Una Rosa para Matilda: De la Rosa a la Luz Capítulo 6
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Capítulo 6

En el aserradero

Matilda desciende del carruaje y espera pacientemente a que la diligencia se aleje lo suficiente como para que nadie pueda ver el rumbo que tomará.

Solo cuando el sonido de los cascos se pierde en la distancia, respira hondo, ajusta el lazo de su sombrero y emprende el camino de regreso, aproximadamente un kilómetro, hasta encontrar la ruta secundaria que la conducirá al aserradero.

Mientras avanza, su corazón late con tal fuerza que casi siente la necesidad de correr; jamás imaginó verse envuelta en una aventura semejante.

Ha mentido a sus padres y siente como si estuviera escapando, no por un capricho juvenil, sino por amor, un amor tan profundo que la impulsa a desafiar normas, distancias y temores.

Nunca había hecho algo semejante. Sentimientos encontrados luchan en su interior: la culpa y la ilusión por encontrarse con el hombre que ama. Ewan ha terminado por amarla con una intensidad tal, que supera sus sueños más secretos.

Es el fin de semana esperado y Ewan ha tomado todas las precauciones necesarias.

Le ha pedido a Anna que se quede unas horas de más para que atienda a su invitada.

Ahora se encuentra en su escritorio, dominado por una ansiedad que intenta disimular revisando los números en sus libros contables, aunque con cada segundo que pasa, levanta la vista hacia la ventana, como si temiera que, por un solo parpadeo, pudiera perderse ver la llegada de Matilda.

La espera se vuelve interminable y la ansiedad lo hace dudar.

“Esta idea también es descabellada. Ella no vendrá. Quizás, no se atreva a desafiar a su familia… ¿Resultará esto?”, piensa intranquilo.

Respira hondo y finalmente, al levantar la vista una vez más, ve a lo lejos la figura de una mujer con un vestido azul y un sombrero blanco, avanzando con una maleta en la mano.

—¿Mati? —exclama Ewan, incrédulo, dejando caer la pluma y los libros para correr hacia ella.

Matilda, al verlo, deja la maleta en el suelo y se lanza a sus brazos con una risa clara y triunfante, orgullosa de haber logrado lo que parecía imposible.

—¡Lo hiciste, mi amor! ¡Lo lograste! —dice él, sosteniéndola con una mezcla de alivio y alegría.

—Lo logré, Ewan. ¿Qué no haría por ti? —responde ella, sin medir la fuerza de sus palabras, que él recibe con un gozo que le ilumina el rostro.

Ewan recoge la maleta y la toma de la mano para acompañarla el resto del camino. Al llegar a la cabaña —la hermosa construcción de dos plantas, cálida y acogedora— llama a su ama de llaves.

—Anna, ¿podrías ayudar a la señorita Matilda a instalarse en mi habitación? —dice con naturalidad.

Matilda lo mira sorprendida, al igual que Anna.

—Ella usará mi habitación porque es la más cómoda y cálida —explica Ewan con una sonrisa tranquila—. Yo dormiré en la de visitas, aquí abajo.

Matilda se sonroja, conmovida por su consideración.

—No es necesario, mi Ewan. No quiero incomodarte.

—Bueno —responde él con un brillo travieso en los ojos—, y si es tanto el amor que me tienes, podrías recibirme en la habitación si hace mucho frío esta noche.

Ella lo golpea juguetonamente en el hombro, riendo con timidez.

—¿Tienes hambre, Mati? —pregunta él, acercándose mientras el aroma del almuerzo invade la casa.

—No tenía, pero este olor ha despertado mi apetito dormido por estar ansiosa por verte —dice ella, y al darse cuenta de lo atrevido que ha sonado su comentario, se sonroja—. Disculpa, no quise expresarme de esa manera.

—La verdad, yo también estaba muy ansioso, mi amor —responde él con ternura—. Si quieres, sube a la habitación y te instalas. Yo ayudaré a poner la mesa. Anna debe irse pronto, así que pídele lo que necesites.

Mientras Anna termina de preparar el almuerzo, Ewan y Matilda comienzan oficialmente su relación ese fin de semana.

Caminan tomados de la mano por los alrededores, conversan sin reservas y descubren aspectos del otro que jamás habían imaginado.

Ewan le confiesa que siempre sintió un profundo cariño por Alberta, la madre de Matilda, quien lo trató con amabilidad desde niño, aunque sabe que ella tampoco aprobaría un matrimonio entre ellos.

Le cuenta que de pequeño entrenaba perros ovejeros y que le pagaban por ello, que nunca fue un gran amante de los estudios, que tras la muerte de su madre ingresó a la escuela naval y pasó un año en el océano, donde aprendió más de lo que jamás imaginó.

