35 Todas las cartas
El amanecer llega cubierto de niebla.
La tormenta de la noche anterior ha desaparecido y el pueblo emerge soterrado en un infierno blanco. Desde la ventana de la habitación veo las chimeneas humeando, los tejados nevados… y la empalizada al fondo.
Y entonces recuerdo todo.
El brazo de Corwan me rodea la cintura y su sabor aún endulza mis labios. Sigue dormido a mi lado. El cabello negro cae parcialmente sobre su rostro y la luz gris del amanecer suaviza parte de la dureza de sus facciones.
Así casi parece alguien capaz de tener una vida normal.
El pensamiento me quiebra un poco por dentro porque sé que eso nunca va a ocurrir.
Me incorporo despacio para no despertarlo, pero en cuanto aparto las mantas sus ojos se abren.
Vuelven a ser negros, pero siguen igual de alerta, conscientes de mi presencia. El huargo nunca duerme del todo.
Durante unos segundos, ninguno de los dos habla, solo nos miramos, y el calor de la noche anterior vuelve a instalarse entre nosotros con una violencia silenciosa.
Corwan se incorpora en la cama y me atrae de nuevo hacia él. Me envuelve entre sus brazos y me besa con avidez.
—Temía que hubiera sido un sueño.
Agacho la cabeza, sonrojada, y sonrío. Pero después, el peso de la realidad me aplasta.
—¿Qué vamos a hacer ahora?
Él mantiene su abrazo. El calor me resulta reconfortante.
—Hablaré con mi hermano para que detenga los experimentos de Cráneo. Me da igual cuál sea su finalidad. Nada puede ser más importante que esto…
Una sombra cruza mi rostro al recordar que no sabe la verdad. Si la supiera, comprendería que Gorath jamás se detendrá.
—Corwan… en cuanto a eso…
No me da tiempo a decir nada más. Una especie de silbido parte en dos la quietud exterior.
Los músculos de Corwan se tensan de inmediato. Ya no luce como un hombre recién despierto. Ahora vuelve a ser un arma lista para atacar.
Se levanta y se viste rápido antes de acercarse a la ventana. Yo recojo mi ropa del suelo con el corazón acelerado.
Una voz se alza sobre el silencioso amanecer.
—¡Caaamiiilaaa!
La reconozco antes de unirme a Corwan en la ventana.
Abajo, sobre la nieve, entre la neblina, está Hukus. La cicatriz de su barbilla parece más roja bajo la pálida luz del amanecer. Lleva nieve sobre los hombros y una expresión extrañamente tranquila. Junto a él, diez de sus hombres. Helena está entre ellos.
Sin embargo, no es ella quien hace que todo mi cuerpo se paralice. Es Keira. Se alza altiva al lado del guerrero y no parece una prisionera.
—Llevamos toda la noche esperándoos, princesa. —Hay un tono de mofa prepotente en sus palabras que me revuelve el estómago—. Creo que será mejor que salgáis si no queréis que incendiemos este lugar.
Y sé que habla en serio. He visto de lo que es capaz.
Me separo de la ventana y me dispongo a bajar, pero Corwan me sujeta de la muñeca.
—Yo iré primero.
Yo me suelto con delicadeza.
—Esto no va de ti, Corwan. Es conmigo con quien quieren ajustar cuentas. —Me adelanto un paso—. Yo voy primero.
* * *
Hukus nos observa salir en silencio. Sus ojos rapaces se fijan en todo: la manera en la que Corwan se sitúa detrás, su respiración acompasada con la mía, su postura protectora…
Y sonríe.
—Debo admitir que al principio me engañaste. —Clava su mirada en mí—. Pese a los informes de advertencia de Keira, creí que se trataba de una manera inteligente de acercarte a él.
Siento un escalofrío. No puedo saber cuánto sabe realmente ni cuánto está fingiendo saber.
Pese a todo, lo que más me sorprende es que Keira haya traicionado a su padre por un miembro de la Resistencia, por un soldado…
Y entonces lo comprendo.
—Él es el soldado que tu padre obligó a marchar a Bröswick, ¿no es cierto? —me dirijo hacia Keira—. El que amabas con todas tus fuerzas… y que no murió como todos pensaban.
Ella gira la cabeza y evita mirarme.
La rabia me sacude.
—Precisamente tú, que has amado y has sufrido, ¿nos traicionas así? Me compadezco de tu alma.
Keira se adelanta, dispuesta a responderme, pero Hukus la detiene.
—No dejes que te envenene con su retórica.
—Aquí el único que ha de callar eres tú, escoria rebelde —gruñe Corwan.
La voz ha dejado de sonar del todo humana.
Hukus dirige su atención entonces hacia Corwan y lleva su mano a la empuñadura de su espada.
—¡Qué noble pareces ahora, Azote del Norte! —escupe—. ¡Qué pena que todo sea un espejismo!
La boca se me vuelve amarga.
—¿Nunca te has preguntado por qué no puedes resistirte a ella? —Los ojos de Hukus siguen clavados en Corwan.
El silencio se vuelve insoportable.
—Toda tu vida creyendo que eras un monstruo imposible de controlar… y de repente aparece una chica capaz de calmarte, de acercarse, de hacer que olvides lo que eres…
Siento que, detrás de mí, Corwan se remueve incómodo.
Yo apenas consigo respirar, porque entiendo lo que está haciendo. Está infectándolo todo: cada mirada, cada recuerdo, cada beso.
—¿Nunca pensaste que quizá no era amor? —continúa Hukus—. Que quizás seguía tratándose solo de materia .
