Capítulo 5
Y si es tanto el amor
Ronn y Ewan se alejan en el carruaje desde su propiedad en Nuilthorach rumbo a Görhem, en Inglaterra.
Desde lo alto del castillo, su tío Samuel los acompaña con la mirada durante un largo trecho del camino.
El viento helado azota su rostro, pero permanece allí hasta que los pierde de vista.
Les ha deseado buena fortuna, éxito en su misión y les ha dado su bendición.
También los colmó de recomendaciones y añadió, con orgullo:
—Si ese conde se pone difícil, yo mismo iré a hablar con él. Nadie pisotea a la familia Graham.
Ewan, sin embargo, desea arreglar todo de forma pacífica. No quiere enemistarse con el padre de Matilda; lo hace por ella, lo intentará por ella, deseando que todo se resuelva de la mejor manera posible.
En la noche anterior, Ewan no lograba dormir.
Permaneció horas mirando por la ventana de su habitación, con la vista perdida en la oscuridad.
Un pensamiento lo atormentaba : ¿Qué pensaría Matilda de él si la deja sin su dote?
No puede imaginar su reacción. Teme decepcionarla. Teme herirla. Teme perderla.
Pensaba en todas las posibles respuestas del conde y en cómo reaccionar ante cada una. Sabe que es un juego delicado de poder y cortesía, y cualquier error podría costarle no solo a Matilda, sino también su futuro y honor.
Ewan ya tiene un plan alterno: pedirá formalmente la mano de Matilda si el conde se niega a cumplir lo acordado con su padre respecto a Mécheter, como lo había recomendado su hermano.
Y aunque también es casi seguro que el conde rechazará entregarle a su hija, él está decidido a agotar todas las vías honorables, siguiendo cada regla de etiqueta y protocolo, para que nadie pueda acusarlo de ser precipitado, antes de recurrir a una medida tan extrema como…
escapar con ella. ¿Lo haría de verdad? ¿Lo aceptaría Matilda?
¿A dónde la llevaría? Aún no tiene esas respuestas; son piezas que resolverá cuando llegue el momento, si es que llega.
Además, piensa en Nicholas. Si actúa conforme a las normas, si cumple cada paso como corresponde, Nicholas no podrá reprocharle nada.
Matilda se ha convertido en una mujer que le importa de verdad, y ya no se siente capaz de cortejarla sin absoluta honestidad.
Nunca la expondría al deshonor. Realmente, la ama.
Después de casi ocho horas de viaje sin detenerse, los hermanos Graham llegan a la mansión del conde Clarke. Ewan sabe que Nicholas no está; se encuentra en el castillo de Roxburghe, no está seguro si eso le conviene o le perjudica.
La servidumbre los recibe con cortesía, los conocen a ambos desde su infancia. Ewan desea preguntar por Matilda, pero se contiene. Sabe que, a esa hora —casi las cuatro de la tarde—, probablemente esté en su habitación.
—Bienvenidos, caballeros. El conde los recibirá en su estudio de inmediato —anuncia el mayordomo.
—Gracias, Saúl —responde Ewan.
El conde Clarke los recibe con solemnidad. Les estrecha la mano con firmeza y expresa cuánto lamenta la pérdida de William, su amigo y socio. Afirma que no se había enterado del terrible accidente y que, de haberlo sabido, habría asistido a las honras fúnebres.
—Lo entendemos, señor conde. Y apreciamos sus sentidas palabras —responde Ewan.
Ronn le dedica una mirada de aprobación. Es el momento.
—Estimado señor conde —comienza Ewan con voz firme pero respetuosa. Nos hemos visto obligados a presentarnos ante usted por una inquietud relacionada con el acuerdo firmado el día en que se constituyó la sociedad del aserradero.
El conde lo escucha en un silencio tenso, sin mover un solo músculo del rostro, mientras Ewan expone cada punto con la mayor claridad posible.
—…Me refiero al respaldo que se estableció respecto al dinero que mi padre invirtió en el proyecto, en caso de que él…
eventualmente falleciera. Ese dinero era la herencia de Ronn y mía.
Mi padre lo aportó como inversión, pero, en caso de un accidente —como el que lamentablemente ocurrió—, recuerdo que el documento estipulaba que usted nos entregaría la propiedad de Mécheter en garantía por el dinero invertido.
Por eso… —continúa Ewan y es evidente que sus palabras no son del agrado del aristócrata.
El ceño del conde comienza a fruncirse con una lentitud casi teatral, mientras sus ojos adquieren un brillo encendido que anuncia una reacción poco amable.
Cuando Ewan concluye, el conde, lejos de responder con la solemnidad que la situación amerita, deja escapar una carcajada burlona, exagerada y estridente, que lo hace enrojecer hasta las orejas.
Los hermanos Graham se miran con una mezcla de desconcierto y dolor.
La humillación es evidente. Aunque presentían un comportamiento semejante, la conducta del conde Clarke siempre resulta grotesca ante cualquier insinuación que amenace su poder o su comodidad.
