Capítulo 2 #2
—Ten cuidado, Mati querida. Dios te acompañe —grita Sonja desde la ventana.
—Lo tendré, nana —responde Matilda, alejándose al galope.
Willis, el ermitaño de las montañas, le ha enseñado técnicas de rastreo, así que no tarda en localizar al grupo. Nicholas gira los ojos al verla llegar, …como siempre.
—Yo también me alegro de verlos, muchachos —saluda Matilda con alegría.
Los cascos de Susanita se emparejan con los caballos de los muchachos.
—Dicen que eres valiente, Mati. Si pasa algo, aquí estoy para salvarte —dice Lester con tono coqueto.
Ella solo sonríe.
Ewan levanta la vista y sus miradas se cruzan. Él le sonríe y recuerda su sueño. Matilda siente que el corazón le da un vuelco. Es la primera vez que Ewan no parece molesto por verla y que no sea un sueño.
Una hora después llegan a un punto donde dejan los caballos para continuar a pie. Matilda desmonta sola, descarga sus cosas y abraza a Susanita antes de despedirse.
El grupo avanza en fila. Matilda camina junto a Albert, en la segunda línea. Delante van Ewan y Nicholas; detrás, Kever y Lester.
—Qué afortunada eres, Matilda —bromea Lester—. Estás en medio. Ningún puma te atacará. Tu flanco derecho lo cuido yo desde aquí, y tu flanco izquierdo, tu primito. Como te prometí, velaré por tu seguridad.
Al escucharlo, Ewan se vuelve y lo mira con seriedad. Lester recibe divertido su tosca mirada.
—No podrías estar más equivocado, Les —interviene Albert—. Soy yo el afortunado. Matilda es una experta con el arco. El privilegiado aquí, soy yo por tenerla a mi lado.
—Como sea —dice Kever—. Sigue siendo una dama. Es frágil.
—¡Dejen en paz a mi hermanita! —protesta Nicholas—. Aunque tenga muchas habilidades, sigue siendo mi florcita.
—Qué tierno —dice Albert y ríe.
Matilda avanza con paso firme. No los retrasa. Cuando alguno le ofrece ayuda, ella aparta la mano con suavidad y sube sola. No quiere que digan que la han asistido.
En un momento, tropieza con un tronco al mirar un águila. Ewan la sostiene por la cintura antes de que caiga. Ella levanta la vista y encuentra su rostro muy cerca del suyo.
—Cuidado, bonita —susurra él, solo para ella.
El cuerpo de Matilda se estremece. Ewan presiona suavemente su cintura antes de soltarla, ella no deja de mirarlo mientras él se asegura de que está estable y luego pasa de su lado.
—¿Estás bien? —pregunta Nicholas, observando a Ewan con una ceja levantada.
—Sí, solo fue un tropezón —responde Matilda, intentando sonar tranquila.
—Es bueno saber que alguien puede mantenerte en pie —bromea Lester, provocando risas.
Ewan se adelanta, liderando el camino, pero no sin antes lanzar una mirada a Matilda. Ella intenta concentrarse en la caminata, pero su corazón sigue acelerado.
La dinámica entre ellos ha cambiado. Matilda lo siente. Ewan también. Aunque ninguno sabe aún qué significa.
Se detienen en una parte llana con una vista espectacular para descansar y merendar.
El clima no podría ser más perfecto: una brisa suave refresca el ambiente, el sol calienta sin agobiar y embellece los colores del bosque, y el murmullo de las hojas acompaña la escena con una armonía casi celestial.
Es un momento que parece suspendido en el tiempo, un instante mágico para los aventureros.
Los muchachos comentan sobre el paisaje, bromean, ríen; están de excelente humor, contagiándose unos a otros con su energía juvenil.
Matilda, como siempre, se aparta un poco y busca un lugar adecuado para ella.
Extiende un pañuelo de colores vivos sobre un tronco y se sienta con delicadeza, procurando no arrugar demasiado su capa.
Abre su bolso, saca una botellita de leche y un pedazo de pan con queso, y come despacio mientras escucha a lo lejos las conversaciones atolondradas de los jóvenes, que parecen competir por ver quién cuenta la historia más absurda.
Ewan se acerca sigilosamente, como si temiera espantar a un ave delicada.
Matilda lo observa, expectante, mientras él se sienta junto a ella y toma su mano con suavidad, como si fuera algo natural entre ellos.
Él mismo extiende su palma y deposita en ella unos arándanos grandes y oscuros, recién recogidos del bosque.
Luego la mira unos segundos, como si buscara algo en su expresión, como si necesitara confirmar una sospecha que ni él mismo se atreve a formular.
Ella queda atrapada en sus esmeraldas, sin decir palabra, hasta que él le indica con un gesto que mire su mano.
Matilda baja la vista, ve los arándanos por unos microsegundos y regresa su mirada a él, dedicándole una sonrisa tímida que ilumina su rostro.
—Gracias —murmura, apenas audible.
—Con mucho gusto —responde él, con una calidez que la desarma.
Antes de apartarse de su lado, Ewan le guiña un ojo con una picardía inesperada, un gesto tan espontáneo que Matilda siente cómo el rubor le sube a las mejillas, un nudo le cierra la garganta y un torbellino de mariposas le revolotea en el vientre.
