Una rosa de invierno 34 El vial de mandrágora
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34 El vial de mandrágora

Kulum aparece al caer la tarde del segundo día.

Es pequeña y oscura; y está prácticamente sepultada bajo la nieve.

Las casas se agrupan alrededor de un canal helado y las chimeneas expulsan columnas de humo gris que desaparecen enseguida entre el gélido viento.

Está protegida por una alta empalizada de madera que la protege de las tormentas de nieve.

Memorizo el lugar. Se supone que será aquí donde me recogerá la partida de la Resistencia después de… Prefiero no pensarlo.

No hay demasiada gente en las calles. Los pocos habitantes que nos cruzamos bajan la cabeza al reconocer a Corwan. Incluso en aquellos territorios apartados, el miedo es la respuesta a su presencia.

La posada donde nos detenemos es más humilde que la anterior.

Las paredes crujen con el viento y el olor a humedad se mezcla con el de la sopa caliente y la leña mojada.

La posadera, de pelo blanco, piel arrugada y ojos pequeños, pero vivaces, nos mira de arriba abajo antes de darnos las llaves de las habitaciones.

En especial a mí. Mi pelo rubio sigue siendo el foco de atención.

—Hace años que no veíamos por aquí hombres del rey —dice la mujer, sin dejar de mirarme—. ¿Qué os trae hasta Kulum, lord Corwan?

Sin embargo, Corwan no se molesta en responder. Coge las llaves de su habitación y se dirige al salón principal de la posada.

—Sírvenos la cena —dice Cráneo mientras recoge las suyas.

El salón está vacío.

Hay dos mesas ubicadas bajo las ventanas y una chimenea apagada. La posadera se afana en encenderla durante un buen rato. Cuando por fin el fuego arde, desaparece por una puerta y regresa enseguida con varios tazones de caldo y una olla con carne guisada que huele bastante bien.

Cenamos en silencio. Corwan y Cráneo en una mesa y Keira, el soldado y yo en otra.

Noto los ojos de Corwan posarse en mí de vez en cuando. Miradas rápidas mientras remueve el caldo y la carne sin probar bocado. Lo cierto es que yo también intento comer algo, pero apenas puedo tragar.

El vial escondido entre mis ropas parece quemarme la piel.

—Mañana a medio día llegaremos al laboratorio de mi mentor —dice Cráneo, dirigiéndose a Corwan—. Si el tiempo nos concede esa cortesía.

El estómago se me encoge.

El final del trayecto.

No quiero pensar en lo que me espera allí. En los nuevos experimentos a los que me someterá Cráneo; en las diferentes formas de tortura que se le ocurrirán para conseguir que mi sangre se encienda.

Corwan responde, pero habla demasiado bajo para escucharlo.

Después la conversación deriva hacia la tormenta, el estado de los caminos, el plan de Gorath, la necesidad de materia …

Siempre la materia . Como si todos estuviéramos condenados desde que empezó a agotarse.

Cuando se vacía su plato, Keira se pone en pie.

—Con vuestro permiso, me retiro a descansar.

El soldado la sigue.

Cráneo y Corwan se demoran unos segundos más mientras apuran sus copas.

—Pasaos por mi cuarto, Corwan —dice el alquimista cuando se levantan—. Es hora de una nueva dosis.

Los músculos del cuello de Corwan se tensan, pero no responde.

Finalmente, la sala se queda vacía.

Solo quedamos el fuego, yo… y el vial de mandrágora oculto entre mi ropa.

Me levanto y me acerco a una de las ventanas empañadas. La tormenta azota el exterior mientras la luz anaranjada del hogar ilumina mi perfil.

No sé cuánto tiempo permanezco inmóvil, escuchando mi propio corazón.

Luego saco el vial despacio de entre las costuras del vestido.

El líquido oscuro brilla entre mis dedos.

Esto es lo que quería la Resistencia. Lo que Draven espera. Lo correcto, lo que me llevará de vuelta a casa.

¿No?

Corwan es peligroso. El brazo ejecutor de Gorath. El Azote del Norte. La pieza que puede desestabilizar la balanza de la contienda que se avecina contra el Oeste.

Cierro los ojos y respiro profundamente.

Si me concentro un poco, todavía puedo recordar el eco en los salones del palacio después de un baile, los rododendros en flor de la alcoba de mi madre, las risas y confidencias con mi hermana junto a la gran chimenea…

—¿Va a querer algo más, sureña?

La voz de la posadera me saca de mis pensamientos.

—¿Me podéis traer dos copas de krüsh ?

La mujer asiente. Desaparece y regresa desde la cocina un minuto después. Me deja una jarra con dos copas sobre la mesa.

—Tenéis buena pronunciación para no ser de aquí —dice—. Si no fuera por vuestro pelo… cualquiera diría que peleáis por los intereses rebeldes.

Fija su mirada en mí y aguarda mi reacción. Yo me quedo paralizada. No sé qué espera, ni lo que debo decir a continuación.