Le ofrecieron un puesto en un barco, pero su padre, temeroso de los peligros del mar, invirtió en el aserradero para darle un oficio en tierra firme.

Matilda escucha cada palabra con una atención reverente, como si cada detalle de su vida fuera un tesoro que desea guardar para siempre.

Matilda, por su parte, le confiesa a Ewan que lo ha amado desde niña, que sufría profundamente cada vez que él la miraba con desdén, y que, en un intento desesperado por ganarse su afecto, llegó incluso a proponerse aprender a cazar, convencida de que, si lograba compartir una actividad que él disfrutaba, quizá él la vería con otros ojos.

Sin embargo, nunca pudo matar a ningún animalito.

—…Más bien, yo los liberaba en cuanto caían en las trampas. No podía permitir que una criatura tan indefensa muriera por su causa.

Al escucharla, Ewan abre los ojos con una sorpresa tan genuina que Matilda no puede contener la risa al ver su expresión, pues en ese instante él comprende la verdadera razón del fracaso de sus antiguas expediciones de caza de conejos.

—¿Con que fuiste tú…? Oh, villana —exclama dramáticamente.

Por instinto, ella retrocede unos pasos, sabe que no es seguro estar muy cerca de él cuando la mira con fingida severidad.

Ha descubierto que ella había saboteado sus jaulas durante muchos años.

Repentinamente Ewan intenta atraparla, pero Matilda, con gran habilidad, se le escabulle y él la persigue unos metros entre los árboles.

Finalmente la alcanza, la toma por la cintura y la hace reír hasta casi llorar al hacerle cosquillas, asegurándole que ese era el castigo merecido por haber arruinado sus intentos de convertirse en un cazador competente.

Cuando ella ya no puede respirar de la risa, él se detiene, la sostiene con suavidad y deposita un beso tranquilo en sus labios, como si quisiera sellar la alegría desbordada que los envuelve.

Se sientan luego en un tronco caído, enorme y cubierto de musgo, en medio del césped húmedo por el rocío, y allí Matilda le cuenta lo que ocurrió con Luisa y Emma, cómo esas experiencias la marcaron profundamente y cómo, desde entonces, no ha vuelto a tener amigas, pues le cuesta confiar en las personas.

Confiesa que incluso llegó a considerar, en más de una ocasión, ingresar al convento, lo que provoca que Ewan abra los ojos con una mezcla de sorpresa y consternación.

—¿De qué hablas, vida mía? ¿Me dejarías solo en este mundo, sin ti? ¿Qué sería de mí? —pregunta con una sinceridad que la conmueve.

—Aunque no lo creas, tú fuiste la razón principal por la que no ingresé al convento a los dieciséis años —responde ella con suavidad—. Sonja también me confesó que en algún momento quiso entrar. Lo hablamos, y a ambas nos atraía la idea de la vida en un claustro.

—¿Claustro? ¡No, mi amor! No puedes hacer eso. ¿Qué sería de mí? No. No lo permitiré —insiste él, casi desesperado.

Matilda no puede evitar reírse al ver su reacción.

—Pero ya no sucederá. Eso era solo una posibilidad si tú no me querías, pero parece que sí me quieres. ¿No es así?

—Con toda mi alma, mi amor —responde él, con una convicción que no deja lugar a dudas.

Se besan en medio del bosque, rodeados por el murmullo del viento entre las hojas y el aroma fresco de la tierra húmeda.

El cielo comienza a cubrirse de nubarrones que anuncian una noche fría, por lo que el abrazo cálido que comparten se vuelve aún más necesario, más íntimo, más lleno de significado.

Son interrumpidos por el carraspeo impaciente de Anna, quien ha estado de un humor particularmente desagradable desde la llegada de Matilda.

—El almuerzo está servido, señor. Y vengo a avisarle que ya me retiro —anuncia con un tono que deja claro su disgusto.

—Gracias, Anna —responde Ewan con calma—. Vamos, mi amor. Tengo que alimentar a mi hermosa novia.

Abrazados, regresan a la cabaña, donde todo está dispuesto con una perfección casi ceremonial: el cordero en salsa humeante desprende un aroma irresistible, las copas de vino brillan bajo la luz de las velas, las hogazas de pan con semillas reposan en la canasta, las uvas y arándanos están dispuestos en platones de porcelana, las servilletas dobladas con esmero, los cubiertos alineados con precisión y la araña iluminando la mesa con una luz cálida y acogedora.

Ewan observa a Matilda con una felicidad tan pura que por un momento olvida la situación con el conde y la dificultad que implicará recuperar Mécheter.

Lo único que tiene claro es que posee el amor de Matilda, y que él la ama con igual intensidad.

Aunque Ronn le ha prometido buscar medios legales para recuperar la herencia de su padre, Ewan ahora siente que el camino más seguro y reconfortante es casarse con su querida Mati.