Una Rosa para Matilda: De la Rosa a la Luz Capítulo 3
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Capítulo 3

¿A esto se le puede llamar amor?

Cómo ya se había planeado, sus amigos, incluida Matilda, deciden acompañar a Ewan hasta sus tierras en Nuilthorach, un pequeño pueblo con una historia que se remonta a siglos atrás.

Fundada por viajeros de tierras lejanas, es un lugar místico, escondido entre colinas verdes y perpetuamente cubierto por una densa neblina.

Está rodeado de bosques y montañas antiguas, ubicado a pocos kilómetros de Loch Awe, en Escocia.

Las pocas casas de piedra que posee el pueblo se agrupan alrededor de una iglesia centenaria, y el castillo de la familia Graham se alza unos kilómetros al sur, imponente y silencioso.

Su nombre evoca leyendas olvidadas, relatos de antiguos dioses que, según los lugareños, alguna vez caminaron por sus senderos.

Nuilthorach.

Matilda, acompañada por su hermano mayor, está presente en el sepelio del padre de Ewan.

Nunca dejarían solo, a un amigo de la infancia, en un momento tan triste, sin importar lo remoto del lugar.

Ewan, Ronn y su único tío, Samuel Graham, visten el tradicional kilt, completando el atuendo con chaleco, banda, medias altas y camisa blanca, en honor al funeral de su padre.

Samuel, un lobo solitario, hermano mayor de William y tío de los muchachos, se crio junto a él en estas lejanas tierras.

Se casó solo una vez, pero su esposa murió en el parto, al igual que su hijo, dejándolo devastado.

Nunca volvió a enamorarse y amaba a su hermano, al igual que a sus sobrinos.

Los consideraba como si fueran sus propios hijos.

Faltan pocos minutos para el mediodía cuando las notas melancólicas de las gaitas se elevan desde las rocas altas, como lamentos esparcidos al viento.

La música envuelve el ambiente con una tristeza profunda, invitando a los presentes a reflexionar sobre la pérdida de un hombre querido, no solo por su familia, sino por todo Nuilthorach.

Los amigos escoceses, Kever y Lester, también lucen sus trajes tradicionales y contribuyen al transporte del féretro, con paso firme y respetuoso, hasta el cementerio, donde finalmente, los restos de lord William Graham encontrará su descanso eterno al ser depositado en la tierra.

La ceremonia, es guiada por el sacerdote, quien ofrece plegarias sinceras para que el alma de William encuentre la paz.

Pero Ewan no puede evitar preguntarse si su padre realmente descansará en paz .

Las últimas palabras de William resuenan en su mente con insistencia: “—Reclama las tierras de Mécheter para que pueda descansar en paz. He invertido todo el dinero que era para ti y Ronn…”, le parece escucharlo una y otra vez.

—Lo haré, padre, lo haré. Te lo prometo. Haré que puedas descansar en paz —murmura entre sollozos, mientras lanza una rosa al ataúd cuando desciende a la profundidad de la tierra.

Ewan no puede controlar el llanto por esta difícil pérdida.

Sin importarle que Matilda, quien lo llamó “bebito”, esté presente para atestiguarlo.

“Matilda, solo pienso en ti. Ni siquiera en este suplicio puedo sacarte de mi cabeza. … Debe ser una señal. Eres la pieza que falta para que mi padre pueda descansar… en paz” , piensa.

Su mente es un torbellino de pensamientos, recuerdos y temores.

No puede olvidar las palabras de su padre, ni la reciente y significativa aparición de Matilda en su vida.

Después del funeral, Ewan abandona rápidamente el camposanto, se dirige al castillo y entra al estudio de su padre.

Ya fue suficiente de lamentos y condolencias.

Durante la ceremonia lo ha pensado, lo ha meditado, lo ha planeado.

Sabe lo que hará para que su padre descanse en paz y es hora de actuar.

Manda a llamar con urgencia a su hermano y tío, este último, ahora señor y heredero de la mansión.

Ambos entran estrepitosamente al estudio, preocupados por la urgencia del llamado. Instintivamente cierran la puerta con llave y se acomodan en los asientos.

—¿Qué sucede, Ewan? ¿Qué es tan urgente para que nos saques así del camposanto? —pregunta Ronn, visiblemente inquieto.

Ewan lo detiene con su mano y mira a su tío.

—Tío… ¿cuánto tiempo debe pasar, tras enterrar a mi padre, para que pueda casarme?

Samuel lo observa, desconcertado, y luego mira a Ronn, buscando alguna explicación. Ronn está igual de sorprendido.

—¿Casarte? ¿Casarte con quién? ¿Con Luisa? Ni siquiera está aquí contigo. ¿No habías dicho que ya no querías nada con ella? —pregunta Ronn.

—Te lo explicaré en un momento —responde Ewan, sin apartar la vista de su tío—. Dime, tío…

Samuel se rasca la barba, confundido.

— Eeeeh … no lo recuerdo, hijo. Déjame pensar…

—Un año —interviene Ronn—. El luto debe durar un año tratándose de nuestro padre. Eso dice la ley. Y es lo correcto.

—Demasiado tiempo —se lamenta Ewan.

—Por el amor de Dios, Ewan. ¿Puedes explicarte? ¿Por qué quieres casarte? ¿Qué sucede? —insiste Ronn, exasperado.

