Capítulo 2
No tan frágil como pensaba
Con el paso del tiempo, Matilda se ha perfeccionado en todo deporte y habilidad que la sociedad considera aceptable —o al menos tolerable— para una joven de su posición.
Su madre sufre constantes dolores de cabeza por ello, pero su padre la complace siempre; nada lo hace más feliz que verla sonreír.
A sus dieciocho años, Matilda es hábil en esgrima, arquería y equitación.
Sigue trepándose a los árboles, aunque ya no necesita ayuda para bajar; lo hace con una destreza que a Sonja le provoca encomendarla a todos los santos.
Hace tiempo que la institutriz ha desistido de oponerse, ha aprendido a sonreírle, aunque desapruebe su conducta.
La joven condesa posee una personalidad vibrante.
Sonja le ha enseñado a ser fuerte e independiente, y a superar la traición de sus antiguas amigas que habían dejado huellas profundas.
Sin embargo, y desde entonces, Matilda prefiere la compañía de los amigos de Nicholas que a las suyas propias, que considera menos sinceras y volubles.
Una mañana de domingo, encuentra a sus padres desayunando en la terraza. Los saluda con un beso afectuoso y, con aire conspiratorio, susurra algo al oído de su padre. La condesa levanta una ceja, desaprobando la falta de etiqueta.
—Cariño, están en mi estudio, sobre el sofá —responde el conde sin apartar la vista del periódico.
—Primero siéntate a desayunar, hija —implora su madre.
—Regreso enseguida, madre. Gracias, papá querido —dice Matilda antes de salir corriendo hacia el estudio.
Todo este secreto era sobre sus nuevas flechas, finas y perfectamente equilibradas, traídas desde Alemania.
Pronto habrá otro torneo de tiro al blanco, y Matilda desea practicar con flechas más finas.
Ella se ha convertido en una arquera excepcional, ganando todos los torneos del internado.
Sus trofeos adornan el despacho del conde, quien brilla de orgullo cada vez que habla de ellos, así como cuando ella compite.
Días después, Matilda regresa de un entrenamiento de equitación y encuentra a Nicholas y a su primo Albert, conversando en la sala. Es época de vacaciones y planean una salida.
—¿Vendrás con nosotros, Mati? —pregunta Albert.
Matilda se detiene en seco. Nunca la habían invitado tan directamente.
—¿A dónde, querido primo? —pregunta ella con interés, acercándose a ellos.
—Iremos este fin de semana al aserradero. Ewan nos ha invitado. Además, Lester llevará a una amiga y a su hermana —explica Nicholas.
—Ah, ¿sí? ¿Y no le molestará a Ewan que yo vaya? —pregunta Matilda con curiosidad.
—De hecho, preguntó si también irías, para preparar la habitación de las muchachas —miente Nicholas con naturalidad.
En realidad, Nicholas desea que su hermana conviva con otras jóvenes, le preocupa que casi no tenga amigas y, sobre todo, sabe que, si ella va, su padre no les negará el carruaje.
—Muy bien, iré. Y dile a Ewan que también irá mi querida nana Sonja —responde Matilda antes de dirigirse a su habitación, sabiendo que Micholas volteará sus ojos.
A la mañana siguiente, Nicholas, cabalga con una sonrisa resignada. Su plan había fallado: Matilda insistió en viajar montada en su yegua.
“—Vayan ustedes en el carruaje; yo montaré a mi princesa, mi bella Susanita…”. El conde al escucharla, divertido, sentenció: “—Entonces vayan todos a caballo. Será más recreativo”, Nicholas recuerda la conversación, casi rodando los ojos.
—Y lo peor, es que lo dijo frente a papá —murmura entre dientes.
—¿Qué dices Nicholas? —pregunta su hermana.
—Nada, hermanita. Solo recordaba que nuestro padre me pidió que te cuidara…
Y así emprendieron el viaje: los cuatro montando hacia la estación principal del aserradero, donde Ewan los espera.
El trayecto resulta ser verdaderamente recreativo. Avanzan por senderos rústicos rodeados de árboles frondosos cuyas copas forman túneles naturales. Ven liebres, venados y otras criaturas del bosque. El paisaje, tan distinto al de la ciudad, los envuelve con su frescura y un silencio vibrante.
Al llegar, Ewan —transformado en todo un hombre— sale a recibirlos con entusiasmo. Abraza a Nicholas y a Albert como si hubieran pasado años sin verse. Al ver a Matilda, se actitud cambia.
—Hola, Mati. Bienvenida. Me alegra verte —dice con timidez.
Se encuentra conteniendo el aire, inesperadamente.
No la había visto desde la noche de su presentación en sociedad.
Entonces la encontraba insoportable, pero ahora…
ahora su impresión es distinta. Ha cambiado.
Ya no se parece a aquella chiquilla consentida que lo seguía a todas partes. “… Ahora es una belleza”, piensa.
—Gracias, Ewan. También me alegra verte —responde ella con la seguridad propia de una joven noble.
Kever Craig, también sale a saludar a Nicholas.
Luego Ewan les presenta a Lester un amigo escocés, quien a su vez presenta a Zafira y a su hermana Coleen.
Finalmente, Ewan pide a una de las mujeres de la servidumbre que acompañe a las muchachas a su cabaña, mientras él guía a los varones a la suya.
