Capítulo 1 #2
La velada continúa con bailes y una cena elegante.
Matilda es muy solicitada; jóvenes de distintas familias se acercan para pedirle un baile, y ella acepta con gracia.
Sin embargo, la invitación que más desea nunca llega.
Ewan no se acerca a ella ni una sola vez.
En cambio, lo ve bailar con Luisa varias veces, y cada una de esas imágenes le duele como una punzada silenciosa.
Decide que será ella quien le pida un baile.
Lo busca entre los invitados, pero su padre la detiene para presentarla a varios conocidos.
Los elogios continúan; la felicitan, la admiran, pero Matilda solo piensa en encontrar a Ewan.
Finalmente, inventa que debe hablar con su madre y se escabulle con discreción.
Entre la multitud, Matilda localiza a Ewan y se alegra mucho, es el momento, pero lo ve salir hacia los jardines, entonces, lo sigue.
El aire frío ha ahuyentado a la mayoría de los invitados que disfrutaban de la noche y las antorchas, pero Matilda no se detiene.
Avanza, necesita hablar con él. Cuando llega a los arbustos, ya no hay tanta luz, pero logra ver a una pareja besándose apasionadamente detrás de un seto.
Se sobresalta e intenta apartar la mirada, pero antes… , reconoce a Ewan.
Su mundo se derrumba ante sus ojos.
—¡Oh no, es Matilda! Ewan, ¿qué vamos a hacer? —susurra una voz femenina que Matilda reconoce, aunque no la ha visto.
Es Luisa.
—Matilda, ven conmigo —dice Emma quien sale de la nada, tomándola por los hombros para alejarla de la escena.
—¿Emma? ¿Qué está pasando? —pregunta Matilda, confundida, con la voz temblorosa.
—¡Emma! Te dije que me avisaras si venía Matilda. ¡Mira lo que causaste! —reclama Luisa, irritada.
Matilda retrocede, mirándolas a las dos. Todo se vuelve dolorosamente claro. Ewan suelta a Luisa y se aparta, incómodo, evitando mirar a Matilda.
—Hablaremos después, Luisa. Es mejor que me retire —dice antes de marcharse apresuradamente.
Matilda lo ve alejarse, y pesar de lo ocurrido, una parte de ella no lo culpa. “Pobre Ewan, de seguro Luisa lo engañó”, piensa, mirando a su amiga con el ceño fruncido.
—Lo siento, Matilda —dice Luisa—. Lo de Ewan y yo sucede desde hace tiempo. Nos amamos. Sé que debí decírtelo.
—Alucinas, Luisa. Eres una tonta, si crees que te quiere. Él solo juega contigo… —le advierte Matilda.
—Te equivocas, señorita condesa. Ewan me ama. Y ¿sabes qué me dijo? Que nunca se fijará en ti. Dice que eres una consentida y una niña mimada. Así que…, tú eres la que alucinas si crees que lo tendrás. ¡Ewan es mío!
Las palabras la atraviesan como agujas. Matilda siente que el corazón se le rompe.
—Yo le dije que te lo contara, Mati. Pero ella… —añade Emma, con voz temblorosa.
—¡Silencio! —exclama Matilda, sintiendo cómo la traición le quema el pecho—. ¡Las dos son unas traidoras! ¡No quiero verlas nunca más! Ahora… ¡fuera de mi casa!
Emma rompe en llanto, pero Luisa levanta la barbilla con arrogancia.
Ambas regresan al salón para pedir a sus padres que se marchen.
Matilda queda en la oscuridad unos minutos, sintiendo el frio enrojecer su rostro.
Ya no entra al salón donde todos están felices, se dirige apresuradamente a la entrada por la cocina, sube las escaleras y se retira a su habitación sin despedirse de nadie.
En su aposento, se lanza sobre su cama, abraza a su almohada como si esta pudiera suavizar su dolor, y llora hasta quedarse dormida.
Más tarde, su madre y Sonja la buscan en su habitación y tiene la puerta cerrada con llave, así que deducen que estaba muy cansada y se retiró a descansar.
A la mañana siguiente, Matilda despierta alrededor de las diez, con los ojos hinchados y el corazón hecho pedazos.
Aún lleva puesto el vestido blanco y algunos adornos del peinado.
Se sienta frente al espejo y contempla su reflejo: su cabello rubio oscuro ahora suelto enmarca su rostro con sus ojos azules enrojecidos. Luce hermosa, pero triste.
“—No te soporta… eres una consentida… nunca se fijará en ti.”, las palabras de Luisa resuenan en su mente como un eco cruel.
—Señorita Matilda, ¿por qué tiene la puerta con llave? ¿Le sucede algo? —pregunta Sonja desde afuera.
—Un momento, nana —responde Matilda, abriendo la puerta para dejarla entrar.
Sonja queda horrorizada al verla. Le sorprende que haya dormido con su vestido de gala de la noche anterior, no soporta ver su cabello desaliñado y le duele el corazón ver sus ojos rojos de tanto llorar.
—¡Por todos los cielos! ¿Qué te ha pasado, mi niña?
Matilda se lanza a sus brazos y llora desconsoladamente. Entre sollozos, le cuenta que ha perdido a sus amigas, que le han roto el corazón, que la vida es cruel y que no sabe cómo seguir adelante.
—Cálmate, querida. Cuéntamelo todo —dice Sonja con ternura, acariciándole el cabello.
Sonja se apresura a cerrar la puerta, ocupa escuchar a su niña, pero minutos después, del otro lado de la puerta, Nicholas insiste en que bajen a desayunar. Matilda no quiere. No quiere ver a nadie. Ni que la vean.
—Tenemos que bajar, Mati. Ya tendremos tiempo para hablar del asunto. Ven, voy a prepararte para que estés presentable —dice Sonja, notablemente afligida—. Por ahora, trata de serenarte para no levantar sospechas. Oh, querida… que lamentable situación…
— Diles a tus padres que bajaremos en diez, señorito Nicholas… Por… por favor —responde Sonja con firmeza.
Matilda respira hondo. La noche anterior ha marcado su corazón para siempre. Fue su primera ilusión y su primer dolor.