Ewan respira hondo y narra lo acontecido en los últimos minutos de la vida de su padre. Les repite palabra por palabra lo que William le dijo. Luego añade, con voz grave:

—Sé que el conde Clarke dejó las tierras de Mécheter como dote para su hija, para cuando se casara.

Eso quiere decir que el conde no tiene ninguna intención de devolvernos lo que nuestro padre invirtió para el negocio del aserradero.

Ahora, ella está aquí. Es algo totalmente inesperado para mí.

Ella siempre… siempre ha estado enamorada de mí.

¿Comprenden? Nos ahorraríamos enfrentarnos al conde.

Tú estás estudiando leyes, Ronn; sabes lo que eso conlleva.

Nuestro padre me advirtió que el conde intentaría ocultar los documentos, la evidencia, y nos dejaría sin nada. Mi padre confiaba en él y…

—Pero nuestro padre debe tener copia de todo —interrumpe Ronn.

—¡No! ¡No la tiene! Yo estaba presente cuando firmaron los documentos.

El conde le dijo a nuestro padre que después su abogado le haría llegar una copia, pero mi padre me advirtió que nunca se la envió.

Casi puedo apostar que lo planearon así.

¡Ach nae! Mira, ya revisé todo. Estoy seguro —afirma Ewan, sosteniendo el estuche que contenía los documentos legales de su padre.

El silencio que sigue es denso, casi palpable.

Ronn, se levanta y camina con sus manos en la cintura, mirando el suelo de piedra lujada y Samuel aprieta los labios.

Ewan comprende sus reacciones y respira profundo para calmarse.

Arroja el estuche de cuero sobre el escritorio y exclama con frustración:

—Un año es demasiado, Ronn. Pronto su padre casará a Matilda con alguien más, y apuesto a que obligará a su abogado a desaparecer los documentos… ¡Ach nae! Eso también me lo dijo mi padre. Debemos actuar de inmediato —anuncia apuntando con su índice a su hermano.

—Podrían ser seis meses, pero igual es mucho tiempo —aporta Ronn, intentando mantener la calma.

—Pero es menos tiempo. Podría conquistarla y hacer algo atrevido con Mati. Siendo la consentida de su padre; él hará todo lo que ella le pida, y ella hará todo lo que yo le pida —dice Ewan con un tono más decidido, casi temerario.

Samuel lo mira con el ceño fruncido, profundamente preocupado.

—¡Un momento! ¿Qué planeas, hijo? No aceptaré ningún comportamiento deshonroso de parte de ninguno de ustedes. Ambos son caballeros honorables. ¡No! No lo toleraré.

—No será deshonroso si finalmente honro a la dama, tío.

¿No es cierto? Además, no es nuestra culpa.

Si el sinvergüenza del conde Clarke fuera honesto, nada de esto sería necesario.

Recuerda que me estoy comprometiendo contra mi voluntad.

Tío, por mí, mandaría a la pocilga al conde y a su hija, pero se trata de la herencia de Ronn y mía, y… del descanso eterno de mi padre.

—Aun así, no estoy de acuerdo. No quiero que actúes de manera deshonrosa…

—Yo sí estoy de acuerdo. Estoy contigo, hermano. Estamos juntos en esto.

—Bien… Comenzaré con el cortejo esta misma noche, en las oraciones por el ánima de nuestro padre. Le pediré perdón si estoy obrando mal, y le diré que lo hago por amor y para que pueda descansar en paz.

Samuel lo observa con una mezcla de tristeza y desconcierto.

—Si a esto se le puede llamar “amor”. No lo sé, hijo, no lo sé.

—Tienes razón tío, pero al igual Ewan. Además, es…

Ronn es interrumpido por fuertes golpes en la puerta, seguidos por una voz femenina que ninguno desearía escuchar en ese momento.

—¿Ewan, amor mío? ¿Estás ahí? —pregunta Luisa desde el otro lado.

Ronn y Ewan se miran. Samuel se levanta con expresión de disgusto.

—Yo estoy fuera de esto. A mí no me involucren. Y si me entero de que hicieron algo indebido, se las verán conmigo…, los dos —advierte, abriendo la puerta de par en par para dejar pasar a la joven que, por nada del mundo, debería estar ahí.

—Hola, tío Samuel, lo lamento tant… —comienza ella, pero él pasa de largo sin mirarla, consumido por el dolor de la pérdida.

—Gracias por tu visita, Luisa. Eres muy amable por venir a darnos el pésame. Pasa, adentro está Ewan —dice Ronn con cortesía, aunque sabe que la conversación será devastadora para ella.

Ronn se dispone a atender a los invitados de Ewan, pero la servidumbre ya se ha encargado de todo. Los visitantes se quedarán un par de días para acompañarlos en las oraciones antes de partir, en el caso de Nicholas y Matilda, a Inglaterra.

—¿Y a Matilda? ¿Qué habitación le asignaste? —pregunta Ronn.

—¿A quién, joven Ronn? —responde Magna, el ama de llaves.

—A la señorita que venía con los caballeros, Matilda.

—¡Oh no! No acomodé a ninguna señorita. Solo eran cuatro caballeros, y se quedarán dos en la habitación este y dos en la otra. Lo lamento, señor, es lo que sucedió —explica, preocupada.

—Está bien, querida Magna, no te angusties.