Una Rosa para Matilda: De la Rosa a la Luz Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

Después del almuerzo, se entretienen con juegos deportivos al aire libre.

Practican tiro al blanco con arco y flecha, y Matilda, con una postura impecable y una mirada concentrada, impresiona a Ewan con cada tiro certero.

Al principio, Matilda le daba instrucciones detalladas sobre la postura correcta, la alineación de los pies, el enfoque, el uso del ojo dominante y la suavidad con la que debe liberar la flecha.

Ewan conoce todas esas técnicas, pero no piensa desperdiciar la oportunidad de sentir sus manos guiándolo, así que se deja corregir con una docilidad que la hace sonreír.

Aunque al principio temía que su cercanía lo desconcentrara, ocurre lo contrario: la emoción de tenerla tan cerca afina su puntería.

Y él, orgulloso, no piensa dejarse ganar solo porque es hermosa; su espíritu competitivo lo impulsa a tensar el arco con tal precisión que casi parte en dos el centro del círculo rojo.

Ella lo aplaude con entusiasmo, y él, está satisfecho por impresionarla.

Solo hace su reverencia de manera juguetona.

La noche está cayendo en el lugar. Deben regresar a la cabaña y encender la chimenea y los candelabros. Se entretienen con juegos de mesa como el Backgammon y algunos juegos de cartas, en los que Matilda, para frustración de Ewan, gana todas las partidas.

—¿Cómo es que me ganas siempre? —pregunta él, dejando caer las cartas para que ella las baraje de nuevo.

—Conozco tu estilo. Eres muy predecible para mí. Muchos años observándote, querido. —responde ella con una sonrisa traviesa.

—¿Observándome? ¿Cuándo? ¿Dónde? —pregunta él, intrigado.

—Cuando jugaban en la mansión. Yo observaba tus cartas y aprendí cómo jugabas. Eso es todo —dice ella con naturalidad.

—¿Así nomás, eso es todo? ¿Cómo no me di cuenta? Dime ¿cómo es que yo nunca te veía? —insiste él.

—Porque estaba detrás de ti. Si no, ¿cómo crees que podía ver tus cartas? —le informa con inocencia.

—¿Así nomás, eso es todo? ¿No sabes, señorita Matilda Clarke, que eso es hacer trampa? —dice él, fingiendo indignación.

Matilda se ríe, nerviosa por haberse delatado.

—¡No! ¡No lo es! Yo no estaba jugando, así que técnicamente no hice trampa. Tú no me involucres en un crimen que no cometí…

—¿Y quién me asegura que Albert o Nicholas no me ganaron porque tú, oh villana, les revelaste mis cartas? —reclama él, exagerando su tono.

Matilda se queda muda, consciente de que su argumento es sólido, aunque jamás traicionaría al amor de su vida.

—Bueno, cariño, tendrás que confiar en mí, porque no tengo coartada. Así que depende de ti —dice ella, barajando las cartas con una habilidad sorprendente.

—¿Tengo que creerte? ¿Así nomás? ¿Eso es todo? —insiste él, divertido.

—Sí, Ewan Graham, así nomás… —responde ella con fingida indiferencia.

Ewan queda en silencio contemplándola, como si la visión de Matilda sentada frente a la chimenea, con el cabello recogido en un moño alto del que se han escapado algunos mechones rebeldes, fuera una imagen capaz de detenerle el aliento.

La luz del fuego ilumina su rostro con un resplandor cálido que realza la suavidad de sus facciones, y él siente que, por primera vez, la está viendo de verdad.

—¿Qué ocurre? —pregunta ella, inquieta por la intensidad de su mirada.

—No entiendo cómo no te vi antes, Mati —responde él con una voz ronca, cargada de emoción—. Eres realmente especial… Única. Estoy muy enamorado de ti, mi amor.

Matilda deja de barajar las cartas. Sus ojos sonríen antes que sus labios, y un rubor suave se extiende por sus mejillas.

Después de un profundo suspiro, ella coloca la baraja sobre la mesita baja y lleva las manos a su rostro para contener las lágrimas que amenazan con escapar.

Ewan se levanta de inmediato, le ofrece la mano y la ayuda a ponerse de pie.

Ella acepta, y en cuanto se encuentran a la misma altura, se abrazan en silencio, dejando que el calor de la chimenea y el de sus propios corazones los envuelva por completo.

