Una Rosa para Matilda: De la Rosa a la Luz Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

Ella levanta la vista de su lectura con cierta renuencia, como quien se desprende de un mundo encantado para regresar a la realidad, y al encontrarse con la figura de Ewan asomado en su ventana, sosteniendo una rosa roja y unos claveles, parpadea varias veces, tratando de descifrar si aquello es una ilusión o si realmente él está allí, desafiando toda prudencia por verla.

—Hola, amor mío —susurra, pero Matilda escucha a la perfección—. No he podido dejar de pensar en ti.

Matilda comprende que no está soñando. Una sonrisa luminosa se dibuja en su rostro; deja el libro a un lado con un gesto suave y mueve los encajes de la cortina para verlo con claridad.

Sin pronunciar palabra, se inclina hacia él para acariciar su rostro con una ternura que lo desarma por completo.

Ewan cierra los ojos al sentir el contacto.

Ese simple gesto calma las tormentas que lo han acompañado desde la noche anterior por su visita al conde.

—Ewan… ¿Qué haces aquí? ¿Son para mí? —pregunta ella con timidez, observando las flores.

—Así es, mi amor —responde sinceramente sin necesitar adornos—. Y ahora que conozco el significado de estos colores, estoy seguro de que entiendes lo que quiero decirte.

Matilda, con el corazón latiendo con fuerza, murmura:

—¿Me extrañas y… me amas?

—Así es, Mati. Te amo. Eso dice la rosa roja, ¿no es así? —afirma él, orgulloso de haber aprendido algo que la hace sonreír.

Ewan recuerda entonces que Ronn lo espera y que no puede demorarse, pero antes de marcharse se inclina un poco más hacia la ventana, como si necesitara asegurarse de que ella lo escuchará con atención.

—Vengo a verte en secreto, Mati. No le digas a nadie, pero quiero que vayas al aserradero este fin de semana.

Eres una doncella inteligente, y… y si es tanto el amor que me tienes, confío en que sabrás cómo lograrlo sin levantar sospechas.

¿Vendrás? —No tenía opción. El conde lo estaba obligando a esto y lo ve como su única solución.

Matilda asiente con la cabeza, incapaz de ocultar la emoción que la embarga. Ewan sonríe, satisfecho, aunque sabe que debe despedirse; el tiempo apremia y no puede arriesgarse más.

—Debo irme, mi adorada —murmura con pesar.

La toma entre sus brazos con un gesto que, aunque breve, encierra una intensidad que ninguno de los dos había experimentado antes, y la besa con la esperanza de que ese instante quede grabado en su memoria y la impulse a no faltar a la cita.

—Espero que puedas quedarte todo el fin de semana conmigo, Mati. Estaré ansioso, esperando tu llegada—. Luego, con un tono juguetón que suaviza la despedida, añade—: Y…, por favor, amor mío… no lleves a Sonja.

Le da un beso casto, casi como un suspiro, y se lanza hacia el césped, acomoda su saco, mira a ambos lados asegurándose que esté despejado; y antes de abandonar se vuelve para sonreírle. Luego desaparece con la misma discreción con que llegó.

Matilda suspira y vuelve a sentarse en sus almohadones. Incapaz de contener la emoción levanta y se deja caer sobre la cama, mirando el techo artesonado consciente de que su vida ha cambiado de manera irrevocable.

Desea contárselo a Sonja, pero se contiene; comprende que deben mantener su romance en secreto por ahora.

Sabe que su padre jamás aprobaría una relación con un simple administrador de un aserradero, y mucho menos un matrimonio.

Necesitará tiempo para convencerlo, y debe hacerlo antes de que inicie con la presentación de hijos de condes, duques y marqueses.

Esos jóvenes de alta sociedad que ella no soporta.

Ahora Matilda siente el impulso de voltear sus ojos como su hermano, pero recuerda a Sonja y se contiene. Solo sonríe.

Casi de inmediato, Matilda comienza a diseñar su plan para encontrarse con Ewan en el aserradero. Ya es mayor de edad, por lo que no necesita pedir permiso, pero sí debe informar a dónde va; esa es la regla en la casa del conde. Así que, durante el té, anuncia con naturalidad:

—Madre, acompañaré a mi nana a visitar a su hermana este fin de semana.

A Sonja no le sorprende; su pupila suele acompañarla. La condesa sonríe con aprobación.

—Te hará bien salir, querida. Salúdame a Florence; hace días que no nos visita.

Mientras tanto, el conde Clarke está inquieto.

Lo acontecido con los hermanos Graham lo considera de cuidado y comienza a organizar una reunión especial con amigos de la alta sociedad.

Su intención es casar a Matilda con un noble de alta cuna, digno de su hija, y no permitirá que cometa la locura de enamorarse de un don nadie como lo asegura el propio joven Graham, a quien, dicho sea de paso, desea ver fuera del aserradero.

Al enterarse de que Matilda viajará a Liverpool, decide aprovechar la ocasión para avanzar en sus planes.

Cuando el carruaje hacia Liverpool se adentra en la zona montañosa, Matilda mira a Sonja con una expresión seria que la nana no reconoce.

—Aquí me bajo, querida nana. No te lo había dicho antes para no preocuparte, pero no iré contigo a Liverpool —declara, provocando que su nana casi pierda el aliento—.

No puedo decirte a dónde iré, pero te prometo que no es peligroso.

Por favor, que sea nuestro secreto. Recuerda que, para todos, yo fui contigo a ver a tía Florence.

Esto queda entre tú y yo. Cuando regreses el domingo a las tres de la tarde, recógeme aquí mismo.

—Querida Mati… por el amor de Dios. ¿De qué estás hablando? Te suplico que tengas cuidado —implora Sonja, con el corazón encogido.

—Lo tendré, te lo prometo. Confía en mí, nana, y llévale mis cariños a tía Florence. Te quiero mucho —responde Matilda, besándola con cariño en la mejilla antes de tomar su maleta.

Luego solicita la parada del carruaje con una determinación que sorprende incluso al cochero.

—¡Aquí me quedo! —anuncia, descendiendo con la certeza de quien está a punto de cambiar su destino.