Una Rosa para Matilda: De la Rosa a la Luz Capítulo 1
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Una Rosa para Matilda: De la Rosa a la Luz

Una Rosa para Matilda: De la Rosa a la Luz

Por E.L. Venegas

© inepub.com

Capítulo 1

Presentación en sociedad

El amanecer tiñe con luz dorada las tierras inglesas cuando Matilda abre los ojos.

Durante un instante permanece inmóvil, dejando que los rayos solares que se filtran por sus cortinas, le recuerden lo que ese día significa.

Desde temprano los preparativos llenan el lugar para la noche, en donde el condado de Görhem, la mansión victoriana de los Clarke será escenario de una de las tradiciones más distinguidas de la alta sociedad: su presentación en sociedad.

El conde George Clarke, orgulloso hasta la médula, ha dispuesto que la gala sea impecable. Nada debe opacar el debut de su hija; ningún otro acontecimiento del año puede compararse con él.

Matilda, generosa por naturaleza, ha pedido permiso para que sus dos amigas, Luisa y Emma, también sean presentadas.

Aunque ambas provienen de familias adineradas, sus padres jamás les habrían organizado una gala de tal magnitud.

Para Matilda, incluirlas es sencillo: su padre jamás le niega nada.

Así, las tres jóvenes compartirán una noche que marcará el inicio de su vida social.

Ella está a pocos meses de cumplir dieciséis años, pero esa misma tarde, en el despacho del conde, se llevará a cabo una reunión crucial: la creación de una nueva sociedad maderera que promete impulsar la economía de la región, y su padre quiere aprovechar la ocasión, para presentar a su amada hija.

Ahora, las puertas del despacho del conde están cerradas por la reunión.

Entre los presentes se encuentra lord William Graham, un terrateniente escocés de considerable fortuna, acompañado por su joven hijo y heredero, Ewan Graham.

El conde Clarke aporta la tierra que colinda con su casa: Mécheter.

Una bella propiedad donde se alza una casa entre colinas.

Esto sirve como garantía por el uso del dinero de Graham, que es una suma millonaria.

Todo queda debidamente firmado, y el abogado del conde se encargará de enviar una copia del acuerdo.

Entre abrazos cálidos y celebraciones, el conde Graham estrecha la mano de Ewan, quien está muy emocionado por su nuevo rol como administrador del aserradero, y muy complacido, acepta la invitación del conde para quedarse a la celebración de su hija.

Cada vez que Matilda pasa frente a las puertas del estudio, su corazón late con fuerza y mariposas revolotean en su vientre, al saber que Ewan estaba ahí. Y, para colmo, escucha cuando acepta gustoso quedarse en su presentación de sociedad.

Matilda siente que todo está encajando: él trabajará con su padre y ahora estará más cerca. Lo podrá ver con frecuencia y no solo en verano como acontece por años; la idea la llena de una emoción imposible de contener.

Tan inquieta está por sus emociones, que no logra permanecer en un solo lugar.

Recorre el salón de baile, saluda a los músicos que afinan sus instrumentos y revisa cada detalle de la decoración.

Luego va a la cocina, donde prueba cuanto plato le permiten.

Después inspecciona los jardines, asegurándose de que las antorchas estén bien ubicadas.

Ya se imagina caminando entre ellas con sus amigos y con … Ewan.

También busca a su madre, preocupada porque esa mañana mencionó un dolor de cabeza, pero no la encuentra y al saber que su padre había concluido, lo visita.

Al entrar, lo besa con cariño y le pregunta por la reunión.

Con su sonrisa, entiende que fue exitosa sin necesidad de que pronuncie palabra. Parece que todo ha salido bien.

Finalmente, Matilda decide regresar a su habitación, ya es tiempo de reunirse con sus amigas y preparase con ellas para la noche…

Emma y Luisa, exhaustas de seguirle el ritmo, se habían marchado a la habitación de Matilda hacía horas.

Sa estancia, decorada con exquisito gusto, está repleta de maquillaje, cintas, cremas y tenacillas para rizar el cabello.

Las dos jóvenes disponen sin límites de las pertenencias de Matilda para prepararse para la velada mientras hablan, inevitablemente, de asuntos del corazón.

—Luisa, sabes que Matilda está loca de amor por él —comenta Emma, con un dejo de preocupación.

—Lo sé, querida Emma. Pero ella no debería ilusionarse si él nunca le ha mostrado interés alguno. No. No voy a sacrificar al amor de mi vida, por ella. Ewan y yo… lo nuestro, se viene dando desde hace tiempo.

Emma frunce el ceño, incómoda.

—No lo sé, Luisa. Creo que, al menos, deberías decírselo a Mati. O mejor aún… rechazar a Ewan. Eso haría una amiga.

—¡No! ¿Cómo puedes pedirme eso? Ewan ya me dijo que no está interesado en ella en lo más mínimo. A quien ama, es a mí.

La conversación se interrumpe cuando Matilda entra en la habitación, seguida por Sonja, que parece abatida por la energía inagotable de su pupila. Todos sus esfuerzos por convertirla en una damita parecen desvanecerse ante su ímpetu.

