36 El principio del fin #2
Corwan agarra la argolla que sujeta su cuello y la dobla como si se tratara de papel. Un instante después, la transformación comienza y el huargo emerge por completo.
El caos estalla.
La jaula explota hacia fuera cuando el huargo atraviesa los barrotes.
El soldado muere al instante, atravesado en el pecho por uno de ellos. Keira es golpeada por otro y sale despedida contra la máquina. Su cuerpo queda inerte en el suelo.
Cráneo se libra por poco de acabar también ensartado y huye hacia los entresijos de su máquina, donde cree que estará a salvo.
Síguelo.
El huargo obedece.
Los sonidos revientan como golpes secos: el chillido de los engranajes, el siseo de los tubos, el crujido metálico de las pasarelas suspendidas sobre el vacío. Mi sangre circulando entre todas aquellas estructuras con el único objetivo de convertirla en algo estable y consumible por Gorath.
Cráneo huye entre las entrañas de la máquina mientras lo persigo a toda velocidad. Las zarpas golpean las plataformas metálicas con un estruendo salvaje. Las estructuras tiemblan bajo mi peso.
Ascendemos. Arriba de la máquina.
Me muevo entre tuberías ardientes y ruedas dentadas gigantescas persiguiendo una sombra. Chispas azules estallan alrededor. Debajo de nosotros, un generador central palpita con la energía de un enorme corazón. Una esfera inmensa de energía líquida gira dentro de un entramado de anillos metálicos.
Cráneo alcanza la última pasarela suspendida sobre el núcleo.
Está acorralado.
Su respiración agitada resuena en mi mente igual que el latido de un animal moribundo.
Avanzo hacia él, sintiendo la debilidad de mi presa.
Cráneo alza las manos delante de su rostro deforme.
—Corwan… espera.
Enseño los colmillos y doy unos pasos más. La plataforma sobre el núcleo cruje y se tambalea.
—Todavía podemos alcanzar un trato. —Retrocede un paso más sobre la pasarela—. Puedo convencer a Gorath de que todavía te necesita humano.
Gruño y las sombras vibran sobre el pelaje negro… pero entonces percibo algo. Una vacilación, una conciencia atrapada detrás de toda esa rabia.
Corwan sigue ahí, muy al fondo. Herido y roto, pero está ahí.
Cráneo también lo nota y sonríe con desesperación.
—Te prometo que me aseguraré de que tengas tu ración de sangre de Aethryon para que no tengas que seguir luchando contra el monstruo.
Siento la esperanza de Corwan reaccionar dentro de la Bestia como una cuchilla y entonces comprendo lo que debo hacer: dejar el control, permitirle elegir incluso aunque eso signifique perderme yo. En eso consiste el amor de verdad.
Sujeto al huargo, lo reprimo para que Corwan pueda salir de las profundidades de su consciencia. Y durante un tiempo que se me antoja eterno, no veo nada. Solo percibo oscuridad y la respiración agitada del huargo.
Asumo que Corwan ha elegido. Que ha aceptado el trato de Cráneo y ha optado por vivir. Y no puedo reprochárselo. ¿Por qué sacrificaría su esencia humana por mí? No me debe nada…
Entonces siento que Corwan se retira y vuelve a darme paso.
Su voz me acaricia la mente.
—Es nuestro turno.
La oscuridad se disipa y vuelvo a ver a Cráneo sobre la pasarela. Su rictus de rabia es suficiente para comprender que Corwan ha rechazado su ofrecimiento.
El rugido que emerge de mi pecho sacude la fortaleza entera. Del techo se desprenden algunas rocas que impactan sobre la plataforma y la vuelven aún más inestable.
Me lanzo hacia Cráneo con toda la rabia. Con el recuerdo de cada herida infringida, de cada humillación causada, de cada gota de sangre y cada lágrima derramadas… no solo por mí, también por él. Por Corwan.
Cráneo grita y saca algo de entre sus ropas.
Una cerbatana.
Trato de esquivarla, pero el dardo atraviesa el aire y se me clava en el cuello.
Sin embargo, no es suficiente para detener nada.
La inercia me empuja e impacto contra él. Ambos atravesamos la barandilla de la pasarela. Cráneo intenta aferrarse desesperadamente al borde de la plataforma, pero yo aún tengo energía suficiente para clavar mis garras sobre su brazo y alzarlo sobre el vacío.
Antes de soltarlo, me aseguro de que me mire a los ojos. De que comprenda que soy yo la que ejecuto el último movimiento.
«Elegisteis a la princesa equivocada.»
Y entonces el terror real aparece en su rostro, porque comprende que su creación, su monstruo, ha escapado por fin de su control.
Lo suelto y el cuerpo del alquimista cae directamente sobre el núcleo del generador. La esfera de energía se agita y estalla en una tormenta de luz blanca.
Las estructuras empiezan a chirriar, los tubos silban por la presión descontrolada y un líquido negro se derrama por las paredes como sangre hirviendo. Todo tiembla.
La máquina parece a punto de estallar. Pero el tranquilizante del dardo empieza a hacer efecto y mi mente se fragmenta. Trato de sostenerlo… pero lo pierdo…
La conexión se rompe de forma violenta y regreso de golpe a mi cuerpo atado a la plataforma.
Los tubos siguen drenando mi sangre y la debilidad es cada vez mayor. Pronto me costará incluso respirar.
