36 El principio del fin
El trayecto hasta el laboratorio abandonado de Concilius Klan lo hago a rastras sobre la nieve.
Me he negado a caminar. Prefería morir en Kulum que enfrentarme a lo que sea que me espera en aquel lugar.
Sin embargo, no me han dado el gusto. El soldado me ha atado las muñecas y las ha enganchado con una cuerda a la grupa de su montura. La nieve fría me muerde las piernas y la cuerda me lacera los antebrazos. Voy dejando un rastro de sangre sobre la capa blanca.
Antes de marcharnos de Kulum, Cráneo ha reunido a los lugareños y les ha dado instrucciones de encontrar a Corwan. Ha repartido cerbatanas entre ellos y ha prometido una gran recompensa económica a quien se lo entregue vivo.
Keira viaja en otro caballo al lado de Cráneo. No ha vuelto a hablar desde la muerte de Hukus.
Cuando Cráneo ha salido de la posada, la hija de Gorath se ha apresurado a dar su versión de la historia.
—Los rebeldes han atacado —ha dicho, y luego me ha señalado—. Querían recuperarla. Corwan ha perdido el control. Los ha matado a todos y ha desaparecido.
Por supuesto, el alquimista la ha creído. ¿Qué motivos tendría para no hacerlo?
Yo he guardado silencio. No me importa su mentira, no me importa que me arrastren sobre la nieve hasta perder la sensibilidad de las extremidades… lo único que desgarra mi alma en estos momentos es saber que Corwan está ahí fuera, en algún lugar, pensando que lo he manipulado.
Las montañas aparecen al anochecer. Gigantes negros recortados contra un cielo gris. Y allí, incrustado entre el hielo y la roca, emerge el laboratorio abandonado, la antigua fortaleza pionera en experimentación alquímica.
Cuando nos detenemos ante la rampa empinada que da acceso a la puerta principal, el soldado me desata y puedo contemplar el deformado y monstruoso perfil de sus torres estrechas, del centenar de tuberías metálicas que apuñalan sus muros, de los puentes suspendidos sobre abismos helados.
Y, sobre todo ello, el silencio sepulcral que domina el ambiente. Es un cementerio sombrío al amparo de las montañas.
Veo a Cráneo sonreír.
—Es más hermosa de lo que recordaba.
Comienza el ascenso seguido de Keira, que continúa sin decir una palabra.
El soldado me empuja y me patea sin ninguna piedad para que camine por la rampa. De vez en cuando giro la cabeza hacia el desierto blanco y espero ver una mancha negra agitarse entre la nieve. Pero mi esperanza muere aplastada en cada nuevo vistazo.
Cuando llegamos arriba, mi cuerpo es un amasijo insensible de marcas, hematomas y sangre reseca. Apenas logro mantenerme en pie.
—Te estás esforzando mucho por no llegar. —El comentario punzante de Cráneo llega a través del pitido infernal que reverbera en mi cabeza.
No me molesto en responder.
Alzo la cabeza hacia las torres y una oleada de emociones me golpea tan fuerte que casi me derriba.
Soy capaz de percibir el sufrimiento acumulado entre esos muros.
Todos los experimentos, los gritos de miles de norteños asesinados en favor de la experimentación, condenados a sufrir para extender la vida de una única persona…
Este es el verdadero corazón enfermo del Norte.
Cruzamos un puente levadizo sobre un foso helado. Los eslabones de las cadenas que lo sujetan son tan grandes como un hombre. De ellos cuelgan delgadas agujas de hielo.
Cráneo empuja las puertas y se abren en silencio. Nada osa perturbar la paz de este lugar, quizás para no despertar a los fantasmas que duermen en su interior. Pero me temo que yo ya he llamado su atención.
El olor a muerte y degradación me golpea en cuanto cruzo las puertas.
El interior es oscuro. La luz entra inclinada a través de estrechas ventanas en la parte superior de los muros. Una especie de madreselva negra se ha adueñado del lugar, escala las paredes y se enrosca alrededor de las balaustradas y columnas.
La piedra oscura con la que está construido el lugar confiere a todo un aspecto asfixiante y claustrofóbico.
Cráneo enciende una antorcha y nos conduce hacia las cámaras inferiores a través de un pasadizo. Tengo la sensación de estar adentrándome en el propio corazón de la montaña.
Miro a Keira y trato de que vea pese a que el soldado me vigila muy de cerca, pero la hija de Gorath tiene la mirada perdida y camina como un autómata. En el fondo, soy capaz de empatizar con ella. No tiene la culpa de haberse enamorado de un monstruo… y yo tampoco.
El pasadizo termina en una sala central cuya bóveda se eleva diez metros por encima de nuestras cabezas.
En el centro, ocupando todo el espacio, hay una máquina. Es mucho más grande de lo que nadie podría imaginar.
Las estructuras metálicas ascienden hacia el techo como raíces deformes. Tubos transparentes recorren las paredes y dentro se agolpa un líquido denso que apesta a podredumbre.
Mi estómago se revuelve.
La expresión de Cráneo, sin embargo, refleja una devoción que raya el fanatismo.
—Esto va a ser legendario.
El timbre de su voz me molesta más de lo habitual.
—Encerradla mientras lo dispongo todo.
El soldado me sujeta antes de que pueda retroceder y me encierra en una especie de jaula con barrotes oxidados en un rincón apartado de la estancia.