—Pero ¿qué dices, joven Ewan? ¿De qué estás hablando, muchacho? ¿De dónde sacas semejante disparate? —exclama finalmente, aún con restos de burla en la voz—. No existe ningún acuerdo ni nada que se le parezca; no sé de dónde sacas esas fantasías, joven Graham. ¡Válgame, Dios!
Ronn, que ha permanecido en un silencio respetuoso, da un paso adelante con la serenidad de quien sabe exactamente lo que debe decir y con la firmeza de quien no permitirá que la memoria de su padre sea pisoteada.
—No se trata simplemente de un acuerdo, señor conde.
Es una póliza de vida. Mi padre firmó los documentos aquí mismo, en su estudio.
Ewan estaba presente y lo atestiguó. Su abogado se comprometió a enviar una copia, pero nunca lo hizo.
Esto resulta extraño, considerando la reputación de profesional serio que usted mismo le atribuye.
Así que no es tan descabellado como supone.
El documento existe. Y sí, se firmó. Ewan lo vio —rebate con firmeza.
Las palabras de Ronn sorprenden incluso a Ewan, que ahora se planta con mayor seguridad frente al conde.
—Así es. Ahora… le recomiendo que le exija a su abogado que cumpla y nos envíe esa copia —añade Ewan.
La transformación del conde es inmediata: la burla desaparece, la sonrisa se borra y su rostro adquiere un tono rojizo que ya no proviene de la risa, sino de una irritación profunda que intenta contener sin éxito.
—Modere su tono, joven Graham —dice con una voz baja y peligrosa—.
¿Quién se cree usted que es para que me recomiende a hacer cosas?
No olvide que está en mi estudio, en mi casa, en mi propiedad, y no toleraré insolencias ni insinuaciones impropias.
Como ya he dicho, no sé de qué están hablando.
Y ahora, salgan de mi propiedad. No tengo tiempo para tonterías.
Ewan siente cómo la frustración le oprime el pecho, consciente de que, si se marchan sin obtener nada, habrán perdido una oportunidad crucial, y por eso, impulsado por una mezcla de desesperación, amor y sentido del deber, decide arriesgarse a un último intento, para resolver esto y preservar las “buenas relaciones”.
—Sé que Mécheter es la dote de su hija —dice con una seriedad que sorprende incluso a su hermano—. Si me concede su mano en matrimonio, consideraremos la deuda saldada. Ella me ama desde niña, puede preguntarle, y yo… yo siento lo mismo por ella. Podría ser la solución que todos necesitamos.
El silencio que sigue es tan denso que solo se escucha el tic-tac del reloj en el escritorio. El conde lo mira como si Ewan hubiera pronunciado la mayor insolencia imaginable, como si la sola idea de que un Graham aspirara a la mano de su hija fuera una ofensa personal.
—¡Suficiente! —dice finalmente, con una frialdad que corta el aire—. ¡Salgan de mi estudio ahora mismo!
Se dirige a la puerta. La abre con brusquedad y llama a Saúl con un grito que resuena en los pasillos.
—¡Saúl! ¡Acompáñelos a la salida! Estos jóvenes ya se marchan.
Los hermanos salen, y detrás de ellos se escucha el portazo que retumba como un golpe seco, dejando claro que el conde no desea verlos jamás.
Sin embargo, ambos saben que volverán, porque su misión no ha terminado; deben recuperar lo que pertenece a su padre y asegurar su descanso eterno, aunque eso implique enfrentarse a un hombre tan poderoso como el conde Clarke.
Al cruzar los jardines, Ewan se detiene un instante, contemplando la belleza de las flores que adornan la propiedad.
Entre los arbustos, encuentra lo que buscaba: una rosa roja.
Y, sin pensarlo demasiado, la corta con cuidado.
Luego distingue unos claveles rosados, consciente de que ese gesto, aunque pequeño, lleva consigo todo el amor que siente por Matilda.
Saúl lo observa desde la distancia, sin comprender del todo sus intenciones, pero por tratarse de Ewan, lo deja ser.
De prisa, Ewan se dirige hacia la parte trasera de la mansión, donde sabe que se encuentra la ventana de la habitación de Matilda.
Desde el carruaje, y con los libros de leyes ya abiertos sobre sus rodillas, Ronn observa a su hermano escalar la vieja hiedra inglesa, y aunque sabe que la acción es temeraria, no puede evitar sentirse orgulloso de su valentía y de la fuerza de su corazón.
Él simplemente sonríe, le desea buena fortuna y continúa con su estudio para resolver la situación...
Ewan no pretende entrar a su habitación, solo le dejará las flores en el alféizar.
Su deseo es que ella las encuentre y comprenda que él la recuerda con devoción.
Sin embargo, al asomarse con cautela, descubre que Matilda está allí, sentada en el amplio alféizar adornado con mullidos almohadones.
La ve envuelta en un hermoso vestido de seda que realza la delicadeza de su figura.
Ella estaba leyendo con serenidad un libro que descansa entre sus manos.
La escena lo detiene por un instante, solo le toma unos segundos y puede inspirarse en su gracia.