—Me han pedido que te comunique que la partida ya aguarda en la empalizada —dice al fin.

Noto que la tensión de mi pecho se relaja. Pero el nudo en el estómago permanece.

—Gracias —digo.

—Lo que vas a hacer es muy valiente.

Toma mis manos entre las suyas y las aprieta. No hay ternura en su gesto. No hay cabida para ella en estas tierras.

—Lo voy a intentar —digo, siendo consciente de que el fracaso sigue siendo una opción.

Quizás Corwan me descubra, quizás no quiera tomarse el krüsh , quizás mi determinación se quiebre al tenderle la copa…

—Lo tienes fácil, cariño —dice la posadera—. He visto cómo te mira. No dudará de ti.

Noto que esa frase me incomoda más de lo que habría esperado.

Quizás ella atisba parte de mi tribulación porque añade:

—Recuerda por qué lo haces. Todo el dolor que has visto… todo lo que puedes evitar.

Asiento.

—Su habitación es la primera de la derecha —susurra—. Te facilitará salir rápido.

Después se marcha.

Contemplo la jarra y las copas durante un rato. Los segundos pasan y cada vez se me antoja más larga la distancia que separa mi mano de ellas pese a que nada se ha movido en la habitación. Incluso las brasas parecen haber dejado de palpitar.

Finalmente levanto la mano. Tiemblo mientras sirvo el krüsh en las copas.

Abro el vial y lo observo largo rato. El tiempo se dilata y se contrae.

El sonido del viento golpeando las ventanas me obliga a alzar la cabeza y, cuando la bajo, mis dedos ya están cerrando el vial.

Inhalo profundamente. No permito que mi mente piense demasiado.

Cojo ambas copas y subo hacia la zona de las habitaciones. Cada escalón es una palada de tierra sobre mi tumba.

Me detengo frente a la puerta y llamo despacio.

No tarda en abrir.

La habitación está en penumbra y él no parece sorprendido de encontrarme allí plantada. Sus ojos negros descienden hacia las copas.

—¿Qué es eso?

Trago saliva.

— Krüsh.

Frunce el ceño, aunque se hace a un lado para dejarme pasar.

Cruzo el umbral y avanzo hasta una pequeña mesa situada junto a la chimenea. Dejo ahí las copas mientras siento que el silencio crece entre nosotros sin saber qué decir o cómo actuar.

Tengo la sensación de que esta noche está suspendida fuera del tiempo, que sucede en otra esfera del espacio.

Corwan se aproxima despacio. Lleva solo unas calzas negras y una camisa blanca ligera que acentúa más la oscuridad de su pelo y de sus ojos. Su aura de misterio es magnética, cautivadora… imposible de ignorar.

—¿Qué quieres, Camila? —Suena cansado. Triste—. Sabes que esto no es ningún juego.

Cojo su copa y se la tiendo. No la miro. No pienso. Si lo hiciera, aunque solo fuera un segundo, me pondría a temblar.

Durante un instante, temo que no la acepte… pero lo hace. La coge y la gira lentamente entre los dedos, con la mirada perdida en el líquido que baila en su interior.

Luego se aproxima la copa a los labios… pero la baja antes de beber.

Alza la vista hacia mí. Hay un brillo nuevo. Dolorido. Muy peligroso. Y enseguida comprendo que, de alguna manera, lo sabe.

Entonces coge la copa que queda sobre la mesa y me ofrece la que él tenía. Las intercambia.

El ambiente se enrarece de golpe. Mi pulso se acelera.

—¿Por qué has hecho eso? —digo, sin aceptar el ofrecimiento.

Gira la cabeza y señala un papel que yace en un taburete junto a las ropas del viaje que se ha quitado.

Yo me acerco, con el corazón latiendo desbocado, y lo abro despacio. Es un mensaje.

«Intentará envenenarte esta noche. Ten cuidado.

No seas duro con ella.

Es importante para mí.

Draven.»

El mundo entero se diluye bajo mis pies y siento el vértigo de una caída libre.

Un dolor profundo y lento se abre paso bajo mi piel.

Ardiente. Desgarrador. Porque en ese mensaje hay muchas cosas que me lastiman: traición, cobardía, despecho…

y lo peor de todo es que están disfrazadas de amor.

Pero el amor no hace eso. El amor no traiciona ni se esconde.

Ahora lo sé porque lo siento.

Corwan me observa en silencio. No hay furia ni rabia en su gesto, solo esa profunda soledad anidada en cada ápice de su existencia.

—Y aun sabiéndolo —digo—, me has dejado pasar.

Una sombra oscura cruza su rostro.

—Necesitaba dudar de que lo harías hasta el último momento.

Mi mirada desciende hasta las copas que todavía sujeta. Hacia el krüsh oscuro que se agita en su interior. Hacia el reflejo tembloroso de las brasas sobre el cristal.

No quiero seguir dudando, ni huyendo, ni fingiendo que esto no existe.

