Capítulo 4
¿Engaño o amor real?
Un suave roce en sus labios despierta a Matilda, quien abre lentamente los ojos y encuentra a Ewan mirándola desde una distancia prudencial, con una ternura contenida.
La ha contemplado dormir durante varios minutos, deseando que esa imagen quede grabada para siempre en su memoria.
Incapaz de resistirse, había rozado su piel con los nudillos —después del casto y respetuoso beso— y ahora, al verla despertar, Matilda se incorpora un poco, sosteniéndose sobre un brazo, y lo mira con timidez.
Lleva puesta una elegante bata de seda y encaje, bien ajustada, y recoge las sábanas para cubrirse con mayor recato.
La suave luz de la mañana se filtra por la ventana, iluminando el cuarto con un resplandor delicado que realza la belleza del cabello suelto de Matilda, que se despliega en ondas alrededor de su rostro como un halo dorado.
Es de un tono café claro, o quizá rubio oscuro; él no sabe decirlo con certeza, pero sí sabe que nunca la había visto con el cabello suelto, y ese detalle nuevo, inesperado, casi íntimo, lo maravilla.
Ewan percibe una paz profunda al admirar su semblante, una serenidad que lo cautiva y que, sin quererlo, lo hace anhelarla nuevamente.
—Buenos días, mi dulce Matilda —dice con una voz tan tierna que no necesita esfuerzo para sonar sincera.
Le muestra la rosa amarilla que sostiene en la mano y le dedica una sonrisa suave. Matilda parpadea un par de veces y conecta con la mirada profunda de Ewan, esos dos zafiros que brillan al recibir la luz del sol.
Finalmente, se sienta en la cama, ahora con su cabello cayendo en cascada sobre los hombros, y le devuelve la sonrisa.
—Buenos días, Ewan —responde con una dulzura que lo desarma.
Con timidez, recibe la delicada rosa que él le ofrece.
—¿Te gusta? —pregunta Ewan.
Ella acerca la flor a su rostro y aspira su fragancia.
—Hace mucho que no me regalan una rosa. Es muy hermosa. Muchas gracias. ¿Te sientes mejor hoy, Ewan?
—Mucho mejor. Gracias a ti —responde sin titubear. Luego añade—: Me gustaría decirte que estás preciosa, pero temo que lo consideres inapropiado.
Matilda abre los ojos con sorpresa, y sus mejillas se tiñen de un rubor suave. Lleva sus dedos a sus labios recordando el rose y luego baja la mirada hacia la rosa para ocultar su expresión. Ewan se inquieta, temiendo haber ido demasiado lejos.
—Parece que así es… es inapropiado —murmura él, en voz baja.
Ella guarda silencio unos segundos, y entonces decide aliviar la tensión.
—¿Sabes que el color de las rosas tiene significado? El amarillo, por ejemplo, significa “gracias” o “amistad”.
Ewan no lo sabía; solo la vio hermosa y quiso dársela. La gratitud, sin duda, es un sentimiento que desea expresarle… aunque no sea lo único que siente. Preferiría ser su amigo antes que parecer su hermano, como ocurrió el día anterior, pero lo que realmente quiere es algo más profundo.
—Interesante, dulce Matilda. Entonces estudiaré los significados de las rosas, y sabrás lo que siento o lo que quiero decirte cada vez que recibas una de las mías —dice, sonriéndole con ternura.
Ella vuelve a sonrojarse. “Me ha llamado ‘dulce Matilda’ dos veces… ¿qué significa eso? ¿Será que ahora somos algo más cercanos? ¿Debería preguntarle? Necesito hablarlo con Sonja”, piensa.
Matilda es sumamente inocente, ignora lo expuestos que estuvieron ambos la noche anterior.
Ewan, con un honor admirable, se contuvo por respeto a ella.
—Así que… ¿me darás más rosas? —pregunta Matilda con una sonrisa radiante.
—Muchísimas más, amor mío —responde Ewan con una ternura que la deja sin aliento.
Al escucharlo, levanta su vista, admirada. Él solo le sonríe . “Ahora me llamó ‘amor mío’. Dios mío… ¿qué está ocurriendo?”
—Ewan… ¿puedo pedirte que no me llames así delante de otras personas? Especialmente frente a mis padres o Nicholas. Conoces al conde Clarke. Podría acarrear malentendidos.
Al mencionar al conde, el semblante de Ewan se oscurece apenas. Matilda nota el cambio y está a punto de preguntarle lo que ocurre, pero él se adelanta:
—He pedido que preparen el desayuno. Quería avisarte para que te alistes.
Con eso, la conversación concluye, y ella, sintiendo hambre, se apresura a prepararse para el día.
El tren que partirá de Loch Awe hacia Inglaterra sale a las tres de la tarde, así que acuerdan que Matilda viajará en un coche de alquiler hasta la estación, mientras Ewan la acompaña cabalgando a su lado en Bonito, cumpliendo su promesa de velar por ella hasta el último instante.
Después del desayuno, pasean por el pequeño pueblo y visitan la capilla para encender velas por el alma de William Graham. El silencio del lugar, la luz agitada de las velas y las oraciones expresadas, crean una atmósfera sagrada de mucho respeto.
Al salir, caminan por las calles tranquilas de Nordrich.
En el mercado del pueblo, Ewan le compra un pequeño racimo de uvas.
