Una Rosa para Matilda: De la Rosa a la Luz Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

Alarmado, Ronn regresa al estudio e interrumpe la difícil conversación entre Ewan y Luisa, para informarle en privado lo sucedido con Matilda.

Ewan le pide que se encargue de Luisa, quien no tiene más remedio que desahogarse con Ronn.

Él la escucha pacientemente unos minutos, luego se disculpa y va en busca de Magna para pedirle que prepare un té calmante y le asigne una habitación a la sufrida Luisa.

Espera que pueda partir en un par de horas, o a lo sumo al amanecer.

Hará todo lo posible para evitar que se encuentre con Matilda cuando regrese.

Mientras tanto, Ewan prepara uno de sus caballos y sale a toda velocidad en busca de Matilda. No puede permitirse perderla ahora, especialmente después de haber decidido casarse con ella para asegurar lo que su padre, por excesiva confianza, perdió.

Ewan cabalga a toda velocidad y llega pronto a la intersección, la diligencia pudo tomar cualquiera de los dos caminos. Tiene poco tiempo para arriesgarse a tomar el camino equivocado. Observa a un muchacho que caminaba por ahí y le pregunta si había visto pasar un carruaje y en qué dirección.

—¡Oh! ¡Sí! ¡Sí lo vi! —responde emocionado—. Se detuvo porque una generosa señorita llamada… ¡Oh, cielos! ¡Creo que olvidé el nombre!

—¿Matilda? —sugiere Ewan.

—¡Sí, exacto, Matilda! Ese es su nombre… —el muchacho golpea su puño contra la palma, celebrando recordar—. Me dio una moneda y me pidió entregar un mensaje a su hermano. Su nombre era… ¡Rayos! También olvidé su nombre.

—¿Nicholas? —vuelve a sugerir Ewan.

—¡Ese es, Nicholas! ¡Muchas gracias, señor! —dice el joven, sonriendo con sus dos enormes dientes frontales.

—Bien, muchacho, ¿cuál es el mensaje? —pregunta Ewan con urgencia.

—Pero el mensaje es para él, señor. No puedo dárselo a usted. Debo ir a buscarlo a Nuilthorach —responde el adolescente.

Ewan siente la frustración subirle por la garganta, pero respira hondo.

—Hoy es tu día de suerte, amigo. Yo soy Nicholas, aquel a quien buscas. Así que dime el mensaje de mi hermanita —dice, sacando una moneda para motivarlo—. Por favor, me urge saberlo.

El muchacho se ilumina ante la posibilidad de ganar otra moneda, pero su expresión cambia de pronto.

—¡Oh, rayos! No lo recuerdo bien. Era algo sobre irse, no preocuparse y… la razón, no la recuerdo —dice angustiado.

—Eso es suficiente —concluye Ewan, entregándole la moneda antes de partir a toda velocidad—. Tomó este rumbo, ¿es así?

El joven agita su cabeza afirmándole y contemplando sus dos monedas ganadas.

Pronto, Ewan avista una nube de polvo en la carretera, levantada por las ruedas del carruaje y a pesar del profundo luto que lo consume, se alegra mucho.

Empuja a su caballo a más velocidad, rebasando al carruaje y pide al cochero que se detenga, pero este azota a los caballos, creyendo que se trataba de un asalto.

El ayudante del cochero saca una escopeta y apunta hacia Ewan.

Matilda, mirando desde dentro de la caleza, se da cuenta del peligro que corre Ewan, entonces interviene con voz firme para que detengan el carruaje, nuevamente:

—¡Alto! ¡No! ¡No disparen! Yo lo conozco. ¡Por favor, detengan el carruaje!

Los hombres, al escucharla, bajan el arma y calman gradualmente a los caballos, que estaban agitados por el cambio repentino de velocidad y urgencia.

Cuando finalmente se detienen, Ewan desmonta y el cochero también baja, pero antes, arrebata la escopeta de las manos de su ayudante y camina furioso para enfrentarse al impertinente jinete. Él mismo apunta con el arma a Ewan, muy furioso por el peligro en que puso a sus pasajeros y la diligencia.

—¡Ahora sí, dígame! ¡¿Quién se cree usted que es para interferir de esta manera en una diligencia oficial?! ¡¿Bajo qué jurisdicción pretende usted interferir en esta operación?!—amenaza el cochero, muy envalentonado con su arma.

Ewan, sin saber qué responder, solo levanta cauteloso sus manos, mientras Matilda sale del carruaje y se coloca entre la escopeta y Ewan, adoptando una posición protectora.

Ewan quiere quitarla de en medio; no le agrada que se exponga por su culpa.

Pero con voz dulce y serena, ella le pide al cochero disculpas por el malentendido:

—Por favor, discúlpelo, buen hombre. Es mi hermano Nicholas. Todo esto es mi culpa. Me vine sin su permiso y Nicholas es muy sobreprotector conmigo. ¿Recuerda usted que le envié una nota? De seguro la recibió y vino a buscarme. ¿Verdad, hermanito?

Él se sorprende por su habilidad para calmar al cochero.

—Así es, así es. Verá, señor, estaba… estoy muy preocupado por ella. Por… por mi hermana y cuando recibí la nota… —responde Ewan, aclarando su voz, para no saber más que decir.

Luego, se le ocurre rodar los ojos imitando el gesto característico de Nicholas cuando se sentía exasperado. Al verlo, Matilda controla una carcajada por su respuesta y gesto.