Él la estrecha con suavidad, como si temiera romper algo sagrado, y ella se aferra a él, apoyando el rostro en su pecho, aspirando ese aroma que aprendió a reconocer desde niña, cuando solo podía consolarse con una chaqueta olvidada en su casa.

Cuando Ewan roza su mejilla con la suya, Matilda siente que algo dentro de ella se abre, como una puerta que siempre estuvo cerrada y ahora se ha entreabierto.

Luego Ewan inclina más su rostro y busca sus labios con una delicadeza celestial.

Matilda le corresponde con la misma ternura, entregándose al beso con la intensidad de quien ha esperado toda una vida para sentir algo así.

El mundo se desvanece, solo escuchan el sonido del fuego crepitando y sus respiraciones.

Un sentimiento nuevo ha despertado en ella, profundo y hermoso, que la hace temblar sin comprender del todo lo que le ocurre.

Él lo percibe, y en un instante de impulso, Ewan descubre su piel y acerca su rostro al cuello de Matilda depositando cálidos besos y susurrando continuamente “amor mío” “eres hermosa”.

Ella cierra los ojos y gime, al escucharla, Ewan se detiene. Una chispa de lucidez lo atraviesa.

—Mati… perdona —murmura, apartándose y ayudándola con delicadeza a acomodar su vestido—. No puedo perder la cabeza contigo. Es la segunda vez que me pasa.

Ella no responde. Mira la alfombra cruzando sus manos; luego con voz suave, comenta:

—Creo que mejor me iré a la cama. Estoy un poco cansada.

—Yo también —agrega él—. Además, mañana tengo una sorpresa para ti, y necesito que te levantes temprano. ¿Crees que podrás lograrlo?

—¿Una sorpresa? —pregunta ella, abriendo los ojos, muy ilusionada—. Oh, Ewan ¿cómo me dices eso ahora? No podré dormir pensando en “la sorpresa” y… no preguntaré, lo prometo. De todas maneras, sé que no me lo dirás.

Ewan niega con la cabeza, divertido.

—No te preocupes, lograré levantarme temprano. Buenas noches entonces, lord Graham —dice ella con una reverencia juguetona—. Si te hace falta alguna cobija de más, me avisas y te daré de las mías. Tengo muchas…

Lo que ocurre en Swapchiz

Al día siguiente, Ewan prepara los caballos muy temprano, empaca comida y vino, y presiona a Matilda para que se dé prisa.

Ella baja las escaleras con un atuendo que lo deja sin aliento: pantalones de montar ajustados, elegantes botines, una blusa blanca de mangas anchas y largas, un chaleco entallado y un pequeño sombrero que le da un aire encantador.

Ewan la observa con una mezcla de orgullo y asombro.

Cabalgando juntos, emprenden el camino hacia un mirador escondido entre las montañas.

El trayecto dura poco más de una hora, y cuando llegan, el sol ya se ha elevado lo suficiente como para iluminar la majestuosa catarata conocida antiguamente como Swapchiz.

Un arco iris se forma en medio de la caída del agua, y Matilda, maravillada, se adelanta para contemplar la escena.

En medio de la naturaleza, bajo el murmullo del agua y el resplandor del arco iris, Ewan contempla en silencio a Matilda. Cómo el viento juega con algunos mechones sueltos de su cabello y el brillo del sol ilumina su rostro con un resplandor casi irreal.

Luego, Ewan extiende una manta sobre el césped, baja la canasta con la comida y la llama.

Tiene hambre y desea compartir ese momento con ella.

Se sientan a merendar, conversando con naturalidad pues se conocen desde pequeños.

Cuando terminan, Ewan se recuesta contra un tronco y le extiende la mano para que se siente a su lado.

Matilda lo hace, y él la envuelve, acariciando sus brazos mientras el viento sopla suavemente entre los árboles.

Ella siente un poco de frío y se acurruca contra su pecho, encontrándose muy a gusto con el calor de su cuerpo.

—¿Podrías soltarte el cabello? —pregunta él, casi reverente—. Es que… es muy hermoso y … me encantaría verlo suelto.

—¿Eso quieres? Entonces, lo haré… —responde ella sin titubear.

Matilda se aparta un poco para deshacer el moño, y cuando su cabello cae en ondas sobre sus hombros desprendiendo un delicado aroma, Ewan lo acomoda con suavidad.

—Preciosa —murmura su pensamiento que se escapa sin permiso.