Matilda las lava con agua fresca de la fuente pública y, con una sonrisa tímida, le ofrece unas entre sus dedos y Ewan las acepta.
Cuando se encuentran en pasillos de piedras solitarios, él, conmovido por sus sentimientos, no logra contener el impulso de tomar suavemente su mano.
Ella se sobresalta, pero en esta ocasión, lo mira con coquetería y mueve sus dedos, apenas temblando, los entrelaza con los suyos y ese sencillo gesto lo atraviesa por completo.
—Matilda… —murmura, con una emoción que no logra disimular.
Los párpados de Ewan descienden apenas, pesados por sus sentimientos, Matilda lo atestigua y un cálido destello ilumina sus ojos.
“Dios mío. Me mira con tanto amor. ¿Será que me…? No, no lo creo. Pero parece. Lo mejor es mantenerme serena y recatada”, piensa perdida, como le pasaba en su infancia. Era como si el mundo se detuviera.
Ewan está muy conmovido por el momento tan único y especial junto a Matilda. Desea besarla y se inclina, lo suficiente para que ella sienta su respiración. Matilda cierra los ojos un instante, como si esperara algo que no se atreve a pedir.
Pero él se contiene, no la comprometerá en público. Lo hace por ella. Por su honor. Por lo que siente.
En lugar de un beso, Ewan roza su mejilla con el dorso de los dedos, un gesto tan tierno que la deja sin aliento.
—Gracias por quedarte conmigo —susurra haciéndola abrir sus ojos.
Ewan aprieta su mano con suavidad, y ese gesto, basta para ella.
El tiempo pasa rápido y Ewan le ayuda a Matilda a abordar el servicio de transporte. Luego monta a Bonito y la sigue de cerca. Durante el trayecto, sus miradas se encuentran muchas veces, cargadas de algo que ninguno sabe nombrar, pero que ambos sienten crecer.
Llegan al rótulo desgastado de Nordrich. Este lugar siempre será especial para Matilda. En su maleta guarda la rosa amarilla que él le dio por la mañana. Piensa escribir sobre ella en su diario, entre los recuerdos más hermosos que ha vivido.
Confesiones en Loch Awe
Al llegar a Loch Awe, deciden almorzar en un restaurante elegante que Ewan conoce bien.
Sentados frente a frente, conversan sin esfuerzo.
Ewan, que no suele hablar mucho, se abre con una sinceridad que sorprende a ambos.
Le cuenta sobre su familia y su vida en el campo de Nuilthorach.
Matilda escucha con atención, imaginando su mundo.
Falta menos de diez minutos para que Matilda parta, y Ewan sabe que debe tocar el “importante tema”. Extiende su mano sobre la mesa y toma la de ella. Matilda siente un estremecimiento recorrerla.
—Mati… amor mío —dice él, con la voz cargada de emoción—. No entiendo cómo ha pasado esto. Estoy tan sorprendido como tú, por lo que nos está sucediendo.
Ella intenta retirar la mano, temerosa por lo que pueda escuchar, pero él la sostiene con suavidad.
—Por favor, mírame. Es importante.
Matilda levanta la vista, y Ewan continúa:
—Con la muerte de mi padre y estando tan cerca de ti…
, pude conocer la dulzura de tu corazón.
Esa dulzura que consoló el mío. Me enamoré de ti en un instante.
Cuando supe que te habías marchado, no lo soporté.
Sentía que te necesitaba. Mírame, vine a buscarte casi sin pensar.
Y cuando… cuando estábamos tan cerca aquella noche, sentí que perdía la cabeza.
Perdóname por eso. Te prometí honrarte, y lo haré. Siempre.
Ewan hace una pausa, observando a Matilda con la esperanza de encontrar en su rostro alguna señal de comprensión. Pero al ver sus ojos azules llenarse de lágrimas, se inquieta profundamente y decide detenerse.
—Oh, no, no, amor mío. Por favor, no llores, mi dulce Mati. Esa no es mi intención…
Ella parpadea un par de veces, permitiendo que las lágrimas acumuladas fluyan al fin. Ewan, conmovido hasta lo más hondo por verla así, suelta su mano para sacar un pañuelo y se lo ofrece. Matilda lo toma y se limpia con delicadeza.
—Ven aquí, mi amor —dice Ewan, levantándose para acercarse a ella.
En medio de aquel lujoso lugar, convenientemente desierto, Matilda se apoya en su pecho y él acaricia sutilmente su espalda por unos segundos. Ella desea mirarlo y eleva su rostro; Ewan toma el pañuelo de sus manos para secar sus lágrimas, él mismo.
El reloj de péndulo del restaurante marca la hora con un campanazo grave. El tren está por partir. Ewan sabe que debe decirle lo importante, pero no quiere parecer impulsivo ni irrespetuoso.
—Mati, perdóname. Tal vez no estabas preparada para escuchar algo así. No quería lastimarte, mi amor. Lo que quería decirte era…
—Te amo, Ewan —lo interrumpe ella, abrazándolo con fuerza.
Sus palabras destrozan el corazón de Ewan.
Se siente el hombre más miserable y villano del mundo.
Sabe que sus intenciones iniciales no eran loables, ni honorables, ni sinceras.
Todo era un engaño, y ahora que la tiene en sus brazos y ha escuchado sus palabras, se arrepiente profundamente.
Ya no puede hacerlo y no lo hará, no podrá…