidado, dando color y vida a la estancia. Él respira aliviado al ver la transformación.

—¿Te gusta? —pregunta, y la sonrisa de Matilda le confirma que ha valido la pena.

—Sí, mucho, Ewan. Muchas gracias —responde ella, mientras él le guiña un ojo con complicidad.

Los días transcurren con una rutina silenciosa. Ewan se levanta temprano para ir al campo con su tío, y Matilda intenta ocupar su tiempo leyendo, pero ya agotó su material de lectura y necesita ir a la biblioteca del castillo. Camina sigilosamente por los pasillos para pasar desapercibida.

Al llegar, busca libros en su idioma, aunque en ese momento se da cuenta de que es necesario aprender el idioma de su futuro marido. Tratará de leer y aprender algunas palabras en gaélico.

Una mañana, Matilda se escabulle al bosque cercano para practicar su tiro al blanco. Mientras apunta con su arco, siente que alguien la toma por la cintura y besa su cuello. Ella reconoce de inmediato el aroma de Ewan.

—Ewan… —susurra.

—Oh, Mati, no sabes cuánto he deseado abrazarte y besarte, amor mío —murmura él en su oído.

Matilda deja caer el arco y se vuelve para abrazarlo. Ambos se entregan a un beso profundo, cargado de amor y deseo. Sus manos recorren su espalda con una ternura que la hace estremecer. Los “te amo” se escapan entre sus labios, que buscan prolongar ese instante.

—¿Qué sucede, Ewan? ¿Por qué casi no puedo verte?

—Debemos darle tiempo a mi tío, cariño. Se paciente. Ahora debo irme, mi amor. Mi tío me ha mandado a traer unas vendas para una oveja herida. No se te ocurra ponerle cerrojo a la puerta esta noche. Espérame, mi amor —dice él con reluctancia antes de dejarla.

Ewan regresa corriendo, volviendo la vista varias veces para contemplarla, y Matilda sonríe con la dulce esperanza de que pronto serán esposos y las cosas serán diferentes.

El resto del día se le hace eterno, y finalmente, al caer la noche se encuentran en la intimidad de la torre sur, donde comparten abrazos, caricias, palabras de amor y sus pieles se encuentran nuevamente. Se pertenecen el uno al otro.

Matilda se queda dormida entre los brazos de Ewan. Pero él sabe que debe regresar a su habitación para evitar problemas. La cubre con varias mantas y regresa a oscuras sin hacer ruido. Su día iniciará pronto.

Después del beso en el bosque y de aquella noche en la torre sur, Matilda piensa que ya es hora de cenar con la familia.

Debe intentarlo; no puede aislarse de esa manera.

El problema es su atuendo. Suele vestir el mismo vestido, el que Ewan le compró en aquel pueblito.

Magna le había conseguido otro para cuando lava el primero.

Pero tiene uno más, el celeste que Ewan le mandó a traer con la compra, aunque no le ajusta bien.

Su calzado son los mismos botines con los que llegó al convento, así que pasa por la lavandería y pide un trapo para limpiarlos.

Sabe que no se sentirá cómoda ante la mirada inquisitoria del tío Samuel, quien no la trata bien y la hace sentirse fuera de lugar. Sin embargo, ya lleva casi un mes viviendo allí y debe presentarse como corresponde.

Matilda sabe que cenan a las seis, y sale de su habitación faltando cinco minutos. Baja las gradas en espiral, sosteniéndose de los muros redondeados, y cuando entra al comedor y saluda con un “Buenas noches”, sorprende a todos… pero la más sorprendida es ella.

La infame Luisa está sentada frente a Ewan, elegantemente ataviada, acompañándolos a cenar.

La última vez que la vio fue en el sepelio del papá de Ewan y luego en la capilla en Görhem, cuando Ruhena, otra conocida del pueblo, le contó a Matilda que Ewan la quería por su herencia.

Parece que ella escuchó, y Matilda recuerda la sonrisa de satisfacción que mostró cuando rompió en llanto.

Su tío la ignora por completo y continúa comiendo, y Luisa… sonríe con una tranquilidad que resulta casi ofensiva.

Por su parte, cuando Ewan la ve, siente que el mundo se le derrumba.

Matilda no puede resistir el golpe emocional; se precipita hacia su habitación sintiéndose vilmente traicionada. Ewan intenta ir tras ella, pero su tío le frunce el ceño y le ordena permanecer en su sitio.

