36 El principio del fin #3
Los haces de luz juegan entre las ramas oscuras y terminan incidiendo en el tejado de madera de la pequeña cabaña aislada junto al lago.
Es un lugar salvaje, intransitable, y así debe seguir siendo.
Aparto la manta de pieles de mis piernas y me acerco a la ventana. El cristal empañado refleja de forma parcial mi rostro y la cicatriz que atraviesa mi ojo izquierdo.
Todavía no veo bien por él. Quizás nunca vuelva a hacerlo, pero ya no me importa tanto porque he aprendido que hay otras formas de observar el mundo.
Fuera, el bosque permanece inmóvil bajo las últimas nieves, que ya empiezan a derretirse.
Sin embargo, la quietud no es absoluta. Siento esa presencia enorme moviéndose entre los árboles.
El huargo emerge en el claro pocos segundos después.
Incluso ahora, meses después de que todo acabara, sigue quitándome el aliento.
Su pelaje negro brilla bajo los rayos del sol y el polen de las plantas cubre de motas doradas su lomo. Sus ojos anaranjados relucen mientras se aproxima lentamente a la cabaña.
Ya no intenta acercarse demasiado a los pueblos ni a las personas. Sabe lo que podría ocurrir si pierde el control. Fue su elección acabar convertido en bestia. Lo hizo para salvarme.
Salgo al exterior con el fino vestido de gasa que compré en mi última visita al pueblo más cercano. La suave brisa acaricia mi rostro al instante y el olor de las flores me embriaga.
El huargo se aproxima y siento el calor que desprende su cuerpo atravesarme con la calidez de una hoguera.
Se detiene frente a mí y me clava sus ojos anaranjados.
Levanto una mano y apoyo los dedos sobre su pelaje.
El vínculo se abre inmediatamente; ya no necesito buscarlo. Está siempre ahí, listo para conectar.
Siento su hambre, su cansancio… su lucha constante contra el instinto, pero me sigue transmitiendo la paz con la que descansa su espíritu.
La brisa nos acaricia mientras apoyo la frente en su cabeza enorme.
—Hoy ha sido un buen día, ¿verdad? —susurro.
El huargo resopla suavemente. Casi parece una respuesta.
Meto la mano en el bolsillo del vestido y agarro el pequeño cuchillo que llevo siempre a mano. Su hoja brilla bajo el sol.
El huargo se tensa nada más verla. Ya sabe lo que viene a continuación.
Cierro los ojos un instante y hago un pequeño corte sobre la palma de mi mano.
El dolor es mínimo y la sangre aparece enseguida.
Es dorada. Brillante. Porque no sabía que se podía amar tanto que doliera; que desgarrara el alma verlo convertido en una bestia en lugar de tenerlo a mi lado cada segundo de existencia.
Levanto la mano hacia el huargo.
—Ven.
La Bestia no duda y acerca el hocico despacio. Su lengua caliente roza la herida. El poder de la sangre de Aethryon entra en él y lo atraviesa como fuego líquido. La transformación empieza casi de inmediato.
El aire vibra alrededor de su cuerpo mientras el bosque entero parece contener la respiración.
El pelaje desaparece y la figura gigantesca empieza a contraerse poco a poco sobre la nieve.
Él regresa.
Corwan cae de rodillas frente a mí. Desnudo, temblando y respirando con dificultad, pero humano de nuevo.
Sus ojos negros se alzan lentamente hacia mí y el amor que encuentro en ellos sigue resultándome más aterrador que cualquier monstruo, porque soy consciente de todo lo que ha costado conservarlo.
Me arrodillo frente a él y me hundo en el barro de la nieve derritiéndose.
Corwan apoya su cabeza sobre mis hombros y cierra los ojos. Creo que este instante sigue pareciéndole imposible.
—Hola —susurro.
Una sonrisa cansada aparece en su boca. Pequeña, pero real.
—Hola.
El pecho me duele de felicidad. De esa felicidad extraña que solo existe después de haber sobrevivido al horror.
Corwan abre los ojos y desliza una mano sobre mi cintura, atrayéndome hacia él.
—¿Cuánto tiempo tenemos esta vez?
La pregunta encierra toda la tragedia de nuestra historia.
Lo cierto es que no lo sabemos. Horas. Quizás un día entero… Nunca más de eso. Pero, aun así, merece la pena.
Porque seguimos aquí, y después de todo lo que el mundo intentó utilizarnos, eso ya parece un milagro.
Sonrío y apoyo mis labios sobre los suyos. Su beso sigue sabiendo a nieve y peligro, pero también a hogar.
El viento sacude los árboles alrededor de la cabaña mientras el invierno abandona el mundo. El olor a bosque húmedo nos envuelve.
Y, alrededor de la cabaña, las rosas han comenzado a florecer.