Capítulo 2 #3
Matilda asiente con una sonrisa leve, aliviada de verlo recuperar un poco de serenidad.
Ewan se levanta, limpia sus ojos y la mira intensamente, como si buscara algo profundo en su alma, algo que no sabe nombrar.
Matilda siente un estremecimiento. Esa mirada remueve su corazón y su espíritu.
Es el hombre que ha amado desde siempre, el mismo que le rompió el corazón, pero su amor por él sigue intacto, sellado con la inocencia de su juventud.
Sin embargo, recuerda lo que Sonja le enseñó: el amor no se fuerza. No se exige. No se reclama. Solo nace del alma.
Además, ella es consciente de que Ewan tiene novia.
Y Matilda jamás se entrometería en una relación ajena.
Ella tiene principios. Aun así, algo dentro de ella se ilumina: “Al menos no le disgusto. A pesar de que lo comparé con un bebé. ¡Oh, Dios mío! ¡Pobre Ewan! ¡Cuánto daría por borrar su dolor!... Lo amo tanto”.
Cuando Ewan intenta salir, Matilda lo detiene del brazo con suavidad.
—Por favor, Ewan… espera a que los muchachos te avisen cuando tu padre esté listo. No hace falta que te tortures más.
Él se detiene, la mira considerando sus palabras y asiente. Vuelve a sentarse junto con ella.
—¿Me servirías otra taza de té, por favor, querida Mati?
—Claro —responde ella.
Matilda corre a preparar otra taza y se la entrega.
Después de ese momento, la conversación se vuelve serena, casi íntima.
Ewan comienza a hablarle de su familia, de su ascendencia escocesa, de las costumbres que su padre les inculcó desde pequeños.
Le cuenta que asistió a la escuela naval, que siempre quiso ser marinero, pero que su padre deseaba que él se dedicara al negocio maderero.
Por eso estaba ahí, y estaba bien para él.
Habla de Ronn, su hermano menor, que apenas inicia la carrera de Derecho. Al mencionarlo, su voz se quiebra. Le duele pensar en cómo esta noticia lo afectará.
—Debo escribirles de inmediato —dice Ewan, con el alma rota.
Redacta la carta con manos temblorosas para que un empleado la lleve de inmediato a su tío y a su hermano, pero finalmente, no logra hacerlo. Luego, ambos guardan silencio.
A Ewan le llama la atención que Matilda mencionara a Luisa sin rencor.
Eso despierta en él una admiración inesperada.
Matilda también reflexiona. Le sorprende que Ewan no haya dicho nada cuando ella mencionó a Luisa.
Es evidente que él ha perdido el entusiasmo por esa relación y, la razón es que, Luisa lo ha acusado de infidelidades que no ha cometido.
Es injusta, hiriente y lo ha presionado para casarse.
Y lo que es peor: siempre habló mal de Matilda.
Antes no le importaba, pero ahora sí. Ahora le parece odioso.
Por su parte, Matilda es todo lo contrario: educada, noble, luminosa.
Y él lo ve. Por primera vez, lo ve. Y si Luisa supiera que Matilda está allí, en el campamento, estaría fuera de sí.
Pero Ewan ni siquiera sabía que ella vendría.
El destino la trajo. Y ella está allí para sostenerlo en el peor día de su vida.
Algo extraño ocurre dentro de él. Matilda no solo no le cae mal: le agrada, y mucho.
Kever entra a la cabaña, se acerca con paso firme, respetuoso, y se detiene frente a Ewan.
—Es hora, hermano —dice con solemnidad.
Ewan siente un escalofrío en su cuerpo y asiente. Se pone de pie y respira hondo. Matilda también se levanta, pero él le toca el brazo con suavidad.
—Quédate aquí, Mati. No quiero que veas esto.
Ella duda un instante, pero finalmente asiente.
Lo observa alejarse con Kever, Nicholas y los demás.
Cuando desaparecen entre los árboles, Matilda se abraza a sí misma.