El cochero comprende la situación y más bien siente admiración y respeto por el joven, valorando su responsabilidad y protección hacia su "hermana".

El cochero baja finalmente la escopeta y la tensión comienza a bajar.

Matilda sonríe aliviada, convencida de que ha logrado tranquilizar a aquel buen hombre, mostrándole que Ewan no representa ninguna amenaza.

El hombre cambia el tono, se acerca y coloca su tosca mano sobre el hombro de Ewan.

Ahora, él puede respirar aliviado al ver que la situación ya estaba bajo control.

—Muy bien hecho, muchacho. Lo correcto es lo correcto. Lo honorable siempre debe prevalecer. Hay que cuidar a las hermanas, y más en estos tiempos, cuando algunos comportamientos dejan mucho que desear. Bueno… en fin. ¿Qué harán ahora? La diligencia debe continuar; hay pasajeros esperando.

Matilda observa a los viajeros asomados por las ventanas del carruaje, todos muy curiosos y claramente entretenidos con lo ocurrido. Sabe que la interrogarán durante el resto del camino hasta agotarla. Está a punto de decir que continuará con ellos cuando Ewan interfiere:

—Ella se queda conmigo. No se separará de mí. Nuestro padre me pedirá cuentas si no la protejo. Ya lo conoces, Mati —dice, y luego añade, mirándola directamente—: A mi lado es donde debe permanecer…

La frase suena tan hermosa que todos los presentes la reciben con una mezcla de ternura y solemnidad. Sus miradas se encuentran, y por un instante parece que Ewan habla desde lo más profundo de su alma. Pero entonces recuerda que, según su historia improvisada, él es su “hermano”.

—Digo… para cuidarla —corrige, aclarando la voz.

Matilda intenta protestar, pero el ayudante del cochero, muy atento, ya ha soltado la cuerda que sujeta su maleta en el techo del carruaje. Ewan colabora con entusiasmo y ambos bajan el equipaje.

—No deberían quedarse mucho tiempo por aquí —advierte el cochero—. Lo mejor es que regresen ya, o les caerá la noche encima. Hay rumores de hombres sin patria ni señor, bandoleros, gente de mal vivir… incluso algunos gitanos con prácticas extrañas. Será mejor que se apresuren.

La diligencia se aleja y Ewan y Matilda quedan solos en medio del camino de tierra, rodeados por un bosque silencioso donde solo se escucha el canto de algunos grillos, el susurro del viento y el trinar lejano de un ave.

Se miran en silencio durante unos segundos, y Matilda percibe en Ewan una tristeza profunda…

pero también algo más. Él nunca la ha mirado así.

Ella baja la vista hacia sus manos, confundida.

Sin perder tiempo, Ewan corre a buscar a su caballo, Bonito, y Matilda intenta comprender lo que está ocurriendo. “No me montaré con él en un solo caballo. No es apropiado. ¿Qué está haciendo aquí? ¿Qué pretende? ¿Qué pasó con su novia, la tal Luisa? “

Ella había visto a Luisa llegar, por eso decidió marcharse. No pudo avisar a Nicholas; solo supo que la diligencia estaba por partir, tenía que abordad. Luego suplicó al cochero que se detuviera cuando vio al muchacho y poder enviarle su mensaje con él.

Mientras piensa en todo ello, ve a Ewan regresar montado en Bonito.

—Listo, Mati. Ven… sube —dice, ofreciéndole la mano.

Pero Matilda mira su equipaje, y Ewan comprende de inmediato; baja del caballo para recogerlo.

—Creo que solo podrán ir en Bonito tú y la maleta. Yo caminaré. Vámonos ya, o se nos hará muy tarde.

Matilda no reconoce a este Ewan. No es el muchacho distante que apenas le dirigía una palabra y que siempre la miraba con desdén.

Desde hace un par de días lo nota distinto, pero ahora…

ahora es otro hombre. Ha llegado hasta allí para detenerla y llevarla de vuelta, como si su presencia fuera indispensable o importante para él.

Matilda, perspicaz, sabe que algo sucede. Él no debería estar ahí.

—Ewan, ¿estás bien?

—Sí. ¿Por qué? —pregunta él algo inquieto, temiendo que se desvelen sus intenciones.

—¿Por qué estás aquí? ¿Por qué no me dejaste ir? —insiste ella, cada vez más intrigada—. ¿Sabes que no volveré? ¿Verdad?

—¿Por qué no, Mati? Tu hermano aún está en la casa; se preocupará por ti.

—Le envié un mensaje. Le pagué a un muchacho para que se lo llevara.

—No lo recibirá, te lo aseguro.

—¿Y cómo sabes eso?

Ewan saca la nota del bolsillo.

—Porque el mensaje me lo dio a mí, creyendo que yo era él.

Matilda abre los ojos y se cubre la boca, sorprendida.

—¿Lo engañaste? —pregunta, incrédula.

—Tú engañaste al cochero. ¿Recuerdas? —responde él, señalándola.

—Vamos, Mati. Se nos hace tarde. Debemos volver, y ya los escuchaste: el camino es peligroso, hay bandidos y demás. Ven —exige, ya irritado.

Le extiende la mano para ayudarla a subir, pero ella retrocede, negándose. Él la mira con impaciencia y piensa que esto no va bien, que lidiar con ella será más difícil de lo que imaginó.