Al escuchar la reprimenda de Samuel, Luisa vuelve a sonreír, complacida.

Sin embargo, Ewan no le obedece: se levanta, deja caer la servilleta y se apresura tras Matilda, aunque no logra mucho, pues ella ha cerrado con llave la puerta.

Matilda evita a todos en el castillo y se encierra en su habitación durante casi una semana, y cada vez que Ewan sube las gradas de la torre sur y toca la puerta, ella responde con un “déjame sola” que lo deja impotente al otro lado de la madera.

Ewan intenta explicarle que no es su culpa, que su tío contrató a Luisa sin consultarle y que él no tiene autoridad para despedirla, pero Matilda está demasiado herida para escucharlo.

La humillación que sintió en el comedor la dejó sin fuerzas, y Ewan, la comprende, desea aliviar su dolor, pero no encuentra la forma.

Los días avanzan sin que él vea mejoría alguna en la actitud de Matilda, así que, agotado emocionalmente, deja de insistir.

Apenas regresa del campo, se cambia de ropa y sale con sus amigos a beber algo en el pueblo, mientras Matilda observa desde la ventana de la torre sur sus llegadas y salidas.

Lo ha visto llegar ebrio y Luisa ayudándolo a entrar a la casa…

Siente que su corazón se encoge un poco más cada día.

Ella medita mucho a diario. Varias cosas la hieren profundamente: ver a Luisa ocupando un lugar privilegiado en la mesa frente a Ewan, mientras ella no es bienvenida por su tío; descubrir que Ewan nunca le mencionó que Luisa vivía allí desde hacía tiempo; verla tan bien arreglada y vestida, tan segura, tan instalada, mientras que ella apenas tiene un vestido nuevo que la hace sentirse ridícula y fuera de lugar.

Todo eso se acumula en su pecho como un peso insoportable.

Un domingo temprano, Matilda siente su espíritu fuerte y decide que intentará arreglarse y acercarse a él, aunque no tiene lo necesario en el lugar. Por eso se dirige al despacho de Ewan.

—¡Adelante! —pronuncia él desde adentro al escuchar los golpes en la puerta.

—Disculpa, Ewan. No quería interrumpirte, pero necesito una pluma y papel para escribir una carta —dice ella, sin imaginar que él se mostraría tan distante.

Ewan no levanta la vista para saludarla. Ha dejado de buscarla en toda la semana, ahora es él quien está resentido. Matilda, sin saberlo, lo ha dejado en ridículo frente a su tío, quien no pierde oportunidad de repetirle “te lo dije” y “te lo advertí”.

Ewan no puede contarle eso a Matilda; la lastimaría. Ella no comprende esa parte, pero lo que sí conoce muy bien es su desprecio: lo ha tolerado desde niña, siempre por amor, aunque nunca le ha dolido tanto como ahora.

Antes vivía rodeada de cariño y protección en la casa de sus padres; en Nuilthorach, en cambio, se siente insegura, expuesta, sin saber cómo manejar tanto desamor. A veces piensa que es por haber sido tan consentida, y concluye que solo necesita tiempo para madurar.

—¿Cómo saberlo? —susurra en su confusión.

Tristemente, ahora es Ewan quien la evita.

El resentimiento crece sin que él lo note, y lo más inquietante es que ya no está tan seguro de querer casarse con ella.

Antes, lo único que deseaba era demostrar que su matrimonio con Matilda sería por amor, aun sabiendo que ella no tiene dote ni bienes.

Pero ahora, algo oscuro se instala en su corazón; desde hace varios días se siente de esa manera y no entiende por qué.

Cuando Matilda entra con su vestido celeste, él la nota nerviosa, pero no siente consideración alguna. Solo un deseo amargo de vengarse por haberlo avergonzado. Abre la gaveta del escritorio, saca una hoja y le entrega un tintero con su pluma sin usar.

—Déjatelo. No lo necesito —dice con frialdad, sin mirarla.

—Gracias —susurra ella.

Le sorprende que no le pregunte para quién es la carta ni muestre interés alguno. Iba a consultarle cómo enviarla, pero decide que será mejor preguntarle a Magna.

Al salir del despacho, Matilda camina por el pasillo y se encuentra con Luisa, quien avanza con paso seguro hacia el estudio de Ewan. Luisa siempre ha sido bella: cabello negro, ojos cafés, porte maduro y elegante. Su presencia hace que Matilda se sienta aún más deslucida.