Me acerco hasta Corwan, decidida, y le quito de las manos ambas copas. Y me las bebo.

El krüsh arde en mi garganta mientras lo abrasa todo a su paso.

Corwan se queda inmóvil. Por primera vez desde que lo conozco parece verdaderamente desconcertado.

Dejo las dos copas vacías sobre la mesa.

—No había veneno.

El silencio posterior resulta insoportable.

No se mueve, apenas respira. Solo me mira con una intensidad que me acelera la respiración. Parece que acabara de verme por primera vez y no entendiera qué hago ahí.

—¿Por qué…

Su voz sale rota y eso termina de quebrarme a mí también. Las lágrimas me arden detrás del ojo sano.

—No soporto la idea de que mueras.

La confesión abandona mis labios antes de poder detenerla.

—He intentado odiarte y temerte… —Mi voz empieza a quebrarse—. Pero luego vuelves a mirarme así, y ya no sé dónde termina el monstruo y dónde empiezas tú.

Corwan cierra los ojos un instante como si mis palabras le provocaran dolor físico.

—Es que contigo, Camila, siento que el monstruo puede descansar. —Traga saliva—. Y no sabes cuánto lo necesito.

La distancia entre nosotros se vuelve insoportable.

La tormenta golpea las ventanas, las brasas crepitan, pero ya nada existe fuera de nosotros dos.

—No quiero seguir luchando contra esto también —susurra.

La honestidad de su voz me destroza porque yo tampoco quiero seguir haciéndolo.

Levanto una mano despacio y la apoyo sobre su pecho. Su corazón late fuerte bajo las cicatrices que marcan su piel.

Corwan contiene el aliento.

—Dime que esto no es solo un impulso —dice.

El dolor que atraviesa su rostro resulta casi insoportable. Entonces su mano cubre la mía y la presión de sus dedos tiembla un poco.

—Ojalá lo fuera.

La contención se rompe y lo beso. Sin miedo, sin interrupciones, sin dudas.

Corwan responde con la avidez de quien lleva demasiado tiempo sujetándose. Sus manos rodean mi cintura y me atrae contra él con una necesidad tan brutal que siento que la barrera de nuestros cuerpos desaparece.

El beso sabe a alcohol, a nieve, a hambre. A todas las cosas que no debimos permitirnos sentir.

Sus labios descienden lentamente hacia mi cuello y el temblor que me atraviesa no tiene nada que ver con el frío.

Mis dedos recorren su pecho bajo la camisa de lino y Corwan se estremece. Un brillo naranja se enciende en sus ojos, pero no es peligro. Es pura excitación.

—Si vas a querer que pare, será mejor que te marches de aquí. —Lo dice medio en broma, pero sé que habla en serio.

Me sonrojo.

—No quiero que pares —digo—, pero es la primera vez que…

Él sonríe y me acaricia la mejilla con el pulgar.

—No te preocupes. Llevo toda la vida conteniéndome.

Me acerco a su oído y le susurro.

—No quiero que lo hagas.

Entonces es él quien me besa con mucha más fuerza, más pasión.

Su mano desciende y recoge poco a poco la tela del vestido hasta que consigue colarla debajo. Sus dedos febriles recorren mi muslo mientras su boca sigue bebiéndose la mía. Cuando noto su calor sobre mi sexo no puedo evitar dejar escapar un jadeo.

El deseo es tan grande que va a partirme por la mitad.

Sus dedos me acarician, aprietan y aflojan con una cadencia medida. Y, cuando siento que no puedo más, que la excitación no me deja ni respirar, me levanta del suelo y me sienta sobre la mesa.

Las copas caen al suelo y estallan en mil pedazos, pero yo no oigo nada. Solo soy consciente de mi jadeo, del suyo, del cruce de nuestras respiraciones agitadas y del calor compartido.

Me atrae de nuevo hacia él hasta que quedo en equilibrio perfecto entre la mesa y la sujeción de su cuerpo.

Desciende la mano y me mira fijamente a los ojos. Su pupila apenas deja hueco al aro naranja.

—Perdón ahora. —El jadeo apenas le deja hablar.

Entonces lo siento. Él entrando en mí. Conectándonos de la forma más íntima que puede existir.

El gemido nos desgarra a los dos. Corwan apoya un instante la cabeza contra mi frente y me acaricia la mejilla.

Yo siento que llevo anhelando esto desde el momento en el que su mirada me atravesó en las murallas del Vhalzar.

Él comienza a embestir y, con cada empujón, yo desciendo a un nivel más profundo de consciencia. Me vuelvo salvaje con él. Nos convertimos en una sola mente.

El placer me sacude en oleadas tan brutales que me hace estremecer.

Y cuando él también estalla, los dos nos tumbamos sobre la mesa. Sudando, exhaustos.

Aquella noche dejamos de pertenecer al Norte, al Oeste o a la guerra. Solo nos pertenecimos el uno al otro. Aunque yo sabía que eso solo podía significar el principio de nuestra condena.