El laboratorio entero se derrumba a mi alrededor y yo soy incapaz de mover un dedo.
Arriba, sobre los restos de la pasarela, veo al huargo convulsionar. Los huesos crujen y la Bestia desaparece en sombras. El cuerpo desnudo de Corwan emerge en mitad del caos, humano otra vez, aunque apenas consciente.
Hago acopio de las escasas energías que me quedan y tiro de las correas con desesperación. Las hebillas me arrancan la piel de las muñecas, pero no ceden.
El techo vuelve a temblar y una tubería cae a pocos metros de mí envuelta en llamas azules.
Vamos a morir aquí.
Lo comprendo con una certeza que me hiela la sangre.
Entonces unas manos agarran las correas y las aflojan.
Parpadeo y levanto la vista.
Es Keira. Tiene sangre en la frente y apenas puede mantenerse en pie. Sus dedos tiemblan mientras suelta las hebillas.
—Keira…
Ella evita mirarme.
—No digas nada.
La última correa se libera y consigo levantarme. Los tubos caen al suelo. La sangre deja de salir de mi cuerpo, pero puede que sea demasiado tarde. Las piernas apenas me sostienen.
—Tenemos que sacar a Corwan de ahí.
Keira alza la vista hacia la plataforma que se balancea de forma peligrosa sobre la esfera de energía. El laboratorio entero vuelve a rugir.
Nos ponemos en movimiento.
Subir hacia él resulta una pesadilla. Las estructuras se desploman, el calor del generador nos abrasa la piel, las chispas azules atraviesan el aire… Y el agotamiento es devastador. Cada escalón es un atentado a mi cordura.
Cuando llegamos arriba, Corwan apenas está consciente.
Le sujeto el rostro.
—Mírame.
Sus ojos negros se abren un poco, confusos… rotos.
—Camila… —jadea.
Keira coloca una manta de pieles sobre su cuerpo desnudo y lo levantamos como podemos. Conseguimos pasar sus brazos sobre nuestros hombros.
Abajo, el núcleo emite una descarga de energía que hace temblar toda la estructura. Caemos por las escaleras metálicas mientras la fortaleza empieza a derrumbarse sobre nuestras cabezas.
Corremos. O lo intentamos.
Ninguno de los tres se sostiene bien. Yo apenas veo con mi único ojo sano. Pero seguimos avanzando. En eso consiste. En eso ha consistido siempre mi vida.
Cuando conseguimos cruzar el umbral del corredor, percibo que Keira no nos sigue.
Me doy la vuelta y la veo parada dentro de la sala. Tiene lágrimas en los ojos.
—¿Qué haces, Keira? Hay que salir —le grito.
—Alguien tiene que quedarse a clausurar esta sala. —Hay una serenidad en su voz que me resulta demoledora—. De lo contrario, cuando esto estalle, arrasará kilómetros a la redonda.
—No digas tonterías, Keira, conseguiremos ponernos a salvo.
Retrocedo hacia ella, pero levanta su mano.
—Ve, salva a tu monstruo —dice—. Yo no pude salvar al mío y ahora ya no hay nada que me interese ahí fuera.
—No… —Las lágrimas anegan también mis ojos.
Corwan tira de mí hacia la superficie.
Keira sonríe, y quizás sea la primera sonrisa sincera que me muestra desde que la conozco, y cierra la puerta. El sonido del cerrojo clausurando su tumba me estremece las entrañas.
Grito y siento que el dolor me desgarra por dentro.
Corwan vuelve a tirar de mí, me arrastra hasta que atravesamos las puertas principales y nos precipitamos sobre la nieve.
Detrás de nosotros, el mayor laboratorio de alquimia del Norte colapsa.
Las torres se derrumban entre fuego azul y piedra negra. El rugido de la explosión sacude las montañas y una nube desciende por las laderas.
Después, todo termina.
Regresa el silencio, el frío… y la respiración de Corwan contra mi cuello.
Durante unos segundos, ninguno habla. Solo observamos la devastación que hemos dejado atrás y tomamos consciencia de que seguimos vivos, de que lo hemos logrado.
Corwan gira despacio la cabeza hacia mí. Tiene sangre en los labios y la mirada nublada por el efecto del tranquilizante. Aun así, cuando me mira, veo algo que jamás había visto antes.
Paz.
—Lo comprendí mientras me alejaba por la estepa rumbo a Vhalzar —susurra—. Antes de que me apresaran.
Le acaricio el rostro con manos temblorosas.
—¿De qué hablas?
Sus ojos negros recorren los míos.
—De que Hukus estaba equivocado.
El viento agita la nieve alrededor de nosotros.
—Porque cuando recordé el mensaje de Draven… cuando pidió que no fuéramos duros contigo… supe que él también te había tenido cerca, te había deseado… y sentí celos.
Una sonrisa débil aparece en su boca.
—Nadie que no ame más allá del impulso de la sangre puede sentir celos.
El corazón se me rompe y se recompone en el mismo instante.
Corwan apoya la frente contra la mía.
—Te amo, Camila.
Esta vez no hay monstruos, ni guerra, ni materia . Solo nosotros.
Y mientras el fuego azul consume las montañas, me abraza como si en el mundo todavía quedara algo que merece la pena salvar.
Epílogo
Los primeros rayos de la primavera se posan en silencio sobre el bosque.