Corwan se adelanta y me sobrepasa. Soy consciente entonces de la violencia que rige sus movimientos. Atisbo el reflejo naranja que comienza a teñir sus ojos.
—No te atrevas a sembrar dudas en algo tan puro.
Hukus sonríe. Y entonces se gira hacia mí.
—No se lo contaste, ¿eh? —dice con una suavidad que hiere—. ¿No le hablaste de tu linaje? ¿De la sangre de Aethryon que corre por tus venas?
El corazón me golpea tan fuerte que duele.
Corwan gira la cabeza despacio hacia mí y sus ojos naranjas me encuentran. Me destrozan. Porque no veo rabia —no todavía, al menos—. Veo algo peor: miedo. Terror a que lo que está diciendo Hukus sea verdad.
Intento acercarme.
—Corwan…
Pero Hukus vuelve a hablar.
—Gorath no la conserva viva sin ningún motivo.
Quiere extraer su sangre y aprender a sintetizarla para crear un sustituto perfecto de la materia .
¿Te das cuenta de la ironía? —La sonrisa de Hukus se ensancha hasta colapsar todo su rostro—.
La única manera de que sigas siendo humano es que la persona que amas sufra hasta el límite de la locura para que tú puedas consumir su sangre potenciada.
Corwan retrocede un paso como si acabara de ser atravesado por una espada.
Siento la vibración del aire a su alrededor. La Bestia despierta.
Veo cómo Keira palidece. Posa una mano nerviosa sobre el brazo de Hukus.
—Es suficiente —murmura.
Sin embargo, él no escucha porque ahora solo quiere destruir.
—Y en el caso de que la elijas a ella, ¿sabes qué pasará cuando ya no puedas controlarte? —susurra—. ¿Cuándo descubras que cada vez que la tocas no eres tú quien la desea… sino el animal?
Corwan gruñe y el sonido hace temblar los cimientos mismos del pueblo.
Sus manos empiezan a deformarse, las uñas crecen, las sombras vibran bajo su piel.
Comprendo entonces que Hukus no ha venido a hablar. Lo único que buscaba era provocar al huargo, obligarlo a salir. No sé si para matarlo o para demostrarle a todos que el Azote del Norte sigue siendo un monstruo.
Corwan intenta respirar. Controlarse.
Pero Hukus asesta el golpe final.
—Preguntaos una cosa, milord, y en vuestro interior encontraréis la respuesta: ¿seguiríais deseándola si no tuviera esa sangre?
La duda termina de envenenarlo.
Corwan ruge y la transformación se completa. El crujido de sus huesos me retumba en el pecho.
Keira grita. Yo retrocedo. Y Hukus… sigue sonriendo mientras desenvaina la espada. Sus diez hombres lo imitan.
El huargo emerge entre sangre y oscuridad. Enorme, salvaje y hambriento.
Keira intenta intermediar y grita el nombre de Corwan, pero el huargo no entiende de nombres. Avanza hacia Hukus y el soldado rebelde alza el arma. No tiene miedo, no le importa morir si con eso se lleva al monstruo con él. Es un fanático y el monstruo de Corwan es su obsesión.
Y ahora la mía es devolverle todo el daño que nos ha hecho. Porque Corwan ya no va a confiar en mí, va a creer que lo he engañado, que lo he manipulado para que interceda por mí ante su hermano… Y nada de eso es cierto.
Cierro los ojos y encuentro la grieta para escapar. No hay barrera en el huargo, Corwan no está.
Rabia.
Furia.
Y también un ápice de duda. Una brecha a la que podría agarrarme para contener su ataque enloquecido.
Sé lo que debería hacer: detenerlo. Ser mejor que todos en esta guerra. Pero Hukus acaba de destruir la última esperanza que tenía de recuperar un hogar… y no quiero sujetarlo.
Me acerco a su mente y susurro: Mátalo. Mátalos a todos.
La Bestia obedece.
El impacto que resulta es brutal. Prácticamente a ninguno de los soldados les ha dado tiempo a levantar la espada antes de que el huargo les atraviese el pecho con las garras. La sangre mancha la nieve.
El cuerpo de Hukus cae de rodillas mientras Keira grita. Es la única a la que el huargo ha perdonado, quizás porque no empuña ningún arma.
El monstruo ruge sobre él antes de arrancarle el brazo de un mordisco. Y yo no lo detengo. Podría hacerlo, pero no quiero.
Hukus alza apenas la vista hacia Keira. La boca se le llena de sangre y, aun así, consigue sonreírle una última vez. Luego cae muerto sobre un lecho de sangre y nieve.
El paisaje que nos rodea es aterrador: cuerpos mutilados, vísceras y sangre caliente derritiendo la nieve, estertores agónicos… Y en pie solo Keira, el huargo y yo.
La Bestia está cubierta de sangre y sigue respirando con violencia. Entonces gira su cabeza hacia mí y los ojos naranjas se clavan en los míos. Corwan sigue sin estar ahí dentro, pero de alguna forma siento que ha trasladado su dolor al monstruo.
El huargo alza el hocico al cielo y emite un aullido largo y profundo que me atraviesa la piel. Luego echa a correr y desaparece entre la niebla.
Keira me mira horrorizada, temblando de pies a cabeza. Rodeadas de cadáveres, comprende exactamente lo que ha pasado, lo que he permitido que suceda. Tiene miedo y yo también, porque la Rosa de Invierno acaba de cortar su propio tallo… y ya no hay vuelta atrás.