Le duele mucho, sabe que Ewan llorará, y no quiere que ella lo vea.
Mira el cielo, ya no tan resplandeciente como en la mañana.
El sol ilumina el bosque con una luz pálida, como si también guardara luto.
En ese instante, Matilda comprende que nada volverá a ser igual para Ewan… y presiente, que tampoco para ella.
El regreso al campamento se siente pesado. Los muchachos cabalgan en silencio, procesando lo ocurrido y Ewan permanece con la mirada perdida. Cada paso está cubierto con la sombra de la tragedia y el peso de un dolor que aún no terminan de comprender.
Matilda permanece cerca de él, no invade su espacio, pero tampoco se aleja mucho. Se ha dado cuenta de que su sola presencia, lo conforta. No lo dejará solo.
Cuando Sonja los ve llegar y se entera de la noticia, se lleva las manos al rostro, horrorizada. Abraza a Matilda con fuerza antes de escuchar la historia completa. Ahora Matilda sí derrama las lágrimas contenidas y Sonja la tranquiliza como puede.
—Yo los acompañaré a tierra escocesa, nana. Te ruego que les expliques a mis padres. Diles que Nicholas cuidará de mí. Que regreso a casa en pocos días.
La noche cae sobre el campamento y un extraño silencio, se mezcla con la oscuridad.
Todos se han ido a descansar para partir muy temprano al día siguiente.
Pero Ewan acompañará a su padre durante toda la noche.
Permanece sentado frente a la cabaña, inclinado hacia adelante, con los codos apoyados en las rodillas, mirando un punto fijo en el fuego que arde para calentarlo.
Matilda se acerca despacio, sin querer sobresaltarlo, y como si temiera perturbar el espíritu del hombre que acaba de perder la vida.
Se sienta a su lado, y simplemente comparte el silencio con él, un silencio que pesa, pero que también acompaña.
—No sé cómo voy a decirle esto a Ronn —murmura Ewan, sin levantar la vista.
—¿No le enviaste la carta? —pregunta ella.
Ewan se la muestra. Ha estado jugando con ella entre sus manos.
—Llegaremos primero nosotros con nuestro padre fallecido que esta carta. Ninguno de los trabajadores sabe dónde vivo en Escocia. Además, no quería que recibieran la noticia de esta manera. Prefiero decirles yo mismo, pero no sé cómo…
—Lo sabrás cuando llegue el momento —responde Matilda con suavidad—. Tu hermano es fuerte, igual que tú.
—No me siento fuerte, Mati. No hoy.
—Nadie lo sería en tu lugar.
Ewan respira hondo, como si intentara absorber un poco de la serenidad que ella transmite.
Matilda lo observa de reojo, notando la tensión en su mandíbula, el temblor leve en sus manos, la vulnerabilidad que rara vez muestra.
Y, aun así, hay algo en él que permanece firme, una especie de dignidad silenciosa que la conmueve profundamente.
—Mi padre siempre decía que un Graham no se quiebra —dice Ewan, con una sonrisa amarga—. Pero creo que hoy lo contradije por completo.
—No te quebraste —responde Matilda, girándose hacia él—. Lloraste por alguien a quien amabas. Eso no es debilidad, Ewan. Es humanidad.
Él la mira entonces, realmente la mira, como si la viera por primera vez bajo una luz distinta.
Hay algo en sus ojos que la hace contener el aliento, una mezcla de gratitud, dolor y una chispa que no sabe identificar.
Matilda siente que el corazón le late con fuerza, pero mantiene la compostura, recordando que este no es el momento para confundir emociones.
—Gracias, Mati —dice él, apenas audible—. No sé qué habría hecho sin ti hoy.
—No tienes que saberlo, Ewan —responde ella—. Estoy aquí. Contigo…
El silencio vuelve a instalarse entre ellos, pero ya no es un silencio pesado. Parece que los envuelve y une. Que crea un puente invisible entre dos almas que, sin darse cuenta, comienzan a acercarse.