Capítulo 3 #3
Matilda observa las marcas de las ruedas del carruaje que la llevaría a su hogar y comprende que Ewan es el responsable de que no esté pasando.
Decide ignorarlo. Olvida su maleta y comienza a caminar deprisa, siguiendo el rastro del carruaje.
Ewan la llama varias veces, sin obtener respuesta.
Entonces, Ewan tira de Bonito, que ya lleva la maleta amarrada, y corre tras ella.
—Mati, espera. Detente. ¿Qué haces? Sabes que no es seguro aquí. Debemos volver. Te lo ruego, hazme caso.
La alcanza, toma su mano y la gira con suavidad. Matilda se incomoda por el contacto, y retira su mano con suavidad.
—Por favor, Mati. Recuerda todo por lo que he pasado hoy.
¿Acaso no tienes compasión? Pronto serán las oraciones por el alma de mi padre; quería estar allí a tiempo.
Pero mírame aquí. He venido a llevarte a casa…
digo, a mi casa —suplica Ewan, y la sinceridad que brota de su voz llega directamente al corazón de Matilda.
Después de escucharlo, una parte de ella quisiera darle una oportunidad. No puede ignorar que ahora la trata de una manera distinta, más cercana, más humana… pero aun así duda.
—Ewan, lo lamento mucho. No quiero causarte ningún inconveniente, pero no creo que sea apropiado —dice con inseguridad, bajando la mirada mientras sus dedos juegan nerviosos entre sí.
Sabe que debe explicarse, aunque le resulte difícil—.
Mira, Ewan… es complicado decir esto, pero necesito que lo entiendas.
Vi a Luisa llegar, y no quería estar ahí por… por eso…
Ewan la observa con una tristeza profunda, sintiendo al mismo tiempo una ternura inmensa por ella.
En ese instante, si existiera alguna posibilidad de enamorarse de Matilda, sería ahora.
Se acerca despacio, posa una mano suave bajo su barbilla y levanta su rostro.
Matilda es verdaderamente hermosa, y él no lo había visto con claridad hasta este momento.
Queda cautivado por la delicadeza de su nariz, por la suavidad natural de sus labios rosados y sobre todo, por el azul de sus ojos, como un mar profundo, incluso ahora, empañados por la incertidumbre; Aunque siempre ha sido atlética y aventurera, conserva una feminidad que Sonja ha cultivado en ella con esmero.
—Te entiendo, Mati. Pero no te preocupes por eso. Luisa y yo ya no estamos juntos desde hace mucho tiempo. Ella vino por cortesía; tenía aprecio por mi padre y por mi tío, nada más.
—Y… ¿por ti? Seguro que también por ti —murmura Matilda, aún sorprendida por lo escuchado.
—Probablemente. Pero fui claro con ella. Espero que lo haya entendido. Y no tienes que preocuparte.
—Aun así, Ewan… ella te quiere. Yo no debería estar allí.
—¿Por qué no? ¿Qué tiene de malo?
Matilda no puede decirle que Luisa sabe que ella lo ama —o lo amaba—, y que podría pensar que se alegra por su ruptura. Eso sería espantoso; ella no es así.
—No puedo decirte. Lo siento, Ewan. Es mejor que regreses; no pierdas las oraciones por el alma de tu padre por mi culpa. Yo seguiré mi camino. Estaré bien. Te lo aseguro. Vete… en serio… regresa tranquilo, estaré bien…
Su dulce voz se pierde en el largo y solitario camino que se extiende frente suyo. Un sendero que parece no llevar a ninguna parte.
Un gavilán planea a lo lejos, en un cielo que se vuelve cada vez más gris, y su chillido anuncia su regreso al nido. Matilda entiende que pronto anochecerá y, por más diestra que sea, no logrará continuar sola.
—¿Mati? ¿De verdad no volverás?
Ella guarda silencio. Ewan se siente avergonzado por haberla puesto en esta situación. Su plan ha resultado mediocre, mal calculado, por no decir desastroso. Debió haberlo consultado con Kever; él habría sabido qué hacer, pero no tuvo tiempo.
—Perdóname por todo esto, Mati. Es mi culpa. Mira… hagamos esto: te llevaré a un lugar seguro, y mañana temprano te pondré en la diligencia para que llegues sana y salva a casa. ¿Está bien?
—¡Oh no, Ewan! Debes volver. No puedes perderte las oraciones por el alma de tu padre.
—Ronn y mi tío lo harán por mí, te lo aseguro. Además, todo esto es mi culpa y no puedo dejarte sola. Si algo te pasara, tu hermano y tu padre me matarían… y, la verdad, yo tampoco me lo perdonaría.
—¿Harías eso por mí?
En Nordrich
Emprenden el camino hacia Loch Awe, aunque Ewan sabe que no lo lograrán; están demasiado lejos, y al paso que llevan nunca llegarán a tiempo.
Él permanece alerta a cada ruido, cada sombra, cada movimiento entre los árboles, preocupado por la posibilidad de encontrarse con bandidos.
No está armado; jamás imaginó que algo así ocurriría.
Poco a poco, el día se oscurece. Matilda va sobre Bonito y Ewan camina a su lado. Avanzan muy despacio; no encuentran a nadie en el camino y ninguna casa donde preguntar. Finalmente, distinguen un rótulo con letras borrosas que apenas permiten leer un nombre: Nordrich.
—¿Te parece si vamos a este pueblo a preguntar por hospedaje para pasar la noche? No es conveniente que estemos en medio del camino a altas horas —sugiere Ewan.
—Sí, creo que es lo mejor. Vamos —responde Matilda.