Y, allí dentro, en el suelo, entre el chillido de las alimañas que pueblan las sombras del laboratorio, el tiempo se dilata. Se extiende. Se eterniza.
Oigo a Cráneo maldecir… luego celebrar… luego golpear la máquina con violencia…
Tengo tanta hambre que me duele el estómago y la palpitación del ojo herido es tan insistente que creo que terminará por taladrarme la cabeza.
Empiezo a alternar periodos de consciencia con otros de inconsciencia.
Las antorchas a veces están encendidas y a veces apagadas… a veces hay ruido, otras un silencio atronador… en ocasiones veo a Keira sentada en el suelo abrazándose las piernas, otras está de pie frente a la jaula y me mira con los ojos rojos y enfermizos…
Y, entonces, en cierto momento todo termina.
O empieza.
* * *
Escucho la voz de Cráneo demasiado cerca de la jaula.
—Súbela a la plataforma y átale las correas.
El gemido oxidado de la puerta de la jaula me perfora los oídos. El soldado —puedo reconocer su olor rancio y picante— me levanta del suelo y me suelta sin contemplaciones sobre una plataforma metálica. Me golpeo la cabeza, pero estoy demasiado exhausta para quejarme.
A mi lado, Cráneo prepara cables y agujas con movimientos casi amorosos. Luego los clava por mi cuerpo y el sonido infernal de la máquina se activa. Ruge como un animal salvaje. Y mi sangre comienza a fluir.
—No vas a lograr que brille. —Y sonrío.
Sonrío con la seguridad plena de que no van a obtener de mí lo que quieren. Sé que, aunque me muelan a golpes, mi poder permanecerá dormido.
—Eso ya lo veremos. —Y ahora el que ríe es él—. Traedlo.
Un ruido de cadenas inunda la sala, seguido de un gruñido gutural que me eriza el vello de la nuca.
Keira hace su aparición arrastrando una jaula metálica sobre una plataforma de ruedas. En su interior reconozco a Corwan. Todavía tiene sobre la piel los dardos tranquilizantes que han usado para detener al huargo.
Está cubierto de sangre, le han encadenado las muñecas y lleva el cuello sujeto a la jaula por un hierro negro.
Cuando se acerca lo suficiente para ver sus ojos, descubro con horror que no hay nada. No hay hombre, ni huargo. Solo un velo gris.
—¿Qué le habéis hecho?
Pese a mi debilidad, me agito para intentar soltarme. Necesito llegar hasta él.
—Lo necesario para que coopere.
Cráneo se ríe, pero no es por la situación, sino porque algo en la sangre que drenan los tubos empieza a refulgir.
Entiendo demasiado tarde lo que se propone. Y el horror me paraliza.
—No te atrevas… —Aprieto los dientes.
Como respuesta, Cráneo hace una señal y el soldado acerca una vara metálica al interior de la jaula. La descarga atraviesa a Corwan y su gemido desgarrador sacude la sala entera.
Y mi sangre explota dentro de los tubos. Refulge con un resplandor que ciega.
Cráneo estalla en júbilo.
—¡Lo sabía! —Y luego se dirige al soldado—. ¡Más! ¡Más!
El brillo de mi sangre arroja sobre su rostro un resplandor diabólico que marca el perfil anguloso de su calavera.
El soldado vuelve a descargar la vara sobre Corwan, que vuelve a gritar y a retorcerse de dolor. Pero está tan drogado, que ni el humano ni la bestia pueden reaccionar.
Cráneo se acerca entonces a la jaula.
—Mírate. —Su voz rezuma fascinación enfermiza—. Mi obra maestra.
Corwan alza lentamente la cabeza y Cráneo sonríe todavía más.
—Después de lo que descubriste en Kulum sobre la chica, ¿no te has preguntado por qué Gorath jamás compartió esa información contigo?
En los ojos de Corwan atisbo un leve brillo. Es apenas una chispa, un destello. Pero me permite mantener la esperanza.
—Un monstruo real no siente culpa, no duda… —El alquimista se acerca aún más a la jaula—. Y, por supuesto, no ama. Y Gorath necesitaba exactamente eso para destruir a la Resistencia. Para conquistar el Oeste y llegar a las Tierras Baldías.
Mi respiración se entrecorta a la vez que la de Corwan se agita.
Permanece inmóvil, pero sus ojos ya no están nublados.
Cráneo continúa, disfrutándolo.
—Tu hermano nunca quiso salvarte del monstruo. —La sonrisa de Cráneo se ensancha—. Quiere que te conviertas en él.
El rugido que emerge de Corwan ya no es humano. Es un alarido de dolor, un puñal clavado a traición. Toda una vida convertida en mentira.
Intenta reaccionar, pero la droga sigue ahí, inhibiendo sus reacciones, manteniendo cautivo al huargo.
Sin embargo, algo ha cambiado. Una mínima parte de la bestia ha despertado, y yo percibo la grieta por la que entrar en su mente.
Y proyectar.
Mi mano sobre su frente. Acariciando su lomo. Enredada entre su pelaje.
Paz. Calma.
No más lucha. Ni sangre. Ni odio.
Solo descansar.
—Levántate, criatura hermosa —le susurro a su mente—. Terminemos con esto.
Un gemido de metal marca el momento exacto en el que las cadenas empiezan a romperse.
Cráneo retrocede por primera vez, alarmado por el brillo naranja que ve en sus ojos.