Una Rosa para Matilda: De la Rosa a la Luz Capítulo 3 #4
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Capítulo 3 #4

Pero Nordrich no está tan cerca como esperaban.

Caminan durante largo rato sin ver señales de vida.

El camino se vuelve más oscuro, la vegetación más tupida, la noche más fría y profunda.

Ewan siente la tentación de regresar, pero sabe que sería aún más peligroso.

Finalmente, unas luces titilantes aparecen a lo lejos, y ambos respiran aliviados.

Un gran arco de piedra, iluminado por gruesas antorchas, les da la bienvenida. El lugar es sorprendentemente hermoso.

—Ewan, es precioso aquí. ¿Conocías este sitio? —pregunta Matilda.

—No, no tenía idea de que existía —admite él.

Ambos sonríen, aliviados. Ahora sí encuentran personas a quienes preguntar. Aunque los lugareños parecen respetables, muestran cierta desconfianza hacia ellos. Sin embargo, la gracia natural de Matilda y su encanto innato suavizan las miradas, y pronto obtienen la información que necesitan.

Llegan a una posada llamada Mírame, Tommy, un nombre que les provoca una sonrisa cansada. Al entrar, Matilda toca el pequeño timbre del mostrador para llamar la atención del hombre que duerme profundamente con las piernas apoyadas en la repisa.

—Lo siento, solo tenemos una habitación con dos camas. Mi esposa invitó a su familia estos días, y como no es fin de semana, creímos que no ocuparíamos las habitaciones —dice el hombre, aún medio dormido, sin esperar siquiera a que pregunten.

Matilda le sonríe serenamente.

—Oh, no hay problema. Compartiremos la habitación; somos hermanos. No creo que mi hermano quiera dormir en la calle —dice, agotada, pensando en Ewan, que ha caminado todo el trayecto.

Ewan sonríe para sí. “Tercera vez que somos hermanos… vaya avance en el plan del cortejo. ¡Qué ironía!”, reflexiona.

—La habitación no es muy grande, pero estarán cómodos —añade el posadero mientras los guía escaleras arriba—. Nadie viene a este pueblo un martes. ¿A quién se le ocurre venir aquí un martes? A menos que se trate de enamorados… pero, en fin… Bienvenidos, y que descansen.

Una vez dentro de la habitación, cierran la puerta y quedan en silencio.

Matilda toma su maleta de la mano de Ewan y se dirige al pequeño cuarto de baño para cambiarse.

Ewan se sienta en la cama y comienza a quitarse las botas, luego su chaqueta de viaje, su chaleco y finalmente la camisa.

Su alma empieza a pesarle. Debería estar en las oraciones por su padre, pero está aquí, conteniendo su pena para no angustiar a Matilda.

Nada de esto es culpa de ella; toda la responsabilidad es suya, y eso lo hiere aún más.

Unas lágrimas se deslizan por su mejilla, y las limpia rápidamente al escuchar que Matilda regresa. Se recuesta de lado, dándole la espalda, esperando que ella no note nada.

—¿Ewan? ¿Te encuentras bien? ¿Quieres cenar algo? Yo casi no como de noche, pero si tú quieres, puedo pedir que nos preparen algo.

—No, Mati. Estoy bien. No tengo apetito —responde él, pero su voz se quiebra.

Matilda lo percibe de inmediato y se le conmueve el corazón. Corre hacia la cama y se sienta a su lado. Con delicadeza, apoya la mano en su espalda y lo acaricia con ternura.

—No lo estás, Ewan, y lo sé. Por favor, perdóname… Todo esto es mi culpa. Te perdiste las oraciones de tu padre por mi causa. Lo siento tanto…

Al escucharla sollozar, Ewan se incorpora de inmediato y se sienta junto a ella.

—No digas eso. Agradezco al cielo que estés conmigo esta noche, Mati. No me has dejado en este tiempo de oscuridad, y no sé qué haría sin ti. Eres mi consuelo. Y te lo juro… nunca olvidaré lo que haces por mí.

Ella lo mira en silencio, directamente a los ojos. Luego, con un gesto tímido pero decidido, aparta unas hebras de cabello de su frente y seca las lágrimas que aún brillan en su piel. Sus dedos rozan su mejilla con una suavidad que lo deja inmóvil.

Matilda admira la belleza de su rostro, y sabe que su corazón no podrá pertenecer a nadie más. No quiere verlo sufrir. No quiere que esos ojos verdes sigan llenos de dolor. Su mirada baja, casi sin querer, hacia los labios de él.

Ewan siente que el aire se detiene. También mira los labios de ella, sorprendido por la fuerza con la que desea acercarse.

—Mati… —murmura, apenas audible—. Prometo honrarte. Te lo prometo.

Siente que su promesa es necesaria y verdadera. Se inclina hacia ella, despacio, como si temiera romper algo sagrado. Matilda, espera, observa. Sus respiraciones se mezclan. Sus frentes casi se tocan. Sus labios quedan a un suspiro de distancia, tan cerca que el mundo parece detenerse.

Matilda cierra los ojos un instante, temblando por la cercanía, por lo que podría ocurrir si ninguno de los dos se detuviera. Ewan contiene el aliento, consciente de que, si avanza un milímetro más, ya no habrá vuelta atrás.

Él apoya su frente contra la de ella, en un gesto íntimo, profundo, lleno de un cariño que no necesita palabras.

—Gracias por quedarte conmigo —susurra—. Perdóname, Mati… no puedo perder la cabeza contigo. No. Contigo no. Discúlpame…

Se levanta de inmediato, toma su camisa, la mira una vez más —hermosa, con brillo en los ojos— y decide salir de la habitación.

Matilda queda sola, inquieta, confundida y profundamente enamorada. Un silencio la envuelve. Siente que algo crece entre ellos, inevitable y poderoso, nacido en este antiguo pueblo como las montañas que rodean Nordrich.