—Señorita Matilda, debe comenzar a vestirse. Si no, no estará lista a tiempo para la velada —ruega Sonja.

—Tienes razón, mi adorada señorita White. Será mejor que empiece ya. ¡Miren qué bellas están Emma y Luisa!

En ese momento, la condesa Alberta Clarke entra en la habitación sorprendiendo a todas. Su expresión se ensombrece al ver a su hija aún sin arreglar.

—Sonja, ¿qué sucede aquí? ¿Por qué mi hija no está presentable, aún? —pregunta, afectada por la falta de progreso a menos de dos horas del gran evento.

Su dolor de cabeza empeora y se lleva su mano a la frente.

—Lo siento, señora. Le aseguro que la señorita Clarke estará lista a tiempo —responde Sonja, apenada.

Matilda baja la mirada, avergonzada por poner a su querida nana en aprietos. Decide que, desde ese instante, se comportará como corresponde.

La condesa inspecciona a las jóvenes una última vez. Ellas bajan la vista con respeto. Luego, … se retira.

Al escuchar el cierre de la puerta, Matilda corre y abre el gran baúl de madera, saca su vestido y lo coloca en la cama.

Su padre lo mandó a traer desde París dos meses antes, y cuando llegó, la dejó sin aliento.

Si no fuera por Sonja, lo habría usado ya en más de una ocasión.

Esa noche, por fin, será todo suyo para lucirlo y brillar con él.

Ahora es el turno de Matilda de lucir hermosa. Sus amigas la alaban sin reservas mientras ella modela el vestido blanco adquirido por el favor y ternura de su amado padre.

Sonja la mira con nostalgia y orgullo. Sus ojos se humedecen cuando bien recuerda las veces que tuvo que llamar a Lot, el trabajador de mayor confianza, para bajarla de árboles, techos o rocas antes de que arruinara sus vestidos o se lastimara.

A pocos meses de cumplir dieciséis años, la transición de niña a mujer le resulta difícil: sigue siendo inquieta, juguetona y temeraria.

Pero esta noche, al verla con aquel vestido, Sonja siente que todo su esfuerzo ha valido la pena.

El salón principal de la mansión Clarke está repleto de invitados ilustres.

Al final de las elegantes gradas, decoradas con ramilletes florales, el conde Clarke siente que los ojos se le humedecen al ver a su hija.

Matilda descansa su mano sobre la baranda de marfil y le regala una sonrisa llena de amor.

Él, orgulloso, la contempla descender con gracia.

El vestido blanco resalta su figura juvenil; su cabello, recogido hacia atrás, deja caer grandes rizos a los lados y sobre la espalda.

Las zapatillas de charol blanco la hacen parecer que flota.

Lleva guantes de encaje hasta los antebrazos y una joya que su madre le regaló para la ocasión. Es, sin duda, una señorita de sociedad.

El conde, al verla tan hermosa, piensa inevitablemente en su futuro. Pronto llegará el momento de casarla. Ha preparado una lista selecta de candidatos para asegurarle un matrimonio venturoso. Pero aún no. Por ahora, sigue siendo su niña.

Al recibirla, la besa en la mejilla y le entrega una rosa blanca, símbolo de pureza. Evita mencionar lo delicada que se ve, ella podría relacionarlo con fragilidad: sabe que a Matilda no le gusta que la vean débil y su padre ríe internamente al conocer bien a su hija.

Tras ella descienden sus amigas, cuyos padres también les entregan rosas blancas. Las tres parejas ingresan al salón entre aplausos y vítores. La música llena el ambiente, iniciando una noche encantadora.

Matilda se separa de sus amigas para buscar a Nicholas. Sabe que estará con Ewan y los demás muchachos. Y así es. Después de tanto tiempo, ilusión y espera, por fin lo ve en un momento tan especial.

Los amigos de Nicholas la felicitan con entusiasmo:

—¡Muchas felicidades, señorita Matilda!

—Estás preciosa, Mati.

—No olvides bailar conmigo…

—Será después de mi turno…

—Vaya, primita, pareces toda una dama —le dice su primo Albert.

Todos… excepto Ewan. Él parece distraído, mirando hacia otro lado del salón. Ese desinterés la lastima, pero no permitirá que esto arruine su noche. Hará lo posible por captar su atención.

El conde se acerca entonces para invitarla a abrir el primer baile, y Matilda acepta encantada.

Bailar con su padre siempre es un honor, y su elegancia natural hace que parezca flotar mientras se deslizan por el salón.

Ella espera, con el corazón latiendo con fuerza, que Ewan la esté observando, pero cuando busca su figura entre la multitud, él ya no está.

—¿Estás contenta, mi pequeña mariposita? —pregunta su padre con ternura, llamando su atención.

—Mucho, padre. Es una noche de ensueño. No podría ser más perfecto. Gracias por todo —responde Matilda, radiante.

—Lo estás haciendo muy bien, hija. Tu comportamiento ha sido impecable. Sonja ha hecho un excelente trabajo contigo. Estoy muy orgulloso —adula su padre.

—Soy digna hija del conde Clarke —dice Matilda con solemnidad, y sus ojos brillan de emoción.