Se pone de pie para respirar aire fresco y recuperar la compostura, temiendo que su corazón revele demasiado.
Ewan regresa con los demás y cambia el tema entre ellos, explicando los proyectos del aserradero: hasta dónde pueden taladrar, las políticas de reforestación, las estructuras necesarias para transportar la madera, los nuevos acuerdos con los trabajadores y las mejoras que planea implementar.
Habla como en la noche anterior, con pasión, con una seguridad que lo hace parecer mayor, y todos lo escuchan con atención.
De pronto, un estruendo sacude el bosque: madera quebrándose, gritos y el golpe seco de un árbol cayendo. El sonido helado los atraviesa a todos.
—¿Qué sucede, Ewan? —pregunta Matilda, acercándose con inquietud.
Él la mira, pálido, con los ojos muy abiertos.
—Mi padre —susurra, y sale corriendo sin decir nada más.
Ewan los deja atrás, pero los demás lo siguen. Desesperado, el joven Graham baja la pendiente casi en caída libre, tomando atajos peligrosos entre raíces y piedras. Matilda no lo alcanza, pero es la segunda en la línea; su corazón late con fuerza, impulsándola a correr más rápido.
Cuando Ewan llega, el puesto de trabajo es un caos: un enorme árbol ha caído en dirección equivocada, atrapando a un hombre bajo sus ramas. Los trabajadores están horrorizados, algunos intentando mover las ramas, otros paralizados por el shock.
Ewan reconoce al herido y lanza un grito desgarrador.
—¡Papá!
Los hombres se apartan para dejarlo acercarse. Lord Graham respira con dificultad. Sangra, pero aún está consciente.
—Mécheter… Mécheter ahora es tuyo, hijo. Yo moriré aquí, así que reclámalo. Ese fue el acuerdo… —murmura con voz débil, luchando por mantenerse despierto.
—No hables así, papá. Te sacaremos de aquí —dice Ewan con lágrimas en sus ojos y negándose a aceptar la realidad que se despliega ante él.
—No habrá después… —susurra su padre—. Invertí todo… era para ti y para Ronn… No dejes que te lo quiten… El conde… intentará desaparecer el documento… Nunca me hizo llegar la copia del acuerdo… Tú estabas ahí… ¿recuerdas…? Si yo moría… si yo moría aquí…
Su voz se apaga, y Ewan queda inmóvil, como si el mundo se detuviera, como si el aire se hubiera vuelto demasiado pesado para respirar.
En ese momento llegan los demás. Sus amigos lo apartan de su padre inerte y Matilda, al ver la escena, corre hacia él y lo abraza con fuerza.
Ewan se derrumba en su hombro, llorando con un dolor que le atraviesa el alma.
Ella lo sostiene sin dudar, deseando protegerlo del horror que lo rodea, como si pudiera absorber parte de su sufrimiento.
Kever le hace una seña para que lo saque de allí, y Matilda lo toma del brazo, conduciéndolo hacia la cabaña donde se hospedaba su padre.
Dentro de la cabaña, Matilda lo sienta en un sillón.
Corre a buscar algo caliente y regresa con una taza de té.
Ewan la acepta con manos temblorosas. Cuando termina, la llama extendiendo la mano.
Ella la toma sin vacilar. Ewan la atrae hacia sí y apoya el rostro en su vientre, sollozando como un niño perdido.
Matilda acaricia su cabello con ternura, con una delicadeza que nace del alma.
Sus propios ojos se llenan de lágrimas, pero se contiene para darle fuerzas.
—Mati… ¿qué haré sin mi padre? Él lo era todo para mí —dice Ewan, aferrándose a ella como si fuera su única ancla.
—Lo sé, querido Ewan… lo siento tanto —susurra ella, con el corazón desgarrado.
El estado emocional de Ewan se prolonga.
Él se aferra a Matilda con desesperación, llorando casi a gritos, su dolor es demasiado grande para contenerlo.
Matilda comienza a sentirse incómoda; no sabe qué más decir mientras él continúa inconsolable, hundido en un llanto que parece no tener fin.
Finalmente, respira hondo, se suelta de su agarre y decide confrontarlo con una firmeza que ni ella misma sabía que poseía.
—Mira, Ewan, ya es suficiente. Eres un hombre, y no tienes por qué llorar como un bebito. Piensa en Ronn y en Luisa. Ellos te necesitan fuerte. Así que… recomponte.
Las palabras la sorprenden incluso a ella. Ewan no lo esperaba. La mira, herido y agradecido al mismo tiempo, como si esas frases duras fueran exactamente lo que necesitaba para no desmoronarse por completo.
—Mira a Matilda Clarke… no tan frágil como pensaba.
—Pues no lo soy. Ni tú tampoco lo eres, Ewan. Vamos, querido, tienes que calmarte —insiste ella, firme pero dulce, con una autoridad que nace del cariño.
Ewan sabe que tiene razón y respira hondo, intentando recuperar el control.
—Tienes razón, Mati. Me calmaré. Ya fue suficiente. Gracias por estar aquí…, conmigo.