Matilda observa cómo los jóvenes se alejan entre risas, bromas y manotazos amistosos. Sonríe al verlos tan unidos.
La cabaña asignada a las muchachas es sencilla pero acogedora. Matilda y Sonja eligen las camas junto a las ventanas para poder ver las estrellas, aunque quedan más lejos de la estufa. No les importa. Dormirán juntas, como siempre.
Acomodan sus pertenencias y conversan un rato con Zafira y Coleen antes de salir a explorar. Después de caminar un rato por el lugar, Sonja, prudente, recomienda no alejarse demasiado.
—No conocemos bien el lugar —advierte.
Matilda la mira con cariño y asiente. Por esta vez, le obedecerá.
El lugar es mágico: un bosque limpio y tupido, sin comunicación con el exterior.
La frescura y el aroma las envuelve, haciéndolas sonreír.
También se escucha el murmullo de un riachuelo cercano.
Observan que han construido dos cabañas; de seguro para que vivan los trabajadores.
Hay troncos apilados junto a enormes sierras con aserrín oloroso en el suelo.
Es un mundo distinto. Un mundo donde Matilda no es frágil.
Un mundo donde, sin saberlo, Ewan comenzará a verla con otros ojos.
Llega la noche, y la luna brilla con una claridad casi sobrenatural, como si hubiera decidido iluminar únicamente la cabaña de Ewan. El cielo está despejado y el frío es moderado, lo suficiente para hacer agradable el calor de la chimenea.
Ewan se esmera en atender a sus invitados.
Ha ofrecido un día libre pagado al trabajador que logre traer un venado para la cena, y el resultado está servido en la mesa, acompañado de papas panaderas y vino.
Matilda y Sonja han contribuido con pan fresco, huevos de codorniz, jamón y queso.
Nicholas y Albert han surtido la cava con excelentes botellas, gesto que Ewan agradece con una sonrisa sincera.
Lester y Kever ya habían entregado lo que traían.
La cabaña es pequeña, pero acogedora. El techo alto sostiene una araña de velas que proyecta sombras cálidas sobre las paredes de madera.
La chimenea arde con un resplandor casi mágico, llenando el ambiente de un calor reconfortante.
La mesa, torneada a mano, no es muy grande, por lo que todos están sentados cerca, compartiendo risas, conversación y el espíritu de camaradería que solo los lugares remotos parecen despertar.
Matilda se sienta frente a Ewan. Él, como anfitrión y administrador del aserradero, habla sin descanso sobre los procesos, las anécdotas y los nuevos proyectos. Su entusiasmo es evidente; ama su trabajo, y todos lo escuchan con genuino interés.
Matilda se pierde en sus labios, mientras él habla. No lo había visto desde aquella noche fatal para ella, hace más de dos años atrás, y le sorprende lo distinto que es ahora: extrovertido, amable y muy seguro de sí mismo. Nada queda del muchacho distante que recuerda.
“Debe ser Luisa quien lo ha cambiado”, piensa con un nudo en el pecho. “Quizás ella lo hace muy feliz. Es por eso…”, medita y se avergüenza de sentir celos. Entonces desvía la mirada y toma un sorbo de vino para disimular su ánimo.
Luego lo escuchar reír, y no puede resistirse en mirarlo. Ella también le sonríe y sus miradas se conectan por unos segundos…
“La edad lo ha favorecido. Es más alto, más fuerte, más maduro. Su cabello rubio, recogido en una cola, le da un aire de elegancia y luce más atractivo. ¿Qué edad tendrá? ¿Veinticuatro? ¿Veinticinco?”, se pregunta y agradece en silencio que Luisa no esté allí. No sabe cómo reaccionaría si la viera.
No aparta la mirada de Ewan por el resto de la velada, y Sonja lo nota. Ewan también desea mirarla, aunque intenta disimularlo.
“ Qué preciosa está, piensa él. No puedo creer en la mujer en la que se convirtió esta chiquilla mimada. Se ve fresca, radiante, inocente… y sofisticada. No debería mirarla tanto. Nicholas me retaría a duelo si supiera lo que pasa por mi mente. Y, además, Luisa…”.
Ewan, toma un trago de vino para despejarse.
Antes de retirarse todos a descansar, Nicholas se acerca a su hermana.
—¿Está todo bien, Mati?
—Perfectamente —responde ella.
—¿Te gustaría quedarte un par de días más? Digo… si no te molesta.
Matilda acepta sin dudar. Está de vacaciones del internado y conoce bien a los muchachos: están ansiosos por explorar la montaña.
Al día siguiente, como siempre, Matilda los observa prepararse para partir. Y como siempre ha ocurrido, no la invitan. Y, como siempre, ella decide seguirlos.
“No pienso quedarme con estas chicas aburridas. Además, Sonja estará feliz leyendo el libro que le regalé. Ya no se preocupa tanto por mí; sabe que sé cuidarme. Ella misma me enseñó”.
Se cambia a unos pantalones holgados, botas resistentes y una capa roja ligera. Prepara su mochila, toma su arco y flechas, y añade un cuchillo. Luego va por Susanita, su yegua.
—Vamos, cariño. Debemos alcanzarlos —susurra, acariciándole el cuello.